
Los colgados
Érase una vez el pan de tienda pero me lo acabé.
Para subir al cielo se necesita una escalera muy grande, un andamio muy firme, una soga muy fuerte, y otras cositas, ay arriba y arriba: un par de férreas poleas y cierta temeridad para desafiar al vértigo. Quito es una ciudad con vocación de altura, donde miles suben para colgarse y limpiar, construir, derruir, empastar, resanar, instalar y hasta para hacer deporte o solo pasar el tiempo.


Dice el humor popular que todos los quiteños que tienen el corazón roto terminan unidos a un club de alpinismo para ir a buscar respuestas en la montaña. ¿Qué encuentran los que ascienden a los cielos en andamios, soga y escaleras de mano? Está claro que algunos encuentran ahí el sustento familiar que la calzada no garantiza. Otros, en cambio, parecen querer desprenderse del nivel del suelo por desafío o salud, o hasta para dejarse caer y preguntarse si tienen madera de hombre y mujeres araña o de Ícaro andino (que seguramente habría caído en un cráter volcánico).


En la primera categoría están los trabajadores del aire urbano. No hace muchos años —quizá apenas cincuenta o sesenta— el relieve quiteño se abultaba solo por sus cerros y volcanes. La modernidad sigloveinteañera trajo una eclosión concretista fundada en la fe de este país de que el petróleo nos sacaría de pobres y nos llevaría a un futuro próspero que no termina de llegar: no hay nada más franciscano que creer en una recompensa que siempre está a la vuelta de la esquina.

Aún así, las cuentas alcanzaron para que Quito se elevara sobre sí mismo y se multiplicaran sus torres. Según la investigación de la historiadora de la arquitectura Alexka Shayarina Monard Arciniegas, para 1960 había apenas una treintena de edificios en la ciudad. Hoy, superan los seis mil, según cifras oficiales. Mucho antes, los andamios fijos ya se utilizaban para levantar y reparar iglesias, monumentos y obras monumentales, como la Basílica del Voto Nacional, que comenzó en el siglo XIX y continuó durante buena parte del XX.


Desde entonces cuelgan para ganarse la vida. Se suspenden ante ventanales y fachadas para ganarse la vida. Están con sus waipes, rodillos y baldes ocupados en quitar las manchas de las ventanas, y es probable que alcancen a ver la vida que sucede del otro lado de los vidrios. Es un oficio que exige condición física y paciencia, pero que parece prometer siempre un retorno: el sol, el polvo, el smog, la lluvia, el granizo y la neblina harán lo suyo y empañará ventanas y descascarará fachadas. Nuevos edificios se levantan. Es una tarea para la que parece siempre haber demanda y obreros dispuestos, a pesar de los riesgos: tan solo en 2026 se reportaron al menos dos accidentes relacionados con trabajos en altura y construcción.


Luego están —aunque parecen ser muchos menos—, los saltimbanquis verticales, que saltan de presa en presa en las paredes de escalar por disfrute o penitencia. Es difícil saber en qué piensan mientras suben, o si le tienen más miedo a no llegar a la cumbre que a soltarse y que la cuerda de seguridad no funcione. La calle, a pesar de lo que algunos suponen, sigue estando muy dura.



Los quiteños de a pie, a de moto, de a bus, trole y carro propio tampoco pensamos en eso cuando los vemos. Sean los que se elevan para trabajar y tienen todos los equipos de seguridad que la ley manda, o los que han improvisado un andamio y se suben a él para una reparación breve y se improvisan, también, como maestros carpinteros, electricistas o plomeros, o los que suben porque así se divierten, o se olvidan, o se recuerdan. Pasamos de largo junto —bueno, más bien, en diagonal a— ellos, metidos en nuestras propias ideas.


Seguimos sin reparar en peligro o en la náusea del miedo a las alturas. Resultan ya una figura tan propia de la ciudad como un agente de tránsito, una vendedora de frutas o una malabarista de semáforo. Pero estamos seguros que ninguno de nosotros aceptaría, por un instante, cambiar de sitio y averiguar qué pasa ahí arriba, aunque quisiéramos volvernos a maravillar como la primera vez que siendo niños, vimos a los los colgados aparecer.






