En 2006, una de las mejores producciones colombianas le explicó al mundo lo que Colombia vivía —y aún vive— por la influencia narco. Se llama Sin tetas no hay paraíso. La serie toca varios temas, y todas sus historias y personajes sacan a la luz algo que se construyó a través del tiempo, resultado de una sociedad que toleró la ilegalidad y su influencia en la cotidianidad: la cultura traqueta.  

Ahora, que el Ecuador padece por primera vez en su historia los estragos de la penetración del narcotráfico, quizá valga la pena regresar a ver a nuestros vecinos para entender las consecuencias de normalizar ese estilo de vida. 

La cultura traqueta es aquella en la que a los ciudadanos no les preocupa saber de dónde viene el dinero ni se preguntan porque su mesías tiene tanto, explica Daniel Mejía Lozano en el portal colombiano Revista La Comuna.

Desde la década de 1980, Colombia empezó a hundirse en la cultura traqueta cuando aceptó socialmente prácticas mafiosas, germinadas en la ausencia del Estado y el crecimiento de la desigualdad social. 

Disfrazadas de filantropía y compromiso social, personajes que se crearon (y se creyeron) héroes criollos, ayudaban a las personas más pobres. Al mismo tiempo, tenían la frialdad de ordenar atentados con explosivos en centros comerciales o la muerte de decenas de personas en accidentes de dudosa explicación. 

Cuando las cosas todavía no explotaban, en abril de 1983,  la revista Semana llegó a publicar un controversial perfil sobre Pablo Escobar que tituló Un Robin Hood paisa

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La estrategia de los capos como él, se concentró en acumular poder y erigirse como ejemplo de éxito social y mantener el negocio de la producción y exportación de cocaína a los centros de consumo mundial y evitar su extradición a los Estados Unidos. Nombres como los del “Patrón” entran en esa lista, que es larga y se llena de dones, capos, jefes, divas del narcotráfico, entre tantos otros. 

El imaginario popular se alimentó de nuevos referentes que operaron en la cultura. Omar Rincón analiza el tema en un artículo de la revista Nueva Sociedad Lo narco, dice, “no es sólo un tráfico o un negocio; es también una estética, que cruza y se imbrica con la cultura y la historia de Colombia y que hoy se manifiesta en la música, en la televisión, en el lenguaje y en la arquitectura”. 

Hay una “narcoestética ostentosa, exagerada, grandilocuente, de autos caros, siliconas y fincas, en la que las mujeres hermosas se mezclan con la virgen y con la madre”, explica Rincón. A lo mejor, argumenta el artículo, “la narcoestética es el gusto colombiano y también el de las culturas populares del mundo. No es mal gusto, es otra estética, común entre las comunidades desposeídas que se asoman a la modernidad y sólo han encontrado en el dinero la posibilidad de existir en el mundo”.

De esa forma, legitimaron la idea de que no importa de dónde viene el dinero, mientras venga. El triunfo de la cultura traqueta. 

Si viene en cantidades grandes y rápidamente, su origen importa mucho menos aún. Eso en Sin Tetas no hay Paraíso se presenta con una claridad que asusta. 

Como ejemplo aterrador se ve en la serie, entre otras cosas, cómo los cuerpos no valen nada, menos aún las personas que viven en ellos. El dinero modula el costo de esos “pedazos de carne” —por lo general de las mujeres, en un mercado que sube el precio dependiendo la escala social del objeto del deseo del Patrón. A cualquier precio. 

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El 30 de septiembre de 2023,  diario El País publicó un reportaje de lo que se vive en la ciudad ecuatoriana de Durán, convertido en un enclave del crimen organizado. Treinta mil niños y niñas tendrían que volver al confinamiento, no por el covid-19, sino por la violencia que se vive en su territorio.

Esos mismos niños, de acuerdo con lo que contaban una de sus maestras y la policía, sufren formas de extorsión dentro de las propias aulas. Es decir, unos alumnos exigen a otros dinero a cambio de protección, a cambio de que “no les peguen”. Incluso, piden dinero a sus maestros. El bullying elevado al rango de vacuna, una modalidad de extorsión que se ha vuelto muy popular en Ecuador. 

