Así empiezan las guerras. Tras 13 días desde el inicio del paro nacional, la movilización convocada por el presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), Leonidas Iza, no ha resultado en acuerdo alguno. 

Al contrario: las bajas incluyen cinco muertos en las protestas (uno con una bomba lacrimógena en el cráneo), al menos tres personas muertas por bloqueos de vías, cientos de heridos y cientos de millones en pérdidas económicas. El viernes 17 de junio, el Presidente declaró un estado de excepción cuyo decreto observaba el uso progresivo de la fuerza, incluyendo la posibilidad de usar fuerza letal en caso de ser necesario. Días después, el lunes 20 de junio de 2022 vimos escalofriantes videos de personas intentando atropellar manifestantes con sus autos y disparando armas de fuego. En los últimos días ha habido reportes de manifestantes agrediendo a periodistas. También hubo militares heridos en Calacalí. Y, a diferencia de octubre de 2019, la contramarcha organizada en respuesta al paro ha crecido día a día junto a campañas peligrosamente racistas y discriminatorias.

Ahora, aunque los ánimos se han calmado un poco, el fin del conflicto luce aún lejano. El sábado 25, el presidente Lasso derogó el estado de excepción mientras la Asamblea empezaba a debatir la muerte cruzada. A la noche siguiente, bajó 10 centavos del precio del galón a la gasolina extra y al diésel. 

Ese mismo día Leonidas Iza pidió a los manifestantes respetar el transporte de alimentos e insumos médicos. Es decir: garantizar corredores humanitarios, como si estuviéramos en guerra. Todo esto sin que los acercamientos de diálogo prosperen. ¿Es momento ya de hablar de un conflicto civil indefinido? 

La violencia que hemos vivido en Ecuador tiene historia y cimientos. Para el sociólogo Johan Galtung, cuando vemos violencia directa (golpes, vandalismo, insultos) es porque en el fondo existen otras formas de violencia menos reconocibles: la estructural y la cultural. 

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La estructural está conformada de condiciones materiales como la discriminación, la falta de educación y la desnutrición. La violencia cultural normaliza estas formas de discriminación y abandono mediante el lenguaje, la narrativa, las imágenes. No hay manera de resolver una sin tratar las otras. Para solucionar un conflicto, hay que reconocer ese triángulo. 

La violencia estatal hace parte de lo estructural. En momentos como los que estamos viviendo, ocurre cuando la Policía u otras instituciones públicas violan derechos humanos o cometen excesos al contener una protesta. 

Es grave e inaceptable. La Policía y el Ejército son instituciones armadas, después de todo, por lo que tienen la obligación jurídica de reducir al mínimo las lesiones, asegurar vías de escape para manifestantes y paramédicos y precautelar la seguridad de niños. Se deben, en teoría, al Estado de Derecho. 

Más allá de si cumplen o no sus obligaciones legales (sabemos que, con frecuencia, no lo hacen), existen respaldos para que rindan cuentas en caso de excesos: por ejemplo, el caso del policía Olmedo, quien fue detenido por extralimitación de fuerza al matar a dos delincuentes. 

La violencia que pueda generar un movimiento social puede ser más difícil de denunciar debido a su lugar en las relaciones de poder con el Estado. Ese ha sido un desafío estos días: determinar qué hacer con la violencia directa dentro de las manifestaciones cuando ésta viola otros derechos. Se juntan la conciencia política, la empatía y la culpa. Es fácil romantizar la protesta y a sus líderes, incluso cuando deja de ser una mera protesta. 

Es difícil, en cambio, distinguir entre la agenda de la dirigencia actual del movimiento indígena y las motivaciones urgentes de gran parte de quienes se han movilizado. El hambre, la falta de medicinas y el abandono estatal son tan reales como los daños y pérdidas que sigue generando el paro. Además, la primera semana de manifestaciones, logró que el presidente Lasso aceptara demandas que se habían hecho desde hace meses, como la declaratoria en emergencia del sistema de salud pública. Hasta entonces, las acciones mostraban el potencial de la presión desde abajo para lograr una política con sentido común. 

Guillermo Lasso

El presidente Guillermo Lasso dijo que la fuerza pública usará los medios necesarios para restablecer el orden constitucional. Fotografía tomada de la transmisión de la Segcom.

Por eso, parte de la opinión pública quiere negar que también ha habido excesos por parte de los manifestantes. Si no los niegan, los atribuyen a infiltrados o los justifican como parte de una revuelta social justa. Son tres justificaciones que se excluyen entre sí y que no registran las contradicciones de la dirigencia indígena. 

Pero ¿cuál es el límite? Los movimientos sociales también deben rendir cuentas. Si no es al Estado, sí a quienes los conforman y al resto del país. Finalmente, sus acciones afectan a todos los ecuatorianos. 

La pirámide de Galtung es una explicación, no una justificación. Para él era esencial entender las dinámicas de la violencia, precisamente para encontrar soluciones y maneras de responsabilización. Si contextualizamos las causas de la violencia directa es para lograr que esta desaparezca sin represión. No para celebrarla. 

