Produce una sensación rara ver a los distintos lados del paro de 18 días celebrar una “victoria” cuando se puede y se debe cuestionar si, en realidad, todos perdimos. La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que lideraba las protestas, logró que el gobierno ceda en puntos importantes como el subsidio al combustible que costará alrededor de 3 mil millones de dólares. Alcanzó, también, la derogación de un decreto petrolero y otro minero, lo que limitará el extractivismo en territorios indígenas. El presidente Lasso por su lado, evadió una posible caída de su gobierno y la muerte cruzada —algo que su equipo podría considerar como una victoria. Para poder contextualizar aquellos triunfos, tenemos que preguntarnos, como en el popular meme, ¿pero a qué costo? 

Parte de lo que vuelve difícil analizar el paro es que durante la conmoción se suspende el debate público y la facultad crítica colectiva. En lugar de preguntarnos cómo mejoramos como país o cómo construimos un Ecuador que funciona para todos, nos preguntamos con qué lado me identifico. Una vez escogido el bando, nos encerramos en cajuelas intelectuales en que las líneas ideológicas normales se suspenden y aplicamos una empatía selectiva hacia ciertos grupos y no hacia otros. 

Por ejemplo, hay un sinnúmero de grupos y personas normalmente identificados como ambientalistas, como los Yasunidos, que se identifican con los manifestantes y luego se encuentran en la posición incómoda de tener que explicar su apoyo para medidas como los subsidios a los combustibles. 

Si los Yasunidos creen que los pobres de Ecuador merecen tener combustible subsidiado, ¿qué van a decir cuando los pobres de Estados Unidos y otros países también exijan lo mismo, generando más demanda que vuelve a la explotación de petróleo en lugares como el parque nacional Yasuní sea más atractiva y rentable? 

Cuando se suspende el pensamiento crítico, reemplazado por una sola pregunta binaria, la coherencia del debate de políticas públicas vuela por la ventana. 

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Es conmovedor enterarse del reporte de la Universidad Central que decía que el 80% de los niños indígenas atendidos durante el paro mostraron evidencia de desnutrición. Una situación así no debería suceder en Ecuador, uno de los países más fértiles en el mundo.

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Todos deberíamos querer políticas públicas que contribuyan a eliminar la desnutrición infantil. Como dijo Inkarri Kowii en GK, la Conaie debería poder aportar en ese sentido, ya que es una organización social que recibe fondos internacionales y gestiona programas. La Conaie pudo haber exigido al gobierno fondos para resolver la desnutrición infantil. “Lo haremos mejor que ustedes”, pudo haber dicho la Conaie. Pero no fue su exigencia: su exigencia fue subsidios al combustible. No hay ninguna garantía que la reducción el precio del combustible impactará la desnutrición infantil. Además, la palabra desnutrición no aparece en su comunicado. Nunca fue su prioridad. 

Tampoco cuestionamos si estaremos mejor quitando recursos a otras obligaciones del Estado, como salud, educación y seguridad para dedicárselos al subsidio al combustible. 

Al celebrar la victoria de los subsidios, pocos toman el tiempo para considerar algo: el Estado, sobre todo un estado dolarizado, no puede inventarse recursos de la nada. Si entra menos dinero al fisco gracias al paro (que costará más de 1,6 mil millones de dólares entre pérdidas y concesiones del gobierno), el Estado tendrá que quitar recursos de esas otras áreas para cumplir con sus promesas. 

Se podría plantear una nueva reforma tributaria. Sin embargo, debemos acordar que la primera reforma tributaria de este gobierno entró en vigencia sin el apoyo de la Asamblea Nacional, un órgano que rápidamente se sumó a la causa de la protesta, pero no está dispuesto a poner la poca credibilidad al servicio de la generación de soluciones. 

Se ha visto algunas personas celebrar las manifestaciones como una muestra de fuerza diseñada para golpear al gobierno y las élites del país. Sin embargo, hacerlo requiere intentar tapar el sol con un dedo para evitar una verdad cruel: el gobierno sigue y los élites, tal vez algunos momentáneamente golpeados, recuperarán. 

El paro representa un golpe definitivo para mucha gente pobre que perderá sus trabajos a raíz de 18 días de improductividad. La victoria del sector agrícola, si la podemos llamar así, es devastador para el sector turístico tratando de levantarse después de dos años de pandemia, dado los viajes cancelados y la imagen de inestabilidad que hemos proyectado al mundo. Si la empatía de uno no se extiende a los cientos de miles de personas cuya pobreza será profundizada gracias al paro, uno no es empático. 

