Esta semana me han llamado amigos de todo el mundo para preguntarme sobre el aluvión del lunes 31 de enero. Una amiga me contactó desde Pakistán, otra desde Argentina. Les agradecí y les conté que hasta mi casa, en la avenida Colón, solo llegó el lodo, que mi familia está bien, pero que hubo 28 muertos. “Así es la vida”, dije en algún momento sin pensarlo mucho, como reflejo automático. Era mi respuesta a una solidaridad que yo no merecía. Pero esa frase en este país tiene un dejo de resignación que es solo posible entre quienes hemos tenido el privilegio de no ser afectados. No entre los damnificados, ni entre residentes de zonas urbanas igual de precarias. 

Así no puede ser la vida. Y aunque pasar el shock inicial, despabilarse y seguir adelante es parte de la naturaleza, corremos el riesgo de aceptar la catástrofe como una parte más de ser ecuatorianos, una etapa más del ciclo de noticias trágicas en las cárceles, en Zaruma y en los barrios de nuestras ciudades. No estamos procesando el duelo nacional. Y es hora de hacerlo. 

Ecuador está acostumbrándose a empaparse de coberturas catastróficas que duran uno o dos días y que luego ceden a las recurrentes peleas en la Asamblea, al pacificador fútbol y a los feroces detractores de Bad Bunny. Es algo que pasa en otras partes del mundo, pero que en este país parecería más abrupto debido a la gravedad y recurrencia de las malas noticias. 

Hasta cierto punto, es una tendencia que tiene explicaciones científicas. Según varios estudios, el cerebro humano no es capaz de comprender el duelo ajeno del todo cuando este ocurre a gran escala (aunque suene contradictorio). Es un desfase de registro bastante documentado: la empatía requiere de un vínculo emocional y una capacidad de comprensión del otro. Se manifiesta con más facilidad cuando conectamos uno-a-uno, por cercanía o familiaridad o mediante historias personales.

Nuestro cerebro procesa la información numérica, en general, de manera distinta a la tragedia personal de un individuo. Cuando recibimos datos de catástrofes de grandes magnitudes, tendemos a computarlos como mera información y estadística. 

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Por otro lado, la gravedad de noticias negativas sobre un evento específico puede, después de cierto tiempo, generar “fatiga de crisis”, en especial cuando consumimos noticias mediante redes sociales.

Otros estudios realizados durante los primeros meses de la cuarentena por la pandemia demostraron que “doomscrolling”, o el consumo compulsivo de malas noticias es un desorden de ansiedad, que tiene un efecto parecido al de la adicción al juego. 

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Este fenómeno había sido identificado hace muchos años por Dean McKay, profesor de psicología de la Universidad de Fordham, en Nueva York, tras estudiar a personas que miraban sin parar las noticias sobre los ataques del 9-11. El terror de consumir malas noticias desde la comodidad del hogar, según McKay, tenía un efecto calmante  —“esto es terrible pero yo estoy bien”— que eventualmente generaba también agotamiento.

Es peor ahora, cuando las noticias, y los comentarios sobre estas, no se detienen en ningún momento. Los rituales de duelo, según estos estudios, son una forma de trabajar ese agotamiento. Por eso son necesarios. 

Hay maneras simbólicas de compartir el dolor ajeno o de darle importancia. El Municipio declaró tres días de duelo después del desastre, lo que implica únicamente “que las instituciones coloquen la bandera de su país a media asta.” En perspectiva, luce como un gesto anacrónico que no invita a la reflexión, a la reparación ni a la reconstrucción de nada. Es casi un trámite burocrático. No ha habido, de hecho, ningún mea culpa institucional o explicación del Estado. 

Es un duelo vacío: la reacción del Municipio después de la tragedia ha estado más bien plasmada por excusas como la del alcalde Guarderas, quien dijo que lluvias como las del pasado lunes se dan cada 25- 50 años —una explicación engañosa, que equivaldría a decir que aunque Quito es ciudad de riesgo sísmico, la ciudad no está preparada para un terremoto porque suceden cada cierto tiempo. O peor aún: que no suceden hace mucho. 

No ha sido solamente Guarderas. Todavía no eran desenterrados los muertos y el aluvión de La Gasca ya era la carne de carroña de asambleístas como la correísta Pamela Aguirre, por un lado, que aprovechó para hacer proselitismo contra el presidente Lasso, y de varios medios que –como Carlos Vera– encontraron formas de inculpar a Correa en esto también

Es una historia repetitiva y predecible: el más burdo proselitismo confundido con la responsabilidad política, cuando no son lo mismo. Una cosa es contextualizar las deplorables condiciones urbanísticas en zonas de riesgo como La Gasca o denunciar el vacío de liderazgo de la capital de los últimos quince años. Otra, muy distinta, es hacer reclamos electorales de conveniencia y achacarle la culpa —porque se habla de culpa, no de responsabilidad— al bando político contrario.

Aprovechar una tragedia para ganar argumentos partidistas es un síntoma más de que estamos anestesiados, peligrosamente acostumbrados a vivir en un país cada vez más catastrófico. Muchos ya no ven una catástrofe, ven una estadística que los justifica. 

No es solo en Quito. Me pregunto si en Guayaquil, una ciudad que perdió a miles de personas en la primera y brutal ola del covid-19, ha habido un duelo social por lo que pasó. Hasta se perdieron cuerpos —y hay quienes intentan justificarlo diciendo que lo que vivió fue como una guerra. Podemos decir algo así cuando el cadáver que falta no es el de nuestro familiar. Una vez más —el duelo de los otros es difícil de compartir, más en las tragedias. 

El duelo tiene una función más allá del símbolo vacío de las banderas a media asta. El minuto de silencio, por ejemplo, tiene orígenes cuáqueros y empezó a practicarse como una manera de reconocer que el dolor ajeno es inconmensurable —que debemos intentar imaginarlo, pero que es imposible comprenderlo del todo. 

En Alemania, el duelo se ha convertido en una forma de vivir el espacio y la Historia con sobrecogedores monumentos en los campos de concentración y rememoraciones arquitectónicas que recuerdan a las víctimas del Holocausto en los lugares más transitados de cada pueblo y ciudad. El genocidio es una lección viva y presente en ese país.  

El duelo es un ejercicio de reflexión y de memoria en contra de la anestesia social; un esfuerzo por reconocer lo que se ha perdido para registrar que esto no es normal ni aceptable, como estos contrastes fotográficos del antes y después del aluvión. 

Aunque han sido demasiados los traumas recientes para el país, no estamos aprendiendo. Ha habido demasiada pérdida, pero nos ha faltado el duelo.

Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.