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Un camino hacia la igualdad

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El 9 de enero de 2018 será recordado como el día en el que el mundo cambió (o al menos empezó a cambiar) hacia un lugar más justo y vivible para las personas LGBTI y sus familias. Ese día la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) reconoció el derecho a la identidad sexual, cambio de sexo, matrimonio y unión de hecho a las personas LGBTI, como parte del derecho a la igualdad y no discriminación. La Corte lo hizo a través de la Opinión Consultiva OC-24/17, un documento que le permite interpretar el sentido y el alcance de las obligaciones de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH) y otros instrumentos de Derechos Humanos para los Estados miembros, como Ecuador. Esta interpretación es obligatoria y vinculante.

Es posible que esta sea la decisión más importante del tribunal interamericano en la última década porque pone fin a años de discusiones sobre el alcance y ejercicio de los derechos de las personas de sexualidad diversa y erradica —a través de una interpretación progresista de la CADH— argumentos moralistas y religiosos con los que ciertos grupos ultraconservadores y fundamentalistas han pretendido negarles a las personas LGBTI la posibilidad de vivir y desarrollarse en igualdad al resto de ciudadanos durante años.

El inicio de este camino 

Esta Opinión Consultiva es la cereza del pastel de un corto pero robusto acervo que la CorteIDH ha venido construyendo desde el 2012, a partir del caso Atala Riffo y Niñas contra Chile. En esa decisión, el tribunal declaró por primera vez en una sentencia, la existencia de violaciones a los derechos a la igualdad y no discriminación, vida privada y familia, cometidas contra una mujer lesbiana a quien se le había privado de la tuición de sus hijas en base exclusivamente a su orientación sexual. En esa oportunidad, la CorteIDH resaltó que la orientación sexual es una categoría protegida —una condición ajena a la humana como lo son la raza o la nacionalidad— sobre la cual no cabe discriminación, y enfatizó que “(…) está proscrita por la Convención cualquier norma, acto o práctica discriminatoria basada en la orientación sexual de la persona. En consecuencia, ninguna norma, decisión o práctica de derecho interno, sea por parte de autoridades estatales o por particulares, pueden disminuir o restringir, de modo alguno, los derechos de una persona a partir de su orientación sexual”. En esa misma oportunidad, la Corte dijo que no existe un único concepto de “familia”, al no existir, en la actualidad, un solo modelo de convivencia familiar. Así, rechazó de plano construcciones como el de “familia normal”, “familia tradicional” o “mejor familia”, que usualmente se usan para limitar los derechos de las personas y parejas LGBTI.

La Corte reafirmó ese carácter protegido de la orientación sexual en el caso Duque contra Colombia, en el que el Estado le impedía a un hombre recibir la pensión por viudez de su pareja del mismo sexo, con quien había mantenido una unión de hecho. En esa ocasión, el Tribunal Interamericano resaltó que “(…)la distinción entre las parejas del mismo sexo que son excluidas del derecho a la pensión, y las parejas de hecho compuestas por personas de distintos sexos que sí reciben el beneficio de la pensión, no es razonable ni objetiva y no existen factores que justifiquen la existencia de la distinción, por lo que constituyen una discriminación con base en la orientación sexual de las personas”. Además, resaltó que el hecho de que el ejercicio de ciertos derechos por parte de las parejas del mismo sexo sea un tema controversial al interior de algunos Estados, no inhibe la posibilidad de la CorteIDH de interpretar las obligaciones convencionales del Estado con respecto a las personas de sexualidad diversa.

Poco después, en el caso Flor Freire v. Ecuador, la CorteIDH indicó que se prohíbe también la discriminación en base a la percepción que se pueda tener sobre la orientación sexual de una persona, independientemente de su autoidentificación. Declaró como discriminatorias las normas militares donde se sancionen de manera expresa “actos de homosexualidad”, por considerarlas irracionales y desproporcionales, además de inhibir a las personas de sexualidad diversa la posibilidad de ser parte de las Fuerzas Armadas del Estado.

A pesar de los significativos avances logrados en las sentencias mencionadas, aún la Corte no había tenido oportunidad de pronunciarse sobre dos cuestiones particularmente controversiales con respecto a los derechos de las personas LGBTI: la posibilidad de cambiarse de sexo y obtener el reconocimiento estatal sobre dichos cambios; y, el derecho de las parejas del mismo sexo a casarse civilmente. La falta de un criterio claro sobre ambos asuntos permitía que los detractores de los derechos de las personas LGBTI pudieran argumentar acerca de la inexistencia de un derecho humano de las parejas LGBTI a autodefinirse y casarse con quien deseasen, y servía como una justificación de conductas y posiciones discriminatorias e incluso hostiles hacia la población de sexualidad diversa.

Los logros de esta decisión

La OC24/17 empieza con el rechazo expreso a varias situaciones de discriminación, violencia y exclusión que viven diariamente las personas LGBTI en la región, tanto por los Estados como por particulares. La Corte reiteró su jurisprudencia en torno al status de norma ius cogens del derecho a la igualdad y no discriminación, y el carácter que gozan la orientación e identidad sexual como categorías prohibidas de discriminación. Resaltó que el hecho de que no existiera consenso al interior de los Estados sobre estos temas, no es excusa para perpetuar la discriminación estructural e histórica que las personas LGBTI han sufrido durante décadas.

La Corte resaltó la importancia de la identidad sexual como un ejercicio de la libre determinación y la libertad personal, reconociendo el derecho de las personas transexuales de cambiar de sexo de tal forma que su apariencia física sea consonante con su identidad autopercibida. Para garantizar aquello, los Estados deben establecer mecanismos expeditos, gratuitos y confidenciales de registro, modificación, corrección y cambio para nombre de pila, sexo, género e imagen fotográfica. La posibilidad de efectuar estos cambios debe sujetarse exclusivamente a la voluntad de la persona, y no a informes médicos, psicológicos o de cualquier otra índole. Esta garantía se extiende incluso cuando la persona que desea cambiar de sexo e identidad sea un niño, niña o adolescente, en concordancia con el principio de interés superior del niño.

Posiblemente el aspecto más destacable de esta Opinión Consultiva, es que se establece un estándar jurisprudencial claro con respecto al derecho de las parejas LGBTI a acceder al matrimonio civil. En este aspecto, la CorteIDH reconoció que la posibilidad de decidir con quién casarse es un aspecto propio del derecho a la libertad y autodeterminación, y que no existe un criterio razonable y lógico para impedir a estas parejas contraer uniones de hecho o matrimonio civil, y enfatizó en el deber estatal de proteger los vínculos familiares de las parejas homosexuales. En este aspecto, resaltó la necesidad de adecuar las normas y prácticas al interior de los Estados para asegurar que las parejas del mismo sexo puedan acceder al matrimonio civil sin más requisitos que aquellos exigidos a las parejas heterosexuales. Aún cuando la Corte reconoció que dicha adecuación legislativa puede tardar algún tiempo, fue firme al indicar que, incluso existiendo normas en contrario, los Estados no pueden —bajo ningún pretexto— impedir o menoscabar el derecho de las parejas homosexuales a casarse, contraer uniones de hecho, y ejercer todos los derechos derivados de esos status civiles, como la herencia, la pensión por muerte, los alimentos. En este sentido, la Corte dijo que aquello no implica menoscabar la institución del matrimonio, sino más bien reafirmar la necesidad de proteger a las personas y parejas que desearan establecer relaciones familiares estables. Desafortunadamente, la Corte no tuvo oportunidad de pronunciarse sobre el derecho de las parejas y personas LGBTI a adoptar o tener hijos bajo reproducción asistida.

¿Qué implica esto para Ecuador?

Ecuador ratificó en 1979 la Convención Americana Sobre Derechos Humanos. Como Estado Parte de ese instrumento debe cumplir con las obligaciones que derivan de los tratados internacionales que ha ratificado. Esta obligación no se limita solo al texto de la CADH sino además con los estándares jurisprudenciales derivados de las sentencias y opiniones consultivas de la CorteIDH.

El artículo 11.3 de la Constitución ecuatoriana reconoce la aplicabilidad directa de los derechos humanos consagrados en diversos instrumentos internacionales en la materia. El numeral 8 de ese mismo artículo reconoce el carácter progresivo de estos derechos, y el deber estatal de interpretarlos a la luz de la jurisprudencia. Por eso cualquier acción u omisión de carácter regresivo que disminuya, menoscabe o anule injustificadamente el ejercicio de los derechos es inconstitucional. De acuerdo al artículo 424, las normas de derechos humanos prevalecen sobre cualquier otra del derecho interno.

En este sentido, aún cuando en Ecuador no pudiéramos realizar una reforma constitucional rápida que elimine los impedimentos normativos para que las parejas del mismo sexo accedan al matrimonio civil, esto no exime al Estado de la obligación de garantizar y asegurar a estas parejas la posibilidad de casarse en igualdad de condiciones y requisitos que las parejas heterosexuales, y ejercer todos los derechos patrimoniales y de toda índole derivados de esa condición. El hecho de que sectores de población más conservadores se sientan incómodos o molestos por esta situación, no puede ser entendido jamás como un justificativo para impedir a las parejas LGBTI el pleno goce de tales derechos.

El argumento legal esgrimido por la Corte es claro y contundente: la dignidad humana no puede estar sujeta a argumentos infundados sobre moralidad o religión, ni a nociones anacrónicas de lo que es la familia y el matrimonio. Aún cuando quienes trabajamos por el respeto y garantía de los derechos de las personas de sexualidad diversa sabemos que el camino a la implementación plena del contenido de la OC24 no estará exento de obstáculos desde el Estado y varios sectores fundamentalistas —que han cobrado fuerza en meses recientes— contar con el aval del máximo tribunal del continente representa un logro único: uno que apunta a ensalzar al ser humano por encima de cualquier otra condición, y a pesar incluso, de las conveniencias de ciertas mayorías.

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Impaqto Quito

La desigualdad es un problema grave (que los fanáticos económicos se nieguen a verlo es otra cosa)

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Latinoamérica es una tierra de extremos. Es así que, según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal),  América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo en ingresos y activos. En otras palabras, es la región en donde la brecha entre la minoría rica y la mayoría pobre es la más grande y extrema. Pero la región también se destaca por los extremos ideológicos que empañan el diseño de política pública. Es así que, en Latinoamérica conviven aquellos que están irracionalmente convencidos de que el Estado debe participar e intervenir en todas las esferas de la economía; así como aquellos, que de manera igual de absurda, creen que el mercado solucionará todos los problemas socioeconómicos de cualquier conglomerado humano. Uso deliberadamente el verbo creer puesto que en América Latina tanto los de un lado  (izquierda) como los del otro (derecha) siguen sus preceptos económicos como si fuesen dogmas de fe, olvidando que en Economía la mejor respuesta para cualquier interrogante es: depende.

Para poder hablar de desigualdad, hay que dejar a un lado cualquier tipo de sesgo (en especial los mencionados). Sin embargo, en nuestro país, esto no es lo que sucede en realidad; ya que, el debate que se da en los medios ecuatorianos sobre este tema siempre está muy cargado de ideología. Frente a esta realidad, es muy interesante observar que en los medios de comunicación ‘independientes’ mucho se ha criticado las posturas de la izquierda con respecto a este tema, pero poco se ha dicho sobre los ‘analistas’ de la extrema derecha, capaces de escribir  en diarios de amplia circulación ideas tales como: “la desigualdad no perjudica al crecimiento económico”, “el bienestar de las personas no parece guardar relación alguna con el grado de desigualdad de la sociedad”, y hasta que “la desigualdad no constituye un problema del que debamos preocuparnos”. Realizar afirmaciones como estas demuestra una audacia que sólo es posible por un alto nivel de ignorancia o por un enorme sesgo ideológico. Por esta razón, es necesario —casi una obligación— presentar lo que la evidencia científica de calidad realmente nos dice sobre la desigualdad y desmentir los errores que estos opinólogos mediáticos propagan.

La evidencia empírica generalmente respalda dos ideas: que en el corto plazo los resultados son ambiguos pero en general la desigualdad está correlacionada de forma positiva pero débil con el crecimiento; y que en el mediano y largo plazo, inequívocamente, la desigualdad afecta negativamente al crecimiento, haciéndolo más lento y menos duradero.

América Latina es una muestra de esto último. Al mantenerse de manera lamentable en la punta del ranking de la desigualdad planetaria por varias décadas, la región se ha visto seriamente afectada por los efectos de este fenómeno. Entre las explicaciones con respecto al impacto y las consecuencias socioeconómicas que ha tenido la desigualdad en la región, se destaca el trabajo de Acemoglu, Robinson y Torvik, quienes encontraron que durante el siglo veinte la desigualdad en Latinoamérica permitió que las elites secuestraran al Estado y sus instituciones, debilitándolo y haciendo que trabaje para sus intereses. Este secuestro obligó a los votantes latinoamericanos (hartos del status quo cuasi-feudal) a elegir —a inicios del siglo actual— programas políticos sin controles ni contrapesos. Esta era una forma de aislar a los gobernantes de la influencia de las élites, para que los primeros pudieran establecer políticas en favor del bienestar general y no de unos pocos. En otras palabras, Acemoglu, Robison y Torvik encontraron que la desigualdad en Latinoamérica favoreció al secuestro del poder político por parte de las élites. En consecuencia,  los ciudadanos en su desesperación auparon el surgimiento de líderes autocráticos bajo una nueva corriente pseudo-política denominada ‘Socialismo del siglo XXI’, por la que se establecieron políticas públicas paternalistas insostenibles.

Este fenómeno no es patrimonio exclusivo de nuestra región. La extensa evidencia empírica recogida a lo largo del planeta demuestra que cuando la desigualdad no se corrige —y aún más, si esta es muy alta— en el mediano o largo plazo se observarán distorsiones que introducirán serias disfuncionalidades al sistema político y económico de una sociedad en particular. Esto es verdad, sin importar si el país afectado es subdesarrollado o no.

Para poder tener un debate público constructivo, es indispensable revisar estudios científicos serios y dejar a un lado las biblias ideológicas. La evidencia empírica ha demostrado que las distorsiones de mediano y largo plazo, resultado de la desigualdad, pueden ser muy grandes e irreversibles (sino vayan a preguntarle a Venezuela). Existen muchas formas en que la desigualdad afecta negativamente el desempeño de una economía, entre las que se destacan: aumento de la criminalidad, deterioro de las instituciones, contracción y estancamiento del tamaño de mercado disponible, contracción de la productividad de los trabajadores, reducción del ahorro, entre otros. No obstante, por respeto al espacio disponible en este medio,  me enfocaré en tan sólo cuatro factores, y a través de su explicación espero que quede claro que la desigualdad es un problema que no debe descuidarse; ya que puede exacerbarse, y contrario a lo que creen los Paulo Coelho de la economía  (o sea aquellos que creen que el mercado por sí sólo conspira  para que todos seamos felices) dicho problema no se resuelve automáticamente o mágicamente.

Dinámica sociopolítica disfuncional a la luz de la democracia

Una alta desigualdad generará que el votante medio sea relativamente pobre. Consecuentemente, en un sistema regido por una democracia liberal la mayoría empobrecida tendrá un mayor peso en las elecciones. Esta mayoría tenderá entonces a exigir impuestos más altos para beneficiarse de políticas de redistribución de ingreso (como lo demostraron los investigadores Persson y Tabellini en 1994); además, darán una mayor preferencia a políticas públicas populistas contrarias a la liberalización económica, la globalización y reformas orientadas al mercado.

Existe también otra visión pesimista del impacto de la desigualdad sobre los resultados económicos a través del proceso político, pero en la línea del secuestro del gobierno por las élites. Esta visión alternativa fue ampliamente argumentada por Joseph Stiglitz  en su libro El precio de la desigualdad. En lugar de utilizar la teoría del votante medio, como lo hacen Persson y Tabellini, utiliza la teoría de la búsqueda de rentas. El argumento de Stiglitz es que el poder económico (desigualmente) concentrado en una élite conduce a la concentración del poder político y, a través de la búsqueda de rentas, dichas élites presionarán por cambios en las regulaciones de mercado y por el establecimiento de políticas públicas que favorezcan al grupo que se encuentra en la cima de la distribución del ingreso. Esto último incluye gastos públicos reducidos en Educación y Salud (mientras que los ricos usan atención médica y educación privada de alta calidad), liberalización de sectores económicos en beneficio de las clases más altas (particularmente el sector financiero) y un sistema tributario que beneficia a la porción más pudiente de la población. De ahí que, tal como predice la teoría de búsqueda de rentas, estos beneficios privados se logran con un costo social, que a su vez produce resultados negativos tanto en eficiencia (bajo crecimiento e inestabilidad económica) como en equidad (alta pobreza y reproducción de la desigualdad).

Falta de acceso a capital financiero

Los mercados de capitales son imperfectos. Debido a la información asimétrica (entre prestamistas y prestatarios) y el riesgo asociado de incumplimiento que afecta al bienestar del prestamista, estos mercados estarán influenciados y limitados por la riqueza de quien pide préstamo; puesto que, se necesita colateral (garantía) para acceder al crédito. Quienes no pueden ofrecer esas garantías —la mayoría de los pobres— quedan excluidos del mercado crediticio (o sea para ellos este mercado no existe). Con una mayor desigualdad en el acceso y propiedad de activos, cada vez menos personas tienen activos colateralizables, y muchos buenos proyectos de inversión, de empresarios pobres, quedan sin financiamiento. Como resultado, la inversión sufre y  por ende el crecimiento económico se reduce.

Si la riqueza determina el acceso al crédito y el crédito es la fuente de la inversión —y por ende del crecimiento de la riqueza individual—, entonces hay un proceso natural de concentración de riqueza que forma un círculo vicioso que degenera en un estancamiento económico y un aumento de la desigualdad.

Inversión deficiente en capital humano

La desigualdad afecta la cantidad y calidad de inversión en capital humano. Los mecanismos de esta relación son los siguientes: los pobres no pueden permitirse posponer la obtención de ingresos a cambio de mayor educación (en otras palabras, no pueden dejar de trabajar para ir a la escuela, el colegio o la universidad) por lo que se ven en la necesidad de renunciar a cualquier tipo de inversión educativa (que tiene como característica altos rendimientos pero en el muy largo plazo) con el objeto de obtener ingresos para cubrir sus necesidades inmediatas.

Por otro lado, está también el caso de que aunque los pobres deseen estudiar es posible que no posean el capital necesario para hacerlo, y tengan que pedir prestado para invertir en educación, pero debido a su bajo nivel de riqueza y consecuente falta de activos colateralizables, no podrán obtener dichos fondos; y por ende, no serán capaces de obtener una educación que mejore su capital humano y su ingreso futuro.

Pero no solo eso, está también el hecho de que la calidad de educación que reciben los pobres sea menor que la de los ricos. La baja calidad de educación que reciben los pobres los coloca en desventaja permanente en relación con los ricos, quienes asisten a instituciones educativas más afluentes y de mejor desempeño académico. Esta diferencia, al final, produce una trampa de pobreza que es difícil de superar. Si el crecimiento es en parte impulsado por el capital humano, y la desigualdad afecta la formación de capital humano, entonces la desigualdad será perjudicial para el crecimiento.

Adicionalmente, si el capital humano en una sociedad es exiguo, la economía lo sustituirá con capital físico (maquinarias y tecnología) lo que limitará el empleo y aumentará aún más el nivel de desigualdad. Aquí nuevamente, la desigualdad engendra más desigualdad y eventualmente pobreza.

Efectos psicológicos

Si bien es verdad que cierto nivel de desigualdad es importante para incentivar el trabajo, la inversión y la capacidad para asumir riesgos, también es cierto que altos niveles de desigualdad crean resentimientos en la población. En una sociedad desigual las personas tendrán una percepción de injusticia social, lo que puede reducir los incentivos al trabajo y a la superación, pues las personas se percibirán como en una bicicleta estática en donde por más esfuerzo que se haga no habrá desplazamiento social.

Otro efecto psicológico de la desigualdad se deriva del hecho de que el mayor daño de ser pobre, es sentirse pobre y por ende desesperanzado de un futuro mejor. Este sentimiento es más dañino mientras mayor sean los niveles de desigualdad y por ende mientras más notables sean las diferencias interpersonales en los niveles de riqueza.

La desigualdad también dificulta la aceptación de las reformas que requieren austeridad. Con respecto a este tema Hirschman y Rothschild (1973) plantean la existencia del ‘efecto túnel’, una analogía en la que un individuo acepta estar atrapado en  el tráfico cuando todos los carriles están estancados, pero pierde la paciencia si los autos en los otros carriles distintos al de este comienzan a avanzar. La desigualdad disminuye la voluntad de cooperar y por ende es más difícil que la población acepte los sacrificios requeridos para reformas políticas austeras. Esta falta de coordinación y compromiso social producto de la desigualdad es perjudicial para el crecimiento ya que impide realizar ajustes dolorosos que son necesarios en tiempo de crisis (¿alguien dijo Ecuador?)

Está claro que la desigualdad afecta negativamente el crecimiento y el desempeño económico de una sociedad. Y aunque no es el único problema, o el más importante, sus efectos nocivos pueden tener un impacto nefasto e irreversible sobre la sociedad. Además, pese a que existan casos casi excepcionales en los que la desigualdad no genera problemas, ese no es un argumento para desatenderla; puesto que sería tan absurdo como argumentar que, como hay individuos que son inmunes al SIDA, en general no nos deberíamos preocupar de esa enfermedad.

Existe otra afirmación inexplicable con respecto a la desigualdad que generalmente es dicha por los opinólogos de extrema derecha en América Latina: “la desigualdad es tan solo la posición relativa de grupos aleatorios de la sociedad respecto a otros grupos igualmente aleatorios”. La alta repetición de este argumento es directamente proporcional a su carga de ignorancia. Tal vez si lo dijera algún escandinavo sería permisible, pero si un latinoamericano se atreve a argumentar esto, o no conoce el mundo afuera de los muros de su urbanización o sus sesgos ideológicos son tan fuertes que lo ciegan ante la realidad. En Latinoamérica la desigualdad y la pobreza afecta en mayor grado a los pueblos indígenas y afrodescendientes; por lo que, se puede afirmar que la desigualdad en Latinoamérica tiene un color de piel específico. Decir que la desigualdad afecta aleatoriamente a los individuos de una sociedad es una irresponsabilidad —además de una muestra de insensibilidad para con la realidad de estos pueblos.

