En 2026, Ecuador presentó los resultados de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la población LGBTI+, y aunque es la más completa de este tipo, no es la primera. En 2013 se encuestó a cerca de mil personas, y el censo de 2022 incorporó preguntas sobre orientación sexual e identidad de género.
Pero los censos se los hace, generalmente, a las cabezas de hogares. “Muchas veces los padres no saben que su hijo o hija es gay o lesbiana, entonces se invisibilizaba ese dato”, dice Sarah Flores, activista LGBTI.
Por eso, la más reciente encuesta buscó ir más allá: fue diseñada específicamente para llegar a la población de diversidades sexogenéricas y conocer, entre otras cosas, sus condiciones económicas, sociales y de acceso a derechos.
Hacerlo no fue sencillo. El proceso tomó cerca de seis años entre planificación, retrasos y coordinación, y requirió discutir cómo obtener información de una población que, por discriminación, miedo o falta de confianza, muchas veces prefiere no revelar su orientación sexual o identidad de género.
Para el levantamiento se utilizó una metodología basada en referidos, conocida como respondent-driven sampling: a partir de un grupo inicial de personas, cada participante podía referir a otras integrantes de la población LGBTI+ para que fueran encuestadas.
Sarah Flores, mujer trans, activista y defensora de derechos humanos de la población LGBTI+, participó en el proceso de construcción de la encuesta desde la sociedad civil y también fue una de las personas encuestadas.
En esta entrevista, la también consultora de la Fundación Diálogo Diverso, habla sobre los desafíos de producir mejores datos sobre la población LGBTI+ en Ecuador, las limitaciones que identifica en la metodología utilizada y lo que nos dice esta información.
Uno de los resultados que llama la atención es la violencia que vive la población LGBTI+. ¿Qué nos dicen estos datos?
Aquí hay mucho que analizar.
Las que sufren más violencia sistematizada son las personas transgénero porque por el hecho de romper el sistema basado en la genitalidad, en la construcción del género, muchas personas, desde su desconocimiento, comiencen a vulnerar sus derechos.
Por ejemplo, al aplicar a un trabajo, quien contrata no se fija en su capacidad sino en su apariencia. La mayoría de trabajos son así.
Eso puede pasarle a cualquier persona, sí, pero a las trans les pasa mucho más. Nunca vas a ser atendido en un banco por una mujer trans. En un restaurante, si te atendió una mujer trans, es raro. En Ecuador sigue habiendo este sesgo.
La violencia también es muy fuerte en la Costa. Por ejemplo, en Guayaquil, hay muchas mujeres trans que han sido asesinadas, violentadas.
Además, justo cuando se hizo la encuesta hubo algunos casos de suicidio o tentativas de suicidio en colegios en Guayaquil de jóvenes LGBT. Eso evidencia la violencia y la discriminación.
Si bien la encuesta dice que más del 50% de personas han sido violentadas o han sufrido discriminación en el Ecuador, ¿cómo podríamos prevenir nuevos casos?
Para prevenir hay que educar. Actualmente el sistema educativo no cuenta con una estructura que capacite o eduque sobre este tema desde la escuela o el colegio.
Se requiere una malla curricular dirigida a género para que los niños y jóvenes conozcan sobre las diversidades desde edades tempranas y se eviten vulneraciones.
Sin embargo, el sector conservador ha desconceptualizado esto, asustando a la gente con la idea de que se busca normalizar o hacer que todos sean LGBTI, cuando en realidad se trata de promover el respeto a todas las personas, independientemente de su identidad u orientación.
¿Cómo se puede prevenir esta violencia en escuelas, colegios y universidades?
Las autoridades educativas deben promover una educación inclusiva con información adecuada e instrumentos que reduzcan la discriminación.
Estos protocolos implican capacitar a profesores, personal administrativo y estudiantes para promover el respeto y normalizar la existencia de la diversidad.
La encuesta muestra que buena parte de la violencia ocurre en el hogar. ¿Qué nos dice ese resultado?
