Es probable que no podamos deshacernos de la idea de que el único camino para las figuras políticas del país sea el de mostrarse fuertes, vehementes, agresivos y enojados. Como si el blueprint del político nacional fuera León Febres Cordero, sin importar la tendencia ideológica. 

Hemos tenido dos gobiernos seguidos que han tenido a la cabeza a dos personas que representan todo lo contrario a esa imagen que parece que necesitamos. Tanto, que cuando Lenín Moreno o Guillermo Lasso han querido aparentar dureza en sus intervenciones, se ha llegado al humor involuntario.

Ya sea por un clásico susurro de un dubitativo Moreno —“No hay el texto”. O por el intento de Lasso de aparentar una ira innecesaria, colocando a decenas de personas detrás de él, mientras le hablaba a la cámara sobre la honra de su nombre.

No, ellos no son duros. Carecen de esa imagen, nunca la iban a tener. 

Si bien no hay estudios absolutos y determinantes acerca de cómo la manera de ser de los gobernantes determina su mandato, existen aproximaciones que hacen referencia al bagaje político, al tipo de funciones realizadas anteriormente, a la forma de relacionarse con su entorno y a la condición académica, etc. Para Manuel Alcántara, Melany Barragán y Francisco Sánchez, en su estudio Los presidentes latinoamericanos y las características de la democracia, todas los trabajos que se han realizado sobre el tema arrojan una realidad, basada en que: 

“… la tesis de que una de las mejores maneras de medir la calidad de los políticos es considerar sus atributos personales ya que estos repercuten en la calidad de su gestión”.

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Es posible que lo hagamos hasta por cansancio o desesperación. Por eso, después de este par de gobiernos, lo único posible es que busquemos que gane un candidato que se vea y hable con dureza. Y no en vano estamos entrando a una campaña política en la que hay fotos de un candidato en las que casi parece Rambo.

Porque eso es lo que estos tiempos violentos piden. La violencia en las calles, los asesinatos, la sensación de intranquilidad lo piden. Porque nos sentimos abandonados por el Estado, vivimos a nuestra suerte y alguien debe llegar a cambiar la situación. 

Estamos en un estado mental en el que siempre hemos estado. La diferencia es que hoy todo está exacerbado. Y eso será de beneficio del candidato que consiga pronunciar las palabras precisas. Junto a una entonación que acompañe, al igual que sus gestos y un interlocutor imaginario que sea ese enemigo generalizado.

Y en Ecuador —bueno, en Bélgica, pero todavía presente en nuestro día a día— tenemos al maestro de hacer del discurso violento una manera de hacer política. 

El rey, que sigue haciendo de sus espacios en redes sociales, particularmente Twitter, un terreno para que sus rivales —políticos, periodísticos y ciudadanos— sepan con quién están tratando. Algo así como el meme de Abraham Simpson, ese del anciano que le grita a las nubes. Pero en la vida real.

Quizás sea hora de cambiar de guionistas

Rafael Correa lleva, desde 2007, utilizando la misma retórica violenta. Esa que dispara a todos lados, porque eso hace un “hombre bien parado” —las comillas son mías, porque nací y me crié en la ciudad en la que nació y se crió Correa y he padecido y he hecho padecer a otros ese concepto de hombría.  

Porque para enfrentar a ese enemigo, a esos grupos económicos, a quienes no saben cómo hacer las cosas —porque él sí sabe— es importante ser duro, estar plantado, hacerse respetar.

La virulencia en las formas que tiene Correa para interrelacionarse es parte de su herencia política. Él lo sabe, algunos de sus coidearios —los que no están prófugos, obviamente— lo saben y la usan también.

Otros, por suerte, no ven en esa violencia una forma de hacer política.

Al menos, hasta este momento, Pabel Muñoz y Marcela Aguiñaga no han evidenciado nada de eso. Lo cual permite que los actos en su gestión puedan ser vistos desde otra perspectiva. 

