Alguien debería decirlo en las reuniones del Palacio de Carondelet. Twitter no es un espacio de medición de nada. No sirve de nada tener millones de seguidores o gente que te ponga corazones rojos en apoyo cuando presiona like, o comentarios que te hagan pensar que tienes la razón, o no.

¿Por qué renunció? Una serie de tuits ofensivos y agresivos fueron descubiertos en su cuenta personal (que ella cerró en medio de la polémica). Expresiones injustificables, pero que revelan algo que sabemos hace mucho: el gobierno de Guillermo Lasso no sabe cómo manejar comunicacionalmente nada.

Por eso, el que se haya aceptado la renuncia de Alexandra Cárdenas como viceministra de Educación termina siendo un problema mayor para este gobierno. 

Sí, un problema mayor, incluso más que haberla contratado para el cargo.

Voy de a poco, porque esto no se trata de defender a Cárdenas, ni de dejar de lado mucho del contenido agresivo que se puede encontrar en algunos de los tuits que han recuperado de su cuenta, que ella cerró en medio de la polémica. En realidad es muy sencillo.

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Twitter es incompleto, superficial, a lo mucho podría servir para dar un atisbo de lo que es un argumento. Pero nada más.  Un gobierno no debería tomar decisiones basándose en lo que está trending en esa red social. Es más, no debería seleccionar sus batallas en función de tuits. 

¿Por qué?

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Porque Twitter es una red social, con sus respectivas normas de uso, que termina por alterar el sentido de realidad. Porque muchos acabamos pensando que aquello que sucede en esa burbuja es el reflejo de lo que pasa fuera de ella. Y por más atractiva que sea esa idea, no tiene sentido mantenerla. 

De acuerdo a datos del Digital 2021 Global Overview Report, de We are Social y Hootsuite, Twitter en Ecuador tiene una media de 1.5 millones de usuarios. Esa cifra no refleja lo que sienten, piensan y quieren los 17 millones y más de habitantes que hay en el país y a los 13 millones de electores.  Hay mucha más vida y dinámicas pasando por afuera.

Yo, que uso Twitter todos los días —a veces obsesivamente— puedo dar fe de eso, perdiéndome en ese sentido que confunde profundidad con rapidez. Para dar un argumento o reflexionar alguna idea, es importante el tiempo. 

Mejor aún, es importante el silencio. No escribir todo y no leer todo lo que se escribe. 

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Habría que repetirlo hasta el cansancio, para que nadie se lo olvide: Twitter es una burbuja. Su propio carácter de brevedad —280 caracteres máximo por tuit— exigen contener universos que simplifican toda la complejidad de la experiencia humana. Así es esto. No es reclamo: es un hecho.

¿Hasta qué punto un espacio tan limitado y rígido —con eso de los caracteres— debe ser medida de decisiones gubernamentales? 

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Pues, podría ser un punto de partida, me imagino. Revisar las redes de posibles funcionarios en niveles altos de decisión para encontrar ciertos elementos que ayuden a comprender su pensamiento o filiaciones. 

Quizás en el proceso de selección se vuelve necesario —hasta para contener posibles daños, una vez que la persona sea escogida— hacer ese tipo de revisión que se complemente con otras. Porque no todo lo que se escribe o se lee en Twitter puede ser concebido como un hecho, como la realidad de una persona, o como el manifiesto que cada usuario está dejando para la posteridad, para que sus creencias queden firmes, para no dejar dudas de quién es.

He ahí una primera aproximación equivocada. Como humanos somos complicados y más profundos de lo que creemos. Un conjunto de tuits son incapaces de contener esa complejidad, pero sí nos pueden dar pistas. Y toda pista no es certeza. Es solo un camino para llegar a una certeza. 

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En un poco más de 24 horas, cuando el martes 27 de septiembre de 2022, el presidente Guillermo Lasso apareció hablando sobre su compromiso con una verdadera política de erradicación de la violencia de género. Y bueno, lo hizo en un video rodeado de mujeres. 

Funcionarias del Estado que lo acompañaban, de pie, sin decir nada, mientras él daba su mensaje a la nación. Él en el centro, como si fuera Robert Palmer en el video musical de Simply Irresistible. Ellas a su alrededor, como si fueran las mujeres que rodean a Robert Palmer en el video musical de Simply Irresistible.

Y ahí estaba ella, en la parte superior del grupo de mujeres, a la derecha. Alguien se dio cuenta de que ella era parte del gobierno y en Twitter se encendieron las alarmas. 