Es parte de la construcción social.
Aquí Diálogo Diverso maneja un caso de un chico que se hizo bien famoso en el que la misma familia lo secuestró y metió en un centro de “deshomosexualización”, que acá en Ecuador están penalizados. No son legales, pero se disfrazan como centros de ayuda, terapia de consumo de drogas.
Entonces es la misma familia que tiene este sistema de: “Yo lo voy a curar porque mi hijo tiene que ser bien varoncito si nació hombre”. La familia piensa que cuando nace un hombre, tiene que tener nietos, hijos, tiene que ser “varoncito”. Esa es la construcción social.
Resulta que el chico es gay y tiene atracción por otro hombre y ahí se acabó el mundo: “¿Qué va a decir mi familia, los vecinos, los amigos?”. Comienza a tumbarse esa construcción.

La Sarah Flores espera que los resultados de la encuesta LGBTI sirvan para crear política pública. Fotografía de Diego Lucero para GK.
¿Cree usted que es necesario que la gente conozca los derechos LGBTI, como lo que dice la Constitución o las normas laborales sobre discriminación y violencia? ¿Se podría prevenir los abusos a través de ese conocimiento?
Sí, es necesaria una capacitación integral donde se conozca sobre derechos humanos y los avances de la Constitución.
Actualmente existe desconocimiento, desinformación y una desconceptualización de las normas y sentencias constitucionales por parte de ciertos grupos, que hace que la gente se asuste.
Además, la propia población LGBT muchas veces desconoce sus derechos. Es fundamental que todos, principalmente desde el hogar, conozcan sus derechos, qué hacer y a dónde acudir en caso de una vulneración. Muchas veces la gente no denuncia por desconocimiento, por desinterés ante la burocracia o por no contar con grupos de apoyo que les asesoren.
¿Por qué son tan pocas las personas que denuncian la violencia? Según la encuesta solo el 8,8% denuncia.
Primero, tienen miedo a denunciar por cómo los puedan tratar. El funcionario público no está capacitado para manejar temas LGBTI+.
Sabemos cómo son nuestros vacíos legales, no solo para las personas LGBT, por ejemplo cuánto se puede demorar un trámite.
Tal vez la denuncia se puede hacer, pero para hacerlo tienes que tener testigos, tener apoyo para denunciar a la persona. También es desgastante estar de tú a tú con la persona demandada. Mucha gente se desgasta y prefiere mejor no hacerlo.
Hay miedo a represalias futuras en caso de que haya una respuesta favorable a la persona agredida. Miedo y también vergüenza de que se enteren de que soy parte de la comunidad.
Hay muchos factores.
En Diálogo Diverso tenemos espacios seguros y a veces, en una charla, alguien me dice: “Yo no quiero estar en fotos porque mi familia no sabe que soy…”.
Entonces, son cosas que hay que manejar con mucho cuidado. Si hay una denuncia por homofobia o lesbofobia, la persona piensa que corre el riesgo de que, si denuncio, su familia se entere de que es una mujer lesbiana.
¿Las mujeres trans enfrentan dificultades particulares cuando acuden al sistema judicial?
Sí, porque pese a que te ven femenina, te siguen tratando como hombre.
Si no has hecho el cambio legal de nombre y sexo en la cédula también comienzan a tratarte por el nombre que está en tu cédula. En mi caso, tengo hecho el cambio y no tengo ese problema. Pero hay mujeres trans que sí tienen ese problema porque prefieren no cambiarse.
Usted dice que está arrepentida de haber hecho el cambio en su cédula. ¿Por qué?
Yo hice el cambio por la candidatura a la Asamblea Nacional. Pero estaba tranquila manejándome con mi nombre legal y mi nombre social.
Pero, cuando el Registro Civil pasó el padrón al Consejo Nacional Electoral e hizo el corte, al registrarme, salía como hombre. Es automático y no había cómo cambiar a mujer.
Entonces, me tocó ir al organismo electoral y decir que lo actualicen.
