Antonio, de 43 años, recuerda que sus amigos se burlaban de él cuando lloraba después de perder un campeonato de fútbol en el colegio. Le decían que era solamente un partido, pero para él la derrota también significaba frustración e impotencia.

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“No seas maricón, no seas débil”, eran algunas de las frases que le decían. En la adolescencia, las burlas se repetían cuando se ilusionaba con alguien y lloraba por esa relación amorosa.

Su experiencia refleja uno de los mensajes que muchos hombres reciben desde niños: expresar tristeza, miedo o inseguridad puede hacerlos parecer menos hombres. Estas ideas influyen en las emociones que aprenden a mostrar y en las que prefieren ocultar.

Antonio dice que nadie le enseñó a reconocer sus emociones.

Leonardo García, subdirector del Laboratorio Social de Género y Masculinidades, explica que, durante la crianza, los hombres reciben mensajes sobre cuáles emociones pueden expresar. Por ejemplo, mientras que la tristeza o el miedo suelen asociarse con debilidad, el enojo tiene mayor aceptación.

Pero ¿cómo aprenden los hombres a relacionarse con sus emociones y qué consecuencias puede tener esto en sus vidas?

Así aprenden los hombres a ocultar sus emociones

Cuando un niño se cae, puede escuchar frases como “levántese”, “sea fuerte” o “sea varoncito”. García describe estos mensajes como una forma de entrenamiento: los hombres aprenden a contener ciertas emociones y a mostrar otras.

Esto no significa que no sientan tristeza, miedo o inseguridad. Una cosa es sentir una emoción, otra reconocerla y otra poder expresarla sin temor a ser juzgado.

Estas expectativas sobre cómo debe comportarse un hombre se conocen como mandatos de masculinidad. García explica que tradicionalmente se les ha enseñado a ser fuertes, autosuficientes y competitivos. Estas ideas se transmiten a través de la familia, los amigos, la escuela, los medios de comunicación y otros espacios.

Sebastián Bazante, de 35 años, tuvo una experiencia distinta a la de Antonio en su casa. Sus padres nunca le prohibieron llorar. Sin embargo, otros familiares sí cuestionaban que mostrara sus emociones.

Una de sus abuelas le decía que solamente las mujeres lloraban y que debía ser fuerte. Sus tíos repetían mensajes similares. Más adelante, en el colegio y la universidad, tampoco acostumbraba hablar de sentimientos con sus amigos hombres.

“Creo que todos intentábamos ser lo más masculinos y duros posible”, recuerda, haciendo un gesto de comillas al decir “masculinos”.

En el reportaje de GK Los dos hombres que cambiaron y se hicieron amigos, Javier Omar Ruiz, cofundador del Colectivo Hombres y Masculinidades de Colombia, explicó que las masculinidades alternativas cuestionan expectativas tradicionales como ser el proveedor, ocultar los sentimientos o considerarse superior a las mujeres.

Estos aprendizajes pueden influir en la manera en que los hombres identifican lo que sienten. García explica que existe un término, alexitimia, relacionado con la dificultad para identificar y describir las propias emociones. Por ejemplo, una persona puede sentirse mal, pero no distinguir si está triste, agotada o frustrada.

Alexandra Moncada, directora de Igualdad de Género de la Prefectura de Pichincha, explica que las emociones funcionan como una alarma que permite identificar qué ocurre con nosotros y con nuestro entorno. Ignorarlas no significa que desaparezcan. Según Moncada, ese malestar puede manifestarse a través del estrés, problemas para dormir o dificultades en las relaciones personales.

En el mismo reportaje de GK, Roberto Moncayo, coordinador del Centro Integral Tres Manuelas, contó que en el Club de Hombres por el Buen Trato trabajaban con participantes que tenían dificultades para reconocer sus emociones y las manifestaban como enojo.

La psicóloga Lorena Cordovez explica que algunas personas que ejercen violencia crecieron en entornos donde sus necesidades emocionales fueron invalidadas y no aprendieron a reconocerlas. Esto puede dificultar que identifiquen cómo se sienten o cuándo necesitan ayuda.

Sin embargo, los mandatos de masculinidad no son inmutables. García cuenta que, en su trabajo con hombres de distintas edades, ha encontrado padres que buscan relacionarse de otra manera con sus hijos. Algunos crecieron sin abrazos o expresiones de afecto y ahora procuran decirles que los quieren y permitirles hablar de lo que sienten.

Antonio, por ejemplo, dice que, a pesar de las burlas, se permitió llorar. Había visto hacerlo a sus padres, aunque no identifica a alguien que le enseñara cómo manejar lo que sentía.

“Cuando quería llorar, lloraba”, cuenta. No quería ponerse una máscara para aparentar que nada le dolía o afectaba.

Sebastián, por su parte, empezó a cuestionar algunos comportamientos cuando empezó a ir a terapia. Quería entender mejor su carácter, las decisiones que tomaba y la forma en que se relacionaba con otras personas.

Para él, ese proceso también significó desaprender ideas sobre la masculinidad y reconocer que pedir ayuda o conversar sobre emociones con otros hombres no es una señal de debilidad.

¿Cómo pueden los hombres aprender a reconocer y manejar sus emociones?