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Quienes más gocen de la suspensión de nuestro pensamiento crítico son los líderes de ambos extremos sobre el paro. Sobre todo, en la justificación del uso de violencia colectiva e indiscriminada bajo la lógica de esa frase tan cínica: “Mira lo que me hiciste hacerte”.

El presidente Lasso se aprovecha de que representa la institucionalidad del país y de que mucha gente lo apoya sin ser demasiado críticos con su gestión pues prefieren que la institucionalidad sobreviva la conmoción social. 

Algunos defienden el uso excesivo de la fuerza pública contra los manifestantes. Para aquellas personas, los manifestantes pierden su derechos individuales una vez que participen en una manifestación popular. O, creen que, si hay infiltrados violentos en una protesta pacífica, es excusa suficiente para usar violencia en contra de la muchedumbre.

Aquellas personas parecen incapaces de considerar si por salir a protestar por algo que les es importante, deberían aceptar perder un ojo, asfixiarse con gas lacrimógeno, o incluso morir. 

Luego la conversación pública se radicaliza, con personas normales y de influencia casualmente sugiriendo o apoyando tuits llamando a lo que sería, mínimo, una matanza y en el peor de los casos, un genocidio. Ese es un racismo se ha normalizado tanto que se lo ve y se lo replica sin aplicar pensamiento crítico. 

Según la lógica racista, Leonidas Iza representa la voluntad de todas las personas indígenas del Ecuador, a pesar de que fue elegido como presidente de una sola organización, por más representativa, no incluye al total del 7% de la población indígena del Ecuador ¿Las mismas personas que usan esa lógica para justificar su racismo aceptarían que Guillermo Lasso, Lenín Moreno o Rafael Correa son fieles representantes de la voluntad de todos los ecuatorianos? El doble rasero parece pasar desapercibido. 

Leonidas Iza, por su lado, puede perpetuar un discurso de violencia machista sin que cuestionemos la conexión entre su lógica y la lógica de los hombres que aterrorizan a sus familias. 

Constantemente replicó que “no se responsabiliza por lo que puede suceder” si el gobierno no acepta sus condiciones. Cuando dice eso, es obviamente una amenaza que él se siente empoderado de utilizar. Para él, es suficiente declarar que no se responsabiliza por las consecuencias de sus amenazas para quitarse responsabilidad de la exitosa implementación de su amenaza. 

Pero si la Conaie, ni Iza, ni ciertos actores políticos se responsabilizan por esa violencia, ¿por qué luego piden indultos para quienes cometieron esos actos? La contradicción es evidente. 

Tanto el gobierno de Lasso e Iza aplican la lógica machista de “mira lo que me hiciste hacerte” para justificar la violencia contra personas inocentes en su batalla de testosterona, algo que se evidenció en la falta de mujeres en la mesa de negociación. Algunos colectivos feministas, en lugar de cuestionar la lógica de violencia machista aplicada a una sociedad entera, escogen un lado en la pelea. En el paro la coherencia es la primera víctima. 

La activista y tecnóloga argentina Pia Mancini dice que “la acción política es pasar de la agitación a la construcción.” En Ecuador, estamos estancados en la fase de agitación y la romantizamos a tal punto que somos incapaces de hacer un balance de las ganancias y las pérdidas. 

Nos cortamos la nariz y nos burlamos de nuestra propia cara. Peleamos por un pedazo más grande de un pastel achicándose gracias a nuestro accionar. Después de 18 días de paro, la suspensión de la principal fuente de ingresos del gobierno, la pérdida de millones en ventas, el envío de un mensaje al mundo que no se debe invertir en la creación de empleo en Ecuador y el impulso de cambios cuestionables de políticas públicas como el subsidio de combustibles, ¿estamos mejor como país? ¿los niños desnutridos ahora tendrán alimento suficiente? ¿habrá menos migración peligrosa hacia Estados Unidos? ¿cuál es el plan para construir un Ecuador mejor y que funcione para todos? En resumen: el Ecuador hizo un paro para reclamar salir de la pobreza volviéndose más pobre. 

Si queremos crear algo útil del paro, debemos levantar la suspensión del pensamiento crítico y buscar formas de no caer en lo mismo.

Matthew Carpenter-Arévalo
(Canadá, 1981) Ecuatoriano-canadiense. Escribe sobre tecnología, política, cultura y urbanismo.