
Cristo desciende en Alangasí
En una pequeña iglesia rural quiteña, la Semana Santa recoge una tradición de siglos y la llena de símbolos, referentes y fe andina.
Cada Viernes Santo, en Alangasí, pequeña parroquia rural de Quito asentada en el Valle de los Chillos, pasadas las cinco y media de la tarde, un grupo de diablos aparece se congrega en la plaza del pueblo, afuera de la iglesia Santo Tomás de Aquino. Dentro, Cristo ha muerto por la redención de los pecados del mundo. Una hora más tarde, entre los retoques cobrizos de la puesta del sol, esos diablos entrarán envalentonados por la muerte del Hijo de Dios al templo a seducir a los fieles hacia los pecados.


Entonces empieza el ritual del Descendimiento del Cristo, una sábana de fe hecha de retazos del encuentro de culturas, donde se funden elementos indígenas y castizos: en Alangasí, Cristo es descolgado de la cruz guiado por una liturgia católica europea, pero baja a un valle andino de clara identidad indígena y mestiza. Hay un milagro visual, tan cristiano como mundano, tan devoto como comercial, tan puro como pagano.


Esta tradición, declarada patrimonio cultural del Ecuador, tiene sus raíces en la España de los siglos XVI y XVII. Era una forma de teatro religioso llamados “ autos de la Pasión”, que dramatizan las horas finales de la vida de Jesús, y tenían una función didáctica: transmitir una historia sagrada a una población que muchas veces no sabía leer. Cuando llegaron a los Andes, se fusionaron con las tradiciones, creencias y costumbres de sus habitantes, creando una escena de máscaras, cuernos, rasgos, colores y texturas propios de las mitologías y figuras ancestrales, como el Supay, un espíritu del mundo subterráneo donde habitan los muertos, los minerales y las fuerzas profundas de la tierra, y que, según la investigadora Sabine Dedenbach-Salazar Sáenz, es la traducción del diablo cristiano al kichwa.

Hoy, en el Ecuador más del 96% de la población está alfabetizada (y 7 de cada 10 son católicos), pero una hoja de la Biblia no transmite la pertenencia, la devoción, la tragedia y el drama del martirio de Jesús como el ritual alangaseño: aquí es difícil declarase completamente ateo: hay algo que te conmueve, te sorprende, te eriza, te pone a pensar en el amor, en el sacrificio y en la creación.


Es una dramatización donde todo y todos tienen una razón de ser y un significado. Está el Cristo de la Cruz, que tiene articulaciones en los hombros para poderlo descolgar. Están las Almas Santas (o turbantes), que son que se colocan unos conos como cucuruchos de unos siete metros y unos veinte kilos de peso en las cabezas e ingresan al templo, en penitencia, explica el investigador Alex Schlenker. Los conos son tan grandes, rígidos y pesados, que los jóvenes que los cargan necesitan ayuda de otros feligreses mientras caminan, a veces con el torso inclinada hacia adelante, denotando el peso penitente que llevan sobre ellos, girando en las esquinas con la misma dificultad —y habilidad— de quien conduce un tráiler.

Están los diablos con aires de criatura mitológica andina. Están las niñas vestidas de ángeles, que recogen y besan las reliquias de la cruz (la corona de espinas, los clavos, el letrero del INRI). Están hombres y niños conocidos como “cucuruchos”, que cumplen una penitencia y visten de morado entero, con el rostro cubierto por completo, salvo los ojos, pues dice la tradición que se cubren por la vergüenza que les causan sus pecados. Pero, a diferencia de otros más conocidos, como los de la procesión de Jesús del Gran Poder, los cucuruchos de Alangasí no tienen una capucha terminada en cono, sino que es redonda y adornada por una coronas de rosas. Está la banda de pueblo y una banda militar y otra vestida de soldados de la época de la independencia. Todos, al pie del altar de laurel bendito que será arrancado por los creyentes como acto de fe y pedido de protección.


Están, sobre todo, los llamados Santos Varones, un grupo de hombres vestidos enteramente de blanco, que representan a José de Arimatea y Nicodemo, discípulos secretos de Jesús que lo bajaron de la cruz hace más de dos mil años. Estos hombres alangaseños son quienes bajan al Cristo de su cruz, lo colocan en la urna de cristal y lo llevan en procesión por las calles centrales de la parroquia de veinticinco mil habitantes. Si Nietzsche podría creer solo en un Dios que pudiera bailar, en Alangasí todos creemos en Semana Santa en un Dios teatral, que protagoniza su propia muerte, una y otra vez, porque sabe que el pecado y la virtud son performáticas. actuar.


La puesta en escena, que al inicio tenía tintes de fiesta callejera y de pequeña comedia popular, pronto adquiere una absoluta solemnidad. Ya nadie se toma fotos sonrientes con los diablos, sino que la mayoría de asistentes tienen las manos en la punta de la nariz. Miran al vacío, rogando, agradeciendo y renovando su convicción cristiana, mientras el Cristo es bajado de su cruz, y sus brazos se mueven como si fuese de carne y hueso, y es llevado a una urna de vidrio, donde por momentos, parece que parpadeará o suspirará de sufrimiento.

En medio de la representación de la pasión de Cristo, emerge también el amor de la Virgen María, que nunca abandonó a su hijo. Los Santos Varones, de hecho, nada más descolgarlo de su cruz, le muestran el cadáver de su hijo, y su figura mueve las manos en un artificio de carpintería.

La procesión sale del templo y se adentro en la noche fría de Alangasí, donde miles de personas caminan en ella, o se asoman a ella, en un solo cuerpo y un solo espíritu. Hay de todo: devotos, curiosos, vendedores, amigos, familias, vecinos, turistas y hasta animales. Las tiendas están encendidas, y los balcones repletos. La tonada de las bandas de pueblo guardan la solemnidad, pero suenan en esa clave andina inconfundible de agudeza que transmite dolor, y en la que un tambor andino, gutural y profundo, marca el paso del canto y la marcha.

Los diablos acechan en la calle, como si se sintieron victoriosos, como si la muerte de Cristo fuese, también, el triunfo de Satanás. Tratan de distraer a creyentes que desfilan piadosos, y ellos se resisten, miran para otro lado y se refugian en su fe, cantándole a la Virgen:
Pues llamándote pura y sin mancha,
de rodillas los mundos están;
y tu espíritu arroba y ensancha:
tanta fe, tanto amor, tanto afán.


Es la noche del Viernes Santo y Alangasí va en procesión y catarsis colectiva, entre sus santos patrones, la Virgen de los Dolores, y el Cristo articulado que ha muerto en la cruz, pero que —dice la tradición cristiana— resucitará. Entonces aquel espejismo en el que el mal parecía triunfar, será derrotado.
Es el año 2026: ojalá.






