
Bajar la lanfor
Regresar a casa sirve para hacer todas las cosas que no se pueden hacer por estar trabajando. A veces, también se descansa.
Hay una hora en Quito en que la ciudad cambia de turno. El sol empieza a caer detrás del Pichincha y las tiras de luz y sombra que proyecta se estiran sobre avenidas sobre las que se estiran ríos de personas que terminan su día de trabajo y empiezan su corto o largo, atortugado o fugaz camino a casa.


Pero no todos salen por la misma puerta ni dejan atrás el mismo tipo de jornada: alguien baja una cortina metálica, alguien se quita un uniforme, alguien entrega un turno, alguien recoge sus herramientas, alguien deja una casa que no es la suya. Y mientras unos terminan, otros apenas empiezan.


Más de 900 mil personas trabajan en Quito, pero apenas 600 mil de ellas tienen trabajos formales de los cuales salen al final de cada tarde. Muchos —seguro que no todos— añoran ese momento de salir a casa y, como Eleanor Rigby, sacarse la cara que guardan en un frasco cerca de la puerta, aunque “volver” tampoco signifique necesariamente descansar.

A veces es algo parecido a todo lo contrario: cruzar media ciudad en lo que se conoce como “el trayecto” —esa porción poco heroica del día hecha de filas, tráfico, buses llenos, pasos apurados. Otras, recoger algo o a alguien, hacer una compra. Llegar a cocinar, lavar los platos, atender a los wawas: en definitiva todas las cosas de la vida que no se pueden hacer por estar trabajando.


Solemos obviar que las tareas más duras del día están fuera de las luces blancas de los despachos y los pasillos largos de las oficinas. Pero reconocerlo tampoco debería hacernos olvidar que regresar a casa es también tirarnos en el sillón, de cambiarnos de ropa, leer, a changarnos mientras vemos alguna serie de televisión, o simplemente a estar solos mientras el aire se enfría y el cuerpo pide una colchita.


El trabajo ocupa largas horas en nuestras vidas y la más linda es cuando se acaba. Cuando la puerta del edificio se abre, alguien sale con la credencial todavía al cuello. Cuando suena la campana del fin de turno, la conversación del almuerzo aún sin concretar se continúa en la vereda. Cuando termina una obra, el polvo viaja todavía en la ropa. Cuando cierra un almacén, si la caja no cuadra, bajar la lanfor no extinguirá la deuda.


Una que otra tarea pendiente viaja en el bolso porque todos nos hemos prometido que la avanzaremos en casa, cuando los niños se duerman, cuando se vaya la amiga que visita, el novio que no veía hace dos días. Y, por supuesto, nunca lo hemos hecho. Aunque suene a descuido, es en realidad una victoria de las cosas que realmente importan.

No nos malinterpreten. Ir al trabajo es también un irse a volver donde hacemos amigos (y no tanto), discutimos, aprendemos, nos aburrimos, nos frustramos, comemos, celebramos cumpleaños y pasamos muchas más horas despiertos de las que pasamos con nuestra familia. Y “la oficina” puede ser también una cocina, una garita, una obra, una tienda, un consultorio, un taller, un automóvil, una calle o la casa de alguien más.


Los seres humanos somos indivisibles. A diferencia de Severance, la serie de televisión en la que los trabajadores de Lumon no recuerdan quiénes son fuera de la oficina y cuando están afuera no saben nada de lo que hacen dentro, nosotros no olvidamos del todo quiénes somos cuando vamos a trabajar. Muchos al llegar a casa pensarán que están hartos de ese empleo. Otros pensarán en cómo abordar el aumento salarial que querrán pedir al día siguiente. Unos pocos, dicen las estadísticas, se repetirán a sí mismos que aman lo que hacen.


La salida del trabajo es ese breve bardo en la metamorfosis del yo productivo al yo que tiene otros pendientes (entre esos, descansar). Verla suceder en Quito es como ver un cholán perder ciertas flores pero no su madera. No dejamos de ser nosotros cuando trabajamos, pero al cruzar la puerta o soltar la herramienta, algo empieza a soltarse. O, por lo menos, cambia la forma en que trabajan. Porque no todos dejan de producir cuando termina el turno ni todos llegan a casa convertidos inmediatamente en otra versión de sí mismos.
Quito reconoce ese momento y le asigna sentido climático. No importa si llueve o hay neblina, o si la tarde palidece en el reflejo de la sequedad de julio. La luz se retira de las montañas, baja la temperatura, las calles se llenan y empiezan a encenderse las ventanas. La neblina corre su cortina mientras los buses la atraviesan como perdiéndose a otra dimensión. Es apenas un truco de espejismos: no se ahorrará un centímetro de tráfico por desaparecer entre la bruma de la tarde.


La salida del trabajo es ese breve bardo en la metamorfosis del yo productivo al yo que tiene otros pendientes (entre esos, descansar). Verla suceder en Quito es como ver un cholán perder ciertas flores pero no su madera. No dejamos de ser nosotros cuando trabajamos, pero al cruzar la puerta o soltar la herramienta, algo empieza a soltarse. O, por lo menos, cambia la forma en que trabajan. Porque no todos dejan de producir cuando termina el turno ni todos llegan a casa convertidos inmediatamente en otra versión de sí mismos.
Quito reconoce ese momento y le asigna sentido climático. No importa si llueve o hay neblina, o si la tarde palidece en el reflejo de la sequedad de julio. La luz se retira de las montañas, baja la temperatura, las calles se llenan y empiezan a encenderse las ventanas. La neblina corre su cortina mientras los buses la atraviesan como perdiéndose a otra dimensión. Es apenas un truco de espejismos: no se ahorrará un centímetro de tráfico por desaparecer entre la bruma de la tarde.




