
Bajarse al vuelo
Bajarse de un bus en Quito es una gimnasia olímpica urbana.
Dicen todos los libros de autoayuda que hay que atreverse siempre a dar el paso. Por supuesto, sus autores nunca han tenido que darlo para bajarse al vuelo de un bus en Quito.


No saben que hacerlo toma una dosis de valentía cotidiana y recurrente porque los señores conductores a veces no paran del todo ni donde exactamente deben. Entonces para ser quiteño, parecería que no basta con haber nacido aquí, no haber elegido crecer aquí, ni saberte la parte del himno que dice “porque te hizo Atahualpa eres grande, y también porque España te amó», ni conocer las huecas de la ciudad, y reconocer los volcanes, y saberte el nombre de los barrios. No: si no se desarrolla la habilidad de bajarse al vuelo del bus, una mano en la baranda y el pie acercándose a la calzada, como si fuese un paso de baile michaeljacksiano, entonces, no: uno corre el riesgo de fracasar como quiteño.


Los buses van como poseídos por un demonio marcador de tarjetas. Funesto y adictivo sistema que durante décadas ha gobernado las rutas de buses quiteños: cada pasajero paga al subir; el chofer o cobrador marca una tarjeta física como registro del viaje y del horario. Llegar antes a ciertos puntos puede permitir recoger más pasajeros y mejorar la recaudación del turno. El resultado es la ciudad convertida en la pista de un Mario Kart perverso. Aunque cada vez se repita más que ahora serán controlados por angelicales GPS.

Pero se sabe: se puede quitar el marcador de tarjetas del bus pero no al marcador de tarjetas del busetero. Porque si algo tomamos como verdad en esta ciudad es que eso de que las carreras son por marcar la tarjeta es solo una excusa para practicar el infame deporte de carreras de buses urbanos. Uno de sus propios dirigentes admitió que “algunos conductores” incumplen las leyes de tránsito, “conducen en estado etílico y hacen quedar mal al gremio”.
En todo caso, bajarse al vuelo es una suerte de obligada gimnasia olímpica del tercermundismo. Una prueba más propia de triatlones de deportes extremos que de la vida urbana diaria de millones de personas.


Exige cierta pericia, gracia y equilibrio: las “unidades de transporte urbano”, como suele escucharse en acartonados reportajes televisivos, tienen escalones muy altos, estribos que no empatan con la vereda, detenciones brevísimas. Además, siempre hay alguien que no sabe —o no le importa— que antes de subirse a cualquier cosa (el ascensor, por ejemplo) hay que esperar a que quienes se bajan, salgan.


Los atletas del baje al vuelo son siete de cada diez quiteños: apenas un 25% se mueve en carros particulares y motos. El resto, va en bus, en metro, metrovía, ecovía y trole (y uno que otro en bicicleta). Las usuarias de esos buses son, por lo general, mujeres. Al bus se suben y de él se bajan entre maromas de saltimbanquis y saltos a lo Yves Klein, todos los días, quien madruga, quien lleva a papá al médico, quien matricula a los niños en la escuela, quien va al trabajo y quien busca trabajo.
La gran mayoría de quienes empujan esta ciudad, se bajan de sus buses al vuelo porque Quito va montada sobre caucho, humo, freno, bocina y, sobre todo, paciencia. Dice la iniciativa Quito cómo vamos que, entre 2024 y 2025, solo el 13% de los usuarios de buses de cooperativas y sistemas municipales dijo estar muy satisfecho con el transporte urbano quiteño.


Quizá el apuro con el que hay que bajarse sea parte de la insatisfacción, aunque las cifras de maltratos, robos y acosos seguramente pesen más. Porque esta ciudad tiene una biografía hecha no solo de desplazamientos, sino de cómo empiezan y cómo termina cada trayecto: al vuelo.


Cada tanto, transportistas y autoridades municipales se reúnen para discutir precios y darse excusas mutuas sobre negligencias compartidas. No tenemos memoria de que alguna vez a esas reuniones haya ido una usuaria a pedir, de favor, que si vamos a empezar a cambiar de verdad cómo nos movemos, empecemos por parar donde es, respirar y dejar que la gente se baje tranquila.


Que el sistema funcione para todos y esté pensado sobre todo para quienes más lo usan. Que al fondo hay sitio deje de ser una orden dada como un latigazo, y que un bus cómodo práctico y que no escupa algodones negros por la retaguardia no parezca una figura mitológica.

Porque los buses sostienen ciudades enteras. Quito no es la excepción. Es su sistema más usado, el más indispensable y, al mismo tiempo, uno de los más maltratados. No existe justificación para esta lógica reencauchada. Quito avanza sobre ruedas; muchas de esas ruedas chirrían. Y mientras no se arregle ese viaje cotidiano, la ciudad seguirá llegando tarde a sí misma y bajándose al vuelo.