Muchos movimientos en todo el mundo han logrado con éxito hacer de la resistencia civil organizada el mejor escudo en contra de la violencia estructural y el aliciente para generar política pública. 

El objetivo de este tipo de acción ha sido la negociación que, según el historiador Lawrence Freedman, se lograba generando “tal tensión que una comunidad que se ha negado a negociar se veía obligada a afrontar el tema”. Freedman describe este tipo de acción como “propaganda en los hechos” porque para sus líderes “los comerciantes y las cámaras de comercio se sentían aterrorizados ante las cámaras fotográficas y de televisión”. La no violencia, en ese sentido, utilizaba la empatía para legitimarse y, finalmente, llevar al poder a la mesa. Su militancia invitaba a periodistas, no los agredía. 

Esa forma de no violencia es erróneamente confundida con pacifismo, cuando son diametralmente distintos. El pacifismo se ha untado con el tiempo de adjetivos místicos y sentimentales; luce como una alternativa new age de resignación.  

La acción no violenta, en cambio, ha evolucionado como una estrategia para avergonzar a los contrarios y ganar las simpatías de quienes observan. (En este gobierno, lo primero parecería especialmente sencillo.)

Esta forma de movilización fue importante para la Conaie en los noventas, liderada por figuras como Luis Macas, Blanca Chancosa, Valerio Grefa y Nina Pacari. En 1990, el movimiento cerró carreteras y ocupó la iglesia de Santo Domingo de manera coordinada y por más de una semana. Así llevó a la mesa de diálogo al entonces presidente Rodrigo Borja para negociar el reconocimiento constitucional del Estado plurinacional, entre otras demandas. Dato curioso: la movilización no bloqueó el traslado de ninguna ambulancia.  

Acciones y campañas como esa han dado resultados favorables en Sudáfrica, Bolivia y Serbia. Adoptan la disciplina, planificación y orden de muchas acciones militares. “Cuando la gente malvada conspira, los hombres buenos planifican”, decía Martin Luther King Jr. También ejerce mecanismos de rendición de cuentas para demostrar cuán violento puede llegar a ser un Estado y diferenciarse de éste.  

Durante la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, por ejemplo, quienes participaban de cualquier acción debían hacer parte de un entrenamiento en el que simulaban las agresiones de la policía y civiles mientras aprendían a no responder: sabían que cualquier respuesta sería interpretada como agresión tanto por la policía como por muchos medios. 

En sus marchas, el contraste entre el orden del movimiento y las fuerzas del orden se convertía en evidencia y denuncia de la brutalidad policial. Por eso se rodeaban de medios; porque incluso a los detractores les era imposible negar la intensidad de la represión. Los volvían testigos. Jim Lawson, pionero de la acción directa no violenta, creía que solo así se construía un movimiento capaz de arrinconar al poder armado sin recurrir a sus mismas tácticas y, a la vez, seducir la opinión pública: con disciplina colectiva, entrenamiento, planificación sistemática y objetivos claros. Según él, era la manera de ganarse la empatía y aprobación de la sociedad civil y forzar el diálogo. 

La resistencia civil, pues, resiste su propia violencia precisamente porque entiende que tiene las de perder si se enfrenta uno-a-uno contra instituciones armadas. Su rendición de cuentas y autocontrol son estratégicas. 

Sus organizadores logran esto con objetivos claros para que la tensión de la resistencia, así como la crisis que generan, tengan una resolución. Explican la violencia directa, no la justifican. Así, de paso, ponen en evidencia las causas estructurales y culturales del descontento y la indignación. Jaque mate. 

día 12 del paro nacional

El duodécimo día del paro nacional en Ecuador estuvo también marcado por enfrentamientos entre manifestantes y la fuerza pública. Fotografía de Nicole Moscoso para GK.

Esa voluntad de resolución no parece interesar a Leonidas Iza. En todo este tiempo, la prolongación indefinida del paro es sospechosa. El 21 de junio de 2022, el presidente de la Conaie dijo que dialogaría siempre y cuando hubiese “garantías” de que se cumplirán sus diez demandas. 

Pero así no funciona: el diálogo es una negociación para encontrar una solución a un conflicto. Requiere de concesiones de lado y lado. ¿Quieren solucionarlo? Los hechos han demostrado que no y que las demandas son una excusa para alargar la crisis. Esta prolongación indefinida es, finalmente, un autosabotaje. No es estratégica. El miedo y desaprobación que ha generado probablemente seguirá fermentando respuestas violentas, polarización y la exacerbación de la represión estatal. Es decir: un conflicto para largo. 

Ecuador está llegando a un límite. Ya sabemos cómo hacer que el gobierno rinda cuentas por su negligencia y por sus muchos abusos. Es hora de que Iza rinda cuentas también o al menos comunique sus verdaderos objetivos. 

Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.

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