¡Hola, terrícola!

Quizá al leer estas líneas estés chuchaqui. No sería raro: a la mayoría nos gusta, como dice el audio viral convertido en meme, tomarnos un traguito de vez en vez (en ciertas épocas de nuestras vidas, más que de vez en vez).

flecha celesteOTRAS HAMACAS

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Volví a pensar en el alcohol cuando leí este gran ensayo de la escritora Virginia Heffernan en Wired. Me pregunté, otra vez, hacia dónde va nuestro consumo de la que es quizá la droga recreativa de más amplia aceptación legal y social del mundo (de las otras, ya hemos hablado).  

El título del ensayo de Heffernan es provocador: El fin del alcohol. En su texto, que es una joyita argumentativa, Heffernan piensa la forma en que ha ido cambiando la relación humano-alcohol (y la consecuente alcoholismo-sobriedad).

Habla del surgimiento de una camada de influencers que promete a sus seguidores “cambiar su relación con la bebida”, en un extraño e incompatible cóctel de superstición y ciencia. Hay gurús globales que promueven la sobriedad, la palabra “alcohólico” ha caído en desuso por otros remoquetes menos degradantes. Celebridades de la música y el cine sacan sus propias líneas de mocktails (de mock, de broma o mentirita, en inglés, + cocktails). 

En definitiva, la sobriedad está de moda, concluye Heffernan, quien insiste en catalogarse como “alcohólica”, aunque dejó la bebida hace diez años, siguiendo el tradicional paso a paso de Alcohólicos Anónimos para lograrlo. Este método está hoy bajo sospecha, dice Heffernan: incluso por la ciencia. 

Para demostrar la popularidad de estar sobrios, Heffernan habla también de la iniciativa de Dry January, el Enero Seco, que fue creada en el Reino Unido hace casi una década y que motiva a la gente a no tomar alcohol en enero

En 2013, cuando se lanzó, atrajo a unas 4.000 personas. “Para 2021, ese número había aumentado a 130.000”, dice Heffernan. 

Habla, también, del crecimiento de los “sober bars”, bares donde solo se sirven versiones no alcohólicas de cervezas y espirituosos (entre otras). 

Entre 2020 y 2021, en los Estados Unidos, su consumo creció en un 60% y sus ventas se multiplicaron en miles de millones. Un reporte de la consultora global Nielsen, que produce estadísticas, reportes y seguimiento de tendencias en el mundo, encontró que somos los millennials quienes “están impulsando el movimiento de consumo consciente, ya que el 66 % dice que está haciendo esfuerzos este año para reducir su consumo de alcohol, muy por encima del promedio del 47 % entre todos los Estados Unidos”. 

En los dos primeros años de pandemia (2020 y 2021), el mundo tomó 15,8 mil millones de litros de alcohol menos que antes del covid-19. O sea, un 6% menos. Un análisis del investigador de la Universidad Central del Ecuador Wilson Andrade, lo confirmó.

Digo que lo confirmó porque cuando encontré por primera vez la cifra, me pareció inverosímil. 

Solemos juzgar las tendencias generales por nuestra experiencia personal (si me pasa a mí o a mi entorno cercano, le pasa a todo el mundo), pero eso es una falacia de proximidad (o asociación). Mi conclusión era que el mundo había tomado más durante el covid-19

Pero no. Ese error nacía de mi experiencia personal: en las primeras semanas del covid-19, cuando no sabíamos qué nos enfermaba (los alimentos, la ropa, tocar superficies, el aire —en fin), la mínima tos o falta de aire era tomada como una señal inequívoca de contagio. Y no era: recién me dio un muy leve covid en marzo de 2022

Lo que sí era, era un cuadro de angustia y ansiedad. Me auto receté un shot de gin cada noche. Y de verdad era un alivio: me calmaba. El problema fue que en 15 días me había tomado yo solo media botella de gin de chupito en chupito. Y por supuesto, querer lidiar con la ansiedad con alcohol es una señal de alerta. Así que lo dejé. 

Al parecer, fue una tendencia general en Quito, según un estudio hecho por las investigadoras Betul Rojas y Gabriela Hernández de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador

Debo decir que esa breve costumbre, era una pintura de nuestra compleja relación con el alcohol. Yo soy un convencido de que cada quien puede consumir lo que quiera. A quien no le guste el alcohol, que no tome. Si no le gusta la marihuana, no fume. Si cree que los ácidos son malos (no lo son), no se pegue uno. 