El problema no es tanto que estos opinólogos digan y crean estas cosas, sino que los medios de comunicación lo difundan como verdad y sin derecho a réplica, distorsionando el pensamiento de la población y haciendo que las políticas en favor de una sociedad más justa sean más difíciles de alcanzar (debido a su aceptación). Esto solo se lo puede calificar como  perversidad e indolencia.

Un alud burocrático cae sobre el pequeño Yu Su

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Hace unos meses, unos burócratas de Quito Turismo llegaron al restaurante Yu Su Café, en el sector de La Mariscal. No iban a comer el sushi que se vendía en el local hacía casi veinte años, sino a tomar notas, ignorar las preguntas que les hacía su dueña, Yeon Sook Yang Cho (o Melania, como se la conoce en Quito), y, al final, le impusieron al pequeño local los mismos requisitos que se exigen a los grandes restaurantes de las zonas turísticas del centro de Quito. Melania fue a las oficinas de Quito Turismo —la empresa pública municipal que gestiona el turismo en la capital—, a tratar de entenderse con sus funcionarios, pero fue imposible: a principios de 2018, Melania (cuyas ventas le alcanzaban apenas para pagar la renta) decidió cerrar Yu Su Café.  

En 1991, Melania llegó a Quito. No sabía español, ni tenía mucha idea de lo que haría con su vida. Se había mudado con toda su familia desde Seul, la capital de Corea del Sur, siguiendo los pasos de su hermano. Hoy, media vida después, Melania habla con acento quiteño (arrastra la ‘r’ y termina sus oraciones con un cantadito en tono pregunta) y su restaurante de sushi Yu Su Café (en las Torres de Almagro, en la avenida Colón) se convirtió en uno de los hitos de La Mariscal.

Yu Su Café abrió en el 2001, mucho antes de que el sushi se pusiera de moda en el Ecuador. Su propuesta era tan sencilla y acogedora como el local: como entrada, una ensalada de pepino con ajonjolí y salsa de soya y rollos minimalistas de salmón, atún o aguacate. “Al principio empecé vendiendo pasteles, galletas menos dulces, al estilo coreano”, dice Melania. “Pero la gente no estaba acostumbrada a tomar café con pasteles y sentarse a conversar”.

Por entonces, en la avenida Colón no había los negocios que se encuentran ahora. Melania recuerda que alrededor del terminal de la línea de buses Panamericana había oficinas, un puesto de la revista Vistazo pero “ni una panadería en la tarde”. Era una zona oscura y solitaria, a pesar de su cercanía con los bares de la plaza Foch, en el mismo sector.

Melania nunca antes había tenido un negocio. “Yo esquivaba, dibujaba cosas, pensaba en lo que me podía faltar…lo que sea para no abrir”, dice. Fue su hermano quien la  impulsó a seguir con Yu Su. El sushi, según ella, era entonces una forma de terapia: soltar, liberar y buscar transparencia “hacia el interior”. “Venía mi hermano y me decía que una vez no puedes, la segunda vez intentas más y la tercera vez es más fácil”.

Melania aprendió a respirar conscientemente mientras preparaba los rollos, a aprovechar el desafío de abrir un negocio en un país cuyo idioma aún no dominaba por completo. “Fue una experiencia de trabajo personal”, dice. Yu Su significa en coreano ‘corriente del agua del río’. Es una referencia la fluidez del agua. “Yu es lo que fluye”—me explica— “como la vida”.

cerró el yu su

Yeon Sook Yang Cho (o Melania, como se la conoce en Quito) dirigía el café Yu Su. Fotografía cortesía de Ave Jaramillo

Melania se dedicó al café, a su espacio, que era una forma de dedicarse a ella misma. “Tu espacio eres tú”, dice. “ Y uno debe ser transparente para que el espacio sea acogedor”. La dimensión filosófica de Melania sobre su trabajo facilitaba las amistades con sus clientes, a los que —en su mayoría— trataba por su primer nombre. En su restaurante, Melania y sus comensales eran como el agua.

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El seis de enero de 2018, la corriente se interrumpió taponados por deslaves burocráticos. Melania cerró oficialmente su restaurante. Lo anunció con un cartelito discreto pegado en su puerta, y los días posteriores el local pasó a tope. “Algunas personas hicieron una campaña en redes para apoyarme”, cuenta orgullosa. Aún toca a su puerta gente que no se enteró. Alex Armendariz llegó la tarde del 12. “No tiene sentido. Hay negocios que llevan años abiertos y de repente te dicen que cambies de la noche a la mañana”, dijo sorprendido. Almendáriz visitaba el Yu Su desde adolescente, aunque vivía lejos de La Mariscal. “Son cambios repentinos, de la nada”.

En agosto de 2017, ‘de la nada’, Melania se enteró que a su local le faltaba la aprobación de Quito Turismo. La empresa municipal se encarga de  promocionar el turismo en todo Quito, pero hace especial énfasis en las zonas de la Mariscal y el Centro Histórico, los dos polos urbanos de atracción de turistas de la capital. Tiene una fe desmedida en sí misma: según su ‘visión institucional’, para 2021 será ‘la organización pública oficial de turismo líder y de referencia en Sudamérica”. En el mejor de los casos, son unos optimistas delirantes. En el peor, sufren del síndrome faraónico que produjo los elefantes blancos del gobierno de Rafael Correa.

Melania recuerda los primeros enredos burocráticas con incredulidad. Los llama ‘complicaciones’. “Había problemas con el RUC y la dirección registrada”. “Antes tenía Diego de Almagro y Colón, pero me pusieron muchos problemas porque debía ser ‘Colón y Almagro’”.

Yu Su Café está a pocos metros de la esquina donde se encuentran esas dos calles. Confundida, Melania acordó con las oficinas del Municipio con un horario para una inspección que diera crédito que el local quedaba en Diego de Almagro y Colón y no en Colón y Almagro. “Les esperé en el horario que habíamos quedado pero no llegaron”, dice. Al día siguiente, cuando Melania llegó al local encontró pegada en la puerta la notificación del inspector: “No se pudo llevar a cabo la inspección”. Habían ido días después de la cita establecida.

El Yu Su

El Yu Su estuvo abierto durante 16 años. Era un espacio pequeño y acogedor. Fotografía cortesía de Lisandro Brito

Cuando los funcionarios de Quito Turismo finalmente llegaron (días después de lo acordado), tomaron fotos con sus teléfonos celulares, hicieron un par de notas, y notificaron a Melania de todo lo que le faltaba al Yu Su para poder tener permiso para funcionar. “Pero no me explicaron bien”, repite una y otra vez. “Me trataban como tonta y no respondían a mis preguntas”, dice.

Las regulaciones eran inflexibles. Por ejemplo, a pesar de que Melania no cocinaba nada en Yu Su (el sushi se prepara crudo), le exigían una trampa de grasa y un extractor de humo. En el baño le dijeron que debía instalar baldosa y que tenía que poner un urinario. También le impusieron un vestidor para el personal, a pesar de que en Yu Su solo trabajaba Melania y, en los horarios más ocupados, una asistente.

“Algunas de las exigencias tenían sentido y eran razonables”, concede Melania. Otras, en cambio, más parecían imposiciones que mecanismos de regulación higiénica. Con la ayuda de su hijo, Melania les preguntó: “¿Ustedes diferencian entre los pequeños lugares y chifas grandes?”

No, les respondieron.

Fabio Concha, vecino de Yu Su y cliente frecuente de Melania, dice que la política de Quito Turismo está mal aplicada: “Así van a cerrar la mitad de restaurantes de Quito”.  Concha cree que la empresa municipal está pensando en estándares europeos, “ignorando la realidad económica de los negocios locales”.

Yu Su

El cartel con el que Melania anunciaba el cierre de su local ante la imposibilidad de cumplir con todas las regulaciones de Quito Turismo. Fotografía cortesía de Lisandro Brito

La zona donde opera Yu Su es técnicamente parte del sector de la Mariscal, pero no hace parte del centro turístico de mayor confluencia. Está, más bien, en una zona residencial (en las Torres de Almagro) y comercial. Los precios del producto de Melania, por eso, estaban adecuados a esa realidad. “Hubiera tenido que subir los precios”, explica, cuando la mayoría de sus clientes no eran turistas extranjeros. “Pero llegaban de Mindo y de otras partes”, dice Ramón Vélez, guardia y portero de las Torres. “El sushi de Melania era bastante reconocido”.

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Melania dice que ahora se va a tomar un tiempo. Después de 16 años de que su negocio se convirtiera en un eje de intercambio para su vecindario, la agotó la cuadradez de Quito Turismo, su incapacidad para contextualizar y leer las realidades de quienes habitan la ciudad. “Fue un año difícil”, dice. En noviembre, su perro Homero, un schnauzer que la acompañó por doce años, murió. “Necesito nuevamente mi tiempo personal”.

Pero Melania igual sonríe. Se ríe mientras describe la actitud de los burócratas que le mostraban papeles de excel sin explicarle nada más. Es como si dijera ‘Yu Su’: todo fluye. Ella también lo hará, a pesar de los aludes burocráticos, Melania estará bien.

En Quito Turismo, en cambio, todo luce trabado (como en tantas otras cosas en la administración municipal actual). En sus delirios tecnocráticos, sus funcionarios escribieron en piedras de papel disposiciones absolutistas, ajenas a la realidad que pretenden regular. Sin un plan o proceso de apoyo e implementación para comerciantes, los requisitos son imposibles de cumplir para los más pequeños.

La proclama de fe en ellos mismos terminará por explotarles en las manos: en lugar de promover el turismo, están obstaculizando negocios que hacen de Quito una ciudad diversa, vibrante y con alternativas culinarias. Pero la lógica kafkiana de los burócratas —metiéndose donde no deben a regular cosas de las que no comprenden nada— no entiende de matices. Ellos son piedras. Ellos no fluyen como el agua.

Yo, feminista

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En mis viajes a la universidad, en el bus, solía leer. Era mi ritual. Llevar un libro. No distraerme con nada, enfrentado únicamente a la lectura. No llevaba barba y el mundo me seguía pareciendo un lugar temible —aún lo es—, así que el valor literario de abrir paréntesis al horror de la vida ya era fundamental para mí. Entonces, en una de las paradas, levanté la cabeza y estaba ella, subiendo. No pude continuar leyendo desde ese momento. No entendía cómo me podía gustar o deslumbrar una mujer con solo verla. Y estaba a dos metros de distancia. Al día siguiente, volvió a estar ahí, joven, con un uniforme de trabajo azul oscuro, ojos enormes, flequillo, cabello negro, simetría en ese rostro que no podía dejar de mirar, aunque sea de lado, tratando de disimular con mi lectura. Mi no lectura. No avancé de la misma página del libro en varios días. Pasó una semana y seguía encontrándola a la misma hora, en el mismo lugar. No podía acercarme, me daba terror, vergüenza. Pero necesitaba hablarle, hacerle ver que era la mujer más hermosa que había visto. Quizás hasta necesitaba vencerme un poco para saber hasta dónde podría vivir la vida. Qué se yo, estupideces de joven universitario.

Un mes después me animé. Escribí un poema —malo, malísimo, las endorfinas sirven para poco cuando se trata de escribir para enamorar— y lo imprimí. Esperé que subiera, que la gente vaya desocupando el bus. Respiré hondo diez mil veces. Me levanté. Ella no me vio venir.

—Esto es para ti, le dije.

El poema iba doblado en cuatro partes.

Sus ojos se abrieron como animal salvaje a punto de ser cazado. No supo qué hacer por varios segundos. Yo insistí con el papel. Hizo un movimiento con el que quizás intentó levantarse y salir, pero yo interrumpía su paso. Se detuvo. Me miró. Su mano le temblaba cuando tomó el papel. Bajó su cabeza y dejó de mirarme. Sentí su horror, su desesperación. Decidí que lo mejor era bajarme en la siguiente esquina, cuando todavía me faltaban varios kilómetros para llegar a la universidad. Al día siguiente me desperté más temprano y tomé la unidad anterior a la de siempre. Sentía que no debía verla, que tenía que dejarla en paz.

He tardado muchos años en entender por qué debía dejarla en paz.

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Lo que sucede con las denuncias públicas de acoso y abuso sexual a mujeres es importante. Muy importante. Tanto que estamos obligados a pensarnos como sociedad, salir de nuestras burbujas, de nuestros privilegios o aparentes privilegios para entenderlo bien. No puede pasar únicamente por mi experiencia personal. Debe pasar en un contexto mayor, por una conciencia de lo que sucede a nivel general, fuera y dentro de mi condición como hombre. Un par de trabajos periodísticos levantaron las alertas sobre Harvey Weinstein —otrora poderoso hombre de Hollywood— y eso bastó para que una gran cantidad de mujeres decidieran denunciar, no quedarse calladas, y nombrar a sus abusadores y acosadores.

Estamos obligados a aceptar como un hecho que si una mujer se siente ultrajada, acusa, dice ‘no más’, entiende que ha sido víctima de una presión provocada por el poder masculino, lo debe decir. No tenemos que definirla como exagerada, mojigata, puritana u otros adjetivos que han explotado en estos días. Especialmente por parte de hombres y mujeres que repiten frases como ‘no creo en el feminismo, hombre y mujer se complementan’, o que aseguran que detrás de este movimiento hay una facción radical interesada en volver a la Edad Media. No hay radicalidad en el concepto de feminismo. Es absurdo, ridículo y poco inteligente asumirlo así.

Hay feminismos radicales, claro. Pero el tema es que la radicalidad existe en la vida: en las creencias, en la fe, en las pasiones, en las afinidades. En todo lo que intervenga el ser humano puede existir radicalidad. Hasta en defenestrar al feminismo y acusarlo de una posición puritana hay una radicalidad. En el manifiesto de las intelectuales y artistas francesas que se hizo público a inicios de 2018 hay más de lo mismo, así como en cierta reacción que se regodea y aplaude este manifiesto como algo necesario este momento. Antonio J. Rodríguez lo define mejor en su artículo en Playground, titulado Feminismos vs Feminismo: el momento que todos los reaccionarios estaban esperando. Rodríguez dice:

“El debate surgido a propósito de la respuesta al movimiento #MeToo por parte de personalidades de la cultura francesa es un buen ejemplo de ello, además de una estupenda oportunidad para que cabeceras, entidades y nombres propios escépticos con el feminismo, cuando no directamente promotores de un pensamiento machista, se cobren lo suyo tras varias semanas de merecido hostigamiento ininterrumpido”.

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Si se trata de perder oportunidades, esta parece  a punto de perderse por tocar fibras profundas y creencias poderosas, porque supongo que nadie quiere aceptarse como machista. Es duro. Me costó y me sigue costando.

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Vivo, como hombre, en un país en el que en 2017 hubo 153 feminicidios y se presentaron un promedio de 177 mil denuncias por maltrato físico y psicológico. La media dice que cada 50 horas una mujer fue asesinada por su condición de género. Por alguien cercano, claro. Que actuó con violencia, asumiendo propiedad sobre la mujer, como consecuencia de una construcción cultural que define al hombre como quien decide y entiende qué es lo mejor en una relación. Sí, hay mujeres que matan hombres, hay violencia de mujeres hacia hombres y de hombres hacia hombres, pero negar un hecho cultural, histórico y sistemático es un error, es tomar el problema por el lado más delgado, es comentar desde la excepción.

Es una torpeza.

Este es un país donde se aprobó hace menos de seis meses la Ley Orgánica Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. Con problemas o no, existe. Y no es necesariamente producto de un lobby, de presiones, de la agenda feminista. Claro que esto es un elemento dentro de las discusiones y aprobaciones de leyes, pero reducir todo el fenómeno a eso es no querer ver lo que pasa delante nuestro.

No porque no te haya pasado a ti o a alguien cercano, la situación no existe.

Cualquier discusión sobre cómo tratamos a la mujeres, como hombres, como sociedad, no va a llegar a ningún lado sin un trabajo de reconocimiento. Desde lo pequeño —mi actitud— hasta lo que socialmente sucede, hay que aceptarlo y entenderlo.

Todo lo demás —mis experiencias personales, mi moral particular— entra en la discusión en la medida que podamos dimensionarlo frente a lo que sucede.

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En 1969, John Lennon y Yoko Ono dieron una entrevista a la revista inglesa NOVA. Para la portada, ambos en una fotografía de la época y en la parte inferior una frase que decía “She: Woman is the nigger of the world”. En muchas ocasiones —como por ejemplo en el concierto que dieron ambos en Nueva York en 1972— , Lennon no perdió la oportunidad de asegurar que le había costado mucho entender lo que su esposa había dicho en ese momento. Porque el sentido profundo de la frase buscaba reflejar el carácter de sufrimiento y de opresión de las mujeres, en todo el mundo, en varias sociedades —especialmente occidentales—, comparándola como pasaba con gente negra en Estados Unidos. Y él no podía con eso. En el programa de Dick Cavett, en 1972, Lennon aseguró que luchaba contra esta idea, que le discutía a Yoko la perspectiva, diciendo que no se podía decir eso, que había otros seres que sufrían y hasta más.

woman is the nigger of world

En una entrevista con la revista NOVA Yoko Onno dijo que las mujeres eran “los negros del mundo”. Imagen de cat45

El mismo Lennon tiene un largo historial de misoginia y machismo durante muchos años, sobre todo en la forma que trató a su primera esposa, Cynthia. Pero en algún momento lo entendió. Lennon afirmaba que su sensibilidad se abrió para comprender lo que pasaba con las mujeres y hasta llegó a renegar de mucha de su obra con The Beatles que mostraba la perspectiva del macho molesto por la actitud de la mujer, llegando incluso a amenazarla de muerte, como pasa en Run for your life.

No sé si John Lennon trató de mejor forma a las mujeres desde que lo entendió, en 1972, pero al menos fue capaz de reconocerse misógino, aceptarlo y reconocer la situación de la mujer. Quizás ese sea un buen punto de arranque.

Y con ese reconocimiento apareció esta canción que está en el disco Some time in New York City.

“We make her paint her face and dance / If she won’t be a slave, we say that she don’t love us / If she’s real, we say she’s trying to be a man / While putting her down, we pretend that she’s above us / Hacemos que se pinten la cara y que bailen / Si no se convierte en una esclava decimos que no nos ama / Si ella es real decimos que está tratando de ser hombre / Mientras la presionamos (decepcionamos), pretendemos creer que ella está por encima de nosotros”.

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Quizás este sea el momento de discutir como sociedad muchas cosas y de manera urgente. Hablar sobre lo que es acoso, lo que es la seducción insistente o torpe —como dicen las intelectuales francesas en su manifiesto— y de preguntarnos por qué la insistencia de un hombre al que se la ha dicho ‘no’ puede pasar desapercibida y entendida como algo solo anecdótico. Es hora de enfrentarnos a lo que es la moral particular y lo que debe ser nuestra ética como sociedad.

De entender qué hacemos como hombres.

Hay mucho para pensar. Mucho.

La adicción que causó miles de muertes en Estados Unidos llega a América Latina

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El abuso de análgésicos legales y drogas ilegales con propiedades similares al opio en Estados Unidos ha sido tan devastador que en 2017 el presidente Donald Trump, declaró una emergencia nacional de salud pública. La llamó “la peor crisis de drogas” del país.  Los opioides comprenden dos tipos de sustancias: fármacos legales como la oxicodona, hidrocodona o fentanilo y substancias ilegales como la heroína. Todos con características químicas similares al opio: bloquean los receptores de dolor y activan las zonas de placer en el cerebro causando una liberación de dopamina. Según el Instituto Nacional de Salud, más de 90 estadounidenses mueren cada día por sobredosis de algún tipo de opioide u opiáceo. Son casi  doble de las muertes causadas por accidentes de tráfico y armas de fuego. De las más de 52 mil muertes registradas en 2015 por abuso de sustancias, el 63% fue por un opioide.

La tendencia continúa en ascenso, el Fiscal General Jeff Sessions dijo que en 2016 el número llegó a 60 mil. A pesar de ello, las empresas farmacéuticas causantes continúan con la venta indiscriminada de estos fármacos. Y ahora apuntan a América Latina.

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Purdue Pharma, autora de la crisis a través del medicamento Oxycontin (que la volvió un imperio multimillonario), inició su estrategia en América Latina en 2014, camuflada como MundiPharma. Con las mismas tácticas publicitarias buscan extender su imperio del dolor en toda la región y el mundo. Como lo explicó Andrew Kolodny, codirector del Colectivo de Investigación de Políticas para Opioides de la Universidad de Brandeis, “la crisis se precipitó inicialmente por un cambio en la cultura de la prescripciones médicas, un cambio cuidadosamente diseñado por Purdue”. Una estrategia dirigida y gestada por sus dueños, la familia Sackler.

Los Sackler saben hacer bien dos cosas: dinero y analgésicos. Desde sus inicios, los tres hermanos Arthur, Raymond y Mortimer se destacaron en el campo de psiquiatría. Pero su mayor logro lo realizaría Arthur y estaría lejos de los divanes y más cerca de las agencias de publicidad, en el naciente campo del marketing médico y farmacéutico.  

En 1952, compraron Purdue, entonces una pequeña farmacéutica. Ese mismo año, Arthur convenció a la Asociación Americana de Medicina de incluir publicidad farmacéutica en su revista científica. Sus agresivas estrategias lo convirtieron en una estrella, y fue uno de los primeros en ser incluido el Salón de la Fama de la Publicidad Médica en 1997.

El mercado en el que la combinación publicidad y medicina funcionaron mejor fue el dolor. En 1972 Mortimer Sackler dirigía Napp Pharmaceutical, la rama de la empresa familiar en el Reino Unido, cuando iniciaron la investigación en un sistema de liberación temporizada para la aplicación de morfina de manera continua.   

En 1981, Napp introdujo el sistema ‘Contin’ (continuo) y en 1987 Purdue ingresaría al mercado estadounidense el analgésico MS Contin. Una pastilla de morfina destinada al tratamiento del dolor en pacientes de cáncer. Un primer éxito que no se compararía años más tarde con la creación de Oxycontin, uno de los opioides causantes de la crisis.

