
Medievales sueños andinos
Sin horario fijo, sin bolsillo solvente, sin ganas de pensar demasiado, los universitarios quiteños comen al paso, abundante, rico, riquísimo.
Quito no tuvo Edad Media. No tuvo señores feudales mirando desde torres hacia Guápulo, ni fosos con agua cercando la laguna de La Carolina, ni puentes levadizos preparados para resistir invasiones en las faldas del Pichincha. Su historia urbana viene de otros mundos. Por eso, cuando uno se encuentra con un castillo en media ciudad, uno sonríe ligeramente y alza la ceja: ¿qué hace aquí esta pequeña Baviera de cemento? ¿De dónde salió esta fantasía de torreones en una ciudad que nunca necesitó defenderse con almenas?


La respuesta está menos en la guerra de ballestas y arcabuces europeos que en la aspiración local. Los castillos quiteños no nacieron como fortalezas, sino como gestos escultóricos de imitación. Fueron casas, villas o residencias que quisieron parecer algo más que un hogar.
A inicios del siglo XX, cuando las familias quiteñas más ricas empezaron a abandonar el Centro Histórico para instalarse más hacia el norte, el coqueto barrio de La Mariscal se convirtió en un nuevo lienzo urbanístico y social.



Allí se construyeron quintas, palacetes, jardines y, de pronto, castillos en miniatura, versiones de Temu del Neuschwanstein bávaro. No eran edificios militares ni barracas, sino declaraciones de gusto, prestigio y aspiración. Es curioso: cien años más tarde parecen una declaración de todo lo contrario. Están metidas —como aquellas casas patrimoniales— entre edificios de otros tiempos, modernistas, brutalidad y contemporáneos, abonando a la identidad fanescosa de esta ciudad donde confluyen historias, cosmovisiones e ideales surtidos como funda de caramelo de fiesta infantil. Y ese es su mayor valor: no hay otra ciudad más amalgamada que esta.

Pero hace un siglo, buena parte de las élites latinoamericanas miraba a Europa como modelo de refinamiento. París, Madrid, Granada, Múnich y los castillos del romanticismo europeo funcionaban como repertorio para un imaginario que buscaba marcar distancias y revelar un conocimiento de un mundo autoproclamado ilustrado.


Tener una casa con torreón, ventanas ojivales, piedra aparente o remates puntiagudos era una manera de inscribirse en una cultura cosmopolita. La arquitectura se volvía una especie de túnel en el espacio-tiempo a otras latitudes y épocas.


Por eso estos castillos son, en el fondo, arquitectura historicista: edificios modernos para su época, pero armados con ínfulas del pasado. El neogótico, el neomudéjar o el neorrenacentista no buscaban reconstruir fielmente una época perdida, sino producir una sensación. Eran estilos de evocación, de teatro, de escenografía.


Quito, que siempre ha sido una ciudad intensamente simbólica, barroca y ceremonial, entendió bien ese juego. Si la ciudad colonial había usado fachadas, iglesias y conventos para expresar poder religioso y social, la ciudad republicana recurrió a los palacetes y castillos para expresar posición, mundo y fantasía.


En ese paisaje apareció una figura central: el arquitecto Rubén Vinci Kinard. Su nombre quedó ligado al Castillo Larrea y a la llamada Cuadra de Vinci, una zona donde están varios de estos castillos urbanos. Qué curioso momento debe haber sido aquel en que familias quiteñas encargaban casas que parecieran salidas de un cuento europeo para plantadoras entre calles andinas, eucaliptos también importadas, veredas empedradas, neblina espesa, con el Pichincha vigilante y los demás volcanes asomados.

Lo más llamativo es que estos castillos no ocultan su contradicción, sino que viven de ella. Son edificios importados en espíritu, pero profundamente quiteñizados tras el paso de las décadas. Hoy no acogen linajes de rancio abolengo, sino tiendas de abarrotes, hoteles, cafés y almacenes con corazón. En alguna época, estuvieron pintarrajeados por los intensos tonos del fanatismo político. Algunos están abandonados, y parece que también estuviesen habitados por fantasmas que, quizá, tengan también ínfulas de espectros de la Europa del medioevo.


Todos terminan siendo pequeños delirios urbanos: castillos de escala doméstica, castillos sin ejército, castillos sin reino, castillos construidos para habitar una ilusión. Quizá por eso uno se descubre sonriendo y alzando la ceja no con sorna, sino ligeramente conmovido. Hay cierta ingenuidad revelada en el Quito que muestran: una ciudad que deseó ser otra ciudad, una élite deseando ser otra élite, una arquitectura deseando otro tiempo, otro material para poder declarar otra identidad. O quizá solo les parecían bonitos, dignos de copiar. Y ya.