¿O acaso no es sorpresivo y hasta necesario que Aguiñaga, como prefecta del Guayas, haya pedido la competencia del Puente de la Unidad Nacional? Claro, sobre todo porque no ha insultado a nadie en el camino. 

Reservo a Aquiles Álvarez, para el final de esta nota.

En 2007, Rafael Correa le dijo “gordita horrorosa” a la periodista Sandra Ochoa —quien unos años antes había hecho tremendo trabajo periodístico, acompañando a ecuatorianos que viajaban a Estados Unidos de manera ilegal, usando los servicios de coyoteros. Se lo dijo porque no le gustó una pregunta que le hizo.

En 2023, Correa usa en redes el hashtag #ParaTontoNoSeEstudia, con el que quiere reducir a sus rivales y a la gente que es capaz de reclamarle lo repetitivo de su discurso.

Todo aquel que no piensa como él o no es de los suyos —que deben pensar como él—, merece desprecio.

Quince años han pasado y ese discurso de “los otros” versus “nosotros” —malos versus buenos— sigue siendo eje fundamental para cierta parte del correísmo. Con Correa siendo su principal interlocutor. E insisto en que, por suerte, no es todo el correísmo. 

Y en meses de absoluta tensión, con un gobierno que poco o nada ha hecho por la seguridad ciudadana, esa violencia discursiva, esas palabras agresivas y la nula capacidad de hacerse responsables de lo que se dice, va a ser lo que más vamos a ver en campaña. No tengo dudas de eso.

 Aportar con más violencia, cuando lo que se debe hacer es atacarla.

Porque esa manera de hacer política —esa en la que Correa es absolutamente maestro y que muchos han imitado o tratan de usarla como una característica positiva de tu temperamento— va a generar más violencia. Esa que hacía que familiares, los domingos, almorzando todos en una misma mesa, se levantaran la voz unos a otros, porque todos tenían la razón. 

Esas palabras que denigran a otro, esos hashtags que muestran superioridad moral frente a los que no piensan como uno, esas frases ahogadas en sarcasmo, no van a servir de mucho en la política. Pareciera que sí lo hacen, pero a la larga causan más daño.

Correa lleva más de una década envuelto en los mismos diálogos confrontativos. Como si los guionistas de la serie que él protagoniza se hubieran quedado en los 90 y creyeran que están haciendo una sitcom que vale la pena. 

Rafael Correa es el tío Joey de Un hogar casi perfecto. Y cuando vemos hoy un capítulo de esa serie, nos preguntamos ¿por qué nos reímos alguna vez de eso que no es nada gracioso? La respuesta es sencilla: crecemos y podemos darnos cuenta de que lo que era gracioso antes, ya lo es. Pero a veces hay gente que no puede crecer, que le cuesta crecer.

Y vamos a Aquiles Álvarez, actual alcalde de Guayaquil. Él, sin repetir el discurso agresivo del correísmo al 100%, le respondió el pasado 6 de junio a la ex alcaldesa de Guayaquil un tuit sobre las obras que ella dejó en la ciudad y que él estaba inaugurando.  

Una respuesta que muchos catalogaron, a través de redes sociales, como “arrastre”, o como que el actual Alcalde “destruyó” a Cynthia —ese lenguaje estrictamente del enfrentamiento—. Una respuesta contundente —lo fue, claro, con datos que merecen ser investigados— que al parecer no permite ningún tipo de análisis. 

Pero es importante hacerlo, revisar las palabras, la retórica.

Esa del “no odiador”, del que usa fragmentos de la Biblia, y que habla de repugnancia como calificativo de otras experiencias políticas. Sin llegar al nivel de Correa, Àlvarez es agresivo, da detalles que deben ser corroborados y, sobre todo, da la impresión de que se ha ganado el respeto de muchos por proyectar esa imagen de “fuerza”.

Porque eso es lo que buscamos. Y eso es lo que vamos a conseguir esta vez. 

¿Están listos? Porque yo, no.

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Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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