Al principio, los olvidos eran fugaces y pasaban desapercibidos. Me ofrecía una mandarina poco después de que nos hubiéramos comido una juntas. Volvía a su clóset para confirmar dónde había dejado su reloj, después de haberlo guardado en un lugar que no recordaba. Pasaban los meses y los olvidos se hacían más notorios: me preguntaba si había hablado por teléfono con uno de mis tíos o a qué hora llegaría mi mamá, y después de pocos minutos volvía a hacerlo. Yo le decía que sí, tratando de no contar cuántas veces había respondido lo mismo. Aun así, jugábamos cartas durante horas y me ganaba todas las veces.

Mi abuela tenía entonces 80 años, yo todavía era adolescente y la idolatraba. Tenía una mente ágil. Me maravillaba su facilidad para conversar sobre cualquier tema, y su sentido del humor. Llevaba las cuentas de su presupuesto en un cuaderno y los contactos importantes en una agenda. Leía durante horas sentada junto a la ventana y le encantaba tomar colada morada, sin importar la fecha. Vivía como le gustaba: con una misa diaria, reuniones con sus amigas y la casa siempre abierta para sus nietos.

En algún momento —no sé cuándo ni cómo— mi abuela aceptó que su mente ya no funcionaba como antes y soltó el control de su vida. De a poco, mi mamá se convirtió en su principal cuidadora. Así empecé a pasar mucho más tiempo con ella. Dormíamos juntas. Rezábamos. Yo leía los libros de su biblioteca. Comprábamos mandarinas en la calle. Seguíamos jugando cartas, pero ahora era yo quien ganaba.

Los días pasaban y, como un monstruo que avanza lentamente, la demencia se adueñó de su vida. Muchos años después, porque es una enfermedad muy larga, mi abuela me veía y no me reconocía. Me gustaba acariciar su pelo blanco y suave, y mirarla. Días antes de su muerte pude despedirme con un beso en la frente arrugada y le dije cuánto la quería. 

Durante mucho tiempo pensé que la demencia era una enfermedad que simplemente llegaba con los años. Pero no es así. La demencia se puede prevenir y en este texto te cuento cómo. 

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No existe la “demencia senil”

Hace unos meses, Nicole Espinosa Zarlenga, neuropsicóloga y con un doctorado en demencia,  empezó a difundir información sobre el tema en su cuenta de Instagram Antes de olvidar. Lo hizo convencida de que la gente no debería esperar a tener un diagnóstico para empezar a cuidarse. La contacté después de leer una de sus publicaciones, en la que afirmaba que “la demencia no es parte del envejecimiento normal. Y ese mito le está costando años de vida a millones de familias”.

En los últimos años, cuando me preguntaban por mi abuela, respondía que tenía “demencia senil”, como si fuera una consecuencia natural de envejecer. Espinosa explica que esa idea es muy dañina porque normaliza la enfermedad. La geriatra Susana Muñoz, especialista en cuidados paliativos y atención domiciliaria, dice que el término “demencia senil” sugiere que todos los que envejecemos terminaremos con demencia. Eso, dice, “es completamente erróneo”.

La demencia es un término paraguas

La demencia agrupa a varias enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer, la demencia vascular o la demencia asociada al parkinson. Lo que tienen en común es que deterioran la cognición, es decir, la memoria, el lenguaje, la orientación o la capacidad de procesar información, hasta el punto de afectar el quehacer diario. 

Una persona con demencia, por ejemplo, ya no puede manejar porque pierde el sentido de la ubicación, tiene dificultades para administrar su dinero o pierde las habilidades que necesitaba para trabajar, como la capacidad de planificar y organizar tareas, la atención y el manejo de números.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la demencia es la séptima causa de muerte en el mundo y su costo anual para la economía mundial superó los 1,3 billones de dólares en 2019. Esta carga económica incluye costos médicos, farmacológicos y de cuidado a largo plazo, así como las horas de apoyo no remuneradas que ofrecen familiares y amigos. La OMS proyecta que el número de personas con demencia podría casi triplicarse hacia 2050, en gran parte porque la población vive más. 

Dentro del diagnóstico de demencia, el alzhéimer es la causa más común. Un estudio publicado en 2025 en Más Vita. Revista de Ciencias de la Salud muestra que, entre octubre de 2023 y julio de 2024, de 96 pacientes con demencia atendidos en un hospital de Quito, el 57,3% tenía alzhéimer.

