Fiebre amarilla, peste de verano

Fiebre amarilla, peste de verano

Todos levantamos la mirada para admirar el cielo azul del verano quiteño encenderse, pero bajo nuestros pies la ciudad comienza, lentamente, a marchitarse.

Toda hoja seca está hecha de cenizas futuras. Van camufladas en la clorofila, que disimula los pigmentos amarillos. Pero cuando el suelo se seca, la planta sedienta y mustia se achicharra. Multiplicado por millones, el proceso se toma todo Quito, que adquiere sutilmente tonos ocres, amarilos y dorados en todas sus esquinas.  

hoja seca
Esta fiebre amarilla de verano quiteño

El verde intenso que durante meses cubrió las laderas de nuestros cerros y quebradas, comienza a flaquear a finales de mayo. En junio, el cielo adquiere un azul eléctrico y sin interrupciones blancas. En julio y agosto, la ventisca fría usa a las ventanas quiteñas como bongós y a las copas de los árboles como maracas vegetales. Silba, canta, percute, traquetea, El sol se lanza incesante sobre toda la existencia. Todo está seco, macilento, áspero. Y a Quito se le tuerce el genio, y pasa de muy franciscana y arropada a fosforito.

Los pajonales altoandinos, los matorrales secos, los bosques de eucalipto y la paja de las quebradas pierden humedad hasta convertir a la ciudad en un degradé de amarillos intensos y quemados, de cafés pálidos y predispuestos a la combustión.
Wallallu Qarwinch

Quizá le enoja que todos hablemos de su hipnótico cielo veraniego, pero nadie le regrese a ver sus redondeles escaldados, sus parterres, veredas y quebradas de un césped macilento, y sus jardines y senderos forestales con la piel pálida como si la sequía le diese ictericia, y no hubiese quinina alguna que le cure esta fiebre amarilla de verano quiteño.

clorofila

En estos meses, mientras volamos cometas y vacacionamos en los parques, nos fascina levantar la mirada, pero nadie parece reparar en la agonía del césped bajo sus pies. Al menos nadie habla de ello: vivimos en un mundo donde un rasgo de belleza alcanza para ignorar lo que no nos gusta. Los poetas han vivido obsesionados con el divino cutis celeste que nos cubre cada día, pero ninguno le ha dedicado medio verso —ni siquiera a modo de panegírico— al follaje que se chupa, retuerce y quiebra bajo ese mismo cielo. 

El verde intenso que durante meses cubrió las laderas de nuestros cerros y quebradas, comienza a flaquear a finales de mayo.
Vuelven entonces los bomberos con sus advertencias que mezclan la amenaza de la multa y la súplica vecinal.

Los pajonales altoandinos, los matorrales secos, los bosques de eucalipto y la paja de las quebradas pierden humedad hasta convertir a la ciudad en un degradé de amarillos intensos y quemados, de cafés pálidos y predispuestos a la combustión.

La resequedad vegetal de estos meses resplandece y ciega, solo permitirá el crecimiento de una sola especie: toda rama seca es, también, una potencial fogata. Son millones de diminutas invocaciones  a pirómanos, terroristas urbanos,  quiteños despistados, vecinos negligentes y adolescentes desafortunados a generar incendios forestales  por quemas agrícolas, quema de basura, fogatas mal apagadas o acciones intencionales. Al primer vuelo de Mama Nina, deidad andina del fuego, sobre estas propicias condiciones, una chispa, por pequeña que sea, puede  arrastrar a la ciudad a uno de sus terrores primigenios al grito de todo se quema.

Quito está seco
La estación seca es consecuencia directa del funcionamiento de la atmósfera tropical y de la particular geografía andina de Quito

La mecha es vegetal. El combustible es fósil. El estiaje es señal de alerta. Y los colores marchitos, amarillos y ásperos de nuestras áreas que alguna vez fueron verdes, la mayor alarma. Marchitarse es predisponerse a la combustión en un verano definido no por el calor, sino por la ausencia de lluvia, que va repintando los márgenes de la ciudad como esos pintores anónimos que añadieron brochazos de colores sobre frescos ajenos.  Así es la vida cuando se hace equilibrismo sobre la línea ecuatorial: la estación seca es consecuencia directa del funcionamiento de la atmósfera tropical y de la particular geografía andina de Quito, y el riesgo de que en las laderas de este valle andino crezcan brutales columnas de fuego, viene siempre precedido por ese amarillo que solo de verlo hace picar la garganta y tener sed. 

La mecha es vegetal. El combustible es fósil. El estiaje es señal de alerta. Y los colores marchitos,
Hojas secas en verano
. Marchitarse es predisponerse a la combustión en un verano definido no por el calor

Vuelven entonces los bomberos con sus advertencias que mezclan la amenaza de la multa y la súplica vecinal. Cuidado con lo que uno enciende, porque hay fuegos que uno enciende y que, muy tarde, aprende que no podrá controlar. se ve a sí misma arder y solo atina a conjurar una plegaria: que llueva, por fin, por favor. No solo para sofocar a los incendios, sino para recuperar nuestro césped esponjoso y verde, nuestros árboles frondosos, nuestras laderas oliva, nuestra humedad andina.

En estos meses, mientras volamos cometas y vacacionamos en los parques, nos fascina levantar la mirada, pero nadie parece reparar en la agonía del césped bajo sus pies.
Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.