Pero ¿esto qué conlleva? Tengo 48 años, tengo una casa, agua, luz, teléfono, internet. No es que porque cambié en el Registro Civil automáticamente va a cambiar todo el sistema.
Tengo que ir al agua potable con mi nueva cédula: “Necesito que me actualicen mi información”. Tengo que ir a la empresa eléctrica, a la Agencia de Tránsito para cambiar la licencia, a todos lados. Hasta ahora no puedo registrar mis títulos porque son de una universidad de afuera.
Entonces, son cosas que nos pasan a las mujeres trans.
La ley está diseñada para personas trans desde los 18 porque a esa edad tú no haces nada todavía: recién vas a empezar a trabajar, vas a empezar a hacer tus cosas.
En mi caso tengo que ir de empresa a empresa, por eso digo que hubiese preferido no hacerlo. Pero ya lo hice y ahorita estoy regularizando. Llevo dos años intentando regularizar y hasta ahora no termino.
Por eso, muchas mujeres trans que son mayores, dicen: “Mejor me mantengo así, no quiero meterme en este relajo”.
¿Esos problemas de registro formal pueden afectar las estadísticas de transfemicidios?
Sí, es un tema que a veces no se toca en ningún dato. Por eso a veces nosotros también reclamamos mucho qué tan certero es ese dato del transfemicidio.
Porque normalmente el médico forense se basa en lo que ve. Cuando ve el cuerpo: “Este es hombre”, pone muerto hombre y se fue. Nuestro derecho es vulnerado hasta en la muerte porque el forense ve lo que ve entre las piernas de la persona: hombre, mujer.
Por eso, a veces no sabemos qué tan reales son los datos de transfemicidios. Si fuese por organizaciones que están atrás, atrás, atrás, diciendo que ha sido una mujer trans, que la han conocido como mujer trans, pasa desapercibida.
Si una persona LGBTI+ tiene miedo de denunciar a su propia familia, ¿qué importancia tiene su círculo cercano?
La idea es que la persona que siente violencia pueda hacer la denuncia sin necesidad de alguien que le acompañe.
Pero lamentablemente una lesbiana o un gay tiene miedo de denunciar porque en algunos casos tendría que denunciar a la misma familia y va contra el tema de valores, entre comillas.
Cuando alguien quiere salir del clóset, decimos que tiene que hacerlo con la persona con la que mayor afinidad pueda tener. Esa persona tal vez lo apoya y, en caso de que sufra violencia, puede acompañar a poner una denuncia o hacer algo.
Pero todo depende de las personas, de qué tanto quieren abrirse al tema.
En mi caso, sí me costó full abrirme a mi familia. A veces tenía que estar en silencio para que no me digan: “¿Qué te pasa?”, “¿tú eres de esto?”. A veces, para evitarlo, me quedaba en silencio.
¿Cuán importante es para la prevención contar con estas redes de apoyo o círculos seguros para las personas LGBTI?
Son sumamente importantes, ya que no solo brindan seguridad, sino también acompañamiento, apoyo en trabajo social y salud integral, tanto física como mental.
Existen también organizaciones de pares —como grupos deportivos o de recreación— que brindan apoyo moral y acompañamiento.
A pesar de esto, todavía hay personas que desconocen la existencia de estos grupos, se sienten solas o no se unen por miedo a que sus familias se enteren. Aunque muchos jóvenes se están sumando actualmente a organizaciones, aún persiste el temor a la discriminación y al rechazo familiar.
Otro ámbito que aborda la encuesta es el acceso a la salud. ¿Qué dificultades enfrenta la población LGBTI+?
El miedo.
Por ejemplo, a la mujer lesbiana cuando va al ginecólogo o ginecóloga, les preguntan: “¿Usted ya empezó su actividad sexual?” pensando que la única forma de empezar una intimidad sexual es penetración pene-vulva.
Y cuando la chica le dice: “Yo soy lesbiana, pero ya empecé a tener relaciones íntimas con mi pareja”, hay quienes lo manejan de forma despectiva, discriminatoria, incluso con términos un poco fuertes, dicen cosas como: “O sea que te hizo falta un varón para que te haga mujercita”.
