Los brotes del cholán y lo que fuiste

Los brotes del cholán y lo que fuiste

Arbolito autóctono de flores amarillas, algunos son plantados con fines ornamentales, pero otros aparecen espontáneamente por todo Quito.

Cuando el músico Álex Alvear soñó con Quito, vio al cholán. Este ensayo está bautizado con un verso del pasillo en que lo cuenta. Quiteño de pura cepa, árbol nativo que en nomenclatura científica tiene nombre de tipografía: Tecoma stans. Puebla estas laderas, valles y cerros desde mucho antes de que alguien lo inscribiera en el Registro Civil de las plantas del mundo. Humboldt lo vio florecer en 1802. Nosotros, dos siglos más tarde. El cholán, como el pasillo, lleva inscrita en su genética su identidad ecuatoriana, andina y quiteña.

En Loja y Manabí, crecen majestuosos sus primos los guayacanes que, cada año, hacen de su florecimiento un carnaval vegetal y efímero
como si tararearan la canción de Álex Alvear que canta Marta Gómez: En Guápulo la luna cobijo nuestros besos,
Arbol nativo que en nomenclatura científica tiene nombre de tipografía: Tecoma stans.

Comparte las veredas con otras especies, autóctonas e introducidas. A diferencia de muchas de ellas, pasan el año entero en flor. En verano seco, ventoso, caliente y ultravioleta, se vuelve más evidente, como si la vida cobrase otro impulso por insistencia del sol. Además, como es época de vacaciones para los niños y las nubes, los azules intensos del cielo quiteño le sirven de lienzo en contraste. Es propicia la época para que  el cholán muestre sus flores de trompeta amarilla y su estigma de dos lóbulos delicados y sensibles, que se cierran al mínimo tacto. 

Aunque algunos fueron sembrados como ornamentales, otros aparecen espontáneamente donde las semillas encuentran las mínimas condiciones adecuadas.
Se contonean, abren y retuercen entre el concreto y los semáforos, bajo toldos y sobre autos a los que les hacen sombra, sin aspavientos ni dramas existenciales.

Especie de la familia de las bignoniáceas, el cholán —como medio Quito— tiene parientes al sur del Ecuador y en su costa. En Loja y Manabí, crecen majestuosos sus primos los guayacanes que, cada año, hacen de su florecimiento un carnaval vegetal y efímero, a diferencia de la promesa del cholán, que nunca termina.  Produce frutos largos que parecen vainas que, al madurar, se abren y liberan innúmeras semillas planas y aladas que el viento se lleva para perpetuar su presencia en su ciudad. 

Cuando el músico Álex Alvear soñó con Quito, vio a este árbol amarillo

Por eso, aunque algunos fueron sembrados como ornamentales, otros aparecen espontáneamente donde las semillas encuentran las mínimas condiciones adecuadas. Es una planta ruderal; es decir, especialmente apta para colonizar espacios transformados por la actividad humana. Tolera el sol directo, la escasez temporal de agua y suelos relativamente pobres. Si Cristo hubiése nacido en Lloa y no en Belén, habría contado una parábola con semillas de cholán y no de mostaza. 

Cholancitos
Tienen el mismo aire de delicada sensualidad botánica que los cuadros de Georgia O'Keefe.
Tan americano como quiteño, puede vivir más de cien años.

Tan americano como quiteño, puede vivir más de cien años. Como todos los ecuatorianos, el chalán está acostumbrado a las condiciones difíciles: crece entre tres y siete metros, resiste temporadas de sequía y se lo ve hasta a 3.200 metros de altitud. “Es una especie muy común en el valle seco interandino ecuatoriano, crece en lugares inesperados como en veredas y otras áreas muy disturbadas”, dice Alina Freire-Fierro, curadora asociada del Herbario de Botánica Aplicada de la Universidad Técnica de Cotopaxi.

Al pie del Pichincha y del colegio San Gabriel, florece
En el parque, también
Humboldt lo vio florecer en 1802. Nosotros, dos siglos más tard

Se contonean, abren y retuercen entre el concreto y los semáforos, bajo toldos y sobre autos a los que les hacen sombra, sin aspavientos ni dramas existenciales. Tienen el mismo aire de delicada sensualidad botánica que los cuadros de Georgia O’Keefe. Los vientos alisios que llegan del oriente entre junio y agosto, los mecen apenitas y sin perder la entonación, como si tararearan la canción de Álex Alvear que canta Marta Gómez: En Guápulo la luna cobijo nuestros besos, mientras ven a quiteños y migrantes irse a volver. Quizá para ese retorno dejan caer a sus pies cientos de sus flores amarillas, que se encauzan como riachuelos dorados, que nos llevan y traen. Entonces, uno los admira y, casi devoto, se promete ser como el cholán, para verte regresar a Quito.

Florecitas amarillas en el piso
Especie de la familia de las bignoniáceas, el cholán —como medio Quito— tiene parientes al sur del Ecuador y en su costa.
En verano seco, ventoso, caliente y ultravioleta, se vuelve más evidente, como si la vida cobrase otro impulso por insistencia del sol.
Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.