Yadira Labanda renunció a su trabajo el día que su hija de 19 años, Angie Carrillo, desapareció. Labanda vivía en Riobamba, una ciudad enclavada en la Sierra centro del país, y viajaba todos los miércoles a Quito, un viaje de dos horas y media en bus, para mostrar el cartel con la foto de su hija en los plantones de la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas en Ecuador (Asfadec), y para entregar oficios en la Presidencia del Ecuador, en la Fiscalía General del Estado, en la Defensoría del Pueblo exigiendo que avanzaran con la investigación. Después de un tiempo, se mudó a Quito para estar más cerca de las instituciones que buscaban a Angie. Dos años y medio después, el cuerpo de su hija fue hallado en una quebrada. 

Yadira Labanda no se detuvo. Ya no buscaba a su hija desaparecida, sino respuestas. Exigió al Estado que le diera un trabajo por todo el tiempo que había tenido que dedicar a la búsqueda de su hija. 

Yadira Labanda tiene los ojos claros, el cabello largo oscuro y lacio, lentes de montura gruesa roja y una historia que es un calco macabro: es la misma que la de cientos de madres de niñas, adolescentes y mujeres asesinadas en el país cuyos casos toman demasiado tiempo en ser esclarecidos. 

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El 28 de enero de 2014 fue la última vez que vio salir de su casa en Riobamba a su hija, Angie Marianella Carrillo Labanda. Yadira Labanda se había separado del papá de sus cinco hijos y se mudó de Lago Agrio, capital de la provincia amazónica de Sucumbíos, a Riobamba. 

Allá Angie, su hija mayor, empezó a estudiar la carrera de Medicina en una universidad pública. Lo último que supo su madre, fue que iría al banco a retirar el dinero que le enviaba su papá para los gastos de la semana. “Cuando mi hija no volvió, no tenía cabeza para pensar, no sabía qué hacer, mi preocupación iba más allá. Al otro día hablé con su papá y fuimos a la Fiscalía de Riobamba a denunciar”, recuerda Yadira Labanda al otro lado del teléfono con la voz que se le quiebra por momentos, desde Lago Agrio, una ciudad amazónica que limita con Colombia, y donde nació Angie en 1994. Desde que el caso de su hija recibió sentencia, Yadira volvió a vivir a Lago Agrio.

Yadira Labanda —que en las fotografías que decenas de medios le han hecho aparece siempre con carteles con la foto de su hija en marchas contra la violencia machista— cuenta que su hija Angie tuvo un novio luego de salir del colegio en Lago Agrio, pero la relación terminó cuando Angie se fue a vivir a Riobamba para estudiar Medicina y vivir con su mamá en esa ciudad. 

El exnovio seguía llamándola constantemente. “Esa situación era desbordante para Angie”, dice su mamá. Ella dice que su hija llegó a recibir 60 llamadas diarias de su expareja. Angie Carillo apagaba el celular y entonces él llamaba a Yadira Labanda, que le decía “señora a su hija la amo”. Yadira recuerda que le quería hacer entender que Angie a él ya no, que la deje de llamar, pero las llamadas seguían. 

En Riobamba, Angie conoció nuevos amigos y amigas, y empezó una nueva relación sentimental. El exnovio seguía celoso, intentando saber dónde y con quién estaba ella. Angie Carrillo le decía que ya no lo quería y que no quería estar con él. Su ex le insistía: le decía que ella estaba confundida, y que la amaba y la amenazaba —si no volvía con él, se suicidaría.

Angie y su ex habían retomado la comunicación, él tenía una hermana con cáncer y le decía a Angie que necesitaba de su apoyo. Angie viajó a Quito en bus por esos chantajes para encontrarse con él. En el expediente del caso dice que ella se sentía muy mal por la enfermedad que tenía la hermana del ex. 

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La investigación empezó al día siguiente de que Angie saliera a sacar plata del cajero. El caso se abrió en la Fiscalía de Personas Desaparecidas de Riobamba. Yadira Labanda madrugaba a las siete y media de la mañana todos los días para preguntarle al fiscal a cargo cómo avanzaba el caso. 

Luego de la triangulación de llamadas telefónicas entrantes y salientes del celular de Angie, la Fiscalía concluyó que la última recibida fue desde Carcelén, al norte de Quito, donde vivía su exnovio. Con ese dato, la investigación se trasladó de Riobamba a Quito; era mayo de 2014 y habían pasado cuatro meses desde que salió al cajero. La Fiscalía investigaba su desaparición como un caso de trata de personas, que ocurre cuando mujeres u hombres son sometidos a violencia sexual, trabajos forzosos, servidumbre doméstica, extracción de órganos u otros trabajos forzados. Incluso la Interpol —la organización policial internacional que coordina y mantiene información sobre delitos, presuntos delincuentes y desaparecidos buscados en todo el mundo activó la alerta amarilla que se notifica cuando una persona desaparece. 