Es sencillo. Pero también sé que el alcohol puede ser dañino. Nos hace daño a nivel físico y a nivel social. Tomar demasiados traguitos puede definir nuestra vida, alterar nuestras relaciones familiares y de amistad y causarnos enfermedades. 

Entonces, la conclusión es más o menos a la que han llegado los millennials estadounidenses: mi decisión fue tener un consumo alcohólico moderado.

Lo que no haría, a diferencia de mis pares gringos, es volcarme a los mocktails (que ya se sirven en todas partes, incluso en Cardó, el restaurante quiteño que tiene la mejor barra de la ciudad). 

Los encuentro aburridos y sin la consistencia de un trago de verdad. Pero reconozco que son una opción para muchos, como lo demuestra la data disponible

¿Significa todo eso que el alcohol va a desaparecer? 

Me atrevo a decir que no.

Aunque el consumo de alcohol ha bajado en todo el mundo, sus ventas siguen aumentando. No sé si 2022 sea el inicio de nuestros Roaring Twenties, la década de 1920, en la que hubo un boom económico y cultural tras una guerra mundial y una pandemia, y eso venga con un regreso decidido a los bares, discotecas y conciertos. 

El mundo parece ávido de salir a la calle. De celebrar el cada vez más cercano final de la pandemia. En Ecuador, por ejemplo, el feriado de Semana Santa dejó ingresos por 50 millones de dólareslo más alto desde 2017. Quizá volvamos a tomar como antes, o más que antes, o quizá se instaure entre nosotros la idea de que solo se vive una vez.

Pero también hay datos duros que muestran que la industria del alcohol no se va a ir a ningún lado. Para 2025, habrá casi doblado sus ventas de 2012.

En América Latina, tampoco creo que vayamos a dejar de tomar. Según el Observatorio de la Salud Global de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la región es la tercera de mayor consumo de alcohol puro por año per cápita, solo detrás de Europa y América del norte. 

Esta tendencia hace que la adicción al alcohol sea un problema de salud pública a tratar, dicen varios investigadores. Debe abordarse con estrategias que no incluyan absurdas prohibiciones que solo desembocan en mercados negros

La industria de las bebidas no alcohólicas tampoco va a dejar de crecer. Supongo que va a pasar algo similar a lo que ha pasado con la industria de las beyond meats, esas suplantaciones vegetales de la carne de res. 

Cada vez se ven más. En Ecuador, una cadena de hamburguesas las introdujo al mercado. Estuvieron fuera de circulación durante dos semanas porque el stock se agotó. Pero eso no quiere decir que la gente está reemplazando la carne de res verdadera, sino que están consumiéndose a la par. 

Desde 1990, el mundo ha duplicado su ingesta de carne. Las aves de corral son ahora el tipo de carne más consumida por los seres humanos. Desde el año pasado, la población de ganado era de más de mil millones (lo cual tiene un impacto en el cambio climático), dicen las cifras del sitio especializado en estadísticas Statista. La pandemia del covid-19 parece haber reforzado nuestra tendencia carnívora.

Ese es el futuro que, elucubro, seguirán las industrias de las bebidas. El alcohol y el no alcohol convivirán. Parece lo ideal. Después de todo, somos nosotros quienes debemos definir cómo llevarnos con nuestros tragos favoritos. 

Heffernan, una alcohólica en remisión, lo reconoce. Hablar del alcohol es hablar también de la sobriedad —y de su imposibilidad. “No tengo ninguna autoridad cuando se trata de dejar de beber”, dice. “Dejar de usar antagonistas de los opiáceos, yoga caliente y tequila sin alcohol”, afirma, en referencia a las nuevas técnicas para ir hacia la sobriedad,  “parece tan justo, y evidentemente más efectivo, que sudar en las salas [donde son los encuentros de AA]”.

“Volverse abstemio no es dejar de tomar”, dice Heffernan. “Es cursar un programa que es crónicamente impopular con la extraña esperanza de que te hará una mejor persona”. En definitiva: cada quién deberá decidir sobre sí mismo (aunque eso empiece por reconocer la necesidad de ayuda profesional). 

José María León Cabrera
(Ecuador, 1982) Editor fundador de GK. Su trabajo aparece en el New York Times, Etiqueta Negra, Etiqueta Verde, SoHo Colombia y Ecuador, entre otros. Es productor ejecutivo y director de contenidos de La Foca.