
Quito es un cadáver exquisito
Fundada en 1534 cuando ya existía, esta ciudad ha pasado de mano en mano. Cada una escribió unas cuantas líneas de su historia sin saber bien qué habría escrito la anterior.
El concepto era sencillo y revolucionario. Simple y estrambótico. Orgánico y contraintuitivo. Se construía por turnos entre varios, sin conocer mucho detalle de lo que hizo el otro. Se aportaba, con alegría y convicción, un fragmento y era el azar el que iba ordenándolo. Curiosamente, el resultado carecía de sentido racional y, aún así, después de verlo por un tiempo, adquiría completo sentido. Como si fuese un imaginario —o un inconsciente— colectivo efímero y, también, imperecedero. ¿Quién es el autor de una obra así? ¿Está escrita a mano sobre sus paredes, o trazada en cuadrículas urbanas donde confluyen lo contemporáneo, lo moderno y lo colonial?


Nadie y todos. Todo quiteño podría reconocer el pedazo de la ciudad que ha dibujado y definido, y al mismo tiempo ninguno se atrevería a atribuirse la creación absoluta de esta capital. Ni siquiera Dios tuvo semejante osadía: apenas reclamó para sí la carita. Quito está armada como el más exquisito de los cadáveres. Surgió, surge y surgirá de las conexiones entre los retazos que hemos venido sumando para intentar moldearla y, al mismo tiempo, aceptar que no tenemos ningún control sobre ella.


Solo así se explica esta ciudad tan indígena, tan barroca, colonial y moderna. Quizá por eso por en sus calles aparecen palabras sueltas, frases inconexas, escritas con la naturalidad de quien se desnuda antes de entrar a la ducha, y que bien podrían ser el sexto número de Hélice, la revista que los surrealistas ecuatorianos publicaron entre abril y septiembre de 1926, apenas dos años después del primer Manifiesto Surrealista de Breton.

Por eso entre sus edificios de hierro, vidrio y domótica, uno se tropieza con una casita patrimonial. Por eso nadie se asombra que haya castillo medievales Por eso vivimos tranquilos entre volcanes activos. Por eso en una pared uno encuentra un suspiro que advierte, un destello que reclama, un lamento que denuncia, un amor furtivo empedrado, una idea abandonada y puesta a resistir los elementos. Trazos cortos, breves, apurados —tal vez perseguidos— que transmiten su despecho, desconsuelo, esperanza, sorna y seriedad sin estruendo. La tapia es un tablero para el juego. La pared, un trampolín al vacío: nadie sabe qué dirán otros anónimos escribanos de la lata en otra cuadra, en otro punto cardinal, en otra altitud, en otra realidad.



Palabras sueltas que el viento no logra llevarse, a pesar de que no deje de soplar y soplar, como si esto fuese una fábula de Esopo, retratan a Quito por lo que dicen y por cómo aparecen. No tiene la ciudad un autor, sino que cada tanto, miles de transeúntes del espacio tiempo, introducen una pieza y luego se olvidan dónde la pusieron: nadie sabe quién escribió qué en cuál pared —y si se sabe, a nadie le importa.


Quito es una franciscana y ancestral obra surrealista creada entre diablos que construyen iglesias pero no pueden cobrar la recompensa por hacerlo, mercados superpuestos sobre tianguis incaicos que aún hoy le dan de comer a siete de cada diez quiteños, veranos imposibles de efectos ciertos, devociones con vestuario, e íncubos y súcubos rodeando el descenso de Cristo.


Quizá por eso la ciudad ha sobrevivido milenaria a tanto embate, a tanto delirante pretendiente de tiranuelo y a tanto aprendiz de tapador de baches: funciona en poesía, prosa, longitudinal y transversal, en adobe, adoquín y concreto, pasodoble, pasacalle, pasillo, tecnocumbia andina, hip hop y metal sureño, medio suspendida en una curvatura del espacio-tiempo donde siempre se puede guardar un nuevo objeto, una nueva gracia, una nueva pirueta, desafiando la continuidad en favor de la perpetua existencia.