Fue entonces que Yadira Labanda renunció a su trabajo de mesera en un restaurante para dedicarse a buscar a su hija. Con la liquidación que recibió mandó a imprimir afiches con algunas fotos de Angie y una leyenda que decía: ¡Ayúdanos a encontrarla! 

Con otra parte pagaba sus pasajes de Riobamba a Quito para asistir a los plantones de la Asfadec en la Plaza Grande en el Centro Histórico de Quito. “Para una madre es doloroso pararse con un cartel de su hija desaparecida. Yo no podía creer que esto me estaba pasando a mí”, dice. Cuando se le acabó el dinero de la liquidación, “iba a la plaza con un dólar, tenía que esperar la buena voluntad de los familiares que me decían vamos a almorzar o quédate esta noche en mi casa”, recuerda. 

madre de Angie Carrillo

Yadira Labanda muestra el afiche de su hija en un plantón de la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas en Ecuador (Asfadec). Fotografía cortesía de Yadira Labanda.

La vida se le iba en una angustia que volvía a empezar cada mañana, como un inmerecido destino prometeico, atada a la roca de la más artera de las penas: perder un hijo o una hija —una pérdida tan cruel que carece de un sustantivo propio en español (existe en hebreo: sh»khol» (שכול) —el abatimiento por perder un hijo). Patricia Reyes, psicóloga del Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer de Guayaquil (Cepam), dice que las madres de las víctimas de femicidio no sólo enfrentan esa pérdida, sino también un proceso legal y una revictimización social cuando los demás cuestionan sus vidas al discutir u opinar sobre su muerte. 

madres que perdieron a sus hijas

Yadira lo sabe. La madre que perdió a su hija mayor hace siete años recuerda que la fiscal a cargo del caso le preguntaba cuántas veces Angie iba a fiestas. “Siempre se le cuestionó muchísimo su vida, y yo me quedaba pensando ¿qué tiene que ver la vida de mi hija con su desaparición?”, recuerda. La psicóloga Reyes dice que “las madres quieren hacer comprender (a las autoridades) que su hija era un ser humano, que no era un monstruo, como a veces las ponen, o una mala persona o una mala mujer”, explica. Reyes dice que enfrentar lo que dicen los otros de sus hijas es muy doloroso. “Ellas quieren reivindicar el lugar de su hija, que la gente la mire como ese ser humano digno que era, que no debería haber muerto”, dice Reyes.  

Las madres cuyas hijas han sido asesinadas necesitan estar acompañadas, dice la psicóloga, y por lo general esa compañía es la familia o los amigos de sus hijas. Según Reyes, es necesario porque en su duelo se enfrentan con la rabia o enojo al sentir que no pudieron evitar la muerte de su hija. 

Este acompañamiento es mucho más importante para las que se quedan a cargo de los hijos de sus hijas asesinadas. Un artículo de la revista de ciencias sociales aplicadas de la Universidad San Gregorio de Manabí dice que las madres que pierden a sus hijas por violencia de género, tienen dificultades para adaptarse a la nueva realidad, tienen sentimientos de culpa. Otras desarrollan baja autoestima, depresión o desesperanza. También hay quienes se quieren aislar. El estudio alerta que el Estado ecuatoriano debería tomar las medidas necesarias para que ellas reciban atención psicológica y se garantice su derecho a la justicia. 

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Yadira Labanda es como la vertiente del caudaloso río del amor de las madres. “Ella no deja de exponer el dolor que significa perder de una manera violenta a alguien que uno ama, en este caso a su hija Angie”, dice Stephanie Altamirano, activista por los derechos de las mujeres. “Yadira es una mujer comprometida con la lucha, un emblema de la lucha por justicia para su hija y las hijas de otras”, dice la abogada Ana Vera de Surkuna, una organización que defiende los derechos de las mujeres, y que también dio apoyo legal a Labanda. Yadira Labanda es el reflejo de los cientos de mamás que piden justicia para sus hijas, que buscan los cuerpos de sus hijas, que buscan a los asesinos de sus hijas. En Ecuador, desde enero de 2014 hasta marzo de 2021, según la Alianza de Monitoreo de Femicidios, hubo 870 mujeres asesinadas por el simple hecho de serlo. 

madres que perdieron a sus hijas

Yadira Labanda, mamá de Angie Carrillo, sosteniendo un cartel sobre la desaparición de su hija. Fotografía cortesía de Yadira Labanda.