Alexandra Cárdenas, una de las usuarias más polémicas de Twitter, que varias veces se volvió trending por publicar tuits que se consideran racistas y clasistas, era viceministra de Educación. 

Entonces todo estalló en Twitter, desde capturas antiguas de varios de sus tuits, anécdotas de algunas personas que se sintieron violentadas por ella, hasta historias de quienes la defienden como una persona entregada y gran amiga. 

La pregunta que medio mundo se hacía era: ¿por qué ella —catalogada como agresiva en la red social— era viceministra?

Para el 28 de septiembre, en la tarde, el Ministerio de Educación anunciaba que Cárdenas había renunciado y que su renuncia había sido aceptada por la ministra María Brown. Su reemplazo sería anunciado en los próximos días.

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¿Puede Twitter decidir el estado laboral de un funcionario del Estado? Pues sí, que no haya dudas. Acaba de pasar. 

Ya no es el espacio por el que Rafael Correa despachaba y daba órdenes cuando alguien le escribía contándole un problema o dificultad que tenía con alguna entidad del Estado, durante su gobierno. Momento en el que él respondía “Favor atender”, citando la cuenta del Twitter de algún funcionario, que debía resolver la dificultad como si la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas lo hubiera ordenado.

Vivimos otros tiempos. Uno en el que Twitter ya no es solamente terreno de maniobra política. Hoy es el espacio desde donde se arma la maniobra política. Y eso es un problema. Porque una herramienta no debería asumir ese rol, y Twitter es una herramienta de comunicación, una de tantas. 

Y en Twitter solo se señala aquello que es un error. En Twitter, los errores se magnifican, porque la lupa está ahí, porque a los gobiernos hay que mirar con criticidad y esa mirada tiene en Twitter un mecanismo de expulsión inmediata.

¿Eso significa que las autoridades de Educación del gobierno de Lasso no debieron aceptar la renuncia de una viceministra que hace unos años tuiteó sobre el arribismo de clases menos pudientes que buscan casarse con gente de mucho más dinero, o que en 2017 cuestionó —en un tuit que ha sido criticado por su sentido clasista— la calidad de la educación pública frente a la privada? 

No. Significa que deben hacer mejor las cosas. 

Que deben saber a quiénes suben al equipo de autoridades y eso significa revisar algo más que su hoja de vida. Twitter, entonces, es una herramienta que solo aproxima y que no puede dar certezas. 

Al revisar la cuenta de Alexandra Cárdenas se pudo anticipar varios escenarios y prevenir cualquier acción contraproducente. Se pudo pedir explicaciones o profundizar con ella sobre algunas de las cosas que estaban escritas. Se pudo decidir qué hacer con los tuits complicados o agresivos —en algunos casos hay insultos a algunas personas que no piensan como ella—-. Se pudo reaccionar antes de que todo explotara. 

Se pudo pensar mejor en la reacción. Porque hoy, Twitter, con justa razón o no, se convierte en un tablero de ajedrez, que pone en jaque a un gobierno que no sabe qué hacer con una red social. Solo apagar los incendios que aparecen de vez en cuando. Y apagar esos incendios a diario no deja ver lo demás, lo importante.

Quizás Cárdenas estaba muy calificada para su cargo según el currículum que se podía leer en la web del Ministerio. Quizás sus reacciones en Twitter y sus respuestas agresivas dejaban en claro que no podía ejercer esa función. 

Lo cierto es que en un momento en el que todo lo que hace y no hace el gobierno o el partido de gobierno—sea candidatizar para alcalde de Muisne a una persona ya sentenciada por el asesinato del anterior alcalde y que debió generar una reacción más virulenta, creo— Twitter se convierte en el centro de la ira. Pero de una ira contenida en una burbuja, que no se puede ignorar, pero tampoco darle una mayor dimensión.

Si el gobierno sigue leyendo lo que se dice de sí en Twitter, habrá más errores de su parte y evidencias de fragilidad, como sacar a una funcionaria a menos de un mes de estar en el cargo, sin capacidad de mostrar lo que quería hacer o deshacer en el rol como viceministra. Eso es una muestra impresionante de debilidad.

Twitter no es el mundo real. Y lo que los usuarios y usuarias escriben o muestran no es prueba de quiénes son. Solo un detalle, una pista, algo para seguir indagando. Eso no resta responsabilidad de lo que se escribe; solo la dimensiona. Porque sí, somos más complejos que 280 caracteres y si bien es posible que las discusiones en Twitter moldeen ciertos aspectos de la realidad, un gobierno incapaz de entender cómo funcionan la comunicación y sus herramientas, se condena cada vez más cuando lo pone en evidencia.

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Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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