Reconocer lo que se siente es un primer paso para aprender a manejarlo. La regulación emocional consiste en identificar, comprender y responder a las emociones de una manera adecuada a la situación, según la Asociación Americana de Psiquiatría.

Esto no significa estar tranquilo todo el tiempo ni ignorar la tristeza o el enojo. Puede implicar nombrar una emoción, pedir apoyo o hacer una pausa antes de responder.

García explica que aprender a identificar y nombrar lo que sentimos se conoce como alfabetización emocional. En los talleres que desarrolla utilizan herramientas como el círculo de las emociones, que permite distinguir entre sentirse triste, rechazado, avergonzado, abandonado o desilusionado.

También trabajan en reconocer las respuestas del cuerpo: si el corazón se acelera, las manos se aprietan o cambia el tono de voz. Estas señales pueden ayudar a identificar lo que ocurre antes de reaccionar.

Otra herramienta es el “tiempo fuera”, que consiste en acordar una pausa cuando una conversación se vuelve difícil de manejar. Durante ese tiempo, una persona puede respirar, caminar, tomar agua o realizar otra actividad que le ayude a tranquilizarse.

La idea no es abandonar la conversación. García explica que, si después de diez minutos la persona continúa alterada, puede comunicar que necesita más tiempo y retomar el diálogo cuando esté en mejores condiciones.

No todas las herramientas funcionan igual para todas las personas. Algunas encuentran alivio al hacer ejercicio, escribir o conversar con alguien de confianza.

Antonio recuerda el consejo de un compañero de trabajo: evitar que la frustración de la jornada afectara a su familia o a su pareja. Dice que intentó diferenciar lo que le pasaba en cada espacio, sin prohibirse sentir.

Hablar de los problemas del trabajo con la familia no significa responsabilizarla por lo que ocurre. La diferencia está en poder comunicar el malestar sin descargarlo sobre otras personas.

García considera que reconocer las emociones también es una forma de autocuidado: permite prestar atención a cómo nos sentimos, identificar cuándo necesitamos ayuda y cuidar nuestra salud.

García también habla de la soledad que pueden experimentar algunos hombres cuando necesitan contar sus problemas, pero sienten que no tienen con quién hacerlo. Explica que, si desde pequeños aprenden a ocultar sus emociones y evitan hablar de ellas incluso con sus amigos, pueden llegar a tener personas a su alrededor, pero no sentirse acompañados cuando atraviesan momentos difíciles.

En Pichincha se han desarrollado iniciativas para trabajar estas habilidades. Moncada cuenta que en 2024 la Prefectura empezó con los llamados círculos de autocuidado de hombres, en los que participaron 1.680 personas, según sus registros.

Durante 12 sesiones, los participantes trabajaban en reconocer sus emociones, comunicarse sin violencia y cuidar su salud física y mental. Según Moncada, algunos continuaron reuniéndose por su cuenta después de los talleres.

La Prefectura dejó de desarrollar estos círculos de manera masiva en 2026. Sin embargo, explica que todavía ofrecen acompañamiento a grupos pequeños y cuentan con una cartilla llamada Más cuidado, masculinidades.

La regulación emocional puede prevenir la violencia

Aprender a reconocer y regular las emociones puede ayudar a los hombres a relacionarse de otra manera con las personas que los rodean. Sin embargo, esto no significa que la dificultad para expresar sentimientos sea la causa de la violencia de género.

La Organización Mundial de la Salud señala que en la violencia de pareja intervienen factores personales, familiares, comunitarios y sociales. Entre ellos están las actitudes que justifican la violencia, los comportamientos de control y las normas que sostienen privilegios masculinos y limitan la autonomía de las mujeres.

Por eso, no se puede afirmar que un hombre que no llora será violento, ni que uno que habla con facilidad de sus sentimientos necesariamente respetará a su pareja.

Moncada considera que trabajar en nuevas masculinidades puede contribuir a prevenir la violencia porque permite cuestionar comportamientos aprendidos desde la infancia, como resolver los desacuerdos mediante gritos, amenazas o agresiones.

Pero regular las emociones no es lo mismo que dejar de ejercer violencia. Una persona puede aprender a manejar su enojo y mantener conductas de control sobre su pareja.

La prevención también requiere cuestionar las desigualdades, respetar la autonomía de otras personas y asumir responsabilidad por los propios actos.

Por ejemplo, los reportajes de GK Los dos hombres que cambiaron y se hicieron amigos y El club de los hombres que sabían que pueden cambiar recogen experiencias de hombres que participaron en talleres para reconocer sus emociones y revisar sus conductas. Sus testimonios permiten conocer esos procesos, aunque no sustituyen una evaluación sobre la duración de los cambios o la reducción de las agresiones.

Cuestionar los mandatos de masculinidad también implica revisar lo que los hombres han aprendido sobre sus emociones: cuáles pueden mostrar, cuáles deben ocultar y cómo responder a lo que sienten.

Reconocer el miedo, la tristeza o el enojo no significa dejar de sentirlos. Significa poder expresarlos y decidir qué hacer con ellos, sin tener que ocultarlos ni hacer daño a otras personas.

Antonio es un nombre ficticio utilizado para proteger la identidad del entrevistado.

Andrea Orbe
Andrea Orbe
Periodista de GK. Reportera con más de 10 años de experiencia en televisión y prensa escrita.
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