
El insignificante y vital peregrinaje de sacar la basura
¿Existe una peor derrota cotidiana que darnos cuenta de que el camión recolector pasó y no sacamos la basura?
Todos los días, cientos de miles de quiteños emprenden un peregrinaje insignificante y vital. Cierran las fundas de basura de sus casas y caminan en silencio hacia el poste de la esquina o —en unos pocos barrios— hacia unos contenedores gigantes y depositan los desperdicios de sus hogares.


Minutos antes, se han cerciorado de que todos los basureros de baños y cocina estén vacíos y con fundas nuevas: es un breve chequeo que asegura que no habrá que hacer dos viajes y que, además, la casa se ha liberado de todo lo que desperdicia. Demuestra, además, aquel dicho de las abuelas que dice que el vago trabaja dos veces.


Es un acto de higiene propia para la salubridad pública. Evita plagas, epidemias y que la convivencia (más o menos) pacífica de los 2.400 barrios de esta ciudad se desmorone. Para que los empleados municipales la recojan, es indispensable que los quiteños la saquemos. Sin ese primer gesto individual, el resto del sistema colapsa. En las clases de la escuela nos decían que el civismo era amar y respetar a los símbolos patrios, pero en realidad es cumplir con el horario de recolección de basura, entre otros pequeños actos que nos permiten vivir pero sobre todo dejar de vivir.

Si Juárez hubiese tenido la suerte de ser quiteño habría dicho que el respeto al horario de la basura es la paz. ¿Quién podría vivir junto a un departamento, una casa, un edificio o una dependencia pública donde sus vecinos no sacan la basura regularmente? Todos maldecimos en silencio, y a veces en voz alta, a los que la sacan a deshora, sin importarles nada más que su comodidad y conveniencia.


Por supuesto que hay muchísimos otros pequeños gestos de civismo mesocrático, pero quizá ninguno es tan anónimo y al mismo tiempo de semejante volumen como el de sacar la basura cuando corresponde. Porque los recolectores no son Cristo: uno sabe el día y la hora en que pasarán por tu barrio.
Entre siete de la mañana y tres de la tarde y de siete de la noche a tres de la mañana los lunes, miércoles y viernes en el occidente, norte y sur de Quito, y de martes, jueves y sábados en el oriente en esos mismos horarios —o en el que sea: en ocasiones el recolector pasa a deshoras: puede ser tragedia o milagro. En las primeras, el camión no vuelve a pasar aunque estuviese dentro de horario; en las segundas, aparecía en horas descolocadas y uno celebra que se había ganado una diminuta lotería


Quizá sea, también, un gesto cotidiano individual y comunitario más antiguo que los quiteños repetimos a diario. La primera documentación de la recolección de basura se remonta a 1535, según el libro Breve historia de los servicios en la ciudad de Quito. Sesenta años después, se creó el almotacén, un empleado público encargado de vigilar el aseo de las calles y sancionar a quienes arrojaban basura.
Trescientos años más tarde, el municipio adoptó la recolección diaria de basura. Dos carretas y cuatro trabajadores indígenas fueron los precursores de los gigantescos camiones que hoy, en ciertos barrios, anuncian su llegada a cada cuadra con campanas y sirenas y que dejan recado de que ya han pasado con la fetidez de lo que se les riega. Para 1920, esas carretas se habían multiplicado por ocho. Llevaban los desperdicios hacia la Plaza Marín y los dos puentes de Guápulo.


Hoy existen 270 rutas de recolección que levantan unas 65 mil toneladas de basura cada mes: el equivalente a unos ocho mil tiranosaurios rex de puro desperdicio. La recolección al pie de vereda, es decir, la basura que vemos en la calle junto a los postes y que los perros y otros animales callejeros destrozan, comprende casi el 80% de todo el sistema. Apenas 56 pasan por esos contenedores grises y voluminosos que parecen ser privilegio de apenas unos cuantos barrios, y tan solo dos por contenedores soterrados que son como una atracción más del Centro Histórico.


Semejante recolección sería imposible si los quiteños no recordásemos y planificásemos la sacada de la basura de nuestras casas. A veces lo hacemos nosotros mismos. Especialmente cuando vives en una casa. Quien vive en un edificio, vive bajo el hechizo de que la basura desaparece milagrosamente: la pone en el lugar designado y ya. No repara en que el diligente conserje tendrá pegado en la memoria cuándo toca y lo hará sin dar aviso a nadie, porque no hay nada menos noticioso y al mismo tiempo más vital que sacar la basura.


Cuando lo olvidamos, sufrimos la angustia inversa de cuando hemos dejado ropa colgada secándose. Cuando escuchamos las primeras gotas de una lluvia, solemos soltar la taza del café, quitarnos los lentes de lectura o pausar para gritar la ropa y salir corriendo a recogerla antes de que sea demasiado tarde.

Con la basura, es igual: si por pereza o despiste no la hemos sacado a tiempo, el rumor del motor del recolector genera la misma reacción: al grito de la basura la vida se suspende. Corremos de inmediato, como si nos persiguiera el fantasma de los desperdicios de ayer, y tratamos de que no quede nada en los tachos, en un cálculo que debe ser tan preciso como eficiente: hay que lograr llenar las fundas, cerrarlas y sacarlas antes de que el camión, implacable, pase de largo.
Si fallamos, no podemos ni siquiera llevarnos las manos a la cabeza porque las tenemos ocupadas con las fundas de basura. No queda más que resignarnos a la condena de quedarnos con la basura un día más.