Eso es lo que tienen miedo las mujeres lesbianas.
Muchas que tienen recursos van al privado pero la gente que no tiene va al sistema de salud pública que supuestamente está sensibilizado. Hay organizaciones que han hecho campañas para que la gente sepa que va a tratar a gente LGBT.
¿Qué es lo que pasa con el sistema de salud pública? Se rota mucho a la gente y las capacitaciones a veces quedan en el limbo.
¿Qué ocurre específicamente con la atención de salud de las personas trans?
En el caso de mujeres trans, el desconocimiento es bastante fuerte. No hay endocrinólogos especialistas en hormonización, en transición de mujer a hombre, hombre a mujer.
Aquí no hay endocrinólogos especialistas. Creo que máximo tenemos uno o dos. La mayoría privados.
Ser trans acá es súper caro porque tienes que comprar hormonas, hacerte exámenes. Eso no lo sostiene el Ministerio de Salud Pública ni el IESS.
¿Y qué ocurre con la atención a personas que viven con VIH?
Hace unos dos o tres meses, por ejemplo, en el HCAM no había medicamentos. Últimamente hubo el mismo problema. Ahorita se hizo una coalición entre organizaciones para velar por las personas viviendo con VIH.

Uno de los principales resultados de la encuesta, explica Sarah Flores, es la discriminación a la población LGBTI y la falta de denuncia. Fotografía de Diego Lucero para GK.
La encuesta utilizó una metodología conocida como respondent-driven sampling. ¿Cómo funcionaba?
En un principio nos reunimos con el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), a través de la Subsecretaría de las Diversidades. Nos convocaron a las organizaciones y activistas para que demos cinco referidos.
Esas cinco personas eran las primeras a las que se les hacía la encuesta de condiciones de vida y debían recomendar a alguien. Ahí saltó un tema: casi toda la población LGBTI en el mundo del activismo nos conocemos y a veces referíamos a los mismos.
A mí me encuestaron,porque yo no fui parte del grupo de los encuestadores, pero sí fui parte del proceso. Luego de encuestarme, me pidieron tres referidos más. Ese era el respondent-driven sampling.
Es decir, parte de la idea de ¿tú conoces a otra persona que sea parte de la comunidad? Entonces ayúdame con el dato para hacerle la encuesta también.
¿Por qué era importante que las entrevistas fueran realizadas, en lo posible, entre pares?
La idea es que con la persona que es tu par, que tiene las mismas vivencias, puedas sentirte más cómodo.
Si hablamos de una mujer trans con otra mujer trans, podemos no tener la vivencia exacta, pero tenemos la construcción, la vivencia de ser una persona trans, de que estamos rompiendo el sistema binario de la base de la genitalidad, de cómo es nuestra experiencia en nuestras familias, cómo la familia también transiciona.
Entonces ahí está esa libertad de conversar. Obviamente cada vivencia es muy distinta. Tal vez a una el papá no le entendió y la mamá sí.
Esa era la idea: si era una mujer trans a la que había que entrevistar, que fuera una mujer trans la que la entrevistara.
¿Se logró mantener esa lógica durante el levantamiento?
No, porque no hubo la posibilidad de que suficientes mujeres trans pudieran colaborar con la encuesta. Fueron contadas.
También con los hombres trans hubo el problema porque ellos no querían visibilizarse por seguridad. El hombre trans puede pasar desapercibido, no hay esa necesidad de mostrarse a menos que lo quiera hacer desde el activismo.
Entonces tuvieron que incluir gente que no era de la población LGBT dentro de la encuesta.
¿Cómo se realizaban las entrevistas y cómo se conseguían nuevos referidos?
Al final de la encuesta te pedían tres personas con las cuales ellos podían realizar la encuesta, y ya se ponían en contacto.
La persona que encuestaba recogía la base de datos y llamaba. A mí me dijeron: “Tengo tu dato como persona para semilla”. Se le decía “semilla” para empezar a hacer la encuesta.