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Para finales de los 80, los Sackler vieron en un riesgo una oportunidad de negocios. La patente sobre el MS Contin estaba por terminar. En un memo interno, Robert Kaiko, vicepresidente del departamento de investigación médica de Purdue, dijo que debido a la “eventual y seria competencia de pastillas genéricas de MS Contin, otros opioides con sistema de liberación controlada deben ser considerados”. El monopolio sobre las pastillas de morfina con sistema Contin estaba por terminar y con ello, también, las grandes ganancias.

La solución, diseñador una nueva y mejorada pastilla, sería el inicio de la crisis de los opiodies. Pero los Sackler no estaban pensando en los efectos adictivos, sino bosquejando un plan de negocios mucho más agresivo: ya no solo comercializarían su producto a pacientes con cáncer sino que ampliarían su mercado. Durante 10 años desarrollaron OxyContin, una pastilla de oxicodona, una versión semisintética del opio, similar a la morfina, pero una y media veces más potente, que tiene clasificación de narcótico clase II, como la cocaína, heroína y opio. Tomarla en altas y regulares dosis fueron fatales. En 2003, la Administración para el Control de Drogas (DEA) encontraría que los “métodos agresivos” de Purdue “exacerbaron el abuso generalizado de Oxycontin”. Pero cuando la desarrollaban ese no era un predicamento. Como dijo Michael Friedman, ejecutivo de Purdue, lo que verdaderamente buscaban ‘curar’ era “la vulnerabilidad ante la amenaza de los medicamentos genéricos”. Oxycontin les permitió retomar el monopolio del dolor.

Después de lograr aprobación de la Agencia Federal para la Administración de Drogas y Alimentos (FDA), mediante el informe del doctor Curtis Wright —que según declaraciones juramentadas, menos de dos años después empezó a trabajar en Purdue Pharma— lanzaro OxyContin en 1996.

El plan de mercadeo apuntaba a cambiar las actitudes y hábitos de prescripción de los médicos. Aunque el opio y sus versiones sintéticas y semisintéticas no son nuevas, la ‘opiofobia’ entre los médicos significaba que la prescripción de un opioide se realizaba, en su mayoría, para pacientes en su lecho de muerte con dolor crónico y pacientes con cáncer en fases terminales. Los Sackler cambiarían esto para siempre.

Lo lograron a través de un sistema de selección de perfiles médicos, que le permitió filtrar doctores con más tendencia a prescribir analgésicos. Eligieron, además zonas vulnerables: áreas donde vivían trabajadores de fábricas, construcción o agricultores, más propensos a sufrir dolores crónico causado por sus oficios.

Para atraer adeptos a su campaña de mercadeo, Purdue financió investigaciones y pagaron voceros. En un reporte de 2003 de la Oficina de Contabilidad General de los Estados Unidos (GAO), entre 1996 y 2002, Purdue dio fondos para más de 20 mil programas educativos relacionados al dolor. Seminarios, viajes pagados, plata para investigación y mercadeo.  De acuerdo a una investigación de la revista New Yorker, incluso doctores de alto prestigio como Russel Portenoy, en ese entonces especialista del dolor en Nueva York, habló sobre cómo los opioides eran una solución para el dolor crónico no tratado. Portenoy había recibido financiamiento de Purdue, pero en 2012 admitió en el Wall Street Journal que desinformó sobre el uso de los opioides como una terapia para el tratamiento del dolor. La Academia Americana de Medicina del Dolor y la Sociedad Americana del Dolor en 1997 publicó argumentos a favor de los opioides firmados por el doctor David Haddox, que resultó ser un vocero de Purdue.

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Muy pronto, los opioides se convirtieron en la panacea del alivio. Ya no solo era el cáncer, sino que iban dolores de espalda, dolor postoperatorios y hasta dolores de cabeza. A esto se le sumó la ingenuidad e ignorancia de médicos en general, que creían que la oxicodona era menos potente y adictiva que la morfina.

Lejos de aclararlo, Purdue lo utilizó esto a su favor, empleado el recurso “más importante de la empresa”: sus vendedores. Entre 1996 y 2002 duplicó su equipo de ventas, y le tatuó un discurso de memoria: “menos del 1% de los pacientes se convierten en adictos”. Respaldaban su línea de ventas en Haddox quien acuñó en 1989 el término de ‘pseudo adicción’ y también los estudios de Porter y Hick/ Perry y Heidrich en los que se hablaba de una adicción menor al 1% y 0%.

Pero la realidad era otra: varios estudios médicos demostraron que los porcentajes de adicción de usuarios regulares variaron entre 18 y 45%. Inclusive Purdue lo sabía: en un estudio financiado por la empresa en 1999 se demostró que el porcentaje de adicción de pacientes que utilizaban OxyContin para dolores de cabeza era del 13%. Una de las causas principales que causaba dicha adición era el formato de uso y las dosis, sistema que ‘diferenciaba’ a Oxycontin de otros analgésicos.

Purdue mintió sobre la efectividad de su pastilla. En el mercado ya existían otras pastillas de oxicodona —como Percocet y Roxicodona— pero tenían una duración de seis horas. La empresa de los Sackler ofrecía 12 horas de alivio: los pacientes solo debían tomar OxyContin dos veces al día, Pero las pastillas nunca llegaron a cumplir su promesa. Los intervalos de 12 horas eran “la receta perfecta para generar adicción”, explicó Theodore Cicero, neuro-farmacólogo y experto en el efecto de opioides en el cerebro. Además, como se demostró en un juicio en contra de Purdue en 2004, “la mayoría de los pacientes en las pruebas clínicas requerían medicación adicional. OxyContin llegaba, en el mejor de los casos, a ocho horas de eficacia.

Algo que Purdue también sabía. En las pruebas médicas para obtener el permiso de la FDA, un estudio posterior de la Agencia, encontró que un tercio de las pacientes se quejaron de sentir dolor a las primeras ocho horas y aproximadamente el 50% requirieron más analgésicos antes de las 12 horas prometidas.

La respuesta de la empresa fue recomendar un incremento en las dosis. Lo que a su vez se tradujo en más ganancias para la empresa. Una botella de píldoras de 10 miligramos, la dosis más baja, se vendía en aproximadamente 100 dólares; una de 80, en casi 650.

“Mientas más alta la dosis, es más probable que mueras”, afirmó la doctora Debra Houry, directora del Centro Nacional para Prevención y Control de Lesiones del CDC, al LA Times. Y mientras más personas se convertían en adictos, los Sackler se convertían en una de las familias más ricas del mundo.

En su primer año de ventas (1996), la pastilla registró 45 millones de dólares en ventas. Cuatro años más tarde, el promedio por año era mil millones. Una década después, Purdue llegó al clímax de su ventas anuales: 3 mil 100 millones de dólares. En total, Oxycontin ha generado 35 mil millones de dólares. La campaña de mercadeo de Purdue resultó un éxito. La crisis estaba en pleno auge y las muertes aumentaban.

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Ese éxito tan letal terminó en las cortes. El creciente número de muertes llevaron al  Departamento de Justicia de los Estados Unidos a iniciar una investigación criminal. En 2007, la empresa y tres de los ejecutivos de más alto mando se declararon culpables de fraude: confesaron haber minimizado conscientemente el riesgo de adicción de Oxycontin. No hubo cárcel para ninguno, sino una multa de 635 millones de dólares: apenas el 2% de las ganancias de la empresa.  

Purdue no dejó de vender la pastilla hasta que en 2010, por presión del Gobierno y los crecientes números de adictos, aceptó cambiar la estructura de la pastilla para evitar la trituración y posterior inhalación.

Pero esta concesión no tenía tanto de altruismo como de conveniencia: en 2013, la patente de Oxycontin iba a caducar, Purdue aprovechó su oferta para cambiar la fórmula de las pastillas: la haría más resistentes a la trituración. Además, lograría que la FDA prohíba los genéricos. El tablero estaba listo y Purdue manejaba las ‘fichas’: la patente fue aprobada hasta 2030. Sin embargo, la ‘mala’ publicidad generada por la evidencia de fraude y los casos de muertes a nivel nacional, causaron que desde 2010 las prescripciones de Oxycontin se reduzcan en un 40%. Los doctores tenían nuevas razones para evitar utilizar estos fármacos en sus pacientes. Y la empresa tenía razones para mirar fuera de las fronteras estadounidenses.

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En 2014, Raman Singh, ejecutivo de MundiPharma (Purdue) dijo que “cada uno de los pacientes en los mercados emergentes deben tener acceso a nuestras medicinas”. Con las mismas tácticas: viajes, seminarios, y publicidad dirigida a doctores ingresaron en América Latina.

Según un comunicado de la empresa, en Colombia, las inversiones en 2014 fueron de 10 millones de dólares. Contemplaron el desarrollo de su portafolio de medicamentos, una fuerte inversión en educación médica, así como en investigación de temas relacionados con dolor. En México, 40 millones de dólares. En Brasil 80 millones de dólares para establecer su base de operaciones para la región. En Ecuador, en 2016, se realizó el ‘El alivio del dolor como derecho humano fundamental’. Participaron cien médicos internistas, anestesiólogos y oncólogos. El encuentro estuvo financiado por Purdue MundiPharma. En sus propias palabras, la farmacéutica apenas está empezando.

El caso de Purdue muestra cuan peligrosa es la desregulación de las farmacéuticas. Su codicia y la incapacidad de frentarla ha dejado cientos de miles de muertes y miles más de familias destruidas por la adición a una medicina que ni siquiera cumplía con el alivio total que ofrecía: un reporte del Instituto Nacional de Salud (NIH) encontró que no hay evidencia de la efectividad del uso de opioides a largo plazo para el dolor crónico y sí una cantidad de evidencia de daños, incluidas las sobredosis y la adicción.

Ahora que Purdue ha puesto sus esfuerzos fuera de los Estados Unidos, América Latina no debería pasar por alto las advertencias. “Pocas drogas son tan peligrosas como los opioides”, le dijo David Kessler, ex comisionado de la FDA (1990-97), a la revista New Yorker. A pesar de ello, en 2015 se aprobó el uso de Oxycontin para niños de 11 a 16 años.  Vivek H. Murthy, ex médico general de los Estados Unidos (el más alto vocero en Salud Pública del gobierno estadounidense), dijo —en referencia a la venta de opioides en otras partes del mundo— “”Los instaría a ser muy cautelosos sobre la comercialización de estos medicamentos”. En una región donde la guerra contra las drogas ilegales ha dejado solo en México doscientos mil muertes en una década, el uso de una droga legal que ha producido también decenas de miles de muertes no debería ser tomada a la ligera.

Los silencios de Lenín Moreno

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El Presidente Constitucional de la República ha emitido un oficio excusándose por cuanto tuvo un accidente hace unos días, algo menor” —dijo José Serrano, presidente de la Asamblea Nacional— “pero que le impide estar en esta sesión”. Hablaba después de que María Alejandra Vicuña diera su discurso en la Asamblea Nacional el sábado 6 de enero de 2018. Vicuña, una ferviente defensora del expresidente Rafael Correa, fue posesionada como Vicepresidenta de la República en reemplazo de Jorge Glas. Serrano se refería, sin mucho entusiasmo, a lo que la Secretaría de Comunicación del gobierno había llamado cuarenta y ocho horas antes “un accidente doméstico producto del volcado accidental de una bebida caliente”. Qué accidente tan inoportuno y qué quemada tan severa debe haber sido que le impidió a Lenín Moreno asistir a un acto de tamaña importancia: la última vez que el Ecuador tuvo que elegir un vicepresidente en el seno del Legislativo fue tras la caída de Lucio Gutiérrez, que abandonó el poder en 2005 tras las protestas en Quito. Lo que es aún más revelador es que Vicuña gozaba de todas las complacencias del Presidente: no solo encabezaba la terna, sino que estaba encargada de la Vicepresidencia desde el 5 de octubre, cuando Jorge Glas entró a la cárcel por la trama de corrupción Odebrecht.

Todo esto grafica al gobierno de Lenín Moreno. Mientras en el país ocurren cambios drásticos —muchos relacionados con sus propias decisiones— él parece no darse por aludido.

Es una apatía ensayada: María Alejandra Vicuña ocupa ahora la silla del sentenciado Jorge Glas por decisión de Moreno, pero él dice que el mérito es de los setenta legisladores que la nombraron. Los desaciertos de Vicuña también serán de ellos. Pero desde que se filtró la terna se sabía que Vicuña la encabezaba y que, incluso si en la Asamblea no se ponían de acuerdo, en 15 días ella se habría convertido, de todas formas, en la Vicepresidenta, porque eso manda la Constitución. Más allá de la excusa de la bebida caliente, la ausencia de Moreno muestra el estilo escurridizo del Presidente. “La Asamblea Nacional lo ha decidido. ¡Felicitaciones a la Vicepresidenta María Alejandra Vicuña”, dijo en un tuit. Como si la decisión no fuese, en realidad, suya. Como si Vicuña no hubiese sido su elegida. Lenín Moreno prefiere, siempre, que la responsabilidad sea de otros.

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En una entrevista publicada por el diario español ABC Moreno dijo estar “espeluznado por la corrupción galopante del gobierno de Correa”. Es como si hubiese olvidado que, durante seis años, él fue el segundo a bordo en ese gobierno que ahora lo espeluzna, y durante los cuatro restantes siguió defendiendo a Rafael Correa.

En esa década jamás dijo estar incómodo con el estilo de su antecesor, ni con las decisiones abusivas que tomó en contra de  activistas y organizaciones sociales, periodistas y medios que denunciaban la corrupción que hoy espeluzna a Moreno. Los privilegios que obtuvo en diez años al lado de Correa le permitieron llegar a la cúspide de su carrera política, desde donde hoy critica a quien antes solo halagaba. “Rafael es uno de los mejores hombres que ha tenido la patria”, dijo Lenín Moreno en una entrevista a un medio público en 2016. Hoy, ya no le parece tan bueno.

Que en unos meses Moreno se haya dado cuenta o enterado de lo que no vio en diez años solo puede significar dos cosas: o vivía totalmente alejado de la realidad, o voluntariamente miraba para otro lado. Gabriela Ortega, analista política y profesora universitaria, cree que las decisiones de Moreno son eminentemente políticas. Su distancia con Correa respondería a un cálculo político. Según Ortega, “este juego político ha llevado a Moreno a asumir decisiones ventajosas políticamente, pero que no han cambiado de manera trascendental la gestión gubernamental”.

Moreno tampoco ha dicho nada sobre la situación de dos de sus cercanos colaboradores, Iván Espinel y Richard Espinosa. Ambos fueron señalados por la Contraloría por los manejos que tuvieron, en distintos cargos, dentro del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Espinel fue candidato a presidente en las elecciones de 2017 —quedó penúltimo— pero fue lo suficientemente astuto y apoyó a Moreno en la segunda vuelta. Como premio, fue nombrado Ministro de Inclusión Económica y Social. Seis meses después de su posesión, se supo que la Contraloría había emitido al menos 11 informes en los que se determinaría indicios de responsabilidad penal en su contra, y responsabilidad civil culposa por irregularidades mientras fue Director del IESS en la provincia del Guayas.

Pero Lenín Moreno no le dio mucha importancia. Durante tres semanas, era como si las acusaciones no apuntaban a un hombre que se sentaba con él en los gabinetes. Al final, Espinel renunció. Dijo que se iba para hacer campaña por el Sí en la Consulta Popular que Moreno convocó para el 4 de febrero. En la misma entrevista al diario español, Lenín dijo: “Fue un muy buen aliado, un aliado leal, tenemos una buena amistad. Se ha hecho a un lado para defenderse de las acusaciones sin que haya injerencia y para que no afecte a la confianza en el Gobierno.” La Fiscalía ya lo está investigando y el 15 de enero Espinel deberá comparecer para la audiencia de formulación de cargos. Moreno no ha dado más declaraciones que esa, como si los indicios de algunas corrupciones fueran más espeluznantes que otras.

Algo similar pasó con Richard Espinosa, hoy expresidente del directorio del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), Espinoza fue nombrado por Rafael Correa en marzo de 2015 y ratificado  en el cargo por Lenín Moreno en mayo de 2017, mediante el Decreto 8. La Contraloría General del Estado ratificó una resolución de destitución en contra de Espinosa porque habría eliminado una deuda de más de 2 mil 500 millones de dólares que mantenía el Estado ecuatoriano con el IESS.

El primer informe tenía fecha del 21 de junio de 2017, el segundo —en el que se ratificaba la destitución— es del 21 de noviembre. Todo cayó en oídos sordos. Lenín Moreno, la persona encargada de ejecutar la decisión de la Contraloría, no reaccionaba. Su desentendimiento de la situación del funcionario que él había elegido para manejar los fondos de los aportantes al Seguro Social fue tal, que la destitución no llegó a ejecutarse: con una maniobra poco transparente, Espinosa se libró de la destitución y, a la vez, libró a Moreno de hacer lo que más parece detestar: tomar una decisión.

El 5 de diciembre, en la inauguración del Hospital del IESS Quito-Sur, el cuestionado directivo anunció su renuncia. “Hemos conversado con el presidente Moreno, y no es de ahora, y le he pedido poder dejar el IESS finalmente después de haber hecho la obra más grande”, dijo ante quienes asistían al evento, incluido Moreno.

Espinosa aprovechó la despedida para alabarse: que entró a limpiar el IESS, que era una corruptela, que todavía no ha terminado, que deja la obra más grande. Un apacible Lenín le respondió: “Voy a considerarla. La verdad es que un proceso revolucionario precisa de gente que actúe de manera revolucionaria y tú lo has hecho”. Ni media palabra sobre las irregularidades observadas por la Contraloría. Al contrario, en su estilo, el Presidente solo tuvo halagos para su coideario, aplaudió su transparencia y su honestidad y recordó que lo conoce desde niño. De la deuda borrada, nada. “Veo relaciones de confianza que deben ser mantenidas. Lenín Moreno soslaya las decisiones políticas por conservar o primar las relaciones personales” —dice la politóloga Gabriela Ortega— “No solamente por ‘honrar una amistad’, sino porque los bandos dentro de Alianza País están evidenciados y cualquier movimiento en falso, inclina la balanza hacia un lado.”

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El silencio de Lenín Moreno también cubrió al país cuando su hombre de confianza, Eduardo Mangas, tuvo que renunciar. Mangas, Secretario de la Presidencia desde mayo de 2017, se vio forzado a salir del gobierno luego de que se filtrara un audio en el que hablaba sobre la ruptura entre Correa y Moreno, la forma en que se manejó la campaña electoral, la imposición de Glas como candidato, y las denuncias de corrupción hechas por la Comisión Anticorrupción y el activista Fernando Villavicencio que, según dijo, eran ciertas. “No vamos a ceder en nada, pero tenemos que dialogar, que se sientan escuchados”, decía Mangas sobre el llamado al diálogo. Moreno no dijo una palabra sobre el audio durante una semana.

Solo la presión creciente lo llevó a referirse al tema en el espacio televisivo que la Presidencia ocupa cada lunes en cadena nacional para informar sobre sus actividades. Allí dijo que el audio había sido obtenido de manera ilegal, y que había tomado correctivos para que ese tipo de situaciones no afectasen la confianza en el gobierno. Nunca pronunció siquiera el nombre de Eduardo Mangas. Al día siguiente calificó de ‘caballerosa’ la actitud de Mangas. Ni un juicio de valor, una opinión, nada sobre las infidencias en las que se ponía en duda hasta la transparencia de las elecciones que lo llevaron al poder.

Muchos medios han tolerado la tibieza de Moreno. Después de una década de abusos en su contra, la mayoría sigue de luna de miel con el Presidente. Pocos son los que lo critican abiertamente (generalmente los medios digitales, menos dados a los tires y hales de las relaciones con el poder). Moreno evita sentarse con la prensa. Tuvo un primer conversatorio con medios extranjeros al día siguiente de posesionarse, otro con periodistas nacionales al quinto día, y se reunió con los dueños y directivos de medios en octubre de 2017. En el canal de YouTube de la Presidencia constan además cinco entrevistas concedidas por Moreno, todas a la prensa extranjera. Siete meses después de su posesión, los ciudadanos aún no pueden verlo en una entrevista local en la que responda sobre su gestión, aunque se dice que esta semana estará en una televisada con al menos tres periodistas.

Así lleva poco más de medio año en el poder. Su estilo amable pero evasivo, poco confrontativo —al punto de evitar incluso tener posturas firmes con funcionarios cuestionados— ha representado quizás el mayor contraste del estilo de su examigo, Rafael Correa. Esas formas lo han blindado de la crítica y han permitido que, en apariencia, haya un aire de dulce paz. Pero en el fondo, ¿cuánto ha cambiado? “Se puede analizar estos meses de gobierno de Moreno desde la política, que ha sabido ejercerla muy bien, manteniendo a todos los bandos, antes distanciados por Rafael Correa, cerca y ávidos de construir relaciones (medios de comunicación, oposición, indígenas, empresarios, mujeres, entre otros)”, dice la politóloga Gabriela Ortega.

Su decisión más reciente, poner a tres mujeres que fueron cercanísimas a Correa en la terna para la Vicepresidencia también ha causado desconcierto. Quizás la respuesta es que al menos ellas no son muy distintas a él: los cuatro parecen haberse acomodado al discurso y al ritmo que les toca. “Lo que es evidente es que Jorge Glas fue un binomio impuesto para Lenín Moreno, y que en esta ocasión tuvo en sus manos la elección de quién le acompañará en lo que resta de gobierno”, dice Ortega sobre la terna.

