Que alguien te amenace por WhatsApp es una forma de violencia que puede ser sencilla de identificar. Pero, ¿qué pasa si alguien te escribe todos los días aunque nunca te amenace? ¿Si tu pareja te pide tu ubicación las 24 horas del día porque dice que se preocupa por ti? ¿Si un amigo te pregunta si sabes cocinar, después de que publicaste una opinión? ¿O si alguien sin identificarse empieza a hablar con una adolescente en Internet y la conversación parece inocente?

Todas estas situaciones podrían ser formas de violencia digital de género. Este término implica toda forma de discriminación, acoso, explotación, abuso o agresión que ocurre mediante tecnologías digitales, y por razones de género. Pero no siempre llega con una amenaza explícita. A veces se presenta como una broma, una supuesta muestra de cariño, una preocupación o una conversación que parece normal.
Por eso, reconocerla no consiste en aprender una lista de comportamientos que automáticamente son o no son violencia. Según Priscila Purcher Vaquerizo, coordinadora de la línea de acompañamiento de Navegando Libres —un programa de la organización Taller de Comunicación Mujer que trabaja en derechos digitales, prevención y respuesta a la violencia de género en Internet—, hay que mirar el contexto, el consentimiento, la intención y el patrón de comportamiento.
Esta es una guía para reconocer esas señales de violencia digital de género y poder prevenirla.
Cuando alguien te amenaza por Internet
Si alguien te dice por una plataforma de chat, redes sociales u otro espacio de Internet que te hará daño, que lastimará a alguien cercano, que irá a buscarte o que publicará información sobre ti, es violencia.
Lo mismo ocurre si alguien utiliza fotografías, videos, conversaciones o información privada para amenazarte con frases como “si no haces esto, publico las fotos” o “si terminas conmigo, voy a contar todo”.
No es necesario que el contenido llegue a publicarse para que exista violencia. Priscila Purcher dice que esa amenaza busca mantener a una persona bajo miedo y control, aunque aquello que se amenaza nunca llegue a ocurrir. Esa situación puede generar ansiedad, inseguridad y otras consecuencias en la salud.
Recuerda que intercambiar fotografías, videos o mensajes íntimos de manera consentida no constituye por sí mismo violencia. El consentimiento es lo que marca una diferencia fundamental. Sin embargo, haber consentido ese intercambio no significa haber autorizado que la otra persona guarde, publique o reenvíe ese contenido.
Cuando alguien quiere controlar lo que haces
“Si confías en mí, dame tu contraseña”.
“¿Por qué no me mandas tu ubicación?”.
“Quiero saber dónde estás porque me preocupo por ti”.
Frases como estas pueden parecer muestras de confianza, preocupación o cariño. Pero también pueden formar parte de una dinámica de control.
La violencia digital puede aparecer cuando una pareja o un familiar exige acceso a tus conversaciones, contraseñas, ubicación o redes sociales. También cuando reclama respuestas inmediatas o pide capturas de pantalla para comprobar dónde estás o cuando exige que elimines contactos de tus redes.
Compartir una ubicación o una contraseña no siempre es violencia. Para identificarlo, hay que saber si hay un acuerdo y si realmente quieres hacerlo o si lo haces por presión, miedo o manipulación. Purcher explica que estas conductas pueden camuflarse como amor, confianza o cuidado.
Cuando alguien te vigila sin que lo sepas
Hay formas de vigilancia que son todavía más difíciles de reconocer. Alguien puede instalar en tu teléfono un programa para espiarte, entrar a tus cuentas o utilizar herramientas para conocer tu ubicación y tus conversaciones sin que lo sepas.
Una alerta de que eso haya pasado puede ser que la persona empiece a demostrar que conoce cosas que nunca le contaste: dónde estuviste, con quién saliste o qué hablaste. Eso no significa automáticamente que tu celular haya sido intervenido, pero sí puede ser el momento para revisar la seguridad de tus cuentas y dispositivos.
La vigilancia también puede ser explícita y venir en formas de mensajes como “yo sé dónde estás”, “sé con quién sales” o “sé lo que haces” pueden utilizarse para generar miedo y control.
Cuando alguien ignora tus límites y sigue contactándote
Recibir un mensaje de una persona desconocida no significa automáticamente que estés siendo víctima de acoso digital. Tampoco existe una cantidad exacta de mensajes a partir de la cual una conducta se convierte en violencia.
Una persona puede escribirte todos los días porque existe una relación consentida. La misma conducta puede ser completamente invasiva si viene de alguien con quien no tienes esa relación o si ya dijiste que no quieres recibir esos mensajes.
Por eso, una señal especialmente importante es qué ocurre después de que pones un límite.
Si dices “no quiero que me escribas más” y la persona lo respeta, puede que la situación no escale. Si, en cambio, crea nuevas cuentas después de que la bloqueas, te busca en otras plataformas, insiste, aumenta los mensajes o encuentra nuevas formas de contactarte, hay un patrón de acoso que debe tomarse en serio.
