
Enamoradas del muro
En Quito, ciudad donde cada vez proliferan más edificios y tapias altas, las enredaderas son recurso ornamental y recordatorio de que el futuro es vegetal.
En Quito todo sube, sube, sube. No es solo que todos los caminos parecen llevar al Pichincha, sino, también, todas sus plantas parecen apuntar hacia el pequeño gran volcán urbano. Las más trepadoras entre todas ellas, las enredaderas. La buganvilla brilla en fucsias y rosas, el jazmín que florece en aroma, la hiedra de raíces aéreas, la mandevilla de colores y la enamorada del muro que cubre superficies enteras suben suben suben por fachadas, esquinas, paredes, postes y por donde se pueda, como si una multitud levantara sus manos infinitas para quererle tocar la carita a Dios.


Son tantas, que pasan desapercibidas. A veces crecen porque el viento las llevó a un lote baldío o porque al administrador del edificio se le ha olvidado desbrozar los voladizos. Otras, son producto de la meticulosa planificación de un paisajista vegetal, que ha incluido planos, render y factura de honorarios. De cualquier forma, sean producto del descuido o del urbanismo vegetariano, siempre cumplen una función ornamental.


Una casa en ruinas adquiere un aire de nostalgia poética si le cuelgan, por ahí, unas buganvillas, o incluso unas invasoras susanas de ojos negros. La fachada de de un edificio recién inaugurado se engalana con sus enredaderas cuidadosamente podadas. Otras crecen con menso planificación pero con igual cariño sobre las tapias de casas de hace cincuenta o sesenta años ¿Son ellas las únicas habitantes originales que les quedan?

Las enredaderas parecen soñadoras porque aparentan siempre estar en el aire. Pero hay que tener cuidado y no romantizarlas: crecen con tal desafuero que pueden ser un problema si no se las cuida, pesan tanto que se desprenden y son un peso muerto. Algunas, lo sabemos, son parasitarias. Y otras causan desastres si no se podan y contienen: no faltan las historias de que todo un techo se desplomó por el peso de las enredaderas que se le acumularon encima.


A diferencia de los árboles o los arbustos, le rehuyen al suelo, porque este mundo ya tiene demasiados seres queriendo tener los pies sobre la tierra. Crecen para arriba, apoyándose sin pedir permiso y sin remordimiento de lo que arrasan en los soportes que van encontrando, de sur a norte, y de este a oeste. De las laderas del Pichincha a los valles hoy más cálidos que nunca, se arriman a un muro, una verja o una pérgola y hacen base en ellas. Y ascienden, pequeñas y vegetales montañistas del concreto urbano quiteño.



En una ciudad que cada vez se piensa más hacia arriba, donde los edificios florecen y florecen —algunos, no todos, como verdaderas plagas, como si fuesen aquellas susanas que se escudan en una belleza exterior pero son familias de organismos parasitarios—, la enredadera encuentra cemento fértil para su subida. Sus tallos son largos y flexibles, y muchas han desarrollado mecanismos específicos para sujetarse a otras estructuras. Ah, seres irreflexivos e irredentos evolucionados.


Pendientes, collares y zarcillos de la ciudad, que las muestra todo el año, y deja que se le engarcen no solo en las paredes, sino en cables, rejas, y en todo cuanto encuentren, las enredaderas quiteñas tienen una vocación voraz por crecer y tomarse todo lo que hallan a su paso.


Es probable que el día que los seres humanos nos extingamos, como se extinguen después de un millón de años todos los mamíferos, ellas sigan aquí, tomándose tu casa y la mía, los techos de la casa de tu abuela y el edificio donde vive tu madre. Entonces, más que nunca, el gran plantólogo Stefano Mancuso tendrá razón: el futuro es vegetal, y en Quito, es una verdad que resulta más evidente que en otras ciudades, tomadas por la aspereza y dureza del concreto.
Hasta tanto, seguirán haciendo de Quito guirnalda americana.