Según un artículo publicado en la revista Ateneo, del Colegio de Médicos del Azuay, en el 95% de los casos el alzhéimer aparece “de forma esporádica”, y sólo entre el 1 y el 5% responde a factores genéticos. Esto quiere decir que la enfermedad es consecuencia de factores de riesgo que, “de forma muy silenciosa y progresiva”, van ganando terreno en la vida de quienes la padecen. 

Otros tipos frecuentes son la demencia vascular, que suele empezar con una leve lentitud para conversar y entender ideas; la demencia por cuerpos de Lewy, que afecta el pensamiento, el movimiento, el comportamiento y el sueño, incluyendo alucinaciones visuales; la demencia asociada al párkinson y las formas mixtas.

Pero aunque es frecuente, no todos saben que la padecen. En el mundo, “solo entre 40 y 50% de las personas que viven con demencia han recibido un diagnóstico”, según un estudio publicado en la revista Journal of Alzheimer’s Disease Reports. En el caso de Ecuador, el estudio muestra que esa cobertura “no supera el 10-15% de la población”.

Danitza Cimera, geriatra y especialista en atención integral del adulto mayor, dice que la enfermedad está subdiagnosticada en el país y no hay estadísticas oficiales de pacientes con este diagnóstico.

El deterioro cognitivo leve es una etapa intermedia entre el envejecimiento normal y la demencia. Cimera explica que es el caso de personas que pueden tener olvidos o repetir ideas, pero que siguen viviendo solas, haciendo sus compras y manejando su vida. No tienen demencia, pero están en riesgo de desarrollarla. Ahí, dice Espinosa, está el terreno para la prevención: lograr que la enfermedad no aparezca o que aparezca en veinte años en lugar de diez. 

¿Cómo? Modificando los factores de riesgo.

El 45% de los casos se puede prevenir

Disminuir los factores de riesgo es la única vía para prevenir la demencia, según Espinosa. Si una persona tiene diabetes o presión alta, hay medicamentos que la regulan. En cambio, cuando la demencia es diagnosticada, no existe una medicina que devuelva la memoria o la capacidad para hacer actividades tan sencillas como lavarse los dientes. 

En 2024, la Comisión sobre Demencia de la revista médica The Lancet identificó 14 factores de riesgo potencialmente modificables. Si se actuara sobre todos ellos, estimó la comisión, hasta el 45% de los casos de demencia en el mundo podrían prevenirse o retrasarse. 

Pero la prevención no empieza después de los 60 años. Empieza en la infancia.

En la niñez, el factor clave es la educación. Aprender aporta a la reserva cognitiva, que es la capacidad del cerebro para enfrentar cambios generados por el daño cerebral y está relacionada con la cantidad de conexiones entre neuronas que una persona desarrolla a lo largo de su vida. El estudio realizado en la clínica en Guayaquil muestra que el 46,3% de los pacientes con demencia sólo completó la primaria, el 18,5% tenía educación secundaria, y 14,3% eran personas que no habían ido al colegio. 

“Mientras más conexiones neuronales, más protegido está tu cerebro”, dice Espinosa. Esa reserva cognitiva se sigue alimentando con cada aprendizaje, ya sea un idioma, un instrumento o un libro. Y, contra lo que se creía, el cerebro puede formar nuevas conexiones a cualquier edad. “Una persona mayor que aprende algo nuevo realmente mejora su salud cerebral”, afirma Cimera.

En la adultez puede desarrollarse la hipertensión, la diabetes, la obesidad, el colesterol LDL alto, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la inactividad física, la depresión, la pérdida auditiva y los traumatismos craneales. Algunos de estos son también factores de riesgo cardiovascular, que generan enfermedades del corazón como infartos, arritmias e insuficiencia cardíaca. “Todo lo que cuida el corazón, cuida el cerebro”, dice Cimera.

Según el informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) publicado en 2025, las cinco principales causas de muerte en Ecuador entre mayores de 65 años fueron las enfermedades isquémicas del corazón —como infartos—, las enfermedades cerebrovasculares, la diabetes, las enfermedades hipertensivas y la influenza y neumonía.

Por eso, las especialistas insisten en que quien tiene hipertensión o colesterol alto, incluso por herencia, debe tratarse. Si no lo hace, “el riesgo de tener demencia aumenta significativamente”, advierte Espinosa. Muñoz recomienda no esperar a sentirse mal para ir al médico, sino conocer las cifras propias de presión, nivel de azúcar y colesterol con chequeos al menos una vez al año. Añade que, en algunos casos, con cambios en el estilo de vida las personas diagnosticadas pueden vivir una vida sin fármacos.

Cimera dice que el chequeo debe ser integral, porque el cerebro depende del resto del cuerpo: un problema del corazón, de los pulmones o de los riñones también lo afecta. 