Muchas de esas madres no se conocen pero comparten el brutal horror de haber perdido a sus hijas por la violencia más cruel, y la lucha incansable que solo ellas conocen porque además de sufrir el asesinato de sus hijas, están atrapadas en un círculo de burocracia e indolencia estatal.“Cuando eres madre buscando justicia por tu hija víctima de femicidio, el sistema de justicia termina poniendo la responsabilidad de la muerte en las madres por la lógica de no cuidarla bien”, dice  Jeanneth Cervantes, activista por los derechos de las mujeres. Al buscar a Angie, Yadira encarnó a las madres de esas mujeres., dice que las madres que ha conocido en su activismo son mujeres que acompañan a otras en la búsqueda de justicia, que se indignan por la violencia que viven otras. 

Esta es la historia tenaz de Yadira Labanda. Pero podría también ser la de Katty Muñoz, la mamá de Lisbeth Baquerizo, asesinada en Guayaquil en diciembre de 2020. Podría ser la de Ruth Montenegro, la mamá de Valentina Cosíos, una niña de 11 años que fue encontrada en el patio de su escuela, con señales de violencia física y sexual. Podría ser la de Patricia Bermúdez, la mamá de Adriana Camacho y abuela de Santiago, quienes fueron envenenados por la pareja de Adriana en febrero de 2020. 

Yadira Labanda podría ser Anita Ortega, mamá de Vanessa Landinez, asesinada en 2013 en Ambato. Podría ser Maricela Guzmán, mamá de Kattya Basurto, asesinada en plena cuarentena del covid-19, en una piladora de arroz donde trabajaba en Los Ríos; el sospechoso de su muerte es el dueño de la piladora, quien la acosaba. 

Podría ser Carmen Mugmal, mamá de Brigith Solange Tituaña, cuyo cuerpo fue encontrado en un río, cerca de su casa en el valle de Sangolquí, en Pichincha. Podría ser Petita Albarracín, mamá de Paola Guzmán, una adolescente de 17 años que fue violada por el vicerrector del colegio en Guayaquil, luego obligada a tener sexo con el médico que le practicaría un aborto, y que después se suicidó. Yadira podría ser también Elizabeth Rodríguez, mamá de Juliana Campoverde, desaparecida en  2012 por el pastor evangélico Jonathan Carrillo, quien está sentenciado porque confesó el crimen, pero el cuerpo de Juliana aún no aparece. 

Yadira Labanda podría ser todas ellas. Es todas ellas. Todas ellas son Yadira Labanda. Y al mismo tiempo, son solo ellas: sus dolores son únicos, irrepetibles, incomparables. Son únicas y una sola en su dolor.  

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Cuando Yadira Labanda y sus otros cuatro hijos se mudaron a Quito para continuar la búsqueda de Angie Carrillo, ellos iban al colegio, celebraban los cumpleaños, salían al parque. Parecía que la vida seguía para la familia, pero no para Yadira Labanda. “Me tocaba aparentar que estaba bien emocionalmente pero por dentro estaba que me moría, me tocaba disimular en una navidad, en un cumpleaños, un fin de año”, recuerda. La vida de Yadira se había quedado detenida el día que su hija mayor desapareció. 

Mientras ella vivía entre Quito y Riobamba, la investigación de la Fiscalía involucró al exnovio que tuvo Angie en Lago Agrio y que en ese entonces vivía en Quito. Él llamaba a Yadira Labanda, preocupado, para preguntarle si había noticias de la desaparición de Angie. “Yo sinceramente nunca le creí”, dice Yadira en medio de un corto silencio en la llamada, y luego continúa contando su historia, como lo ha hecho en estos siete años. 

En 2014, cuando seguía buscando a su hija, Labanda asistió a una de las decenas de reuniones con la Asfadec y el Ministerio de Justicia. En ese espacio cada familiar de los desaparecidos contó su caso a los funcionarios del Ministerio. Yadira Labanda les dijo que buscar a un ser querido implica que su madre, padre, hermanos o abuelos dejasen de trabajar. Y dijo que mucha gente desiste de buscar a su familiar porque ya no tiene dinero. “Eso me estaba pasando a mí”, dice.

Ledy Zúñiga, entonces ministra de Justicia, escuchó su pedido. En noviembre de 2014 fue contratada como asistente en la Dirección de Cultos del Ministerio de Justicia, en Quito. Las autoridades del Ministerio le dijeron que su empleo era una forma de reparación del Estado por la desaparición de su hija. 

madres de víctimas de femicidio

Yadira Labanda asiste a marcha contra la violencia para pedir justicia para todas las víctimas de femicidio. Fotografía cortesía de Yadira Labanda.

Con su trabajo tuvo menos tiempo para buscar a su hija. La hora del almuerzo la aprovechaba para ir a la Fiscalía y preguntar por los avances de la investigación. Por ese entonces, empezó a sospechar que el exnovio de su hija estaba involucrado. 