Ahora, al parecer, los ecuatorianos, desde edades tempranas y en su cotidianidad más básica, aprenden socialmente que el poder es una herramienta de abuso de un ser humano sobre otro, mediado por un precio en efectivo. Se empieza a legitimar una forma de vida riesgosa pero lucrativa. Como decía el académico Omar Rincón: “Una cultura del todo vale para salir de pobre, una afirmación pública de que para qué se es rico si no es para lucirlo y exhibirlo”. 

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Norbert Lechner, maestro politólogo alemán y un estudioso de la realidad chilena, en uno de sus textos clave ¿Cómo reconstruimos el nosotros?, cita una definición de cultura, dada por la Unesco. Cultura es “las maneras de vivir juntos”. 

En ese texto, Lechner se plantea la urgente necesidad de volver a construir un tejido social que nos ayude como comunidad a salir juntos y a resistir la presión del capitalismo salvaje que desarticula cualquier forma organizativa, en favor del consumo y el individualismo que rompe lazos comunitarios. Si esto siempre ha sido un problema, ahora vivimos la misma situación agravada por los estilos de vida impuestos por el crimen organizado y su fuerza para meterse silenciosa pero totalitariamente en la cotidianidad. 

El Ecuador está en crisis de seguridad. Entre otras cosas, porque hay un cambio en la cultura. Los códigos sobre los cuales mal o bien habíamos basado nuestra construcción de comunidad, han sido afectados. Por la pobreza que espanta y desespera a la mayoría de los ecuatorianos, y que empuja a que esas mayorías vean en otras prácticas una respuesta a sus paupérrimas condiciones de vida. 

Así las traquetas, la violencia, el dinero fácil a cualquier precio, la forma de vida mafiosa, se vuelven medio de supervivencia y ascenso social. “Sicario es el joven que vive de matar por encargo, quien vive poco pero a gran velocidad y con mucha adrenalina, que mata y se juega la vida para dejar con algo a la cucha [la mamá]”, explica Omar Rincón. “Sicario es quien mata por trabajo, reza a la virgen, adora a su mamá, tiene novia pura y amante hembra. Sicario es quien afirma que «madre solo hay una porque padre puede ser cualquier hijueputa»”, dice Rincón.  

En el otro extremo está la definición del periodista Héctor Abad Faciolince de Colombia: territorio de la narcoestética. Lo recoge Rincón cuando plantea que hay una estética “para el gusto de los señores que ‘coronan’ y son exitosos en el negocio”. 

Esta estética está hecha de “la exageración, formada por lo grande, lo ruidoso, lo estridente; una estética de objetos y arquitectura; escapulario y virgen; música a toda hora y a todo volumen”, dice Rincón, quien remata: un “exhibicionismo del dinero”. En síntesis, la “obstinación de la abundancia, el gran volumen, la ostentación de los objetos”, porque, explica, el “poder de ostentar”. 

En su análisis, Rincón también cita a Alonso Salazar, quien en 1990 publicó el libro más importante sobre la narco cultura: No nacimos pa’ semilla, que hoy se lee en todos los colegios de Colombia. Rincón recurre a Salazar para explicar que la narcoestética consiste en “buena pinta, buen charol, buena nena”. Rincón concluye que es una estética “hecha del collage entre ‘budas generosos, porcelanas chinas, estatuas de mármol, muebles Luis XV, pinturas fosforescentes”, y “galofardos” —esos “guapos apasionados” por la música antillana, el tango y los pleitos de honor y la venganza.

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En Ecuador, la posibilidad de una interacción del tejido social solidaria y trabajada en común, que en otras crisis le ha permitido al país salir adelante, está siendo desplazada. Es fruto de la desesperación por la soledad que sufre nuestra población más pobre, por la exacerbación de las desigualdades, que, además, la pandemia del covid-19 ayudó a profundizar. 

Así, se abona todos los días el terreno para que la cultura traqueta siembre sus valores con más fuerza en comunidades desarticuladas y abandonadas a su propia suerte.

Ejemplos hay varios y uno terrible es el del hermoso balneario de Canoa, en Manabí. En pleno proceso de recuperación del terremoto del 2016, cuando el Ecuador solidario buscaba alternativas de ayuda digna a los afectados, una red de pornografía infantil explotaba la desgracia y la pobreza de la gente. 

