A cinco kilómetros de distancia, la gente corre, hace fogatas con eucalipto para que el efecto de las bombas lacrimógenas sea menor, se protege con escudos hechos de lo que sea, y algunos responden a los policías con piedras y proyectiles. Violencia llama violencia. Es ley de vida. Los policías corren detrás de los manifestantes, lanzan las bombas lacrimógenas y los dispersan. Es un caos.

Montaje paralelo en una ciudad partida en miles de pedazos. Mientras en los alrededores de la Casa de la Cultura Ecuatoriana se trata de unos contra otros; en la zona de la Tribuna de los Shyris, existe otro tipo de vida.

Aquí, todo parece una celebración, una mezcla violenta de todos los ruidos posibles: cornetas, vuvuzelas, pitos de carro y gritos que, a medida de que se dan más pasos, van desde llamados a la paz hasta la exigencia de sacar a los indios de la ciudad.

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Una de las tantas paradojas de Quito. De esas que mezcla toda idea o perspectiva en un solo espacio. Solo porque puede.

Día: viernes 24 de junio de 2022. En tres horas la cantidad de asistentes se quintuplica. De 400, más o menos en la primera hora, llegaron a ser casi dos mil personas, después de tres horas. Para ese momento, la gente termina por cubrir ambos carriles de la avenida de los Shyris. En uno de ellos —dirección sur-norte— ya no es posible la circulación vehicular.

Por el otro lado los carros pasan uno por uno, van con lentitud, pitan, celebran también la idea de que Quito es una ciudad de paz quiere trabajar. Ese es el discurso que más se repite. Si están ahí es para dejar en claro que no son como los manifestantes que están del otro lado, allá por el centro histórico. 

Quieren dejar claro que ellos no atacan, que no destruyen nada, que no quieren enfrentarse. Es difícil quitarse de encima la sensación de que hay racismo en medio de esos “nobles” deseos porque ponen al otro, al distinto, al indígena, en la vereda de los enemigos. Quizás no para la mirada de todos los asistentes, pero sí hay muchos que sintieron la libertad de decir lo que sentían: “queremos trabajar, no como esos indios vagos”, decían. 

Protestas en Quito: A 15 minutos, un mundo distinto

Banderas del Ecuador y cánticos a favor de la democracia son las constantes en las manifestaciones en la avenida de los Shyris, Fotografía de Eduardo Varas para GK.

Todo el mundo tiene derecho a marchar por las ideas o reclamos que quiera. Quienes están por la zona de la avenida Patria y los que se reúnen por la Tribuna de los Shyris. Ya sea con banderas del Ecuador y con banderas blancas con el escudo del país en el centro —que se venden entre dos y tres dólares—, con pitos —a un dólar— o con carteles hechos en casas. 

La pregunta es ¿existe una forma correcta de protestar? ¿Quién tendrá la respuesta correcta a esto? En Los Shyris se intenta responder eso desde una necesidad de tener la razón. Están ahí por la paz, por defender la democracia, por “defender sus votos en las elecciones” —como dice una chica que agarra un micrófono y se pone a arengar, a gritos, a un sector de los presentes—, por dar su apoyo a la Policía.

Lo que sucede en este punto contradice lo que pasa a 15 minutos de ahí. Son solo 15 minutos los que separan la realidad. Allá hay que correr de los policías y enfrentarlos. Aquí se los celebra. Si pasa un grupo de ellos en sus motos, se les pide que bajen la velocidad y se los rodea, se les lanza gritos de apoyo y se los aplaude. Más hacia el centro, hay gente que escapa de ellas. Aquí, hay gente que celebra a otra. La realidad es un poliedro.

Allá suenan bombas, gritos, detonaciones. Aquí, el himno nacional coreado por los presentes, un Color esperanza de Diego Torres y esa canción que dice “¡Gloria a ti, San Francisco de Quito!”. Lo que los une es que en ambas partes es una reunión no de amigos, pero sí de gente que ven las cosas de la misma manera, gente que quiere estar con quienes comparten su forma de ver el mundo. No hay espacio para lo diferente

Aquí, en La Shyris, niños pequeños en sus cochecitos, gente mayor que se sostienen en sus caminadoras, mascotas un tanto sacadas de onda por el ensordecedor ruido. Familias completas, madres, hijos, hijas; grupos de amigos, risas, parejas jóvenes, besos. Gente que dice que ya no quiere que “el terrorismo de Iza” siga destruyendo la ciudad. Personas que toman el micrófono en ese camión convertido en tarima sobre el que la gente se sube a dar su testimonio como si fuese un ritual religioso. “Ya se acerca fin de mes, ¿cómo voy a pagarle a mis empleados?”. “Somos un sector muy golpeado”. “Todos somos aquí emprendedores”. “Ya que se larguen estos indios”. “Por favor, somos quiteños dignos, no usemos expresiones para ofender”.

Protestas en Quito: A 15 minutos, un mundo distinto

Gritos, celebraciones y pitos de carros no dejaron de sonar en una buena parte de la avenida de Los Shyris, en Quito. Fotografía de Eduardo Varas para GK.

Sí, la gente tiene el derecho a expresar lo que quiera, hasta la misma contradicción que los mueve. Una mujer joven toma ese micrófono y empieza a decir que no podemos pelearnos entre todos, que todos somos iguales, ecuatorianos, que somos mestizos, mulatos, blancos, afros, indígenas. La gente empieza a prestarle atención. Pero en medio de su discurso, algo derrapa, porque grita que no quiere más terrorismo, que hay que trabajar y que los buenos queremos la paz. Y es así. En la Shyris se habla de la paz, mientras que a pocos kilómetros la lucha es para no morir y no hay capacidad alguna para, realmente, ponerse en los zapatos del otro.

Porque ese “otro”, se supone, viene a quitarnos aquello por lo que tanto hemos luchado.

Una vez que la mujer joven termina de hablar, la gente que está alrededor del camión tarima, aplaude con rabia, con emoción. La felicitan por el micrófono y ella sonríe. Quizás sí intenta hacer mejor las cosas desde su lugar, no hay por qué dudar de eso. Pero todo lo que dice, ese discurso que dispara a toda dirección, se queda ahí. Un par de metros más adelante solo hay pitos y un “Iza, Iza, se viene la paliza” que termina por decorar un encuentro de gente con una idea en común, que abraza a policías —y que probablemente los nombra “chapas”— y que dice buscar la paz.

Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.