Vicuña era una ferviente defensora de Rafael Correa, impulsó y votó a favor de las enmiendas que permitieron aprobar la reelección indefinida. Antes, debido a las críticas de la oposición en el pleno, la entonces asambleísta Vicuña dijo: “la calidad moral de Rafael Correa se sustenta en la consecuencia, en la lealtad y en la conciencia que tiene para con su pueblo y eso es lo que a algunos les genera urticaria”. Rosana Alvarado —quien también conformaba la terna de Moreno— era otra convencida de las enmiendas y de la valía del expresidente. “Las enmiendas son para un pueblo que no quiere volver al pasado, que es grato con la revolución ciudadana, con un Correa transformador que sabe la necesidad de mantener este proceso” dijo en diciembre de 2015 en el pleno (en el período 2013-2017, fue Vicepresidenta de la Asamblea). María Fernanda Espinosa —la otra elegida por Moreno para la terna— ha sido quizás la más mesurada con sus palabras, pero durante el gobierno de Rafael Correa ocupó puestos clave: Ministra de Defensa, Canciller, aunque también cargos más discretos como Ministra de Patrimonio y representante ante la ONU. Por quien sí metió las manos al fuego fue por Jorge Glas, hoy condenado a seis años de prisión por la trama Odebrecht. “Él ha salido a publicamente, ha demostrado cada cosa y nunca han tenido una prueba contra él”, dijo en una entrevista durante la campaña de la segunda vuelta electoral de 2017, cuando Moreno se enfrentaba a Guillermo Lasso.

Esos episodios —que las tres quisieran que olvidemos— presentan la decisión de Moreno, como muchos lo han explicado, como una deferencia con las facciones de Alianza País que veían con recelo la cercanía de Moreno con la derecha. Queda por ver cuál es la siguiente jugada del Presidente que no asistió a la posesión de su elegida, tan ambigua como él. Para Gabriela Ortega, hay algo que debería estar claro para Moreno: “Si se escuchan sonidos de serrucho en Carondelet, será por su propia culpa”.

¿Quién es María Alejandra Vicuña, Vicepresidenta del Ecuador?

María Alejandra Vicuña ha sido designada vicepresidenta encargada.

María Alejandra Vicuña Muñoz nació en Guayaquil en febrero de 1978. Tiene registrado un título de psicóloga clínica en la Universidad de Guayaquil y egresó de una Maestría en Administración de Empresas, en la Universidad de Guayaquil en convenio con la Universidad de La Plata, Argentina. Es madre de una adolescente de 16 años y se ha autodefinido como feminista y revolucionaria.

|Contexto|

Los hombres las prefieren bellas, las mujeres los prefieren ricos, y otras tonterías sin fundamento científico

En su primera cita, Mia y Josh conversaron como si se conocieran hacía años. A Josh le gustó el ingenio de Mia, y ella estaba encantada con la calidez y sonrisa fácil de Josh. Su relación floreció, pero cada tanto ambos tenían dudas. Josh tenía la custodia de su hijo de su primer matrimonio, y su futuro financiero parecía débil. Eso no le molestaba a Mia porque su personalidad más que lo compensaba. Sin embargo, él no era su ‘tipo’: ella prefería los hombres mucho menores que ella, atléticos y extremadamente guapos. Josh había soñado con una mujer ambiciosa con dinero, status y educación —idealmente un PhD (o dos). El simple masterado de Mia era un escollo. Era la norma social, después de todo, que sean los hombres quienes asciendan socialmente al casarse.

Este escenario suena extraño. Y debería: me he inventado una anécdota de cómo será el panorama del cortejo heterosexual en cien años. Hoy, el deseo por una pareja joven y atractiva del sexo opuesto tiende a ser más prevalente en los hombres que en las mujeres. Las mujeres, en cambio, tienden a priorizar el dinero y el estatus sobre juventud y belleza ¿Por qué?

Muchos psicólogos evolucionistas afirman que esta tendencia viene de impulsos biológicos innatos. Su argumento es que las mujeres tienen una urgencia primitiva a buscar un hombre que provea para sus hijos durante los largos períodos de embarazo y crianza de los niños. Los hombres, de su parte, estarían más preocupados de la fertilidad de la mujer, de la que la belleza y la juventud sirven como útiles pistas. En el pasado distante, este comportamiento era adaptable, y la evolución lo seleccionó y codificó en nuestros genes para siempre. Sí, los rituales de apareamiento modernos lucen muy distintos a los de nuestros ancestros. “Sin embargo, las mismas estrategias sexuales empleadas por nuestros ancestros operan aún hoy con esta fuerza irrefrenable”, como dice el psicólogo David Buss en La evolución del deseo (2013). “Nuestra evolucionada psicología del apareamiento, después de todo, está aún vigente en el mundo moderno porque es la única psicología del apareamiento que poseemos los mortales (existe poca investigación histórica o intercultural en las preferencias de apareamiento de la población LGBTI. Esas preguntas son importantes, pero lamentablemente no existe aún data suficiente para examinarlas debidamente)”.

Sin embargo, ha habido un desplazamiento tectónico en los roles de género en los últimos 50 años. Tan recientemente como la década de 1980, las azafatas en los Estados Unidos podían ser despedidas si se casaban, y el derecho al voto de las mujeres no fue universal en Suiza hasta 1990. ¿No nos esperaríamos que las mores de estas relaciones cambiantes influyan en las preferencias de apareo de hombres y mujeres heterosexuales? ¿O estamos aún a la voluntad de nuestro destino biológico, como afirman los psicólogos evolucionistas?

El resultado de la investigación es claro: las preferencias de apareamiento de hombres y de mujeres lucen cada vez más similares. La tendencia está directamente atada a la creciente igualdad de género: a medida que las mujeres ganan acceso a recursos y oportunidades en los negocios, la política y la educación. En países con menor igualdad de género, como Turquía, las mujeres le dan el doble de importancia al potencial de ingresos de sus parejas que en lugares con mayor igualdad de género, como Finlandia. Como en el caso de Josh y Mia, los hombres finlandeses son más proclives que las mujeres finlandesas a escoger parejas basados en su alto nivel educativo.

Por supuesto, el sexismo varía dentro de cada sociedad, y el nivel general de igualdad de género de un país no se traduce necesariamente a actitudes igualitarias entre los individuos. Pero si las preferencias de apareamiento están biológicamente predeterminadas, el sexismo individual no debería tener un impacto. Sin embargo, esta investigación realizada en nueve países demuestra lo contrario. Mientras más inequitativas son la actitudes de los hombres en temas de género, mayor valor le dan a los rasgos de belleza y juventud en las mujeres; y mientras más inequitativas son las actitudes de las mujeres en temas de género, mayor preferencia le dan al dinero y el estatus.

Esta evidencia muestra serios vacíos en la narrativa de los psicólogos evolucionistas. Si los genes determinan nuestras preferencias de apareamiento, ¿cómo es que estos instintos supuestamente preprogramados mutan a medida que sociedades e individuos avanzan hacia la igualdad de género?

Para ser justos: los psicólogos evolucionistas reconocen que los factores culturales y las costumbres locales pueden afectar cómo las personas escogen a sus parejas. Pero la igualdad de género no estaría considerada como uno de estos factores porque, incluso en las sociedad relativamente igualitarias, la brecha entre hombres y mujeres no ha sido eliminada, sino apenas reducida. El contragolpe es que que la evidencia de una brecha aún existente respalda nuestro punto: la diferencia sólo se acorta hasta el mismo punto en que  la igualdad de género se ha logrado. Para que deje de existir debería existir completa igualdad de género, algo que aún no existe.

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Lamentablemente, los roles tradicionales de género persisten aún en sociedades igualitarias. Un estudio danés encontró que los esposos cuyas mujeres ganaban más que ellos eran más propensos a usar medicación para la disfunción eréctil. Una interpretación es que los esposos se sintieron presionados a exhibir su virilidad porque no podían reclamar para sí el rol de proveedor. Otra interpretación era que dejar de ser quien pusiera el pan sobre la mesa los llevó de alguna manera a la impotencia. En otro estudio, hecho en los Estados Unidos, las mujeres solteras minimizaron sus expectativas profesionales y rebajaron su asertividad para aparecer más atractivas ante los hombres. Sin embargo, si la importancia que los hombres le atribuyen a la buena educación y perspectivas de de ingresos continúa creciendo estas tácticas podrían, en algún momento, perder su efectividad.

¿Qué pasa si una sociedad realmente lograse total igualdad de género? ¿Podrían hombres y mujeres tener preferencias de parejas esencialmente idénticas? Mi corazonada es que las elecciones de mujeres y hombres tal vez nunca converjan. La principal diferencia será, al final, las exigencias de la lactancia que siguen al parto —una actividad que es consume energía y tiempo, y difícil de integrar al trabajo remunerado, al menos no en la estructura laboral actual. La inferencia es que las mujeres tendrán que reemplazar esta pérdida de ingresos seleccionando esposos con buenos ingresos Esta decisión tendrá poco que ver con una urgencia primitiva de un gran macho protector, sin embargo: estará guiada por cálculos racionales sobre necesidades futuras. Incluso, políticas sociales progresivas, cambios en los lugares de trabajo, y mayor participación de padres en el cuidado de los niños podría mitigar aquellas presiones que comprometerían profesionalmente a las mujeres.

A veces, mis estudiantes me preguntan si tener preferencias igualitarias de parejas es algo deseable. Parecen preocupados de que esa igualdad pudiese quitar el encanto del amor de nuestras vidas. Otro riesgo sería que nivelar nuestras preferencias de apareamiento podría desembocar en matrimonios entre iguales, lo que podría conllevar a la desigualdad económica. Pero de acuerdo al reporte de la brecha de género de 2017, no hay de qué preocuparse. Al ritmo de cambio actual, pasará mucho tiempo para que Josh y Mia se emparejen: tenemos al menos aún unos cien años que esperar para que la igualdad de género se logre.


**Este texto se publicó originalmente en inglés en aeon magazine y fue traducido y republicado bajo licencia CC BY-ND 4.0.
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|La vida de los otros|

La idea de que el mundo está en declive terminal es muy peligrosa

El mensaje viene de todas partes: el mundo como lo conocemos está al borde de algo realmente malo. Desde la derecha, escuchamos que Occidente y la Civilización judeo-cristiana están entre las pinzas de extranjeros infieles y encapuchados extremistas locales. La convicción de la izquierda del declive habla de golpes de Estado, gobiernos policiales y el inevitable —aunque escurridizo— colapso del capitalismo. Para Wolfgang Streeck, el profético sociólogo alemán, es capitalismo o democracia. Como muchos creyentes del declive, Streeck presenta o el purgatorio o el paraíso. Como tantos antes que él, insiste en que hemos pasado el vestíbulo del infierno. “Antes de que el capitalismo se vaya al diablo”—dice en Cómo terminará el capitalismo (2016)— “colgará en el futuro próximo en un limbo, muerto o a punto de morir de una sobredosis de sí mismo, pero aún muy presente, porque nadie tendrá el poder de quitar del camino su cuerpo decadente”.

La idea del declive es una en la que los extremos de izquierda y derecha concuerdan. Julian Assange, la encarnación del populismo apocalíptico, recibe felicitaciones tanto de neonazis como de ‘progres’. Assange le dijo a un reportero que el poder estadounidense, fuente del mal planetario, estaba en declive como el de Roma. “Este podría ser el comienzo” susurró con una sonrisa, repitiéndolo como al mantra de un ángel vengador.

El declive de Roma asecha como precedente. Los historiadores han jugado su parte como agoreros del fin del mundo. En la misma época en que el historiador inglés Edward Gibbon publicó el primer volumen de La historia del declive y caída del Imperio romano (1776), los colonos americanos les decían adiós a sus gobernadores. Hubo quienes leyeron aquello como una profecía. La Primera Guerra Mundial trajo el fin de la era moderna. La más famosa interpretación fue El declive de Occidente (1918) del historiador alemán Oswald Spengler. La masacre de Flanders y la plaga de influenza de 1918 —que arrasaron con el cinco por ciento de la población mundial— hizo que El declive de Occidente aparezca más que oportuno. Spengler añadió un giró más: para el final del siglo, predijo, la Occidente necesitaría un ejecutivo todopoderoso para rescatarla, una idea que los autócratas han abrazado desde entonces con especial regocijo.

Esperar que la fiesta termine más pronto que tarde es casi parte de la condición moderna. Lo que varía es cómo vendrá el final. ¿Será un cataclismo bíblico, un gran nivelador? ¿O será algo más gradual, como un hambre malthusiana o un desplome moralista?

Nuestra era declivista es relevante por una razón. No solo son los occidentales quienes están en problemas: gracias a la globalización, el Resto también. Estamos todos, como especie, en este enredo: nuestras cadenas de suministro y el cambio climático nos tienen listos para una sexta extinción masiva. Deberíamos preocuparnos menos sobre nuestro estilo de vida y más sobre la vida en sí misma.

Los declivismos comparten ciertas características. Venden más en tiempos de incertidumbre y agitación. Son proclives, también, a pensar que los círculos del infierno se pueden evitar solo a través de un gran catarsis o de una gran figura carismática.

Pero, sobre todo, ignoran los síntomas de mejoría que apuntan a soluciones mucho menos dramáticas. Los declinistas tienen un gran punto ciego porque están más atraídos por osadas y totales alternativas que por el monótono gris de las soluciones modestas. ¿Por qué ir por lo parcial y paulatino si se puede dar vuelta a todo el sistema?

Los declivistas dicen ver la película completa. Sus retratos son grandiosos, subsumidores, totales. Por ejemplo, Los límites del crecimiento (1972) del Club de Roma, uno de los best-sellers de todos los tiempos. Con más de 30 millones de copias vendidas en 30 idiomas, esta ‘proyección del predicamento de la Humanidad’ le mostró a sus lectores alarmantes retratos de muerte y mapeó con sombría confianza la relación entre ‘realimentación’ e ‘interacciones’. De hecho, tenía mucho en común con el buen reverendo Thomas Malthus, incluyendo la obsesión con los rendimientos decrecientes. Obsesionado con el declive de la tierra trabajable, Malthus no podía ver fuentes de rendimientos crecientes —al menos no al inicio. Con el tiempo, unos amigos lo convencieron de que la maquinaria y el colonialismo resolverían el problema de tener poca comida para demasiadas bocas: ediciones posteriores de su Ensayo sobre el Principio de la Población (1798) atravesaron contorsiones para resolver ese punto. De igual manera, los analistas de sistemas del Massachusetts Institute of Technology simularon todo el mundo, pero no pudieron admitir pequeñas imágenes de ingenio, resolución de problemas y adaptación —alguna de las que tuvieron el efecto perverso de develar tantas fuentes de carbono con las que empezaríamos a achicharrar el planeta varias generaciones después.

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Una voz disidente en la década de 1970 fue la de Albert O. Hirschman. Estaba preocupado por el encanto del anuncio del fin del mundo. Las oscuras predicciones, advertía, pueden cegar a los observadores de la ‘película completa’ e impedirles ver fuerzas compensatorias, historias positivas y destellos de soluciones. Hay una razón para ello: los declivistas confunden los crecientes dolores del cambio con los signos del fin de sistemas enteros. El declinismo niega la posibilidad de que, detrás de las viejas formas podría haber nuevas emergiendo.

¿Por qué seduce el declivismo si la Historia rara vez confirma sus predicciones? Según Hirschman se debía a un estilo profético, uno que apela a los intelectuales proclives a explicaciones ‘fundamentalistas’, que prefieren señalar a las causas de los problemas sociales como intratables. Para los revolucionarios, lo que queda es una alternativa utópica. Para los reaccionarios, la distopía. El resultado es un modo de pensar ‘antagónico’, una creencia de la que Historia va de un gran, integrado y total sistema a otro. Comparado con avances modestos, compromisos y concesiones (que suenan tan aburridos), la magnificente visión del cambio total tiene demasiados encantos.

Preferir lo grandioso y atrevido conlleva riesgos. La incapacidad de ver logros inesperados y señales esperanzadoras en la vorágine por el cambio suele, a menudo, traer más destrucción que construcción. Hirschman había visto el precio del declivismo. Creció en la Alemania de Weimar, y vio a su país caer en una trampa ideológica y bifurcarse en extremos a inicios de la década de 1930, cuando comunistas y fascistas llegaron al acuerdo de destruir la república en busca de sus utopías enfrentadas —en todo lo demás solo tuvieron desacuerdos.

Décadas más tarde, Hirschman observó cómo los latinoamericanos perdieron las esperanzas en los proyectos de reforma democrática. La caída latinoamericana en lo que él llamó ‘fracasomanía’ —la propensión de ver fracasos en todas partes— bloqueó graduales avances reales y logros que no estuvieron a la altura de grandes expectativas. Y la razón por la que no estuvieron a la altura fue porque el declive de Latinoamérica había agarrado al reformismo democrático. El resultado fue poner fe en las visiones más extremistas y la tentación de la acción directa. Estudiantes de la Universidad de Buenos Aires se unieron a las filas de las guerrillas urbanas. En el otro lado del espectro, los reaccionarios argentinos lamentaban el fin de la civilización Occidental y se aliaron con escuadrones de la muerte paramilitares. Cuando el golpe de Estado finalmente llegó en marzo de 1976, la junta militar se bautizó a sí misma como el ‘Proceso de Reorganización Nacional”. Cuando sus amigos cercanos tuvieron que esconderse o huir, Hirschman sintió los pinchazos del déjà vu. Empezó a tener pesadillas sobre las trampas ideológicas de su juventud. Cuando una editorial alemana le pidió escribir un prefacio especial para la traducción alemana de su clásico Salida, Voz y Lealtad (1970), las memorias del Berlín de 1933 regresaron en estampidas.

El problema con el declivismo es que confirma las virtudes de nuestras más altas e imposibles soluciones a problemas fundamentales. También confirma las decepciones que sentimos de los cambios que, de hecho, hemos logrado. Esto no quiere decir que no haya problemas profundamente arraigados. Pero verlos como la evidencia de un fin ineludible puede empobrecer nuestra imaginación a través de la seducción del canto de sirena del cambio total o el fatalismo.


**Este texto se publicó originalmente en inglés en aeon magazine y fue traducido y republicado bajo licencia CC BY-ND 4.0.

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|Profundidad|

El chico de Brixton

|Placeres|

Una mañana de enero de 2016, un hombre llegó al puesto de flores que está frente a la estación del metro del barrio de Brixton, en el sur de Londres, y le pidió al vendedor un ramo de rosas. “Una libra y cincuenta peniques”, le dijo Simon Zucconi, que hacía veinte años se paraba bajo un toldo de arandelas verdes a vender sus flores. El hombre le agradeció, cruzó la calle, y las puso sobre frente al mural que el artista Jimmy C pintó en 2013 sobre una de las paredes de la peatonal de Tunstall Road en honor al hijo ilustre de Brixton: David Robert Jones. El Duque Blanco. Aladdin Sane. Ziggy Stardust —David Bowie.

Una hora y media antes, a las seis, en medio de la oscuridad y el frío del invierno británico, de camino al depósito donde guarda sus rosas y cactus, sus margaritas y astromelias, Zucconi pasó por el mural. Vio a un hombre de gorra y guantes, de silencio y de pie frente  al rostro de Bowie transfigurado en el de Aladdin Sane (cruzado por un rayo de locura —a-lad-insane), rodeado de esferas de colores que flotan sobre un fondo naranja: el músico que había lanzado Blackstar, su último disco, apenas dos días antes (en su cumpleaños 68), había muerto de cáncer en Nueva York, a una hora en la que la mayoría de la buena gente de Brixton aún dormía.

Pero para los londinenses —y en especial para los habitantes de Brixton— era una pérdida tan cercana que en pocas horas Zucconi había vendido todas sus flores, y en la peatonal de Tunstall Road casi no se podía caminar porque las ofrendas florales cubrían la mitad del asfalto, y la otra mitad estaba llena de agradecidos fans de Bowie que empezaron a escribir mensajes de gratitud en el mural. Cuando se quedaron sin espacio, la gente se movió, tan natural como un paso de baile de la estrella de rock, a los ventanales de la tienda departamental sobre cuyo dorso está la obra de Jimmy C. No pidieron permisos, ni hubo quién se los impidiera. Tuvieron que pasar algunos días hasta que algún administrador con más sentido mercantil que poético pegara un cartel de amabilidad inglesa pidiéndole a la gente que no usara sus vidrios para sus mensajes de amor y despedida.

Fueron los funerales espontáneos de uno de los más grandes talentos musicales contemporáneos. Zucconi no lo sabía, pero había visto, quizá, al primer doliente bowiniano en llegar al mural en el barrio en el que, en 1947, nació David Robert Jones. 

muerte de David Bowie

Una mujer despide a Bowie al pie del mural en Brixton la noche del 11 de enero de 2016. Fotografía de José María León Cabrera para GK

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El cine Ritzy, como Bowie, es un símbolo de Brixton, que es un símbolo de Londres. Brixton (parte distrito de Lambeth) fue el primer barrio inglés que tuvo un mercado callejero iluminado por electricidad. A finales del siglo diecinueve era el futuro hecho presente: Electric Avenue, Electric Lane, la bombilla era la reina en un barrio sin la majestad windsoriana de otros célebres sitios londinenses. Su cinema abrió en 1911, bautizado como el Electric Pavillion. Fue uno de los primeros edificios diseñados y construidos para funcionar como sala de proyección de películas. Está en la esquina de Coldharbour Lane una de las avenidas principales de Brixton. Quince años antes, los hermanos Lumière habían proyectado una película por primera vez en la capital inglesa: cuarenta segundos de la vida cotidiana disparados desde un proyector manual. El Electric Pavillion sobrevivió al Blitz alemán, y a tres cambios de nombre  antes de morir en 1976. Volvió de entre los muertos dos años después cuando una cooperativa de vecinos decidió reabrirlo “con el entusiasmo de los completamente ignorantes”, según Pat Foster, quien lideró la reapertura. Se llamó The little bit Ritzy (en inglés, ritzy significa glamoroso) y fue un lugar de culto: cine arte, feminista y gay. En 1984 comenzó a pasar películas más comerciales, perdió su fachada victoriana y la recuperó. Fue versátil como Bowie, aunque no tan universal. El 10 de enero de 2016, el encargado de la marquesina del cine, que da a una pequeña plaza con un árbol en el centro, bajó los estrenos y los reemplazó con una despedida serena:

DAVID BOWIE 
OUR BRIXTON BOY
RIP

Durante las fiestas de fin de año, Londres entra en un estado lisérgico de luces, alcohol y muchedumbre. Enero es la resaca que le sigue. En sus primeras noches, el centro de la ciudad está vacío —apenas unos vagabundos durmiendo en los portales—, sucio —de basura vieja—, y apagado —como si tuviera una migraña por exceso de exposición a focos y música navideña. La gente retoma su vida a paso paquidérmico: vuelve al trabajo, a estudiar, a subir y bajarse de los buses de dos plantas, a ser tragadas por las gargantas profundas de las estaciones del monstruo del metro (the tube) que empiezan a comerse los más de mil doscientos millones de pasajeros con que se alimenta cada año.