Los encuestadores concretaban previamente la encuesta. La encuesta duraba una hora, una hora quince, una hora veinte, dependiendo de la persona.
¿Cuál considera que fue la principal falla de este sistema de referidos?
Que lamentablemente nos centramos en un estatus socioeconómico y no visibilizamos la parte de abajo de la población LGBTI+.
Cuando dieron los resultados nos dimos cuenta de que parece que la población LGBT está viviendo bien. Pero en verdad hay población que no.
¿Por qué pasó esto? Porque al dar referidos, das nombre de gente que tal vez está en un nivel socioeconómico similar. Eso no se previó en la encuesta: cómo vamos a llegar a estos sectores.
La idea en un inicio era contactar a todas las lideresas y líderes de todos los espacios y de todos los estratos económicos. Al parecer, ciertos líderes de ciertas organizaciones se cerraron a participar. Algunos encuestadores se quejaron de que les cerraron las puertas para poder hacer este proceso.
Dónde cree que recayó ese error, ¿en la metodología o en la ejecución?
En la ejecución. Esto de referidos sí es bueno, pero se centró en un nivel económico.
Cuando ya se vio que se iba a cerrar porque había una fecha tope, se pidió ayuda a las organizaciones. Y comenzamos a querer gestionar con las personas que necesitaban. Pero ahí es cuando nos dimos cuenta de que había gente que, con las referencias que se les dio, dijo: “Ya no quiero participar porque creo que no están incluyendo a todos, todas, todes”. Entonces algunos cerraron su participación. Sí fue un poquito complejo esa parte.
¿Cuántas organizaciones participaron aproximadamente?
No solo participaron de Quito sino gente de Guayaquil y de otras ciudades. Deben haber sido unas diez o quince organizaciones. Dieron aportes de cómo llegar a ciertos puntos porque lo que querían en un principio era también llegar a la ruralidad que es otro mundo y cultura muy distintos.
¿Qué nos deja de positivo esta encuesta?
Que tenemos un resultado mucho más cercano a la realidad. Mucho más real.
Aquí ya en la encuesta se visibilizó el tema de las mujeres trans. Se visibilizaron datos sobre cómo estamos económicamente, socialmente, qué carencias tenemos en salud, en educación. En general, qué carencias tiene la población LGBT.
Algo positivo es que muestra que no somos un grupo que no es ajeno al acceso a la salud, o la falta de empleo.
Obviamente que la falta de empleo sí afecta más a las personas trans, pero al final también está la situación del país, el desempleo y la crisis económica.
La encuesta de condiciones de vida sí nos ha visibilizado y nos ayuda a gestionar un tema de política pública.
Después de haber esperado tantos años por estos datos, ¿qué políticas públicas deberían producirse a partir de la encuesta?
Debería servir para mejorar los ejes de salud, trabajo, educación, que creo que eran los más importantes.
Pero hemos tenido rotación dentro del Estado. Primero, el Ministerio de la Mujer y Derechos Humanos se convirtió en una subsecretaría y tenía dentro la Subsecretaría de Diversidades. Ese cambio hizo que baje esa influencia.
Nos reunieron para ver y presentar una propuesta de política pública a favor de la población LGBT, pero removieron al subsecretario de Diversidades. Después nos reunimos con el nuevo y nos presentó el proceso, pero sacaron a una de las técnicas que estaba trabajando ahí.
Entonces está ahí la política pública, sólo no sabemos cómo avanza.
Tuvimos una conversación con el nuevo subsecretario conjuntamente con Danilo Manzano, director de Diálogo Diverso, y también con una chica de Furia Trans. Conversamos brevemente, pero me hizo sentir que él no tiene poder de decisión en este momento.
Pero, ¿se puede decir que los resultados de la encuesta ya se están convirtiendo en políticas públicas?
Se está intentando que estos resultados se puedan convertir en políticas públicas, pero hasta ahora no sabemos.
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