Cuando iba a la Fiscalía entregaba oficios para presionar que hagan la reconstrucción de los hechos —el recuento de lo que pasó, en el lugar que ocurrió, si es posible, dice el Código Orgánico Integral Penal, con los objetos relacionados con el presunto delito que se investiga. Finalmente le dieron un mes para que se haga: abril de 2016. Para ese entonces Angie llevaba ya más de dos años desaparecida. 

Pero justo ese mes y ese año en Ecuador hubo un terremoto que sacudió a Manabí y Esmeraldas y dejó más de 600 muertos. El peritaje, al que estaba convocado Bryan Vaca, el exnovio de Angie, se aplazó para el 3 de mayo. 

Él, luego de rendir varias versiones y decir que no sabía donde estaba Angie, en una última dijo que iba a decir la verdad. Dijo que Angie había viajado de Riobamba a Quito, que se habían encontrado en el terminal de Carcelén y que fueron a comer pizza en ese sector. 

Luego contó que fueron a un bosque y ahí discutieron, y Angie le contó que estaba embarazada de su actual novio. Vaca se enojó, la ahorcó y la golpeó en la cabeza con una piedra. Después fue a su casa para coger una pala, hacer un hueco y enterrar el cuerpo de Angie en ese bosque. El 4 de mayo de 2016, dice Yadira, “encontramos a mi hija en un barranco que había sido un basurero. Ahí había estado enterrada, y él ya lo había confesado todo”. Ese era apenas el primer gran paso en la búsqueda de su hija. 

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La investigación pasó de desaparición a asesinato. En enero de 2017, luego de la recepción de testimonios, las pruebas psicológicas, la audiencia preparatoria de juicio y el juicio por asesinato, Bryan Vaca, el exnovio de Angie, recibió 34 años y 8 meses de prisión por ser el autor del delito de femicidio. En Ecuador, el asesinato y el femicidio son delitos que se juzgan con la misma pena de cárcel: de 22 a 26 años. Pero, según el expediente del caso de Angie Carrillo, el femicidio “es un tipo penal autónomo, que sanciona la conducta de quien ha dado muerte a una mujer por el sólo hecho de serlo después de victimizarla a través de relaciones de poder”.

La sentencia, la defensa de Vaca apeló. La Corte Provincial de Justicia de Pichincha aceptó parcialmente la apelación y anuló la sentencia por femicidio. “Teníamos que empezar de nuevo”, dice Yadira. Ana Vera, de Surkuna, explica que hubo un error en la sentencia porque el delito debió ser sancionado como femicidio pero no con la pena de 34 sino de 25 años, porque en el momento de la muerte de Angie en enero de 2014, aún no estaba tipificado este delito, sino hasta agosto de 2014. También porque Bryan Vaca ya había cumplido un año en prisión preventiva.

plantón por víctimas de femicidio

Angie Carrillo tenía 19 años cuando desapareció, su madre la buscó sin cansancio. Fotografía cortesía de Yadira Labanda.

La Corte ordenó que se anulara la sentencia y se dictara una nueva. Bryan Vaca fue sentenciado a 25 años de prisión por el femicidio de Angie Carrillo, y la Corte ordenó como reparación integral el pago de 20 mil dólares, pero Vaca se declaró insolvente. La abogada Vera dice que es muy común que los femicidas no cumplan con la reparación integral y no lo hacen porque “el Estado no da prioridad de reparación”. Para la madre de Angie y su familia tampoco ha habido asistencia psicológica. La única parte de la reparación de Yadira cuando su hija estaba desaparecida, que era su trabajo, se terminó el 2020 cuando recibió una notificación de salida, con la justificación de la pandemia del covid-19.  

madres que perdieron a sus hijas

Hoy, después de incansables años de lucha, impotencia, desilusión y una justicia parcial, Yadira es estudiante de sexto semestre de Derecho. “Ahora ella (Angie) es la inspiración para estudiar, para poder ayudar a otras mujeres que están atravesando situaciones similares, ayudar en estos procesos de acceso a la justicia, para que no sean revictimizadas”, dice Yadira

Jeanneth Cervantes dice que las madres o mujeres sobrevivientes de violencias se acompañan porque entienden el dolor de la otra. Dice que “cada una de las sobrevivientes tiene sus propios procesos, para llevar la memoria de ellas e ir sanando”. Yadira Labanda abandera la búsqueda de justicia para las víctimas de femicidio. No solo grita el nombre de su hija al pedir justicia, también entona los nombres de Lisbeth Baquerizo, Juliana Campoverde, Valentina Cosíos, Vanessa Landinez, Paola Guzmán y las cientos de mujeres que han sido asesinadas por el simple hecho de serlo.