
Comerse una mandarina es como pedir un deseo
Cada julio, cuando empieza el verano quiteño, las calles y tiendas de Quito brillan en naranja." exponencialmente.
Pelar una mandarina es destapar la botella de un genio invisible, cuya presencia se revela por su cítrico perfume. En julio, cuando Quito conjura el hechizo que produce nuestro verano imposible, la posibilidad de encontrarlo en cada esquina, semáforo y tienda de esquina aumenta exponencialmente.



Si uno saliera a las calles quiteñas a cazar mandarinas como quien cazaba pokemones, no tardaría en llenar quintales enteros de este cítrico cuyos ancestros salieron del sur de China hace unos cinco millones de años hacia las islas de Ryūkyū, en Japón, “el mismo archipiélago donde surgió el karate”, dice Federico Kukso en su libro Frutologías. Cuenta, también, que navegantes portugueses del siglo XVI las bautizaron con ese nombre por los mandarines, burócratas de la China imperial que vestían de naranja.


Vista a través del telescopio de semejante historia, la mandarina acaba de llegar a América (y, por tanto, a esta ciudad que es su luz primera). Se sabe que en 1493, Colón trajo naranjas y aunque no consta en ningún registro, no sería descabellado pensar que en sus carabelas había un cargamento de mandarinas. Pero no eran todavía las frutas pequeñas, aromáticas y fáciles de pelar que conocemos. Los primeros árboles de las mandarinas que conocemos fueron documentados en Estados Unidos, plantados en Nueva Orleans entre 1840 y 1850 por un cónsul italiano.

No sabemos a ciencia cierta cómo terminaron por llegar al pie de estos volcanes —y a la gente que vive tranquila entre ellos— menos de dos siglos más tarde, pero es difícil imaginar la vida quiteña sin las mandarinas, tan naturales en nuestros mercados y veredas, sin que distingamos si son de la variedad Ponkan o la King injerta, y sin saber si vienen del interior montubio de La Maná o mirando hacia el Imbabura en Pimampiro.


Todo el año hay mandarinas en esta ciudad, y a ratos parece que el mobiliario urbano quiteño incluye disco pare, semáforo y mandarina. Pero hay una época en que abundan aún más. Acostumbrados a los ciclos, la temporada alta de la mandarina (y otros cítricos) coincide con otras vueltas de la ilusoria rueca del tiempo que son igual de alegres, felices y abundantes: en julio empieza la mayor cosecha de mandarinas en el Ecuador y se extiende hasta diciembre. El segundo semestre del año, que empieza con las vacaciones escolares quiteñas, arranca con una fiesta cítrica, que promete lo mismo que el resto de la ciudad: luz, brillo, sabor y fragancia. Donde uno posa el ojo en Quito, refulge su naranja dorado y uno termina por aceptar: la mandarina es la fruta más coqueta de la esquina.



Van apiladas en pirámides como estrellas de una escuadra de cachiporreras. Se guardan del sol cancerígeno de estos días bajo un ponchito improvisado. Se asfixian en transparencias plásticas. Son levantadas como banderillas saludables por los miles de comerciantes que las venden. Embutidas en seductoras mallas de nylon rojo, se contornean seductoras al final del espectro de la luz visible: más allá del naranja y el rojo, habita el invisible infrarrojo.



Cada mandarina que se vende en nuestras calles es una inversión emocional de retorno seguro. Comprarle una a la vecina de la tienda del barrio o al señor del semáforo es pedir un deseo que sabemos se cumplirá. Tenemos la certeza de qué pasará cuando le hinquemos la uña del pulgar en la cavidad peduncular, último punto de contacto de la fruta con el árbol: saldrá el genio de su botella y nos rocía con su llovizna de aceites esenciales —hechos, sobre todo, de la molécula del limoneno que aporta la criticidad. Entonces el día, no importa lo que esté pasando ni la hora que sea, se vuelve amanecer feliz y huele y se siente en la punta de los dedos como el rocío de los buenos recuerdos. Que no se diga que no existen —al menos en Quito— genios a los cuales pedirles deseos que se vuelven realidad: que no sean o parezcan humanos es irrelevante.






