Se vende leche de cabra en Quito

En un vaso de leche de cabra recién ordeñada entra un universo

Mito de salud, infracción municipal, negocio familiar, ¿cuántas cosas caben en una cabra parada al pie de un semáforo en Quito?

Caminando una mañana por Quito nos encontramos con una mujer y sus cinco cabras, Gorda, Amarilla, Pulga, Manuela y Venado. Cada tanto, alguien se le acercaba y le pedía un vaso de leche. La señora se agachaba, ordeñaba a uno de los animales y entregaba el vaso lácteo, caliente y espumante, a su comensal que paga entre cincuenta centavos y un dólar. Según viejas —y desmitificadas— creencias, tomarla así es bueno para salud. Para algunos, mejor si es de cabra negra. Y siempre, recién ordeñada. Si los puentes y edificios del mundo estuviesen hechos del material de las creencias heredadas de generación en generación, serían indestructibles. 

En una esquina, una cabra espera
Una mujer ordeña su cabra en plena calle

Su negocio se fundamenta en suerte de mitología popular que las abuelas sostienen sobre la autoridad de su índice. Creerlas es un acto de fe que se toma —como la leche de cabra— de inmediato, sin pensarlo dos veces. “La verdad, si yo traigo la leche ya embotellada, mucha gente no me la va a comprar”, dice la mujer de 34 años. “Esto ya viene de la gente antigua que creía en sacar y tomar directo de la teta”, explica, con una sonrisa ligera, mientras entrega a diestra y siniestra los vasitos plásticos. 

En ese humedal, sobre el que siglos después se levantaría la hacienda La Carolina —donada a la ciudad por María Augusta Urrutia—, el inca Huayna Cápac habría poblado el agua de patos y garzas para su cacería.

Una mirada tierna y diabólica, como la del carnero del Apocalipsis.

Aceptó, con cierto recelo, que la fotografiemos —siempre y cuando no sea para denunciarla. Nosotros no estamos para juzgar a nada ni a nadie. Esas cabras simplemente estaban allí  en una esquina, siendo parte de la ciudad: un pequeño testimonio de cómo la ciudad sigue mezclándose con sus ruralidades. Porque hay un imaginario de Quito capital que muchas veces pasa por alto su identidad montañosa, campestre, boscosa sin la cual su retrato jamás estaría completo. Somos gente de animales y costumbres de montaña.  Además, como dijo hace poco un campesino, para vivir tranquilo no hay que ser sapo de nadie. 

Pulga, Gorda, Venado, Manuela, Amarilla

Pero la realidad regulatoria es que en la ciudad está prohibido el paso de animales de pastoreo, como estas cabras de mirada tierna e infernal como el carnero del Apocalipsis. Además, la recomendación científica es siempre procesar la leche porque cruda puede causar más males que beneficios. Pero qué son los científicos sino eternos perdedores en la carrera de convecernos. Especialmente en una ciudad, en un país y en una región donde la magia siempre es preferible. 

Creyentes de la caba

Aquí aún creemos que dar miel a los bebés ayuda a calmarles la tos, cuando la verdad es que en menores de un año puede causar botulismo, una infección neurológica grave. O que inhalar vapor muy caliente destapa la nariz, cuando en realidad provoca quemaduras frecuentes en cara y vías respiratorias. Y que tomar alcohol “para entrar en calor” protege del frío, pero resulta que dilata los vasos sanguíneos y aumenta la pérdida de calor corporal. Ni hablar de la gente educada e inteligente que tomó dióxido de cloro para prevenir e intentar curarse el covid-19.

Lejos de su corral

En todo caso, el Municipio de Quito y su inefable AMC (la Agencia de Control Municipal) incluso llegó a decirle a varios medios de comunicación en 2024 que todas las manadas de cabras que eran ordeñadas en las calles de la ciudad eran controladas por una sola persona, que explotaba a personas pobres y extranjeras. 

Las cabras
El remedio mágico que la ciencia cuestiona.

Pero la mujer con la que nos hemos encontrado esta mañana dice que este es un negocio familiar. Que cada mañana, junto a su marido, llevan a sus cabras desde el norte rural de la ciudad para ganarse la vida. Ella se queda con Gorda, Amarilla, Pulga, Manuela y Venado donde la encontramos; y él, en otro lado. “Son criadas con amor y cuidadas con amor, pero sí, uno puede entender que haya entidades que lo vean como maltrato”, admite. A veces es más fácil creerle a una persona que dice que la leche de cabra cura enfermedades que al Municipio de Quito. 

¿Esto no es una cabra?

Cuenta que llegó a Quito hace treinta años y que en su tierra natal, la provincia sureña de Loja, especialmente Zapotillo, pequeño reducto de guayacanes en flor invernal donde nació su marido, la cabra es parte de la dieta local. “Es un sitio caracterizado por el consumo de leche de chiva, queso, yogur, carne”, dice, mientras le dice a una señora hay leche aún, pero no de la cabra negra, que —dice a la creencia— es mejor que la de las cabras rubias y blancas. 

Cachos de chiva, de las chivas que dan leche de chiva
En plena ciudad, una cabra pasea

Esto es Quito, capital del Ecuador, reino de lo real maravilloso, donde René Magritte no habría tenido que imaginar nada, solo asomarse a la vereda y pintar ya no su proverbial pipa, sino un cuadro que se llame Ceci n’est pas une chèvre: esto no es una cabra. Y está parada debajo de un semáforo.

Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.

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