lectura de medidores

Polígrafos de nuestra vida cotidiana

En Quito cientos de miles de aparatos registran cada día una parte minúscula de nuestra vida privada.

Entre todos los prestidigitadores, brujas y adivinadores de Quito, quienes mejor nos descifran son quienes leen las cifras de nuestros medidores. Van de casa en casa, casi siempre en silencio, vestidos con su uniforme, deteniéndose unos segundos frente a esos pequeños aparatos instalados junto a una puerta, una reja o una pared, conscientes de que los medidores no conocen la hipocresía. Saben perfectamente cuántas luces encendimos y cuántas llaves cerramos mal.

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El medidor carece de la capacidad de interpretar. Es solamente un contador. Suena aburrido, como toda contabilidad, pero indispensable, como todo registro. No sabe si dejamos una lámpara prendida toda la noche porque seguimos temiéndole a la oscuridad. O si llenamos una piscina demasiado grande para tan poca gente. O si regamos una planta predilecta, a la cual le dispensaríamos toda el agua, el abono y el cuidado del mundo, sin que nos importe como nos importan las que, dicen, usan las inteligencias artificiales.

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Tampoco distinguen los discretos medidores entre una casa donde viven dos personas y otra donde viven diez, aunque seguramente, por sus lecturas y sus promedios, podrían decirnos mucho sobre cómo nos comportamos los quiteños en general. Los aparatos son inocentes. Los desequilibrios, humanos.

En Quito existen alrededor de 700 mil medidores de agua potable, según cifras oficiales. Cada uno registra los metros cúbicos que atraviesan una conexión antes de entrar en una vivienda, un comercio o un edificio. Un metro cúbico suena a un juguete, algo que nos entregarían cuando chicos para que armemos y emparejemos por colores, pero en realidad son mil litros. En algún lugar de cada aparato unas cifras van acumulando silenciosamente cada ducha, cada taza de café, cada descarga del baño y cada lavada de los platos y la ropa.

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Como todo, como tú y yo, estos pequeños notarios mecánicos que dan fe de tu forma de hacer hogar, envejecen. La Empresa Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento calcula que un medidor tiene una vida útil aproximada de diez años. Solo entre enero y mayo de 2025 reemplazó casi 35 mil equipos que habían llegado al final de la suya: un Estadio Olímpico Atahualpa entero de medidores jubilados.

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Dejaron atrás sus carcasas, sus ruecas dentadas. Se rendieron ante el óxido que los corroe por fuera, aunque hasta el último momento parezcan prometer que por dentro siguen midiendo con precisión. Otros, en cambio, desaparecen antes. En esos mismos cinco meses fueron robados 5.501 medidores. Un año antes, 7.603. Durante décadas muchos fueron fabricados con aleaciones que contenían metales objeto del deseo de chatarreros, cachineros y fundidores subrepticios.

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Los nuevos están hechos principalmente de materiales de mucho menos valor. Quien los arranca de una pared con el mismo desprecio con que se arranca un arete, un reloj o una cadena de un cuello, una oreja o un pecho, tiene solo dos adjetivos: ignorante o vándalo.

El consumo de electricidad, por supuesto, también se mide, aunque la forma de hacerlo esté cambiando. Durante buena parte de la historia eléctrica quiteña alguien tuvo que caminar cuadra por cuadra casa por casa medidor por medidor, mirar sus números y anotar el consumo. Era una operación extraordinariamente pedestre y, al mismo tiempo, un ritual cotidiano, burocrático y eléctrico.

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Ahora los aparatos empiezan a hablar solos, como si no solo supieran leernos la línea del consumo del agua que llevamos en la palma de la mano, sino que lo logran telepáticamente. Desde 2024, la Empresa Eléctrica Quito instala medidores inteligentes capaces de transmitir sus lecturas a distancia. Al terminar 2025 había colocado 16.897. Estos dispositivos informan cuánto consume una vivienda sin que nadie tenga que acercarse a verla y detectan interrupciones, realizan reconexiones e identifican ciertas anomalías en la red.

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Pero tienen también el superpoder de extinguir el tire y jala con el hombre que viene a desconectarnos la luz y a quien rogamos que no lo haga porque, señor, le juro, vamos a pagar, en ese preciso instante.

Sin embargo, los viejos y los nuevos seguirán compartiendo por algún tiempo las paredes de Quito, en todos sus barrios, unos más arriba, más cerca del cielo, y otros más abajo. Son discos y números mecánicos en casas antiguas; cajas digitales junto a edificios recién estrenados, donde todo parece nuevo y también endeble y falso. Son medidores solitarios que tienen por compañía apenas una reja o un candado. Son decenas de ellos alineados como quien se forma y espera que alguien lo felicite por estar impolutamente uniformado.

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A veces una sola cifra representa muchas vidas. Nuestras vidas: las que dejamos, las que prometemos, las que buscaremos y las que esperamos de vuelta. En algunos edificios un medidor general abastece a varias viviendas. Desde 2026 esa particularidad incluso importa para calcular la tasa de recolección de basura. El Municipio ha tenido que revisar miles de conexiones compartidas para determinar cuántos hogares existen realmente detrás de un solo aparato.

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Porque detrás de cada medidor hay mentiras, miedos, deseos, malas costumbres y hábitos recién adquiridos que terminan convertidos en números. El aparato puede decirnos con extraordinaria precisión cuántos litros atravesaron una tubería o cuántos kilovatios hora cruzaron una pared. Lo único que nunca podrá afirmar es si fuimos felices mientras sucedía.

Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.

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