Sobre el alcohol, Muñoz dice que, según la evidencia más reciente, mientras menos se consuma, mejor. Con el tabaco, lo ideal es no fumar y, si eso no es realista, al menos reducir el consumo.

El ejercicio físico es un pilar de la prevención, y las especialistas insisten en combinar cardio y fuerza. El cardio, como caminar, correr, nadar, andar en bicicleta o bailar, ayuda a controlar la presión, el nivel de azúcar y el colesterol. El ejercicio de fuerza, como levantar pesas, el propio peso corporal o bandas elásticas, contribuye a desarrollar masa muscular. 

Muñoz recomienda hacerlo al menos tres veces por semana, porque desde los 30 años todos empezamos a perder masa muscular de manera gradual. Esto ocurre porque, con la edad, el cuerpo fabrica menos proteína muscular y disminuyen hormonas como la testosterona y el factor de crecimiento. Como resultado, el músculo se repara más despacio de lo que se desgasta.

En la vejez, los factores más importantes tienen que ver con los sentidos y los vínculos sociales, específicamente la pérdida auditiva y de visión. Muñoz explica que una persona que no escucha, deja de participar en las conversaciones con su familia y sus amigos. Como resultado, se desorienta y puede aislarse. Lo mismo ocurre con la pérdida de visión. Por eso recomienda chequeos periódicos y, cuando haga falta, audífonos o cirugía.

El aislamiento social es, en sí mismo, otro factor de riesgo. Muñoz cita un estudio de la Universidad de Harvard que dice que las personas que mantienen buenas relaciones con su pareja, su familia y su comunidad están más protegidas frente a las enfermedades cardiovasculares y la demencia.

La depresión también cuenta. Muñoz recomienda que los adultos mayores mantengan un propósito, aunque sea pequeño, que puede venir de quienes lo rodean quienes pueden pedirles ayuda, hacerlos parte de la vida familiar, acompañarlos. Y cuando la depresión ya está presente, tratar con terapia psicológica y, si hace falta, con medicación.

Revisiones a tiempo

Hace quince años, dice Cimera, las familias llegaban a consulta cuando el paciente ya confundía los nombres de sus hijos, no podía bañarse solo o se perdía en la calle. Es decir, en etapas moderadas o avanzadas. Hoy llegan personas desde los 60 años que quieren cuidar su salud cerebral. Muñoz también lo ha notado: en los últimos dos años empezó a recibir a pacientes sanos que buscan prevenir.

¿Cuáles son las señales de alerta? 

Según Espinosa, la clave está en la frecuencia y en el cambio. Que una persona olvide dónde dejó las llaves es normal. Olvidarlo a cada rato, cuando antes no pasaba, no lo es. También son señales que a alguien le cueste encontrar palabras que antes le salían con facilidad, que se enrede al hablar o que tarde más en entender lo que le dicen. “No tenemos que esperar a que la persona ya esté olvidando los nombres para decir que algo de verdad está mal”, advierte.

Ante esas señales, las especialistas recomiendan una evaluación con un geriatra. Muñoz explica que, un geriatra tiene “una visión global, integral y holística del paciente”. Esto les permite derivar a otros especialistas, como cardiólogos, un médico internista o un neumólogo, si es necesario. Además, Espinosa aconseja que, desde los 60 años, quien esté preocupado se haga un examen neuropsicológico. Este examen muestra si hay un área afectada, como la memoria, el lenguaje o la velocidad para procesar información, y permite diseñar un entrenamiento específico para cada persona.

Puede ser un examen atemorizante, pero Espinosa explica que ese miedo disminuye cuando la persona sabe que, si algo no alentador refleja el resultado, todavía puede actuar. Dice que el 65% de las personas con deterioro cognitivo leve no desarrolla demencia, y trabajar sobre los factores de riesgo ayuda a estar en ese grupo.

El estudio LatAm-FINGERS, la versión latinoamericana del Finnish Geriatric Intervention Study to Prevent Cognitive Impairment and Disability, siguió durante dos años a más de mil personas de entre 60 y 75 años en 11 países de la región, incluido Ecuador. Quienes trabajaron en ejercicio, alimentación, entrenamiento cognitivo y actividades sociales mejoraron su cognición un 55% más que quienes solo recibieron información. “Esto demuestra que sí hay cosas que podemos hacer”, dice Espinosa.

Pienso en mi abuela. En sus pequeños y grandes olvidos. En sus ojos café que me miraban tratando de descubrir quién era yo. En su mente maravillosa, su voz musical y su sentido del humor. Y creo que, por ella, debo empezar a cuidarme hoy. 

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