Ritzy cinema

El cine Ritzy el 10 de enero de 2016, día en que murió David Bowie. Fotografía de José María León Cabrera para GK.

Pero ese diez de enero, Brixton estaba vivo de nuevo como en un día de diciembre: al atardecer (a eso de las cuatro de la tarde) la gente comenzó a llegar, sin convocatoria, guiados por la gratitud con Bowie. Se quedarían dos días.

§

Brixton no es un barrio sencillo. En 1981, Margaret Thatcher estaba en el poder y el desempleo volaba alto en el Reino Unido: al final del año llegaría a 3 millones de personas, la cifra más alta en medio siglo. Cuando un hombre negro fue arrestado por la Policía, el cóctel de frustración, marginación racial y la falta de trabajo en Brixton —una amalgama de comunidades de ascendencia caribeña, africana y latina— explotó. Tres días de protestas, más de cien carros de policía quemados, 300 heridos y decenas de detenidos. Para entonces, casi la mitad de todos los delitos violentos del distrito de Lambeth sucedían en Brixton.

Una década después, los reclutadores del extremismo islámico empezaron a acechar la mezquita de Brixton. Abdullah al-Faisal, uno de los ideólogos del terrorismo islamista, fue su imam en 1991. Richard Reid (que quiso detonar una bomba que llevaba en el zapato en un avión), Zacarias Moussaoui (que planificó los ataques del 9-11), Mohammad Sidique Khan (que voló un bus en 2007 en el centro de Londres) fueron todos sus discípulos. Al-Faisal no duró más de un año en la mezquita del barrio, me dice AbdulHaq al-Ashanti. “En nuestra mezquita siempre hemos querido ayudar a los jóvenes con problemas porque sabemos que la otra opción que les queda es el extremismo. El gobierno los ha olvidado”.

En los últimos años, Brixton se ha gentrificado, y sus bares, mercados callejeros, salas de concierto y su arte callejero outsider se ha ido moviendo hacia el centro: es uno de los corazones de la movida independiente londinense. Aun así, todavía hay noches violentas. El primer recuerdo que tengo de Brixton es ir caminando al mercado —tal vez uno de los lugares de más alta densidad de alimentos de todo el mundo— y toparme con una venta de drogas sacada de un cliché: un rincón oscuro y alejado, comprador asustado, vendedor intimidante, testigo que mira hacia otro lado y sigue su camino. Ese es el barrio de la infancia de Bowie. En esencia, no ha cambiado. El Ritzy —donde su mamá, Margaret Mary Peggy fue acomodadora— está ahí. La casa #40 de Stansfield Road sigue en pie. Cuando murió, alguien pegó un afiche con su fecha de nacimiento y muerte en uno y escribió en tinta negra: My home.

donde vivió David Bowie

Uno de los muros de la casa en que vivió David Bowie en su infancia en Brixton marcado por un fanático. Fotografía de José María León para GK

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La del 11 de enero no fue una de las noches agitadas de Brixton. Fue sobrecogedora y cálida a pesar de los diez grados. Llovía ligeramente y en el árbol de la pequeña plaza frente al Ritzy, pelado invernal, aún colgaban unas luces led de sus ramas. Los fans de Bowie habían ido y venido desde las primeras horas de la noticia de su muerte, y el puesto de flores de Simon Zucconi había cerrado una hora más tarde de lo habitual. La peregrinación era del kiosko de Zucconi al mural —donde la gente dejaba las flores, encendía velas, y pedía silencio a quienes hablaban muy alto o se reían— y de ahí a la plaza al pie del Ritzy. Ahí, bajo la marquesina, la gente empezó a cantar Starman. Alguien lo grabó desde la terraza del cine y la página Consequences of sound subió un video de la parte en que la gente corea There’s a starman waiting in the sky He’s told us not to blow it, Cause he knows it’s all worthwhile He told me: Let the children lose it Let the children use it Let all the children boogie.

No era tanto un tributo, sino un reconocimiento: Bowie era el hombre de las estrellas que profetizó. Ya jamás bajaría a la Tierra, aunque quisiera. No lo haría porque sabe que no podríamos soportarlo. Está allá arriba, esperando para siempre, diciéndonos que no lo arruinemos porque él sabe que vale la pena.

La noche del 13 de enero, una niña de unos ocho años escribió en un costado de la pared: “Gracias por mostrarme la música, David”. Unos segundos antes, su mamá había escrito su propio mensaje de gratitud. Además de las flores, había botellas de vino y cerveza vacías, y a pesar del olor rancio que emanaban, no parecían fuera de lugar. Pensé que Bowie siempre me pareció consecuente y contradictorio. Alienígena y mundanal. Una muestra de la cotidianeidad y del talento excepcional. Era como si, mientras duraba su música, nos podíamos ver como éramos y como queríamos ser. Por eso días, un amigo me pidió que le consiguiera el suplemento del diario The Guardian en honor del gran músico inglés. Su pedido llegó tarde: estaba agotado desde muy temprano el 12 de enero, pero su conversación me hizo pensar en todas las versiones y posibilidades de ese espejo y telescopio que fue David Bowie cuando me dijo “Me pasaba que el man no era solo el que me hacía bailar o reducir su música a un ‘qué bueno’. Me pasaba que yo quería ser como él por unos minutos de mi vida”.

David Bowie

Una niña deja un mensaje en el mural de David Bowie en el barrio de Brixton en Londres el 12 de enero de 2012. Fotografía de José María León Cabrera para GK

Una semana después de la muerte de Bowie, el municipio del distrito de Lambeth puso una pequeña placa junto al mural de Jimmy C: “Pedimos comedidamente que pongan sus mensajes y dedicatorias en los bordes del mural y no sobre David o las esferas, para que este bello mural pueda ser disfrutado por todos en los años por venir. Gracias por su cooperación”. Para ese entonces, al pie del mural, las flores, las velas, las fotos y las botellas se habían multiplicado tanto que había que turnarse para pasar por el estrecho espacio que quedaba para caminar: era una primavera breve en medio del invierno, en uno de los barrios más complejos, coloridos y vivos de Londres.

UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Claves para entender la pugna por la convocatoria a consulta popular

|Contexto|

El presidente de la República se ha amparado en el artículo 105 de la Ley Orgánica de Garantías Jurisdiccionales y Control Constitucional para no esperar el dictamen de la Corte Constitucional sobre las preguntas que planteó el 2 de octubre. Según esa disposición legal, si i la Corte Constitucional no se ha pronunciado en veinte, “se entenderá que ha emitido dictamen favorable.”. La corte admitió a trámite los pedidos de referendo y consulta popular el 6 de octubre de 2017.

La mañana del 29 de noviembre, la secretaria jurídica de la Presidencia, Johanna Pesántez, fue al Consejo Nacional Electoral —organismo encargado de los procesos electorales en el Ecuador— y entregó la convocatoria de la consulta y el referendo. Eran dos decretos: el 229, para los temas que técnicamente deben decidirse por referendo constitucional, y el 230 para los que deben resolverse en consulta popular.

Según Pesántez, existen otros casos en los que se ha procedido de igual manera y citó el caso de la convocatoria a elecciones en el cantón La Concordia en 2011. En noviembre de 2011, Correa firmó el decreto ejecutivo 946 en el que utilizaba el mismo argumento del silencio de la Corte para convocar a la consulta en que los habitantes de dicho cantón decidirían si querían pertencer a la provincia de Esmeraldas o a la de Santo Domingo de los Tsáchilas.

En Twitter, Moreno dijo que lo hacía porque era “derecho del pueblo”.

 

Las 24 historias más vistas de 2017

|Especiales|

El año termina como un recordatorio de que nada es para siempre, que lo único permanente es el cambio. La política ecuatoriana fue, quizá, el escenario donde el quiebre fue más profundo y evidente. Después de diez años de gobierno, Rafael Correa abandonó el poder. Ese fue el primer gran cambio. Pero su sucesor, Lenín Moreno, ha impuesto un estilo totalmente opuesto al de Correa, quien lo ha acusado de traidor, mentiroso e impostor. Quienes alguna vez fueron la dupla política más efectiva del país llegan al final de 2017 como enemigos acérrimos. La corrupción destapada en América Latina por las delaciones del caso Odebrecht, la constructora brasileña que sobornó a políticos de doce países y repartió casi cuatro mil millones de dólares en coimas, cambió el paisaje político regional.

Hubo, también, otros cambios en el país y el mundo. La polarización del discurso ahoga al planeta, desde la península de Corea hasta las riberas del Támesis londinense, desde Buenos Aires hasta Washington DC. Cada vez más escuchamos la palabra posverdad y su equivalente en inglés, fake news. El estado de los derechos de las minorías sufrió por los embates de una conservadurismo demagógico resurgente, que ha sabido canalizar el descontento de las mayorías con la economía y la reducción del estado de bienestar —una posición que los liberales no han sabido descifrar (y por la cual parecen estar destinados a algunos años de reveses electorales).

El racismo, la homofobia, el sexismo y la xenofobia han sido poderosos móviles electorales en 2017. Pero han encontrado fuerte resistencia en personas y agrupaciones que, desde hace años, los combaten. El constante recordatorio de los números de violencia contra la mujer, los escalofriantes números de delitos sexuales contra niños han sido parte de este año. La fuga masiva de venezolanos de la crisis causada por el gobierno de Maduro despertó el odio pero también la compasión y la generosidad. La emergencia del movimiento #MeToo que ha denunciado los abusos sexuales de la industria del cine y la televisión terminó con el silencio y la impunidad, y vio caer a poderosos.

Todos estos temas —y muchos más— fueron nuestra reportería del 2017. GK es un medio que publica poco, porque privilegia la profundidad. Los contenidos más leídos de nuestro ejercicio reflejan los intereses dominantes de nuestros lectores: la coyuntura política, la violencia contra la mujer, los derechos de las mujeres, las minorías sexuales y los niños.

En la vorágine informativa en que vivimos, en la incesante exigencia de contenidos breves, inmediatos, superficiales, que nuestros lectores se tomen cinco o seis minutos de su día para leernos es un privilegio.

Estos son los 24 contenidos más vistos en el año que termina. Son los que más visitas han tenido y, también, los que proporcionalmente mayor permanencia tienen.

Ciento treinta niños chocan con la pared migratoria de Nicolás Maduro

|Profundidad|

Ciento treinta niños venezolanos trataron de reencontrarse con sus padres en Perú el 15 de diciembre de 2017. La ONG Unión Venezolana en Perú hizo campaña en Lima para recaudar dinero para pagarle sus boletos aéreos desde Venezuela hasta la capital peruana. La idea era que estas familias separadas por la diáspora venezolana tuvieran unas navidades felices. Sin embargo, las autoridades migratorias detuvieron al grupo que tenía planeado salir del aeropuerto internacional Simón Bolívar en Maiquetía —a 45 minutos de Caracas—, y anularon los pasaportes de los niños alegando irregularidades en los permisos de viaje y supuesto tráfico de personas.

El Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería de Venezuela (Saime) emitió un comunicado el sábado 16 de diciembre diciendo que 10 de los 130 permisos de viaje de los menores presentaban irregularidades: “Las firmas de los representantes no son exactas y el proceso para su emisión no es el adecuado” decía el texto. Ese mismo día el Fiscal General venezolano, Tarek William Saab, informaba “primera vez que se comete tal atrocidad en Venezuela: una ONG, de manera ilegal, pretendía sacar a 130 niños del país”. Cuatro días después, el dirigente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Diosdado Cabello, en su programa semanal en Venezolana de Televisión, la televisora estatal, dijo que él impidió el viaje: “Ahora los fascistas y traidores a la patria están tratando de robar a nuestros hijos. Lo digo con orgullo: yo ordené que se detuviera ese vuelo. Eso no puede pasar jamás”.

Hasta ahora han sido las únicas autoridades que se han pronunciado sobre el caso. Las redes sociales se llenaron de reclamos contra el gobierno venezolano por no dejar salir a sus ciudadanos.

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Luisana** tiene dos años viviendo en Lima y esperaba reencontrarse con sus hijas de dos y seis años. “Cuando mi esposo y yo nos fuimos de Caracas no teníamos el dinero suficiente para traernos a las niñas, así que las dejamos al cuidado de mi mamá. Mensualmente le envíamos dinero y les prometimos que pronto estaríamos juntos. Cuando la ONG Unión Venezolana en Perú planteó la idea de hacer colectas y campañas para traer a niños venezolanos separados de sus padres, nos unimos”, me dijo por vía WhatsApp. Ella y su esposo participaron activamente para llegar a la meta de recaudación. Confiaban en la trayectoria de esta organización.

Unión Venezolana en Perú se creó hace cinco años bajo la coordinación del diputado de oposición  venezolano Oscar Pérez. Exiliado en Lima desde 2009 luego de que el tribunal trigésimo séptimo de control del Área Metropolitana de Caracas dictará una medida privativa de libertad al formularle cargos por instigación y asociación para delinquir luego de que participara en una manifestación en agosto de ese año en contra de una reforma a la Ley de Educación. Los abogados defensores de Pérez no han logrado presentar pruebas y evidencias que descarten estos cargos porque el tribunal siempre difiere las audiencias y ha cambiado al juez de la causa al menos cinco veces.  

Unión Venezolana fue la ONG la que impulsó el proyecto de un permiso especial para que los venezolanos que lleguen al Perú y necesiten trabajar con legalidad puedan hacerlo en corto tiempo. También trabajaron porque el Congreso peruano aprobara la iniciativa de que todos los títulos de universidades venezolanas sean reconocidos en Perú sin la necesidad de apostillarse.

En su cuenta de Twitter Pérez subió un video en que les explicaba a los venezolanos que esperaban en el aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima que los agentes migratorios venezolanos impidieron el viaje de sus hijos. Además, denunció que su esposa e hija —que viajaban en representación de la ONG para acompañar a los menores— fueron arrestadas por el Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) bajo los cargos de emisión de documentos falsos y tráfico de personas. “Nuevamente el gobierno venezolano demuestra su talante dictatorial e impide que decenas de familias se reencuentren con sus hijos”. Además, confirmó que a los niños se les había anulado sus pasaportes (una medida que se ha hecho frecuente en Venezuela) y que estuvieron separados por horas de los representantes que los habían dejado en el aeropuerto, sin comer y sin permiso para comunicarse con el exterior.

Para que un niño salga de Venezuela sin uno de sus padres, o con un tercero, hay que cumplir con ciertos requisitos específicos. Si el niño viaja solo con la madre o el padre, el representante que no va con ellos  debe firmar un permiso notariado indicando que no hay inconvenientes con aquella salida. Si el sin su padre o madre sino con un tercero, ambos progenitores deben firmar un permiso notariado que autoriza a esta persona a viajar con el niño. En el caso de que el menor viaje solo, ambos padres emiten un permiso notariado para que la aerolínea —de ofrecer ese servicio— se encargue de la seguridad del menor. A cada uno de los permisos se le debe anexar fotocopias de los documentos de identidad de los involucrados y del boleto de viaje. Para una ONG como Unión Venezolana en Perú estas exigencias no eran imposibles de lograr.

En videos y fotos difundidos en Facebook y Twitter se veía a los niños acostados sobre sus maletas en el pasillo de la sala de migración internacional del aeropuerto. Muchos lloraban y no entendían qué pasaba. Entre ellos, las niñas de Luisana que lloraban desconsoladas. “Ha sido muy duro todo esto. A mi mamá también le anularon el pasaporte porque iba a viajar con ellas. Ya están en casa y no me rendiré hasta tener a mis niñas conmigo”, dice Luisana.

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Como todo en Venezuela, la posibilidad (o imposibilidad) de salir del país se balancea entre la política y la incertidumbre. En 2007, el entonces presidente Hugo Chávez, trató de cambiar la Constitución de Venezuela mediante una consulta popular. Al final, los números no le dieron y perdió. Desde entonces, los rumores solo han ido creciendo: que el gobierno nos quitaría las casas, que esto sería Cuba, que nos quitarían la patria potestad de nuestros hijos, y que el Estado exigiría permisos para salir del país, al estilo de la antigua Unión Soviética. Chávez cambió la Constitución mediante decretos con el apoyo de una Asamblea Nacional oficialista, y en ningún momento ejecutó aquello, al menos en ese último punto, que tanto asustaba a la población.

Desde finales de 2012, cuando comenzó a salir el flujo fuerte de venezolanos al exterior, los inmigrantes de Venezuela nos sentimos con esa espada sobre nuestras cabezas. “¿Escuchaste que después de julio no nos dejarán salir del país?”, se decía por los grupos de WhatsApp  antes de la elección para la Asamblea Constituyente de 2017. “Tal parece que para el año que viene no dejarán salir a nadie de Venezuela, y los venezolanos que viven afuera y vengan para visitar a sus familiares, serán detenidos. No te vengas”, le dijo por teléfono mi suegro hace quince días a mi esposa. Este tipo de rumores se han convertido en un cliché, en un infinito ‘me dijo un amigo de un amigo que está en alto contacto con Miraflores (el palacio presidencial)’.

Lo que sí es cierto es que los mecanismos para salir de Venezuela en los últimos dos años se han vuelto una tortura para los que se atreven a la aventura. El primer obstáculo son las autoridades migratorias venezolanas: la Guardia Nacional y agentes del Saime. Son conocidas en los medios de comunicación nacionales e internacionales los atropellos que ejecutan sistemáticamente para que los venezolanos no la tengan fácil a la hora de cruzar la frontera. Roban divisas, extorsionan a los extranjeros que van al país, y se ha hecho política de Estado cancelar pasaportes a venezolanos que estén en contra del presidente Nicolás Maduro, o a periodistas que reportan la actualidad del país.

Lo segundo es el estado de los puertos de salida del país. Si es por tierra, las pocas compañías de transporte no tienen los autobuses suficientes para cubrir la demanda actual, y los pocos que están operativos se dañan constantemente por la falta de repuestos. Por aire, los aeropuertos —como el de Maiquetía que surte a Caracas, la capital del país— no tienen la seguridad adecuada para sus viajeros, por lo que a cada momento se reportan robos de equipaje, vehículos y celulares. Por ejemplo, para 2016, la compañía privada Skytrax, reconocida por su evaluación de los aeropuertos del mundo, calificó al aeropuerto de Caracas como el peor de Latinoamérica. Mientras que los tres primeros son el de Bogotá, Lima y Quito.

Además, en los últimos tres años al menos doce aerolíneas han dejado de volar a Venezuela. Alegan “inestabilidad del mercado” y compañías como Avianca, Delta Airlines, Lufthansa, Air Canada y Alitalia no consideran a Caracas como un destino fiable.

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Con la suspensión del viaje de los 130 niños venezolanos los mismos temores de que Venezuela se convierta en una nueva Corea del Norte toman fuerza. Más allá de los análisis y opiniones que buscan demostrar lo contrario, como el padre de un niño que sigue allá, no puedo dejar de perder el sueño todas las noches. Hace un año y medio, cuando mi esposa y yo decidimos emigrar a Ecuador, teníamos el dinero contado. Sólo nos pudimos traer a nuestro hijo menor, de un año. Pero el mayor, de siete, está con su abuela. Y nos parte el corazón llamarlo y observar cómo con una sonrisa nos pide que le mandemos azúcar para que le puedan hacer dulces.

Por eso, cada dólar que ahorramos, cada trabajo que tomamos, lo hacemos pensando en ese viaje que nos falta. En despertar un día y que los cuatro estemos juntos de nuevo.

¿La ONG actuó de manera correcta al tratar de sacar a 130 niños de una vez? No lo creo. Más cuando en el pasado el gobierno venezolano ha demostrado que es especialista en convertir cualquier evento en una herramienta propagandística para mantenerse en el poder. ¿Puede el Estado venezolano impedir la salida del país a sus ciudadanos? Al menos que estén solicitados por la justicia bajo un crimen comprobable, no debería. Es inconstitucional. Al final, los más perjudicados son los niños.


**Luisana es un nombre protegido

El país premiado por su desarrollo minero busca limitar la minería con una consulta popular

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El presidente Lenín Moreno ha presentado a su gobierno como uno ambientalista. El 3 de noviembre de 2017 en Cuenca, donde están dos de los cinco proyectos estratégicos de minería a gran escala —Río Blanco y Loma Larga— dijo que “no habrá actividad minera que afecte las fuentes hídricas”. Lo hizo para hablar de la consulta popular —que será el 4 de febrero de 2018— y la pregunta sobre la restricción de la minería metálica en todas sus etapas en áreas protegidas, zonas intangibles y centros urbanos. Días después llamó a votar “por la naturaleza, frente a la destrucción del medio ambiente”. Pero si se aprobase la sexta pregunta de la consulta —que es específicamente sobre la minería—, Cuenca y el resto del país no estarían precisamente libres de la contaminación a causa de esta extracción, como lo plantea el Presidente.

La pregunta de la consulta “¿Está usted de acuerdo con enmendar la Constitución de la República del Ecuador para que se prohíba sin excepción la minería metálica en todas sus etapas, en áreas protegidas, zonas intangibles y centros urbanos?” tiene su origen en el artículo 407 de la Constitución, que ya prohíbe la actividad extractiva de recursos no renovables —incluida la minería metálica— en las áreas protegidas y en las zonas intangibles. Lo único nuevo de la pregunta en la consulta popular es que incluye a los centros urbanos. Nada más.

