
Llevarnos a Quito en funda
Metáfora, bolsa, extremidad aumentada y herramienta tan útil como culposa. Sin funda no hay ciudad.
Mucho antes del celular, la funda era ya la extensión de la mano de los quiteños. Y aún hoy, cuando hemos dejado de mirar hacia arriba y adelante en la calle porque vivimos jorobados sobre las palmas de nuestras manos, la funda sigue siendo más polivalente y funcional que tu teléfono móvil porque ¿quién ha podido sacar una naranja o una resma de hojas de su Android? Tampoco un iphone sirvió de poncho improvisado cuando se larga a llover sin previo aviso en Quito y no conocemos de una funda que necesite forro o se quede sin batería.


La agita uno para que lo regrese a ver un amigo perdido en la multitud o parar detener un taxi. No faltan fundas que llevan nombres y mensajes escritos sobre su botoxeada superficie.


Por eso en las calles de esta ciudad de incendios estacionales, neblina impredecible, castillos medievales desorientados y cadáveres exquisitos, la funda sigue omnipresente. El día que los extraterrestres lleguen por fin a este planeta y aterricen sobre el inmemorial cerro de Coturco, o en las mismas faldas donde Sucre derrotó al mariscal Aymerich, cuando regresen a su planeta se llevarán fundas llenas de cosas.

Quizá para entonces ya no existamos los Homo sapiens, pero las fundas seguramente seguirán ahí. Y en los museos del futuro habrá alguna exhibida como vestigio de la quiteñidad. Quizá sea el hornado que sobró de la cena en que hicimos las paces intergalácticas o algún llavero que compraron en el mercado artesanal para poner las llaves de su nave interplanetaria. Quizá sean latas de atún y cevichocho.


O tal vez vayan llenas de manzanas mandarinas aguacates y aplanchados galletitas lenguas de gato. Al llegar a su galaxia lejana, recordarán viendo las fundas de franjas de colores como las carpas de un circo de mano, todo lo que conocieron cuando nos visitaron y uno de ellos podría suspirar telepático: nos hemos traído a Quito en funda.


Hasta entonces, los quiteños seguiremos dependiendo de la funda a la salida del trabajo y de la tienda del barrio y de la casa de tu tía abuela que te mandó con vianda “para que tenga que comer mañana, pues, mijo”.


Las fundas abundan. Especialmente las que se llaman “de camiseta”, porque tienen dos orejas que asemejan los hombros de una musculosa, y de cuya orejas tiramos para obligarlas a cargarnos las cosas. Inventadas por el ingeniero sueco Sten Gustaf Thulin en los 1960s, como buenas vikingas viajaron por medio mundo y subieron estas montañas. Se volvieron tan cotidianas que no sabemos el infierno que sería nuestra vida sin ellas. Frutas rodando por las calzadas, pastas resbalando de nuestras manos hasta estamparse en la vereda, trabajadores lánguidos porque se derrumbaron las torres de tarrinas del almuerzo. La funda resuelve una necesidad tan elemental como cargar o llevar algo. Uno no sabe lo importante que puede ser hasta que necesita una y no la tiene. Sin funda, la vida sería un malabarismo más.


Ni hablar del resto de su especie: nos ayudan a evitar los olores de la basura, a reparar hasta mientras una ventana rota, a separar los desechos tóxicos de los reciclables. Hay fundas para todo uso y para toda necesidad. Son tan populares que las llevamos hasta en la punta de la lengua. Dice el Diccionario académico de ecuatorianismos que estar “hecho funda” significa estar muy ebrio o muy cansado, maltrecho o deprimido. Por ejemplo, “ayer nos hicimos funda bebiendo”. Dice, además, que “ni de fundas” es “de ninguna manera”. Como por ejemplo: “ni de fundas vamos a dejar de usar fundas”, frase precisa para estos tiempos en que se han convertido en señal de contaminación.

Ya en 2019, último año en que el municipio separó (ja) a las fundas plásticas como categoría propia de desechos, más de 6.000 toneladas de fundas plásticas tipo camiseta de un solo uso llegaron al sistema de residuos quiteño. Si cada una de estas fundas, ligeras como la caricia de tu mamá, pesa entre 5 y 7 gramos, quiere decir que antes de la pandemia del covid-19 ya usábamos entre 2,3 y 3,3 millones cada día: a este ritmo, en apenas un día Quito desecha suficientes fundas plásticas como para entregarle una a cada uno de sus habitantes.


Por eso ahora nos cobran algunos centavos por pedirla en el supermercado y parte de la solución es la misma de siempre: no hay casa quiteña donde reciban un segundo y hasta tercer uso (siempre siendo el tacho del baño el más digno y maloliente de sus destinos) y en la que no exista la funda de las fundas, gran matrioska de la vida doméstica, multiverso bolsón que habita la cocina de todo quiteño de bien.


De cierta forma, una funda es como un celular: grandes soluciones tecnológicas de su tiempo con consecuencias basurosas a veces inesperadas.
Porque, siendo sinceros, hay una pregunta de respuesta irremediable, incluso para los puristas ambientales: cuando las manos escasean, la vecina que despacha nos ve a los ojos y con tierna seriedad nos pregunta “¿le doy una funda?”.
Uno suspira, como quien exhala su conciencia ambiental y se encoge ligeramente de hombros y se arma de incorrecta valentía y dice: sí, veci, deme.





