Pasadas las once de la noche, justo cuando ha empezado el tercer día del toque de queda de mayo de 2026, un teniente del Ejército llama. “Ya estamos cerca, para que nos dé el encuentro”, le dice a mi colega y le comparte su ubicación en tiempo real por WhatsApp. El pedido es sencillo: seguir a un grupo de militares mientras patrullan en Quito y se aseguran que los ciudadanos se queden en sus casas.
El toque de queda en la capital ecuatoriana empezó el domingo 3 y terminará el lunes 18 de mayo. Es el primero de este año en Pichincha y una de las justificaciones, según el decreto presidencial, es que la provincia se ha convertido en un “enclave estratégico en el territorio nacional” y que aquí operan Los Lobos, quienes “apoyado en sus estructuras y brazos armados operativos han logrado establecerse en la mayoría de los cantones”.
Pero una hora y media de recorrido por el centro norte de Quito parece no justificar esos hechos.
El hombre que ha compartido su ubicación de GPS saluda, sonriente y de pie, desde fuera del marco de la ventana del carro. La condición para acompañarlos hoy es movernos por nuestra cuenta.
El teniente, junto a otros tres militares, irá en una camioneta blanca del Cuerpo de Agentes de Control Metropolitano de Quito, más conocidos como policías municipales. Con sus chalecos, cascos, armas, los cuatro parecen apretados en el vehículo que maneja un policía local.
Hoy, el alcalde de Quito, Pabel Muñoz, y el presidente de la República, Daniel Noboa, están peleados, pero los empleados del gobierno local y central trabajan juntos esta noche para “combatir al enemigo común”, una manera que han encontrado ministros, alcaldes, políticos, policías, militares para hablar de los grupos de delincuencia organizada. Las mismas organizaciones que se han convertido en la excusa para que territorios en Ecuador hayan pasado más días con estado de excepción que sin, en los últimos doce meses.
A las 11:25 de la noche, la camioneta blanca municipal, un 4×4 con cuatro policías a bordo, y una moto de otro policía vestido de negro empiezan el recorrido por la avenida Amazonas, una arteria que atraviesa 7 kilómetros de Quito. La caravana va de norte a sur.
Van a 20 kilómetros por hora y cada tanto hacen sonar una brevísima sirena, como quien quiere hacerse notar: por si acaso, aquí estamos. Pero nadie parece escucharlos porque no hay quien incumpla la prohibición de circular.
Los semáforos cambiando de verde a rojo, de rojo a verde, y ningún conductor que deba respetarlo. Las calles vacías. El silencio. Juntos son un fantasma que evocan a los peores días de 2020 cuando el covid-19 nos recluyó a casi todos por demasiado tiempo. Cuando tuvimos miedo de contagiarnos, de morir, de extinguirnos. Cuando restaurantes bares cervecerías negocios quebraron. Hoy, ese miedo regresó para ellos, quienes deben cerrar antes de las 10 de la noche para que sus empleados puedan llegar a casa sin ser detenidos por una patrulla.
Diez minutos después de recorrer a la misma velocidad calles y avenidas del centro norte hay, al fin, una oportunidad para hacer que los ciudadanos cumplan su deber: un Aveo gris avanza la avenida América.
La camioneta se estaciona en la mitad de la calle impidiendo el paso, el otro carro se queda atrás. De ambos se bajan los nueve agentes —policías nacionales, policías municipales, militares. De la moto, otro más.
Los diez rodean el carro. Dos toman fotografías. Otro le pide al conductor que se baje. Pequeño, de camiseta roja y cara de susto, el hombre alza las manos, las apoya sobre el carro mientras un policía —camisa amarilla brillante con un chaleco negro— lo cachea. Un militar que está detrás de otro empuja apenas a su compañero con el dedo como diciéndole sin decir que se acerque más; él, con su arma larga apuntando al piso, avanza y se para junto al que revisa al conductor. Observa quieto.
Abren la cajuela, las puertas de atrás, revisan dentro, mueven las alfombras. Nada. Diez minutos y lo dejan ir. El teniente dice que era un señor “que hace servicio de taxi puerta a puerta”, que les había mostrado el pasaje aéreo de la persona acababa de dejar.. Parece sensato: si alguien incumple un toque de queda y es culpable, no circularía una de las avenidas más evidentes.
A las 11:50 el único sonido es el del motor a diésel de la camioneta y, a lo lejos, en una de las radios de uno de los autos, alguna cumbia.
Mientras están en la América, de pie, esperando —quién sabe qué o a quién—, tres carros pasan. El primero avanza rápido y sin parar; es de la Policía Judicial, nos dicen. El segundo es un “trabajador de la salud”. Ambos tienen permiso para circular.
En el tercero van al menos tres personas. El conductor baja la velocidad como esperando que algún militar o policía le haga una seña para frenar. Ninguno lo hace, y el señor que conduce a menos de 10 kilómetros y, quizás decepcionado, acelera.
“Hay veces que se nos puede pasar uno que otro vehículo. Lo que nosotros tratamos es evitar la persecución por A o B situaciones”, dice uno de los diez agentes.
Los hombres con distintos uniformes pero una sola misión vuelven a sus carros y moto. El recorrido ahora es hacia el norte.
Justo a la medianoche los tres vehículos se detienen en una esquina del Parque La Carolina. “Vamos a hacer un reconocimiento”, dice uno de los militares.
El reconocimiento es una foto de ocho de ellos, tomada por uno que decidió o le tocó no salir. La imagen: cuatro militares a la derecha empuñando sus armas, cuatro policías a la izquierda con las manos atrás. Todos firmes.
El teniente pregunta cuánto tiempo más queremos recorrer. Ha pasado media hora, pero tampoco ha pasado nada. No hubo persecuciones. No hubo allanamientos. No hubo un recorrido a un punto fijo. No hubo imágenes con música heroica, como las de los videos que circulan en las redes sociales oficiales.
La caravana retoma por la Amazonas. Un Kia nos rebasa. Pero la camioneta con militares, el carro con policías y la moto no le hacen luces. No tocan la sirena. Nada. Quizás es un médico, otro policía o un despistado que olvidó el toque de queda y los uniformados deciden no recordárselo.
Una neblina más espesa empieza a formarse mientras entra la madrugada. La ciudad se ve aún más vacía. Más fantasma. El sonido que predomina sigue siendo el motor a diésel.
Diez minutos después del retrato en el parque donde miles corren trotan ciclean todos los días, llegan a una Unidad de Policía Comunitaria (UPC). El teniente dice que ahí se quedan los cinco policías, como si el toque de queda hubiera terminado. Pero aún faltan más de cuatro horas para que sean las 5 de la mañana y los quiteños puedan volver a salir.
Los militares hacen una pausa para responder preguntas. De 22, 22, 26 y 28 años, los cuatro hombres de quienes solo vemos los ojos, coinciden en que las noches en Quito, en esa zona que patrullan, han sido tranquilas. “Lo más difícil es salir a buscar un enemigo que no podemos reconocer. Si bien tenemos identificadas las amenazas, como los grupos de delincuencia organizada, yo no puedo salir y decir ‘usted es de este GDO’”, dice uno, entre la decepción y resignación.
A las 12:45 de la madrugada se despiden. No queda claro si volverán a patrullar la misma zona asignada y vacía, o si volverán, como nosotros, a sus casas mientras, afuera, parece, no pasar nada.
Únete a la GK Membresía y recibe beneficios como comentar en los contenidos y navegar sin anuncios.
Si ya eres miembro inicia sesión haciendo click aquí.