Cuando alguien publica tus datos para exponerte o intimidarte
El doxxing es la publicación deliberada de información privada de una persona, como su dirección, número de teléfono, lugar de trabajo, colegio, fotografías de su casa o datos de familiares.
El riesgo aumenta cuando esa información se publica para intimidar, amenazar o provocar que otras personas te contacten o te ataquen. Es otra forma de violencia digital de género.
Cuando en una agresión alguien utiliza tu género para desacreditarte
Una crítica o un desacuerdo no son automáticamente violencia. Pero una discusión puede adquirir una dimensión de género cuando el ataque está dirigido contra ti por ser mujer o cuando utiliza estereotipos, sexualización, insultos machistas o ataques contra tu cuerpo para desacreditar.
Purcher explica que estos ataques pueden incluir comentarios racistas, xenófobos, burlas sobre el cuerpo o el aspecto y ataques relacionados con la orientación sexual o la condición de salud.
Una forma de reconocerlo es mirar si el ataque responde realmente a lo que dijiste o si busca desacreditarte por tu género, tu cuerpo o tu vida privada.
Por ejemplo, alguien puede no estar de acuerdo con tu opinión, pero si te pregunta cosas como ¿sabes cocinar?, ¿dónde está tu marido? o frases de estereotipos sexistas después de que publicaste una opinión política es una forma de violencia digital de género. Purcher explica que la persona desplaza la discusión al momento de elegir no responder la opinión e intentar desacreditarla con un estereotipo de género.
Si eres adolescente, cuando un adulto desconocido te contacta
Una persona adulta que busca acercarse a una niña, niño o adolescente por Internet puede comenzar hablando de cualquier tema.
Detrás de la pantalla, puede presentarse como alguien de su edad, inventar una identidad o fingir que comparte intereses. La conversación puede empezar con un juego o una charla aparentemente normal y después avanzar hacia pedidos de fotografías, secretos o conversaciones privadas.
Este proceso se puede convertir en grooming, un término utilizado para describir el acercamiento de una persona adulta a un menor de edad con una finalidad sexual.
Sin embargo, Purcher advierte que una de las dificultades para reconocerlo está justamente en que al comienzo puede no parecer un contacto con fines sexuales. En casos que la especialista ha acompañado, el contacto ha empezado como un juego, por ejemplo, ha pasado de pedir fotografías a adquirir una connotación sexual.
Purcher señala que también puede haber extorsión económica u otras formas de obtener algo de la víctima.
Por eso, un acercamiento de un perfil desconocido que busca obtener fotografías, información, secretos o algún beneficio de una niña, niño o adolescente merece atención, incluso antes de que aparezca una propuesta sexual.
Las preguntas clave para identificar la violencia digital de género
No hay una fórmula matemática que diga que determinada cantidad de mensajes, una palabra específica o una conducta concreta siempre son violencia digital de género. En cambio, para poder identificarla, puedes detenerte y preguntarte:
- ¿Esto me genera incomodidad?
- ¿Me siento invadida?
- ¿Siento que puedo decidir libremente?
- ¿Estoy dando mi consentimiento libremente o siento presión, miedo o culpa?
- ¿Siento que mis límites están siendo respetados?
- ¿Siento que tengo libertad para decidir con quién hablo, dónde estoy o qué hago?
- ¿Siento que me están vigilando o que tengo que dar explicaciones sobre lo que hago?
- ¿He vivido esta conducta más de una vez o siento que está aumentando?
- ¿Siento que esta conducta busca condicionarme, intimidarme o limitar mis decisiones?
- ¿Siento que este ataque está relacionado con que soy mujer o con mi identidad?
Sentirse incómoda no significa automáticamente que estés viviendo violencia. Una crítica, una diferencia de opinión o una interacción que simplemente no te gusta no necesariamente es una agresión. Pero esa incomodidad sí es una señal clave para detenerte, analizar lo que está pasando y hablarlo con alguien.
La recomendación de Purcher es no esperar a que la situación llegue a su punto más grave.
¿Qué hacer si reconoces estas señales?
En Ecuador, hay organizaciones que trabajan dando apoyo a adolescentes y mujeres que atraviesan estas situaciones. Por ejemplo, el equipo de Navegando Libres tiene una línea de acompañamiento para casos de violencia digital de género. Dan acompañamiento para que la mujer decida qué acciones quieren tomar y orientan en temas sobre seguridad digital, protección de cuentas e información, y formas de detener algunas agresiones. También brinda una primera orientación psicológica y, cuando corresponde y la persona lo solicita, deriva a acompañamiento psicológico y asesoría legal.
La idea, concluye Purcher, no es asumir que todo lo que ocurre en Internet es violencia, sino aprender a reconocer cuándo una interacción deja de ser consensuada y empieza a convertirse en una forma de control, intimidación, vigilancia, agresión o discriminación.
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