Al parecer no lo vimos venir o no lo quisimos ver como sociedad y Estado. Sin embargo, el problema no ha sido ajeno a los educadores que están en el día a día de esos territorios complejos desde hace buen rato. 

En 2013, un buen amigo que trabajaba en educación, me compartió lo que una maestra de un colegio en Esmeraldas le contestó, en medio de una conversación sobre la calidad del tiempo libre de sus alumnos. “Verás, mijito, para el tiempo libre de los chicos tengo dos opciones, los carteles de la droga o los Boy Scouts. ¿Qué escogerías tú?”, le dijo palabras más, palabras menos, así de contundente.

Ciudad de Esmeraldas

El 19 de octubre de 2022, los comerciantes del centro de Esmeraldas cerraron sus locales y huyeron por la inseguridad. Desde entonces, la situación se ha seguido agravando. Fotografía: cortesía.

 

Ya para ese entonces en la provincia costeña se invadían tierras en zonas costeras invocando derechos ancestrales, se vacunaban a pescadores y los registradores de la propiedad eran comprados. Lo mismo pasaba con miembros de la policía, militares, alcaldes, concejales, notarios, marinos, quienes cedían su corazón y bolsillos a los nuevos jefes. La lista de los oficios y profesiones necesarias para controlar y proteger la cadena del negocio es larga.

Diez años más tarde, en el Ecuador de estos días, recogemos el resultado del error de usar el Estado y la participación ciudadana tan solo para crear organización política y no organización social independiente y autónoma. 

Cuando había presupuesto el Estado tenía un ejército de promotores sociales, de salud, cultura trabajando en el territorio, ocupando el espacio. Mal o bien, ahí estaban. Pero el “tejido social” se iba creando para fines partidistas concretos. 

A la larga, la sociedad civil organizada terminó debilitada. Una vez que la crisis presupuestaria y la austeridad se instaló como política pública, los recortes se empezaron a hacer en las áreas de protección y promoción social, para empezar, lo que fue otro error inmenso. 

Los vacíos comenzaron a llenarse en gran medida en zonas deprimidas económica y socialmente, con el “desinteresado” apoyo mafioso que ha ido construyendo una cultura traqueta criolla a ritmo de corrido. Vuelvo al ejemplo de Durán: allá hasta el agua en tanquero, que cubre el 70% de las necesidades de la población, es también una línea más del negocio de la ilegalidad. 

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En esa línea se puede afirmar que la batalla más dura es la cultural. Ahí nos están ganando la partida. 

No va a ser posible afrontar el drama del Narcoestado, con una sociedad que acepta esos códigos como naturales, cotidianos, peor aún, que los ve como modelos a seguir. Hay un problema de fondo cuando vemos que nuestros jóvenes empiezan a llevar con orgullo la camiseta con la foto del capo famoso de turno. 

El personaje elevado a héroe por la tele y las plataformas de entretenimiento, reproduce y alimenta el mito, el referente, la cultura hace extrañar hasta los estampados de Bob Esponja. Pues si es verdad que tenemos los políticos que nos merecemos, y que los políticos surgen de lo que da la tierra, no nos asustemos entonces cuando ese liderazgo en el Estado nacional o local, sea una muestra más del traqueterismo instalado como una forma de vida. 

Los estudios y las estrategias de intervención sobre las maneras en cómo vivimos —es decir, sobre la cultura— son tan o más importantes que las que solo se centran exclusivamente en el uso de la fuerza. 

La cultura traqueta en Colombia, México o cualquier otra parte del mundo, maneja escala de valores, formas de vida, estética, organización social y económica que seducen cada vez más a nuestra población, frente a la ausencia de alternativas concretas que se ocupen desde el Estado y la sociedad en el desarrollo de capacidad de resistencia y resiliencia de nuestra gente frente al peso cultural del traqueterismo.

Frente a esto y en las alternativas para contrarrestar este embate, como sociedad y Estado, estamos en deuda con nuestra gente. 

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Norman Wray
(Ecuador, 1969) Abogado. Loco por la música, su pasión es el blues y sus alrededores. Por andar en la política fue asambleísta en Montecristi, concejal de Quito y hasta candidato presidencial. Ha sido profesor universitario y si lo dejaran a eso se dedicaría.
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