En el artículo 407 también se habla de que la prohibición de la minería no es absoluta y existe una excepción: la petición fundamentada de la Presidencia de la República. Si hoy el Presidente quisiera hacer extracción minera en un área protegida o una zona intangible, podría hacerlo pero antes tendría que solicitar a la Asamblea que declare ese proyecto específico como de interés nacional (y de estimarlo conveniente, podrá convocar a consulta popular). Ese trámite, en el que la explotación de recursos no renovables (incluida la minería metálica) al final depende del Presidente y de la Asamblea, no sería cambiado por la pregunta seis de la consulta popular. Sin embargo, según el ministro de ambiente, Tarcisio Granizo, ese precisamente es el objetivo de la pregunta, que propone un inciso para eliminar esa excepcionalidad de forma específica en la minería metálica. Es decir, el Presidente ya no podría declarar de interés nacional un proyecto minero que se encuentre en un área protegida, pero sí podría hacerlo para cualquier otro tipo de recurso no renovable (como lo hizo con el petróleo el expresidente Rafael Correa en octubre del 2013 cuando decidió explotar el Yasuní).

Andrés Martínez Moscoso es experto en Derecho Constitucional y cree que “la pregunta no es revolucionaria, pero sí tiene un avance”. Para él en la consulta está presente la estrategia del diálogo y con las preguntas cinco —sobre el Yasuní— y seis —sobre minería—, Moreno ha intentado dar respuesta a los grupos ambientalistas. “El Presidente no da el paso total, no se la juega, sin embargo no los deja de atender”. Pero la pregunta que irá a consulta no convence a los antimineros, quienes pensaban que iba a proponer un cambio más radical. Antes de que las preguntas fueran definitivas, el Concejo Cantonal de Cuenca y el Cabildo por el Agua enviaron al Presidente una propuesta para  restringir las actividades de minería metálica en fuentes de agua, zonas de páramo, bosques nublados alto Andino y humedales, así como suspender las autorizaciones a las concesiones actuales en todas sus fases. Esa idea no fue acogida. La Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador (Ecuarunari) había planteado un recurso a la Corte Constitucional para que se reformule la pregunta y la prohibición de las actividades mineras incluya páramos, humedales, cabeceras de ríos y zonas frágiles y de biodiversidad.

Las siete preguntas de la consulta popular incluyen un anexo y el que justifica la sexta dice que “el nuevo modelo económico planteado es un proceso no extractivista”. Pero no se entiende de qué nuevo modelo se habla si se considera que el Presidente mantiene el discurso de su antecesor Rafael Correa. El 2 de octubre, cuando Moreno anunció las preguntas, dijo que el país “debe tener una minería responsable que respete las normas ambientales y sociales”. Y, al menos en los últimos tres años el Gobierno ha trabajado para que Ecuador sea atractivo para el sector minero a través de incentivos fiscales y políticas públicas. Esos esfuerzos han dado resultados: tres de los cinco proyectos estratégicos están en fase de explotación y los ojos de grandes empresas están en el país. Este año el Ecuador recibió el premio como una de las mejores naciones en desarrollo minero, en los Mines and Money Americas 2017, en Toronto, Canadá. Este reconocimiento se otorga a los países o empresas de impulsan el desarrollo de proyectos mineros y que aplican prácticas innovadoras en el sector. En la ceremonia de premiación, el ministro de Minería, Javier Córdova, explicó que  existe un riguroso plan de incentivos fiscales para lograr ingresos de 4.600 millones de dólares en los próximos cuatro años. Solo el contrato de inversión del proyecto Mirador es de 1439 millones de dólares para el desarrollo de infraestructura, mientras en Fruta del Norte (Zamora Chinchipe), la canadiense Lundin Gold comprometió unos 1000 millones. También el Ministerio de Minería Javier Córdova ha mostrado mucho interés en Cascabel, un yacimiento localizado en Imbabura, que está en etapa de exploración avanzada: “Los resultados que arroja Cascabel sobrepasan las expectativas y sin duda va a ser un proyecto de clase mundial”, dijo en el 2016.

Además de los ingresos que el Ecuador planifica recibir por las actividades mineras, hay otro dato a considerar que no ha sido analizado: si el Estado decide revertir las actuales concesiones, principalmente en los cinco proyectos estratégicos, las empresas podrán pedir indemnizaciones. Ese cálculo dependerá de las millonarias inversiones realizadas en las diferentes etapas de la actividad minera y de los recursos comprometidos.

Mientras la propaganda para la consulta popular posiciona la importancia de votar sí para “proteger a la naturaleza”, Ecuador avanza a paso firme en su estrategia de convertirse en un país atractivo para el sector minero. Las proyecciones económicas lo explican: La minería aporta menos del 1% al Producto Interno Bruto del país; el objetivo del Estado es subir esa cifra al 4% hasta el 2025. Recursos que Moreno calificó de gran importancia cuando era candidato a la presidencia de la República: “El desarrollo de la industria minera responsable debe ser un compromiso de país, del Estado, pues su explotación racional generará ingresos para sostener la inversión pública”.  Otra vez el discurso se choca con la práctica.

La cara menos brillante del bitcoin

Mientras leía el artículo El bitcoin versus nosotros de Matthew Carpenter-Arévalo, no pude evitar recordar la tarde en que mi padre me llevó a conocer el Internet hace ya casi 30 años. Mi papá, siempre un early adapter y entusiasta tecnológico, no se equivocó cuando me comentó que habría un antes y un después de la red de redes que en esa época parecía conectarse a paso de tortuga.  En su texto, Matthew dice que la falta de comprensión de aquella época es similar a la que tenemos hoy frente a tecnologías como el blockchain y las criptomonedas que empiezan a pisar fuerte en el mainstream tecnológico. Lo cual, me recordó también la tarde en que le sugerí a mi papá que por lo que más quiera no vaya a “invertir” su dinero en bitcoins.

Mi posición no tiene nada que ver con aversión a la tecnología, sino con que la narrativa detrás del bitcoin no es nada nuevo. Su auge solamente demuestra el quemeimportismo en el que ha caído la sociedad en su codiciosa sed por acumular cada vez más —indiferentemente de qué— y deshumanizarse en el proceso.

El dinero electrónico es omnipresente: nueve de cada diez dólares que circulan en el mundo lo hacen de manera electrónica en forma de bits, simplificando procesos y reduciendo costos y tiempos de transacción. Además, monedas alternativas, autónomas o comunitarias —creadas de forma paralela a las oficiales— tampoco son una novedad y existen (desde hace siglos), y a diferencia del bitcoin, tienen un espíritu social y sirven para ayudar a emprendimientos locales e independientes.  

Lo verdaderamente novedoso del bitcoin es que se trata de un código escrito de manera muy inteligente y altamente sofisticado. Su creador —el misterioso Sotoshi Nakamoto, quien ha logrado permanecer desde 2011 escondido en el anonimato— lo diseñó con un amplio y profundo entendimiento del lenguaje de programación C++, además de conocimientos en economía, criptografía, redes y telecomunicación. Debido a que sería muy difícil que una persona domine estas áreas, lo más probable es que se trate de un grupo de personas.

Sea quien sea, lo pensó muy bien del inicio al final. Logró posicionar un sistema estable de intercambio de valor —presumiendo de su diseño a prueba de bombas atómicas— que hasta ahora, como bien lo menciona Mathew, nadie ha podido vulnerar. Pero creó también una zona gris que nadie sabe qué mismo es ni cómo tratarlo: una divisa, una materia prima o un valor transable en el mercado bursátil. Sus motivaciones se basaron en la incapacidad de los gobiernos para estimular la economía luego de la crisis de 2008. Así, parece que Nakamoto tenía una agenda libertaria detrás de su código con el fin de evitar que sus transacciones pasen por cualquier tipo de control de la banca —específicamente de bancos centrales.

“Todo se basa en pruebas encriptadas en vez de confianza”, dijo Nakamoto en un ensayo en 2009, luego de lanzar su criptomoneda. Para Nakamoto, el problema principal de las monedas convencionales es que requieren de confianza para operar. El banco central debe solventar la suficiente confianza para no degradar su moneda. A los bancos les confiamos que mantengan nuestro dinero, pero en lugar de ello, asegura, lo prestan en olas de burbujas crediticias mientras conservan apenas fracciones de las reservas que deberían tener.

Nakamoto tiene razón: alrededor del mundo el sistema financiero ha inventado formas diversas y creativas de vulnerar y abusar de esta confianza. En Ecuador lo vivimos a fines del siglo veinte cuando el 70% del sistema financiero quebró, el sucre (la moneda de entonces) se devaluó casi 200% y más de un millón de personas emigró hacia Europa y Estados Unidos para escapar a la grave situación del país. De manera similar, Estados Unidos y Europa, principalmente, atravesaron en 2008 una crisis que empobreció y dejó en la calle a miles de personas.

La crisis global de ese año se originó porque una considerable parte del sistema financiero invirtió grandes sumas en documentos que pocos (por no decir nadie) entendían de qué se trataban —los credit default swaps y los collateralized debt obligations—, pero que (como el bitcoin actual), prometían jugosos rendimientos. A pesar de los nombres rimbombantes, los swaps y los CDOs no eran otra cosa que especulaciones sobre hipotecas otorgadas a personas quienes bajo ningún aspecto técnico podían ser sujetos de crédito. Obviamente, se realizó con la ayuda de muchas instituciones que optaron por mirar para otro lado. Cuando el sistema entró en crisis, a finales de 2008, todas las economías más grandes del mundo entraron en recesión o lucharon por evitarla. Solo en Estados Unidos se perdieron alrededor de dos millones de empleos, y entre 2007 y 2013, diez millones de personas fueron desalojadas de sus hogares.

La solución a ese abuso de confianza que propone el bitcoin es crear un paraíso donde nadie se conozca y todo dependa de un algoritmo. Puede sonar apetecible en teoría, pero ese menosprecio por la confianza está construyendo un oasis para criminales, estafadores y lavado de dinero a una escala y a una velocidad que debería preocuparnos: sus usuarios permanecen anónimos, pero sus transacciones son visibles, el código es accesible pero sus orígenes misteriosos. Nakamoto lanzó la piedra y escondió (esfumó) su mano.

Además, bitcoin no puede obviar el tema de la confianza del todo. Quienes lo usan, necesitan confiar en que el sistema (y con sistema no me refiero solo al código) no sea hackeado, y que a Nakamoto no le dé un día por apagar la luz y llevarse todo —o que algún gobierno lo haga. De hecho, si bien el código parece ser impenetrable, varias empresas que negocian con bitcoins fueron atacadas en línea y tuvieron que suspender sus operaciones, perdiendo millones de dólares.

A pesar de haber superado el tipo de cambio de 15 mil dólares por bitcoin, 2017 fue un año en el que el sistema sufrió un gran revés: el gobierno chino decidió prohibir la conversión de bitcoins al yuan. Así, China pasó de negociar el 90% del comercio mundial de bitcoins al 7%, y quién sabe cómo habrán podido acceder a su criptodinero (o mejor dicho, si habrán accedido) las personas que tenían bitcoins en ese país.

A pesar de su extrema volatilidad, hay razones para creer que en el largo plazo el precio del bitcoin va a seguir al alza porque el sistema tiene un límite de emisión de 21 millones de bitcoins— o dicho en el neolenguaje bitconiano: hay un tope de bitcoins que se puede minar. A medida que suple las cada vez más insaciables necesidades de criminales que buscan obtener la criptomoneda para realizar sus transacciones ilícitas, así como también de personas que esperan volverse millonarias o pagar sus deudas de la noche a la mañana, se vuelve escaso y por ende su precio sube.

No obstante, su valor dependerá del uso que se le pueda dar a la moneda. Actualmente, ni siquiera en las ciudades más propensas y abiertas a desarrollos tecnológicos existe la escalabilidad y la disponibilidad de los canales tradicionales para usarlo como medio de pago. Eso puede cambiar muy rápido, y en 5 años –o menos– el mundo puede estar lleno de cajeros automáticos de bitcoins o de locales que los acepten.

Pero pensemos por un minuto lo que ello implicaría y por qué debería importarnos si, por ejemplo, un país completo, digamos Grecia, optaría por negociar solamente con bitcoins.

La minería de bitcoins tiene una huella ecológica demoniaca. La red requiere de elevadas cargas de energía para operar porque su funcionamiento es descentralizado y las computadoras usadas para minar los bitcoins deben resolver funciones matemáticas sumamente complejas. Actualmente, una transacción individual de bitcoin usa 300 kilovatios/hora. Al año,  la misma cantidad de electricidad serviría para hervir unas 36 mil ollas de agua, y la red consume cinco veces más electricidad de la que produce la granja de energía eólica más grande de Europa. En comparación, uno de los dos centros de procesamiento de datos de la tarjeta de crédito Visa en Estados Unidos utiliza el 2% de la energía que utiliza la minería de bitcoin. Estos centros procesan alrededor de 200 millones de transacciones al día, mientras que bitcoin menos de 350 mil.

La infraestructura para minar los bitcoins no se la encuentra en cualquier tienda y requiere de gran financiamiento. Quien acceda a bitcoins y crea que los puede minar desde su laptop mientras ve Black Mirror en Netflix (que por cierto, la cuarta temporada se estrena el 29 de diciembre) sepa que jamás podrá competir con las 4 enérgicas megacentrales de criptominería que controlan el 60% del poder del procesamiento de la red y que seguramente no están dispuestas a compartir sus bitcoins. Como no podía ser de otra manera en el criptocapitalismo: unos pocos bitcoiners poseen casi todos los bitcoins. De hecho, la distribución de la tenencia de bitcoins es tan desigual como la de Corea del Norte y sabemos a dónde puede llevar dicha inequidad.

Para finalizar, el escepticismo por esta nueva tecnología y la resistencia al cambio no pasa únicamente en Ecuador como lo sostiene Mathew. En el mundo se han lanzado serias dudas y alertas a las criptomonedas, incluyendo las de los premios Nobel de la economía Joseph Stiglitz, Paul Krugmann y Robert Schiller. La tecnología puede írsenos de las manos. Si algún día eso ocurre con el bitcoin, causando una crisis sin precedentes, Nakamoto será tan odiado que se lo buscará (y encontrará) dónde sea que esté.

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Postales cotidianas de un juicio extraordinario

En un juicio que ha durado más dos semanas, los días terminaron por parecerse entre sí: llegaban los procesados, se iba llenando la sala de audiencias, se instalaban en sus puestos los acusadores, se permitía el ingreso de camarógrafos y fotógrafos para que hagan tomas, los jueces aparecían, se sentaban, los camarógrafos y fotógrafos tenían que salir, los jueces recordaban la prohibición de usar celulares o grabar la audiencia y la declaraban instalada. La misma coreografía monótona repetida a diario. Pero cada uno de los 14 días que duró el proceso que ha terminado con la sentencia de seis años de cárcel para Jorge Glas, vicepresidente del Ecuador, tuvo algún momento decisivo, particular, tragicómico.

1

Jorge Glas es el personaje central de esta historia judicial: es el vicepresidente del país, apenas posesionado hace seis meses, no ha renunciado a su cargo pero no tiene ninguna función, ni posibilidad de ejercerla: está en la cárcel desde el 2 de octubre. Su hermano, Heriberto, lo acompaña todos los días desde la primera fila de la sala de audiencias. Es discreto, siempre va con terno, sin corbata y con los primeros botones superiores de la camisa abiertos. Siempre lo acompaña una mujer de unos cincuenta años, el pelo negro recogido en un moño está salpicado de canas.

Es el domingo 26 de noviembre de 2017, seis de la tarde. La audiencia lleva tres días. Hay dos periodistas cubriéndola, y en la sala de prensa improvisada hay tres cámaras. Muy poca concurrencia para lo habitual. Hay algunos familiares de otros procesados. El ambiente parece más relajado: sin la presión de los lentes que todo lo capturan, todos parecen olvidar que se trata del juicio más importante de las últimas dos décadas, y da la sensación de que estamos ante la ejecución de un mero trámite burocrático. La señora del moño, la que siempre va con Heriberto Glas, está sentada unas cuantas filas tras de él. Abre su cartera, saca un cortauñas y empieza a cortarse las uñas de la mano izquierda. Clic. Clic. Clic. 

2

Jorge Glas no tiene la mejor de las relaciones con los periodistas. No le gusta que lo cuestionen, ni que le pregunten, ni que le insistan. Pero en el primer día de juicio, el viernes 24 de noviembre, Glas habla ante un enjambre de reporteros. Que es inocente, dice, que se someterá a la justicia, que ese juicio debería ser transmitido por los medios, que deberían poder grabar al interior. Su propio partido, Alianza País, aprobó en diciembre de 2013, el Código Orgánico Integral Penal, COIP, que prohíbe expresamente la grabación de las audiencias.

Glas llega escoltado por agentes del Grupo de Intervención y Rescate de la Policía. Custodiado, no esposado. Viste un traje azul oscuro, una camisa blanca y una corbata celeste. Se ve como si fuese cualquier día de los más de diez años en que estuvo en el poder, como funcionario, ministro, vicepresidente. Pero Jorge Glas llega de la Cárcel 4 de Quito, de una de las celdas donde ha dormido desde el 2 de octubre. La vestimenta de los otros acusados —como su tío Ricardo Rivera, el exfuncionario de la Secretaría del Agua Carlos Villamarín,  y el exgerente de Petroecuador Ramiro Carrillo— sí anuncia de dónde vienen: camisetas y pantalones anaranjados.

Los acusados vestidos de anaranjado, el primer día de audiencia. Fotografía de Maria Sol Borja para GK.

La diferencia de atuendo genera suspicacias, pero el Ministerio de Justicia explicaría luego que es solo una cuestión logística: para ir con su propia ropa, un pariente o amigo debe llevar las prendas a los detenidos. Si no, tienen que vestir el uniforme.

3

La relación entre el Fiscal Carlos Baca Mancheno y el abogado de Glas es la de dos duelistas verbales. Franco Loor le habla al Fiscal General del Estado:

—Yo lo voy a denunciar.

—Presenten las denuncias que quieran, y otros presenten las disculpas al país por lo que hicieron.

— Ojalá no haya cometido un delito, aquí hay muchas sospechas contra el señor Fiscal.

El primer día,  la audiencia empieza veinticinco minutos después de las nueve de la mañana. Glas está sentado en el centro de una mesa que da la cara al tribunal, presidido por el juez Edgar Flores y completado por los jueces Sylvia Sánchez y Richard Villagómez. Franco Loor pide la palabra e insiste en la recusación —que dejen de conocer la causa— de dos de los tres jueces que presentó el primer día de la audiencia.

La sala, antes de que comenzara el día en que se anunció la sentencia. Fotografía de Maria Sol Borja para GK.

El tribunal dice que no ha recibido el pedido . Ahora Franco Loor quiere regresar a ese pedido, y exige que el tribunal resuelva su solicitud. El fiscal Baca Mancheno le dice a los jueces que la defensa de Glas pretende dilatar el juicio. Histriónico como será durante todo el juicio —sobre todo cuando está la televisión— el abogado de Glas grita:

— Eso es mentira.

—Estamos en una audiencia procesal, no en un mercado, responde el Fiscal.

En el penúltimo día del juicio, Franco Loor le dice a Baca Mancheno.

—Vaya aprenda de Derecho penal.

Luego vuelve a poner en duda los conocimientos de Baca Mancheno, cuando éste dice que la comisión de los delitos que se desprendían de la asociación ilícita estaba implícita.

—Que el Fiscal diga eso es cuando se supone que sabe de Derecho penal, es increíble, dice Franco Loor con una risa burlesca.

4

En los reportes de prensa, en las notas de televisión, Jorge Glas es el protagonista, pero dentro de la sala la función principal es de su abogado. Es el segundo día de audiencia y Luis Cuesta, el perito a cargo de extraer la información del pendrive que entregó el hombre de confianza de Ricardo Rivera, es interrogado por Franco Loor. Le pregunta si conoce los protocolos para hacer pericias. Cuesta responde que no. El Fiscal objeta pero Franco Loor no deja que el juez Flores resuelva el pedido y grita:

—¡Mentiroso! Esa información pericial es turbia. ¡Juez, meta preso al perito!

La paciencia de Flores se agota. Multa a Franco Loor con un quinto una remuneración básica más un salario básico diario (87 dólares con 50 centavos).

Al terminar un domingo de audiencia en que casi no hay nadie fuera de los legalmente obligados en el octavo piso de la Corte Nacional de Justicia, le pregunto a Eduardo Franco Loor, abogado de Jorge Glas, si puedo hacerle unas preguntas.

— Claro, claro.

Responde mientras revuelve unos papeles sobre la mesa en la que se sienta, cada día, junto a su defendido. Pasan unos minutos y sale. Entra a la sala de prensa, improvisada en el espacio contiguo a donde se desarrolla la audiencia, Franco Loor se frena en seco.

— Aquí no está la televisión, ¿con quién quiere que hable?

La ausencia lo molesta, pero decide hablar cuando ve que hay dos cámaras de televisión.

5

Diego Vallejo es un exfuncionario de la Secretaría de Transparencia. Vallejo ha sido llamado a declarar en el juicio, y en su testimonio dice que investigó el viaje de Ricardo Rivera a China en 2010 —que habría hecho como delegado de su sobrino—  pero que por orden de Edwin Jarrín, entonces Secretario de Transparencia (y actual Vicepresidente del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social) abandonó la investigación.

Cuando tiene que interrogarlo, Franco Loor le dice constantemente señor Jarrín. Se equivoca tantas veces que el público comienza a reírse. Pero Franco está como en trance y quiere opinar sobre lo que dice Vallejo. La Procuraduría objeta: el defensor de Glas está hostigando al testigo. Franco Loor empieza a levantar la voz y esta vez el juez Flores lo corta en seco:

—No nos haga ningún show aquí.

6

Alexis Mera, diez años secretario jurídico del gobierno de Rafael Correa, es el primer testigo en el cuarto día de la audiencia. Cuando entra a la sala se acerca solemne a Jorge Glas, sentado entre los procesados y le extiende la mano para saludarlo, como si se tratara de una reunión de ministros más. Mera es extremadamente cuidadoso con lo que dice en su testimonio. Su postura, el tono de su voz, la agilidad de sus respuestas muestran su experiencia.

—Los abogados estamos formados para no tener iniciativa. Yo hacía lo que el Presidente me pedía.

Dice al iniciar su declaración. Continúa:

—El ingeniero Glas, que en esa época aún no era ingeniero, estaba furioso e indignado con la actitud de Odebrecht.

