Estimado Pablo, 

Es difícil hablar de su candidatura sin hablar de la Izquierda Democrática, su ambivalencia e improvisación. Después de todo, su candidatura no es solo suya. Usted es Pablo Ponce, pero a los ojos de muchos, usted también es –o será– la cara principal de esa Izquierda Democrática

La ID recuperó relevancia en el año 2020. Antes de eso, estaba en modo off, relegada a la nostalgia del empolvado legado de Rodrigo Borja. Tuvo sus momentos antes, acercándose a figuras –ahora controversiales– como María Paula Romo. Hasta ahí. Luego, el fenómeno Hervas catapultó su campaña presidencial del 3% de intención de voto inicial al 16% después de la primera vuelta. Fue una locomotora alimentada por un mensaje que la dirigencia del partido repitió ad infinitum: la renovación de las bases y la gente nueva. 

Desde entonces, la ID ha dado mensajes contradictorios y ha experimentado disputas internas que me preocupan. Estas disputas incluyeron expulsiones cuestionadas de algunos de sus militantes como Alejandro Jaramillo y Johanna Moreira.

Xavier Hervas –quien siguió siendo un referente– no dio la talla en el debate por el aborto por violación. Hubo confesiones desde el interior del partido sobre las presiones que Hervas habría estado haciendo sobre quienes pretendían votar en favor de una ley para garantizar el derecho a elegir a una mujer que ha sido violada. ¿Y la gente nueva? No han sido especialmente protagónicos, excepto por querellas internas como las protagonizadas por Johanna Moreira y Yeseña Guamaní que  –lejos de demostrar una cohesión en torno a un liderazgo joven que entiende la importancia de los derechos humanos– ha evidenciado disputas como las de la vieja política de la que tanto la ID pretende deslindarse. 

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Su partido parece adaptarse más a las necesidades marketeras de un electorado que a un proceso serio de formación de cuadros y elección de candidatos. Y lo digo porque su candidatura luce como un giro de 180 grados de la de Inty Grønneberg, la primera apuesta que hizo su partido para la candidatura a la Alcaldía de Quito —y que terminó diluyéndose al no ser aprobada por el Consejo Nacional Electoral. Grønneberg tenía el potencial de apelar al voto joven por todo lo que –en teoría– representaba: innovación, renovación y, valga la redundancia, juventud. Como una suerte de Antanas Mockus versión chulla, tenía un perfil que sintonizaba con la campaña presidencial de Xavier Hervas y que se antojaba distinta a las demás. Aún no era candidato y ya se hablaba de él. Tenía tiktok appeal. 

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Su caso es distinto. Más allá de su experiencia como concejal del Distrito Metropolitano de Quito, o de su plan de gobierno, usted se levanta del banquillo de los suplentes sin querer. Su perfil es menos mediático. Eso tampoco es malo – la política está demasiado tomada por el simulacro y el espectáculo. Sin embargo, dice mucho de la estrategia (o falta de ésta) de su partido. Aún más cuando una facción de la Izquierda Democrática ni siquiera lo apoya a usted si no a Andrés Paéz.

¿Cómo se puede tomar en serio a un candidato respaldado por una organización política dividida e incoherente?

Fuera de eso me gusta su visión sobre la seguridad. En especial por lo que usted reconoce que no son soluciones:  su discurso en contra del libre porte de armas es importante en tiempos en los que el miedo se abre camino. Usted evidentemente entiende que la inseguridad es un síntoma de problemas sociales más de fondo y que no se resuelve con más policías o más armas. Al contrario; esas son medidas paliativas que corren el riesgo de normalizar  políticas de vigilancia estatal represivas y que pueden exacerbar los conflictos y diferencias en el corazón de la violencia. Le he leído enfatizando la importancia de capacitar a la ciudadanía y de organizar a los barrios. Lo hace con llamativa cautela. 

Hasta ahora, no le gana la demagogia. Lo felicito por eso. Sus propuestas tienen mucho del sentido común que ha hecho falta en la gobernanza de Quito. En una entrevista para La Hora, usted habló de la “necesidad de una cultura del Metro, con espacios para la cultura, la gastronomía”. Concuerdo, en especial cuando menciona “los espacios de encuentro de la sociedad y polos de desarrollo económico”. Su forma de entender la ciudad es integral: reconoce el protagonismo de la cultura, la comunidad y la convivencia en la solución de problemas. 

El reto es pasar del lugar común a la acción . En eso, su experiencia también puede ser buena señal. Usted tiene cancha, horas de vuelo. Su tiempo en la Comisión de Movilidad en la gestión de Moncayo, por ejemplo, puede ser especialmente útil frente al tipo de pugnas de poder y negociados que ensucian la operación del metro. ¿Pero qué tanto le pesará el lastre de una Izquierda Democrática en crisis cuando pretenda gobernar? ¿A qué facción de la organización política responderá usted si llega a ganar las elecciones?  

Su candidatura se da en un contexto específico en el que el potencial propositivo de la ID quedó relegado al vaivén político de siempre. Pasó con su ex-candidato presidencial y con su bancada. La ID ha perdido iniciativa política y vuelve a parecer un partido camaleónico más, del que no se sabe qué esperar porque parece que baila al ritmo del ¿oficialismo? ¿del correísmo? ¿de sus intereses propios? No se sabe. No se entiende. Solo se ven incongruencias

Es entonces un momento clave para que su plataforma electoral use las elecciones para definir su línea, forjar cuadros y proponer una idea de ciudad que supere los clichés. Quito ya no aguanta las buenas intenciones o la política de la pasividad y la retórica. Pablo, le doy el beneficio de la duda. Pero, ¿a su partido, quién se lo da

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Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.
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