Viento de Quito

No sabemos qué querrá decirnos el viento de Quito y será mejor no averiguarlo

Jamás alguien vio al viento quiteño, pero nadie podría negar su existencia.

Sabemos que está ahí aunque no se deje ver. Nos toca, nos eriza, y eleva a los aires todo lo que le sea leve. De vez en vez, lo escuchamos ulular como un niño que juega a los fantasmas (o un fantasma que se hace pasar por un niño). Alisio y trepador, sube todo el año por toda ladera y baja por toda grada y peina todo trigal y acaricia toda mejilla quiteña.

El viento es aire en movimiento
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Y ni siquiera ese susurro le pertenece del todo. El viento solo suena cuando encuentra algo que le ofrezca resistencia: una rendija, un cable, una cornisa, una lámina de zinc. El aire forma remolinos, hace vibrar superficies y convierte a Quito en una cajita musical con cuerda para todo el año. Por eso el mismo viento puede silbar en una ventana, rugir en una quebrada o apenas susurrar entre los eucaliptos.

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No sabemos qué querrá decirnos el viento de Quito y será mejor no averiguarlo: ya sabemos lo que pasa en las ciudades de espejos donde se decodifican lenguajes cifrados. Basta con saber que el viento no es más que aire en movimiento y que, como el aire, es invisible, pero que por ese mismo aire el cielo es azul: un poco de aire no interactúa con la luz visible y por eso es como los besos: invisible. Pero cuando la luz solar atraviesa kilómetros de atmósfera, moléculas de nitrógeno y oxígeno dispersan especialmente la parte azul de la longitud de la onda de la luz, mostrándonos que Dios se sonroja en celestes fulgurantes.

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Con el viento no se necesita ver para creer en esta latitud cero. La circulación general de la atmósfera produce vientos dominantes que soplan desde el este hacia el oeste todo el año. Pero dicen los científicos que se fortalecen entre junio y agosto, época de sequías intensas. Sopla tan fuerte que hace traquetear a las ventanas. No parece silbar, sino invocar espíritus con guturales conjuros. Inclina ramas con sus tentáculos traslúcidos. Resopla como un lobo feroz de celofán para barrer la calle. Flamea banderas como patriotas de crista. Levanta transparentes torres de humo pisanas. Sus ráfagas pueden alcanzar entre 30 y 80 kilómetros por hora según la zona, ignorando toda ley de tránsito.

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Los Andes, además, no lo dejan pasar en paz. La cordillera obliga al aire a subir, desviarse y buscar corredores entre montañas y valles. Quito, panga tectónica, atravesada por quebradas y desniveles, lo canaliza y a veces lo acelera. De ahí que dos barrios separados por pocos kilómetros puedan sentir ráfagas muy distintas, como si cada rincón tuviera su propio régimen de viento.

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Los vientos quiteños azotan puertas y aterrorizan a solitarios nocturnos. Si uno se para bajo el sol, se calcina, pero si encuentra un poco de sombra donde guarecerse, el viento lo congela. Lo hace sin pintarse de color alguno, aunque uno sepa que le ha crecido el cuerpo: hay fuerzas que no precisan ser vistas para que uno comprenda que son tan temibles que —dice el explorador Jorge Juan Anhalzer— no es uno sino una familia en la que no todos soplan igual ni traen las mismas cosas.

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El Wañunahuaira, o viento de la muerte, precedía al difunto que regresaba del más allá durante la noche de los muertos. Su llegada se reconocía por el silbido y porque, según el relato, abría la puerta por la que después entraría el muerto. El Ninahuaira, en cambio, encontraba a los débiles y les provocaba fuertes fiebres. Estaba también el más común, el llamado mal viento o mal aire, al que se atribuían dolores de cabeza, cansancio y mareos y que se creía habitaba sobre todo en quebradas y casas abandonadas. Anhalzer recoge todavía otro miembro de esa familia: el Acapana o Yanahuaira, un viento que aparecía convertido en torbellino y levantaba polvo a su paso. Era considerado particularmente peligroso porque, según la creencia, no atacaba el cuerpo sino el alma —tan invisible como el incesante viento quiteño.  

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Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.