Se refiere a los daños en la Hidroeléctrica San Francisco, construida por la empresa brasileña, y que Odebrecht se negaba a reparar.

El abogado de Jorge Glas le pregunta si es que tras el regreso de Odebrecht, San Francisco se reparó bien o mal. Mera, sagaz, responde:

—Eso es un asunto técnico que no puedo responder, no sería responsable de mi parte.

A la salida los medios de comunicación le ponen los lentes y los micrófonos delante. Desde el podio instalado para declaraciones, dice que no sabía de las reuniones entre José Santos, el delator de Odebrecht, y Jorge Glas, que el Poliducto Pascuales Cuenca (por el que, según la Fiscalía, se repartieron 5 millones de dólares en sobornos) siempre fue considerado por Rafael Correa como una obra innecesaria y que ellos confiaban en Jorge Glas. Al ser preguntado sobre si esa confianza se mantenía, sonriendo, dice:

—Yo ya estoy retirado de la política.

 Y se marcha.

7

Ñaño’ dice una mujer de melena corta,  el tinte rubio desvanecido que muestra raíces y mechones oscuros, desde la tercera fila de la columna central de la sala de audiencias. Le habla a Carlos Villamarín, uno de los acusados. Su rostro se ha vuelto familiar: va todos los días a la audiencia, le lleva café y comida. Lo abraza. Este día, el cansancio le dibuja la cara: está ojerosa y pálida. Es 5 de diciembre, undécimo día del juicio y la víspera del feriado por las fiestas de fundación de Quito.

La mesa de los acusadores y las pruebas que presentó la Fiscalía. Fotografía de Maria Sol Borja para GK.

La audiencia sucede en el octavo piso pero no está lo suficientemente por encima de la calle como para no escuchar la música de las chivas festivas que pasan por la avenida Amazonas, donde está la Corte Nacional de Justicia. A la mujer que habla con Villamarín nada parece inmutarle.

Su hermano presidió la Comisión Técnica del proyecto Daule-Vinces en el que se entregaron 6 millones de dólares en coimas, según la Fiscalía. Este es el día en que Villamarín va dar su testimonio. Cuando pasa al centro de la sala, puesto que le corresponde a los que declaran, ella se persigna. Luego junta las palmas de sus manos y se las lleva a los labios, como quien está a punto de  rezar.

— Es la prueba más dura que estoy pasando en mis 53 años de vida, empieza Villamarín.

La hermana llora en silencio. La esposa de Villamarín la consuela, la mano sobre el hombro. La hermana saca un rosario y empieza sus plegarias.

—Quiero hacer una apología al amor.

Dice Villamarín y menciona un versículo de la Biblia.

— Soy casado una sola vez, no tengo relaciones extramaritales, tengo solo dos hijas, no he necesitado más recursos que los que mi trabajo honesto me da.

Dice con la voz débil. La hermana se levanta de su silla con un movimiento brusco, y en el estrecho pasillo por el que los asistentes caminan para ir sentarse a izquierda o derecha, se arrodilla, pone las manos en oración, y reza.

Nadie parece notarlo.

La audiencia continúa, como si la mujer arrodillada fuese una escena común. Su hermano, de espaldas a ella, no se entera de lo que sucede mientras declara.

8

Al final de la jornada del lunes 4 de diciembre, el juez Flores toma una decisión: prohíbe a todos los asistentes a la audiencia —incluidos periodistas— entrar a la sala con teléfonos celulares. Unas horas antes, a las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde, el expresidente Rafael Correa había tuiteado un audio —grabado el día en que él fue a la corte a visitar a Glas disfrutando de los pequeños poderes que aún conserva—  en el que se escucha un intercambio durante la audiencia entre Glas y el perito Luis Hurtado. Según lo que se escucha, el perito afirma que no se podía garantizar la originalidad de la información almacenada en el pendrive que el ex hombre de confianza de Ricardo Rivera había entregado a la Policía y que la Fiscalía estaba usando como prueba en contra de Glas.

Desde entonces, en la sala de prensa, en el corredor, en la puerta de ingreso a la audiencia y al interior de la sala, cuelgan carteles que recuerdan el destierro de los celulares. El detector de metales ya no está en el pasillo frente a los ascensores, sino a la entrada a la sala de audiencia.

9

Es el mediodía del martes 5 de diciembre de 2017 y la audiencia debe reinstalarse. Es el undécimo día de audiencia y han pasado los diez minutos que legalmente otorga el tribunal para que todas las partes —acusadores particulares, fiscales y procesados— se instalen. Pero faltan los cuatro representantes de la Procuraduría. Hay un barullo en la sala, propio de los minutos previos al inicio. Aníbal Quinde, el abogado defensor de Ricardo Rivera, se para y le pide al juez que declare el abandono de la Procuraduría  como acusador particular. El juez acepta: los abogados del Estado quedan fuera del proceso.

Cuando llegan ya es muy tarde. Por siete minutos, dirá después el Comunicado de la Procuraduría, el tribunal los dejó fuera. La explicación es que bajaron a traer una computadora que olvidaron en el auto. Sí, los cuatro bajaron juntos. Luego, la demora en el ascensor les habría retrasado. Magaly Ruiz, la abogada de la Procuraduría que ha intervenido durante el juicio, intenta explicarle al tribunal, pero no hay nada que hacer.

La decisión está tomada: en el juicio más importante de los últimos veinte años, la Silla de la Procuraduría ha quedado vacía.

10

Un perro pastor alemán es paseado por un policía por el octavo piso de la Corte Nacional de Justicia. Recorre olfateando rincones y esquinas para detectar explosivos. Es  el 14 de diciembre de 2017, último día del juicio a Jorge Glas y otras ocho por el delito de asociación ilícita. El tribunal anunciará su sentencia.

La seguridad se ha doblado. En la calle hay más policías, barreras para evitar que se enfrenten las manifestaciones a favor y en contra de quien fue el zar de los sectores estratégicos. Agentes uniformados se encargan de revisar minuciosamente a quienes ingresan al edificio. La pequeña sala de audiencia se ha unido a la que en estos días ha servido como sala de prensa improvisada, dejando un espacio de casi el doble para el público. Se ha autorizado, además, a los medios de comunicación a grabar el pronunciamiento de la corte.

Hay familiares y amigos de los procesados en el público.También hay simpatizantes de Jorge Glas. Cuando él entra a la sala, custodiado por la Policía, lo aplauden y lo vitorean. Una funcionaria de la Corte a la que le gusta mucho amenazar con desalojar a todo el mundo les ordena que guarden compostura —de lo contrario, los desalojará.

Llegan los jueces Edgar Flores, Sylvia Sánchez y Richard Villagómez. El público se pone de pie para que se instale la audiencia.

Flores empieza a leer el documento que contiene el futuro de los procesados. Su introducción habla sobre lo que significa la autoría, sobre el Código Penal anterior y el Código Integral Penal, vigente desde 2013 y sobre las penas. Eso hace prever lo que ocurrirá después: Jorge Glas, el vicepresidente reelecto hace ocho meses es declarado culpable como autor del delito de asociación ilícita.

Son sentenciados con la misma pena su tío Ricardo Rivera, el expresidente de Petroecuador Ramiro Carrillo, el exfuncionario de la Secretaría del Agua, Carlos Villamarín y Edgar Arias, accionista de Diacelec, proveedora de Odebrecht. A los tres primeros además, se les aplica agravantes pues el tribunal considera que el delito se cometió como medio para otros delitos como peculado, concusión, enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias y delincuencia organizada. 

A los otros procesados —Gustavo Massuh, Kepler Verduga y José Terán— se les perdonó el 80% de la pena por el acuerdo de cooperación que suscribieron con la Fiscalía, Tendrán que pasar 14 meses en prisión. A Diego Cabrera, representante de una contratista de Petroecuador, se le declaró inocente y se ordenó su liberación inmediata. Además, todos los sentenciados deberán pagar una reparación de 33 millones de dólares al Estado ecuatoriano.

A medida que se anuncia la decisión de los jueces, los familiares de los procesados empiezan a llorar, hablar y hacer ruidos de desaprobación. Cuando el juez Flores da por terminada la audiencia un barullo inunda la sala. Algunos simpatizantes de Glas empiezan a gritar ‘Jueces vendidos’. Una mujer vestida con chompa negra y otra con un uniforme gris lloran y gritan:

—¡Qué injusticia, Glas es inocente!

Gritan también en contra del gobierno.

—¡Ese es el presidente que tenemos, pero nosotros te pusimos, nosotros te quitamos!

El Vicepresidente es sacado por una puerta contigua, alejada de los medios.

—¡Apelaré!

Glas sale escoltado por la seguridad de la Vicepresidencia, en un vehículo de la Vicepresidencia, como le corresponde a su cargo. Regresa a la Cárcel 4, en el norte de Quito.

Epílogo

Unas horas después, el presidente de la Asamblea Nacional anuncia que convocará al Consejo de Administración Legislativa para empezar los trámites del juicio político —antes bloqueado por la mayoría de Alianza País— para destituir a Jorge Glas, quien parece estar llegando al destino que la Historia le ha deparado.

|Profundidad|

La destrucción de la Fuerza

|Placeres|

Esta reseña tiene spoilers. Si no ha visto la película todavía, agarre su tie fighter y viaje al sistema más alejado, antes de seguir leyendo esto.

Romper un mito, transformarlo y crear otra cosa. No existe nada más atractivo que eso: destruir lo que existe, jugar a la anarquía y liberar al individuo de toda tradición. La historia de la humanidad es un camino plagado de estas necesidades, casi como toda revolución que ha pisado nuestra planeta, en diferentes áreas: la Reforma de Lutero, la revolución liberal, el paso de monarquías a gobiernos y hasta la misma posmodernidad. Y no es un problema que esa necesidad se manifieste en obras, en productos de consumo o películas transformadas en experiencias culturales masivas. Más bien es un recurso interesante (y hasta bienvenido) cuando se infiltra en estructuras narrativas y dramáticas que son parte de nuestro inconsciente colectivo, como lo es esta saga que George Lucas imaginara hace más de 40 años y que ahora, con varias películas, series, comics, libros y merchandising es parte de nuestras vidas.

El universo de Star Wars es un terreno de conflicto en pos de mantener cierto estatus. En un nivel ulterior es la lucha del bien contra el mal, de acuerdo. Pero en un terreno menos arquetípico, es la batalla entre posiciones de control de la sociedad: la República versus el Imperio (en el caso de la trilogía original), la República versus grupos rebeldes (en las precuelas) y ahora grupos terroristas (la Primera Orden) contra fuerzas de choque auspiciadas por la República (La Resistencia).

Ese es el contexto al que llegamos hace dos años con el estreno de The Force Awakens (dirigida por J.J. Abrams), que con una revisión de lo que fue el episodio IV (casi copiando su ADN), nos ofreció una nueva aproximación a este universo narrativo. Con nuevos héroes, nuevos dilemas y misterios, nuevos villanos y un nuevo contexto que no era más que la repetición de las estructuras pasadas. The Force Awakens fue la película que el fan esperaba, que se atrevía a darle una nueva imagen a la saga, recuperando las mismas acciones y ambientes. Eso sí, matando a un personaje amado, Han Solo, de la manera más dolorosa posible.

Sí, The Force Awakens también tuvo su cuota de riesgo.

§

Dos años después nos llega The last Jedi, escrita y dirigida por Rian Johnson, quien viene con un palmarés interesante: Brick (2005), The Brother Bloom (2008) y Looper (2012). La película empieza donde terminó la anterior: Rey entregando su sable de luz a Luke Skywalker en el planeta Ahch-To, mientras la Resistencia escapa del asedio de la Primera Orden, en un contraataque luego de la destrucción de su bastión de la base Starkiller.

Pero esta vez hay una apuesta diferente, que es lo que a la larga no funciona. Johnson —quien también escribió el guion— quiso romper un mito de muchos años, y Lucasfilm siguió esa corriente. Es probable que esa destrucción sonara bien en papel, que tuviera su sustento como idea. E incluso, ahora, cuando lo escribo y recuerdo conversaciones con amigos sobre esto, claro que la posibilidad de acabar con lo anterior es atractiva y poderosa.

El problema con The Last Jedi no pasa por ahí, no debería pasar por ahí. No es presentarnos un Luke Skywalker nihilista, desbaratando al héroe absoluto de la trilogía original. Ni lo es destruir por completo al mito Jedi (para darle paso a otro). Ni presentarnos un conflicto político de tal forma que una de sus fuerzas queda totalmente desequilibrada, ni acabar con la idea de la monarquía Skywalker para democratizar el uso de la Fuerza. El problema de The Last Jedi no son los temas, ni las ideas que intenta.

El aprieto en que se ha metido la película es que, al reformar todo (o aparentemente reformarlo), nos da una nueva película de inicio, en la que las decisiones dramáticas consiguen desdibujar a casi todos los aspectos notables y personajes heroicos de The Force awakens. Rian Johnson no crea arcos precisos que sostengan en estos personajes. Eso hace que el filme vacile constantemente. Y obliga a preguntar, ¿era necesario volver a hacer una película con clara intención de reiniciar todo?

Porque Johnson deja de lado los misterios abiertos en The Force awakens:

¿De dónde viene Rey? No interesa.

¿Cómo surgieron los Knights of Ren? Nada, cero.

¿Quién es el líder supremo Snoke? Peor…

Desde luego, el filme no es un bodrio. Es un espectáculo visual que agrada, (especialmente la escena en la que Rey y Kylo Ren pelean juntos), que es capaz de contar una historia hasta en cuatro locaciones distintas, simultáneamente y con equilibrio en la presencia en pantalla.  The Last Jedi mejora a medida que avanza, a pesar de los baches, después de unos primeros 60 minutos en los que la historia no despega.

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Una escena de The Last Jedi. Fotografía del Lucas Films/sitio oficial de Star Wars. Todos los derechos reservados.

§

En la película de Johnson hay un serio problema con el desarrollo de los personajes.

A lo largo de su existencia como saga fílmica, Star Wars ha tenido una estructura dramática estable (con pros y contras), en la que los personajes se vuelven importantes porque van creciendo ante nosotros. Por eso los queremos.

Nos emocionamos cuando Darth Vader salva a Luke Skywalker en The Return of the Jedi porque hemos visto el desarrollo, entendemos de qué van y entendemos la dimensión de sus acciones. Johnson no solo ha negado el mito y la tradición Jedi (o la hegemonía Skywalker en este universo), sino que tomó decisiones que acabaron por desmontar el valor afectivo (y dramático) de varios personajes.

En este punto de Star Wars, Luke Skywalker está cansado, huye de su pasado, dispuesto a desaparecer en el último rincón que sabe a Jedi: Ahch-To, donde se levantó el primer templo. Ha sufrido. Como se vio en la película anterior, su sobrino Kylo Ren y otros Knights of Ren, acabaron con todos sus pupilos y destruyeron el templo donde él enseñaba. Eso fue suficiente para él. Fue su falla, su error. Y por eso, los Jedi no podrán existir más, él no podrá ayudarlos a surgir nuevamente. Para Luke no existe la religión, ni ningún otro principio de orden. Su ausencia ha significado que el Lado Oscuro de la Fuerza tome poder y eso ya no le importa. Eso dice él, eso se dice él. Entonces, ¿qué alternativa queda?

Rian Johnson hace un borrón y cuenta nueva innecesario.  

Habría sido realmente poderoso acabar con los Jedi, pero sostener a los nuevos personajes en un entorno mucho más llevadero para sus acciones, para su desarrollo ante los espectadores.

Esta vez los héroes están diluidos. Poe Dameron (Oscar Isaac), el mejor piloto de la Resistencia, queda reducido a una serie de acciones que ponen en peligro a la Resistencia, consiguiendo diezmar sus líneas. Finn (John Boyega) se centra en una misión de ayuda a sus amigos que no llega a ningún lugar, para concluir en un beso poco preciso, burdo, sin química, con Rose (Kelly Marie Tran), un personaje nuevo que entiende de sacrificios por la Resistencia y los asume como necesarios, para olvidarlo en segundos. La química entre Finn y Rose está a años luz de la química entre Finn y Rey, en la película anterior.

Ni hablar de la secuencia desesperante en el planeta casino Canto Bight. Si la quitaban de la película, no pasaba nada.

Y Rey (Daisy Ridley) está en un punto en que no necesita desarrollarse más. Es la heroína, lo sabemos. Y experimenta la Fuerza como ningún otro ser. Sin ningún entrenamiento, puede pelear con su sable de luz, dominar objetos, hacer maravillas. Pero, insisto, eso ya lo sabíamos. Su único recorrido en esta película es encarar a un derrotado Luke Skywalker para que regrese y ayude a la Resistencia, y establecer una cercanía afectiva con Kylo Ren (Adam Driver). Pero no pasa de ahí.

Estos dos últimos personajes tienen la mejor escena de la película, es cierto. Una escena en la que el hijo de Leia y Han se define con propiedad como el villano supremo, sin posibilidad de reivindicación. Es lo que eleva a la película, sin duda.

De ahí en adelante, pese a los tropiezos, The last Jedi funciona mucho mejor. Esa escena es la prueba de qué sucede cuando un personaje evoluciona: Adam Driver entiende quién es Kylo Ren, y no hay manera de sentir un error cuando él está en pantalla.

Kylo Ren va más allá de lo que pudo conseguir Darth Vader. Es lo que nunca se ha visto y el mérito real de esta película.

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Rian Johnson durante la filmación de una escena de The last jedi. Fotografía del Lucas Films/sitio oficial de Star Wars. Todos los derechos reservados.

§

En sí, la propuesta de The last Jedi en sencilla: Lo que se conocía como Jedi se debe acabar. Luke parece ser el portavoz de eso, lo dice, lo sostiene. Pero cuando quiere quemar el árbol de la Fuerza y los libros Jedi, se pasma, no puede llegar hasta el final. Todo en esta película conduce a callejones sin salida. Tiene que ser Yoda, vuelto uno con la Fuerza, quien deba actuar en concordancia con esa idea, y da una última enseñanza: “el error es un gran maestro”. Los Jedi son guerreros de un tiempo pasado y quizás valga la pena dejar ese pasado atrás, igual para nosotros, los fans de una saga dramáticamente irregular.

Yoda destruye el árbol Uneti, el árbol de la Fuerza, porque ya no tiene sentido. Es ese Maestro Yoda desquiciado de The Empire strikes back quien lo hace y le ofrece a Luke una respuesta. Johnson deja en claro lo que quiere hacer, pero siempre para despistar al espectador y, en el camino, hacerlo pasar un rato de desesperación. Porque para Johnson ese final de los Jedi es también el final o el desconcierto de los héroes.

Y ese engaño queda claro: no es realmente final.

Porque los libros Jedi no están ahí. Rey se los ha llevado consigo. “Rey tiene todo lo que necesita”, le dice Yoda a Luke.

Porque la Resistencia ha sido aplastada por la Primera Orden. Aplastada. Pero vive.

Porque Luke quiere y debe acabar con los Jedi, la leyenda de estos y su propia leyenda. Y para hacerlo usa la Fuerza como nunca nadie la había usado antes, y así da nacimiento a una nueva leyenda que permite a la Resistencia salir con vida de su destrucción, con consecuencias que veremos en la siguiente película.

Porque el mito que destruye Johnson da paso a otro más acorde a nuestros tiempos: La Fuerza puede encontrarse en cualquier ser de cualquier lugar de la galaxia. Ya no va a ser solo potestad de los Skywalker y los suyos.

The Last Jedi intenta ser una ruptura. Y lo es en muchos niveles, pero rompe demasiadas cosas de forma gratuita, incluyendo personajes queridos. Lo que se viene, para el episodio IX (que será dirigido por J.J. Abrams) en 2019, tendrá que ser un cierre a una historia que empezó por lo alto y que hoy nos deja con una sensación de despropósito. ¿Era necesario arreglar lo que no estaba dañado? Lucasfilm pensó que sí.

El principal problema del nihilismo es que detrás de toda negación hay un deseo de un nuevo orden. Este nuevo orden, en la galaxia muy lejana, elimina cualquier posibilidad de heroicidad. Ellos se han perdido, no quieren más, solo existen y tendrán que recomponerse de alguna manera. Tienen dos años para eso, al menos.

Visitas en el estudio

|Placeres|

Retratar los talleres (o estudios de los artistas) es una vieja costumbre. Detrás de ella está la fascinación del proceso: cómo termina una obra convertida en una obra. “El estudio es donde esa magia extraña sucede, tanto en la imaginación del artista como para la del público. Es el lugar donde se conjuran nuevos conceptos, estilos o formas”, escribió George Phillip LeBourdais en su ensayo Una breve historia del estudio del artista. “Incluso algunas veces es visto como un lugar sagrado, un lugar donde los visitantes llegan en peregrinación al altar del arte. Y por el otro lado, como me dijo hace poco el artista Joe Fig, ‘también es un lugar donde se realizan tareas mundanas y suceden cosas muy poco glamurosas”. Esa mezcla entre los sagrado y lo mundanal, entre las ideas y la pintura derramada, entre un momento de iluminación y los olores penetrantes y tóxicos de resinas y materiales ha convertido al estudio de los artistas en un híbrido entre templo y fragua, entre capilla y herrería.

Esta es una serie fotográfica que explora los talleres de varios artistas ecuatorianos. Músicos, editores, ilustradores, artistas aparecen en la intimidad de sus estudios, fotografiados en sus tareas cotidianas. A veces creando, a veces pensando. Como decía Fig: entre lo sublime y lo mundano. En algunos casos, no aparece nadie en la fotografía: está solo el espacio, ocupado por la obra, como en reposo, como una cueva que espera que el animal retorne.

