
Vírgenes y santos, guardianes de barrio
En Quito, la presencia de vírgenes y santos en parques, esquinas y muros no es solo decoración ni fe, es también un acto de protección barrial.
Quito era un convento, dijo Simón Bolívar, pero la Virgen María parece estar en esos claustros y también al aire libre. Hay imágenes de la madre de Cristo, y de santos, y de tantas otras figuras religiosas, en calles, parques, veredas, jardines de condominios, esquinas y muros.
Son estatuas que son constancia de la fe quiteña. Construyen la cara simbólica de esta ciudad, tan devota y, al mismo tiempo, tan pagana, donde se funden los íconos cristianos y las tradiciones andinas. Pero revelan también otra cara nuestra: la del miedo a la inseguridad que nos atraviesa desde siempre y mucho más desde hace unos pocos años.


A la virgen —o al santo, o al niño Jesús´— del parque se le ofrece la fe, pero se le pide también que nos proteja a todos los vecinos del robo, del hurto, del atraco —en definitiva, todos los males.
En la tradición católica, la Virgen y los santos interceden por los fieles ante Dios, y es Cristo quien concede la gracia en el mundo. En los barrios de Quito, la gracia que se pide es que sigamos completos, vivos, sin sobresaltos. Como está el Ecuador hoy, postrado ante la violencia, a veces la mirada de la virgen parece más de vigía que de madre abnegada, y la bendición que da el santo desde su pedestal parece más un lance de dados: vas con dios, pero quién sabe qué pase en el callejón a la vuelta.

De todas formas, recorrer Quito es atravesar un paisaje donde lo religioso se instaló en el espacio cotidiano: detrás de un vidrio en una fachada, una gruta iluminada en una calle que zigzaguea una ladera, o al pie de un mirador. Son arquitectura, comunidad y memoria.
Su raíz está, como tantas cosas en este hilo perpetuo que es Quito, en la época colonial. Desde su fundación española, en 1534, la ciudad fue concebida como un espacio profundamente cristiano.


Las órdenes religiosas que llegaron con los españoles —franciscanos, dominicos, mercedarios y más tarde jesuitas— no se limitaron a construir iglesias: buscaron que la religión estuviera presente en el tejido mismo de la ciudad.
Cruces, pequeñas capillas y nichos con imágenes sagradas comenzaron a aparecer en calles, plazas y viviendas. Estos elementos funcionaban como instrumentos de evangelización, pero también como marcas simbólicas del territorio cristiano y han permanecido incólumes y tan presentes como siempre. No es coincidencia que tengamos una maratón que se llama La ruta de las Iglesias.


Y como Dios está en todas partes, podía también estar a la vuelta de casa. Muchas casas coloniales incluían pequeños nichos en sus fachadas donde se colocaban imágenes de santos o de la Virgen.
Muchas de estas figuras surgieron de promesas personales: alguien que se salva de un accidente, que se cura de una enfermedad o que atraviesa una dificultad decide levantar un pequeño altar en agradecimiento. De cierta forma, hasta las cruces que conmemoran a los muertos en las carreteras cumplen un rol penitente y de advertencia.


Con el paso del tiempo, el altar dejó de ser un gesto individual y se volvió parte del paisaje del barrio. Los vecinos colocan flores, encienden velas, dejan placas de agradecimiento. La imagen se convirtió en un pequeño santuario urbano, un lugar donde lo sagrado aparece en medio del tráfico, del ruido y de la vida diaria y donde la estatua de la Virgen parece decir: Hijitos míos, sonrían, los estoy observando.