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Ache Vallejo junto a su colección de arte latinoamericano. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Tomás Carpio trabajando en el patio de su casa en las faldas del Ilaló. Fotografía de Édgar Dávila

 

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Rafaella Descalzi inspira su obra en las flores como elemento que le ha trascendido desde su niñez. Fotografía de Édgar Dávila

 

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Paula Arias pinta amapolas para su padre. Fotografía de Édgar Dávila

 

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Pablo Gamboa conversa en su estudio. Los troncos son de Jama, traídos luego del terremoto de 2016. Fotografía de Édgar Dávila

 

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Mushi Baca con su hija, en la sala de su casa. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Morena Cardona trabaja en la sala de su casa. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Mo Vásquez revisa bocetos. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Luna Lunares riega las plantas de su estudio. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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La Suerte dibujando en su estudio. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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La casa de Carlos Echeverría Kossak, cubierta por su obra. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Irving Ramó en su estudio. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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David Celi mira su obra desde la puerta de su taller, ubicado bajo de la Basílica del Voto Nacional. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Taller de Teo Monsalve. En el espacio cuelgan plantas medicinales usadas como arte para un video de la banda Bueyes de Madera. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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CarolinaCaroluna explora sobre los viajes al universo y los dibuja en la ventana de su estudio. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Gisella Iturralde y su obra. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Francisco Padilla entre sus murales realizados en intervenciones en vivo. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Felipe Escudero y su mascota Huma. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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María José Fábrega diseña joyas en su taller. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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El taller de Martina Samaniego, visto desde afuera. En el interior está la prensa en que realiza sus grabados. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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David Santillán mira por la ventana de su taller. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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David Ceballos junto a su obra. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Dario Caiza mira la montaña desde su taller. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Daniel Adum Gilbert camina por su estudio-casa. Fotografía de Édgar Dávila Soto

 

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Begoña Sala Urrutia en el sillón de su taller. Fotografía de Édgar Dávila Soto

Leila Guerriero, el tiempo, el ego y la edición

|Placeres|

Leila Guerriero está parada frente a su mesa, tiene las manos juntas, en gesto oratorio, y balancea de un lado a otro su delgadísima figura. Los churros, siempre en una especie de caos perfecto, apenas se mueven, mientras cuenta que Rodolfo González Alcántara, el campeón de malambo que protagoniza su libro Una historia sencilla, era un hombre muy católico. “Antes de cada baile sacaba su pequeña Biblia azul, se paraba delante de ella, juntaba las manos así, y rezaba con este movimiento”. Leila Guerriero está cuatro escalones por encima de los reporteros y editores que la escuchan en silencio en un auditorio del Centro Cultural Benjamín Carrión de Quito, donde ha dado un taller de tres días. Mientras se mece de un lado a otro, recordando a González Alcántara, las campanas de una iglesia cercana repican. Son las once de la mañana del viernes 10 de noviembre de 2017, y no se sabe si era Leila Guerriero quien esperaba a las campanas para contar esa historia, o si las campanas esperaban que Leila Guerriero contara esa historia para repicar: su periodismo narrativo, celebrado como uno de los mejores de nuestra lengua, parece estar fundado en un conocimiento natural del tiempo y los ritmos. Cuando se habla con ella —o cuando se la escucha durante quince horas— queda claro que ese conocimiento viene de un orden y una distancia con el mundo que observa que no tienen nada de místico, sino más bien de un rigor y una disciplina tan obsesivos como terrenales.

Escribes, editas, das talleres, conferencias, viajas por el mundo. ¿Cómo divides tu tiempo para alcanzar a hacer todo lo que haces?

No hay mucho secreto en eso: si decidís hacer una enorme cantidad de cosas, y asumís la responsabilidad de hacerlas, tienes que hacerlas bien —yo, por lo menos. Tengo mucha capacidad de concentración y trabajo. Y como tengo muchos frentes abiertos, trato de ir cerrando cosas. Si me pongo a editar un libro no lo dejo por otra cosa, soy muy metódica, empiezo y termino, empiezo y termino.

Lo que viene más mechado con todo lo demás es el reporteo de las nota que, con los viajes, lo tengo que interrumpir. Pero todo tiene que ver con cuánto a uno le gusta lo que hace, y cuántas cosas está dispuesto a dejar de lado por hacer lo que te gusta. Qué sé yo: de pronto tengo que renunciar a un viaje de placer, o una vacación, o un fin de semana en vez de ir al cine me tengo que quedar escribiendo, digamos, pero no lo vivo como renuncia. Exprimo mucho el tiempo hasta lo último, digamos, a veces un poco sádicamente.

¿Tienes alguna forma especial de concentrarte?

No, no, la verdad que no.

Pero, por ejemplo, veo que no tienes redes sociales. No las tienes para…

Precisamente para no desconcentrarme. Pero también porque siento que no tengo tantas cosas para decir todo el tiempo. Y si las tuviera, no tendría sentido tener redes sociales porque yo ya digo mucho, y no necesito decir más de lo que ya digo. Realmente creo que hoy el grado de conexión que uno tiene con todo a través de la web, en general, sin tener redes sociales, ya es excesivo. Y a mí sí me produce un grado de desconcentración alto el hecho de estar pendiente de las páginas webs de los diarios, de las noticias que me llegan de no-sé-qué-cuánto, el mail —ya todo eso es demasiada desconcentración y no me gusta la idea de sumarle más. Pero método para concentrarme no tengo ninguno. Salvo que cuando me siento a escribir, me despejo diez días de la agenda, de ningún tipo de obligación de nada, ni ir al banco, ni presentar un libro, ni dar una charla, ni un viaje. Y me encierro y me encierro. Bueno, salgo a hacer alguna compra, de comida, digamos, y eso. Pero trato de no hablar por teléfono, pero no hago ‘om’ y me concentro.

Leila Guerriero

Leila Guerriero en su visita a Quito en noviembre de 2017. Fotografía de Marcelo Ayala/Paralelo Media para GK

Tus textos tienen un ritmo que parece natural, como si pudiesen leerse con un metrónomo, y tus lectores se han acostumbrado a reconocerte en ese ritmo, en esa voz, en ese estilo. Sin embargo, dijiste hace poco que has ido cambiando desde unas formas más barrocas hacia algo de una elegancia más bien minimalista, ¿qué es lo que une a todos tus textos?

Uno es la peor persona para hablar de su trabajo. Pero yo creo que lo que recorre mis textos, además de  cierta búsqueda de la elegancia en las formas, es una mirada en diagonal, de no mirar lo obvio, y un trabajo desde la prosa de ir contra lo previsible. Eso creo que es lo que recorre todos mis textos, incluso aquellos textos barrocos que ya no me gustan tanto. Hay una especie como de imprevisibilidad e insolencia, que se refleja naturalmente a través del uso de determinadas palabras. Hay, también, cierto dinamismo: a mí me gusta la prosa dinámica, con descripciones, con escenas, con diálogos. Algo que siempre estuvo en los textos míos, más allá de la minucia de decir los adjetivos y esto, es cierta cosa visual. Yo escribo como si filmara, como si estuviera grabando un documental. Pienso en imágenes.

¿Esas imágenes tienen, desde el inicio, un ritmo determinado, una música?

Depende. En ocasiones sí, porque es necesario: a veces tienes que aunar. Por ejemplo, estás contando una escena de mucho movimiento y necesitás que la forma del texto acompañe un movimiento vertiginoso. Entonces, intentás encontrar una forma narrativa para ello. Pero a veces estás haciendo lo mismo, contando una escena con un movimiento vertiginoso y decidís hacer todo lo contrario: imponerte el desafío de que se note el vértigo sin que la prosa sea vertiginosa. Depende de muchas cosas, sobre todo de lo que necesite el texto para llegar al mejor lugar posible.

¿En qué momento hallas esos tiempos, esos ritmos?

Escribir es encontrar la atmósfera, el clima, el ritmo, la música. Y lo descubro a medida que lo voy escribiendo. Es una cuestión como de intuición: darme cuenta si el texto está pasado de ritmo, si la música está muy alta, muy baja. Si tiene una atmósfera demasiado lúgubre cuando el clima no es ese el que quiero. Un amigo mío, Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano fabuloso, dice que escribe para averiguar qué es lo que quiere escribir. Y yo creo en eso, incluso en la no ficción. Uno escribe no sólo para averiguar qué es lo que quiere escribir, sino también cómo lo quiere escribir.

Responder a tu pregunta es un poco imposible, porque si bien tengo claro el principio del texto, después todo lo demás entra en un terreno de bruma. Pero tengo claro que si tengo entre manos una escritora de 87 años que es un animal literario, y no se sabe si ella es o no una leyenda que se inventa a sí misma, ya voy teniendo una idea de que ese principio no puede ser un principio jocoso.

Resolviste la escena del baile de Rodolfo González Alcántara en el campeonato de malambo después de salir a correr. En una columna dijiste que correr influía en tu escritura, ¿qué otros aspectos de la vida cotidiana influyen en tu trabajo?

Hay tres situaciones que son muy de escritura para mí: correr, ir al cine e ir en auto escuchando música, haciendo zapping radial en el estereo del auto. Si es en una ruta, aún mejor: la cabeza se me dispara hacia las imágenes que voy viendo, y la música mezclada, me van evocando una enorme cantidad de cosas. Ahí surgen muchas columnas de esas. Por ejemplo, la de Comulgar surgió corriendo. No todas surgen corriendo, pero muchas veces resuelvo situaciones de escritura de textos que estoy escribiendo o me vienen ideas para escribir columnas, o un principio o un final. Cuando me cuesta mucho encontrar un final, suelo salir a correr o hacer alguna de esas tres. Por supuesto, la frase te puede llegar en cualquier momento. Puedes estar cocinando un salmón al horno y escuchaste una palabra que alguien dijo en la televisión y ya está. A mí me pasa: estoy cenando con mi marido y él dice algo, o veo algo en la tele y digo ‘ay, ya está ya está, un momento, ya vengo’ y voy corriendo al estudio, tomo nota y vuelvo, y sigo cenando. Él ya está acostumbrado a eso.

¿Dirías que son momentos como de epifanías?

No sé si son epifanías, porque epifanías son más bien como el estado en que yo escribí las descripciones de los malambos de Rodolfo González Alcántara. Esos sí fueron momentos de mucha iluminación desde el punto de vista de la escritura. No se puede escribir todo el tiempo en ese estado: sé que esos momentos son pocos, y sé que voy a tener pocos de acá hasta cuando me muera. Pero esos momentos son casi… como si uno tiene la pared acá (se pone las manos por encima de los ojos) e hiciste así (levanta la cabeza por sobre su propia mano) y viste todo. Es como correr el velo.

Aparte de los bailes de Rodolfo González Alcántara, ¿cuál otro momento de epifanía tuviste?

Una columna que escribí que se llama Arbitraria, que también escribí corriendo. Salí casi enojada con la idea de que me estaban preguntando mucho qué consejo le doy a los periodistas y yo había dicho veinte millones de veces que no me gusta dar consejos y no me gusta dar consejos, y salí como ‘boah’, me puse los cosos, y salí a correr, y recuerdo perfecto que estaba corriendo y vi un rayo de sol cayendo sobre una hoja de un árbol y pasó algo. Llegué a mi casa, y sin quitarme la ropa de correr ni nada, escribí la columna de un tirón. Por supuesto, después la corregí y la corregí. Hay otra columna sobre Ute Lemper, una cantante alemana, que la tenía escrita en el momento en que la estaba viendo. Salí de su recital, y fue como… siento que esa columna fue como nada más sentarme a la computadora y decir: vení.

De estos momentos que usas para escribir ¿vas sola? ¿te hace falta la soledad para escribir?

No, en el auto por lo general voy con Diego, mi marido. Pero así vaya con alguien voy super metida para adentro. Pero no para todo el mundo es importante la soledad para escribir. Para mí lo es. Conozco gente que escribe en bares, que necesita del bullicio: Martín Kohan, Roberto Merino. Martín Caparrós escribe en cualquier lugar. Quizá sí la soledad de no estar con alguien con quien tengas un afecto —no sé, si estás con un amigo me imagino que no podés decirle ‘callate que me voy a poner a escribir’.

Dijiste que no se podía ser un buen periodista sin ser un gran lector. ¿Cuáles son tus lecturas recurrentes?

Son pocas. El diario de Cesare Pavese, la poesía de Lorrie Moore, de Louise Glück, de Sharon Olds, que es una poeta que conocí hace muy poco pero que no puedo dejar de leer desde que la encontré. Hay más, pero podría ser un poco largo y tedioso… Qué sé yo: algunas páginas de Fogwill. Cosas que me encienden a la hora de escribir, pero después, el mundo de la lectura para mí es como un mundo que se alimenta todo el tiempo: siempre hay más y más y más, y menos tiempo para todo.

¿Le dedicas un tiempo específico diario?

No. Es muy fragmentado. En el transporte público, antes de dormir, en los viajes leo mucho, en los hoteles, en los aviones, en las esperas de los aeropuertos. No soy una de esas personas que se sientan en un sillón y le dedican dos horas —ojalá pudiera, pero no, abandoné ese hábito, porque leo mucho. Cuando leo por trabajo, sí, me siento seis, siete horas en el estudio a leer. Pero cuando leo por placer soy una lectora andariega: me gusta mucho leer en el movimiento.

Hay una crónica tuya sobre Guayaquil…

Sí, sobre el alcalde Nebot.

Sí, y hablas del fresco que tiene en el techo

Sí, ¿aun existe eso?

Sí, eso no se va a ir nunca…

¡Ni él!

Quién sabe, pero bueno: un gigante, un equipo de antropología forense, un mago sin mano, una ciudad del Pacífico ecuatoriano, un país remoto, ¿cómo escoges tus personajes, tus temas?

Cuando uno elige un tema es porque quiere dar una visión, decir algo de uno mismo. Por ejemplo, el equipo argentino de antropología forense: a mí  todos los temas relacionados con la dictadura me resultan muy interesantes, el desafío de contarlos de una manera que no sea la misma. El gigante González me llamaba la atención porque siempre lo veía en el programa de Susana Giménez, esta gran diva argentina o qué sé yo, presentado como el pobre deportista. Y yo lo veía y pensaba ‘este tipo debe tener algo más que contar que la misma historia que va y cuenta siempre, que necesita plata y qué sé yo’. Fue un tipo que casi llegó a jugar en la NBA en una época en la que la Argentina no tenía jugadores en la NBA, no era como ahora. Entonces, lo que me mueve es quizá alguien que veo y veo y veo mucho, al contrario de lo que se piensa —que el periodismo es aquel periodismo que va y busca historias muy raras y qué sé yo—, y que a pesar de verlo tantas veces sigo sintiendo una curiosidad que no está saciada, hay algo que me llama la atención de alguien y digo nadie me está contando la historia de esto. Entonces voy yo y la cuento.

¿Es esa tu motivación?

A mí todo me da curiosidad. Tengo un enorme gusto por la escritura. Tengo una enorme curiosidad lo cual significa que quiero entender. La curiosidad detrás lo que lleva implícito es la necesidad de ver, de comprender, de saber por qué. Y aunado a eso, una pulsión de escritura muy marcada, muy brutal: es la conjunción perfecta. No digo que me salga perfecta —lo que quiero decir, nada, es cómo, al contar historias, la curiosidad se sacia… El periodismo es la excusa perfecta para meterte en lugares en los que no te podrías meter de otra manera.

Pero sabes que te sale bien…

No,  bueno, no sé, trato de que me salga lo mejor posible. Sí, no, yo soy una persona como decía ayer, muy segura de mí misma. No creo estar haciendo barbaridades, pero también tengo un sentido de cierta humildad, creo que bastante razonable y acendrado para medir el tamaño de a dónde llego. Y ojalá pueda llegar más lejos.

Justamente, hablaste del ego hace unos días, ¿no crees que vivimos en una época donde los periodistas estamos muy ególatras?

Pero todo el mundo. Es como la Era del Yo. Está todo el mundo mirándose: si no te sacas la selfie con el cantante, es como si no hubieras ido al recital. Yo y el cantante. Yo y la torre Eiffel. Yo y el arco del triunfo. Es como: ‘el arco del triunfo existe porque me tiene a mí al lado’. Me parece un poco gracioso: es el signo de la época. Todo el mundo está como muy egocéntrico y mirándose el ombligo.

Cuando dices ‘gracioso’, es ese el adjetivo o…

No, sí es, porque me parece un poco pueril. Lo veo pueril. Todas las épocas tienen algo que las marca. Yo repelo la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Tampoco hay que tomárselo como en broma, porque no me parece, solo que me parece que ese es el signo de la época, el de la época anterior habrá sido otro. A ver, digo, los ochentas y noventas tampoco fueron años maravillosos. Pero sí, el ego —no solo el de los periodistas, sino de todo el mundo— es algo que marca mucho este tiempo.

Leila Guerriero

Leila Guerriero, habla sobre el oficio, el ego y el tiempo. Fotografía de Marcelo Ayala/Paralelo Media para GK

Hablando de egos, recuerdo una columna tuya sobre los editores. El párrafo inicial decías algo sobre los egos y defectos de los periodistas, decías que los editores también, y hacías una lista, como de una tipología (el exagerado, el bipolar, el que no sabe lo que quiere, entre otros).

¡A todos nos han tocado todos!

Pero, a lo que voy, estas tipologías, ¿te pasaron, son reales?

¡Obvio! Sí, claro. A ver, digamos, no necesariamente cada uno de esos es uno solo. Tengo muchos años en el oficio, y no solo me tocaron a mí, sino que sé de la existencia de esos editores porque colegas me cuentan y me dicen ‘che, tal no sé qué’, pero sí, sí, claro. Son tipologías, digamos.

¿A ti quién te edita?

En general, entrego los textos y no hay mucha edición. O sea, yo me autoedito. Siempre hay algo, alguien que te dice ‘che, el personaje nació en 1972 y en 1974 tenía 18 años, ¿cómo puede ser?’, pero no recuerdo señalamientos tipo ‘el principio tiene que estar al final, el final al principio’.

¿No te ha desbaratado nunca un editor un texto (en el buen sentido)?

No, no. Una vez un editor de Granta, por ejemplo, quería publicar un fragmento de un texto mío. Entonces había que cortar el texto largo, y él quería cortar el arranque, y empezar por el tercer párrafo. Pero el texto empezaba con una frase muy llamativa, con una mala palabra y qué sé yo, y yo le decía que eso le cambiaba todo el sentido al texto, le di argumentos claro de por qué había que mantener esa parte, que podíamos cortar otras partes, pero que el principio ponía al lector en un lugar muy evocativo de cómo una mujer grande se enteró de niña de determinada cosa. Y desde ahí era un recorrido cronológico de cómo esa chica se iba haciendo mujer. Caer en la mitad del texto con una brutalidad tal, casi que arrasaba el estilo general del texto, que era precisamente mucho más evocativo y sereno. Y lo entendió bien. Nunca tuve un problema, ni tampoco me hicieron sugerencias radicales.

¿Y qué es un buen editor?

El buen editor, como decía en ese texto, es el que te quiere ver brillar, el que te ve desde abajo, desde la arena y te quiere ver hacer malabares imposibles en tu trapecio. Sabe que ese es tu momento, no el de él. Un editor es sobre todo una persona súper escindida, que sabe que ese es el momento del autor, no del periodista, y que nunca transforma nada en algo personal, que trabaja en pro de la salud del texto.

Y tú, ¿cómo eres como editora?

Tendrías que hablar con alguien a quien haya editado. Pero yo trato de ser muy respetuosa, porque entiendo que cuando alguien me manda un texto me lo manda como mejor le salió, porque si no no me lo mandaría. Eso cuenta antes que nada. Pero también soy exigente, hago muchas idas y vueltas, idas y vueltas, y en general llego a tener una relación de muchísima intimidad con los autores, porque es así: estás viendo lo más íntimo de los autores que es la obra desnuda, antes de que salga a ver al público. Y creo que lo distingue a un editor decente es la discreción. Y trato de ser así: yo no ando por ahí contando las cosas que hago, autor por autor. Puedo hablar en general, pero no voy contando a quién le dije que la coma tal estaba mal puesta, y qué sé yo. Y me parece que eso es algo que los autores aprecian, saber que hay un pacto de confianza. Decir ‘bueno, estamos los dos en ropa interior acá, y yo sé que no vas a salir a contar de qué color es mi ropa interior. Entonces confío en vos, confío también en que me vas a ayudar a que mi texto brille’. Cuando vos lográs esa confianza con un autor, lográs que el autor esté trabajando en pro de la salud del texto que es todo lo que querés en la vida. Y eso lo que querés, lograr la complicidad del autor para que el texto llegue al mejor lugar posible. La tarea de un editor es simplemente pedirle más al autor y decirle ‘brillá más, más, más.’

Haces mucho a tu ritmo, tu método, de una manera muy propia, pero ¿cuántas cosas te faltan por hacer?

¿En el periodismo? Todo. Siento que recién empieza. Terminar varios proyectos que tengo abiertos. Quiero seguir haciendo crónicas cada vez más difíciles.

¿Cómo mides ese grado de dificultad?

Por el desafío que implica. Por ejemplo, el acceso a una persona, o que sea un tema complicado porque es políticamente incorrecto, o porque abordarlo de una manera políticamente incorrecta te pueda exponer de una manera muy completa, o determinados círculos sociales que son de muy difícil acceso. También pienso en personas que han sido miradas tradicionalmente con mucho prejuicio, por el motivo que fuere. Me encantaría hacer un perfil de Rafael, el cantante español, ponele. A mí no me gusta la música que hace, pero es una especie de ícono de una época, de una manera de ser, de vivir y de cantar que ya no es, y me parece interesante. Miguel Bosé, qué sé yo, pienso en personajes de habla hispana que me resultan interesantes. Siento que tengo muchísimas cosas que hacer.

¿Y en la vida?

Eso que tiene que ver con el tiempo. Tener un manejo más relajado, y abrir espacios para cosas que no tengan solo que ver con el trabajo —lo que pasa es que mi trabajo me encanta.

¿Eres una workaholic?

No, trabajo mucho pero no lo siento. No creo que es una adicción. El adicto al trabajo está tapando con el trabajo alguna cosa que está muy mal en el fondo —y yo no tengo eso. En mi vida, no hay nada que esté muy mal. Hace veintiaños que me analizo y no creo estar engañada. El workaholic evita un vacío de algún tipo —creo, no me quiero meter a diagnosticar— con el exceso de trabajo. Yo tengo exceso de trabajo porque en un punto todo lo que me ofrecen me gusta y está bueno. Entonces decir que no me cuesta mucho —pero igual digo mucho que no.

Fotografía de Marcelo Ayala/Paralelo Media para GK.