¡Hola, terrícola! El viernes hubo otro (sí, otro) derrame de petróleo en la Amazonía. Justo de lo que hablábamos la semana pasada en esta hamaca: el riesgo de seguir celebrándonos (léase, engañándonos) por ser un país petrolero. Después de lo del viernes, quedó más claro que nunca, que no hay motivo para festejos ni palmaditas en la espalda. Es un testimonio de lo poco que nos preparamos para el futuro. Y eso me lleva a la hamaca de hoy: el creciente uso de robots en fábricas de todo el mundo

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Esta idea nace de un reportaje que leí en Wired hace un par de semanas. Se llama Ahora puedes alquilar un trabajador robot por menos de lo que cobra un humano. Eso quiere decir que en Estados Unidos ya hay robots que cobran menos que el salario básico de un trabajador: ocho dólares la hora, frente a los quince que cobra un ser humano.

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En el Ecuador parecemos ni enterados. Seguimos sin poder ampliar el acceso al trabajo a través de una reforma sensata, acorde a nuestros tiempos (y no a un código hecho hace más de 70 años). En Ecuador 30 de cada 100 trabajadores tienen un empleo formal, todos los demás están en la informalidad, sin beneficios, sin seguridad social, sin vacaciones, pero no nos molesta la rigidez del sistema. 

No sé qué va a pasar cuando más empresas locales opten por la mano de obra robótica. ¿Lo vamos a prohibir? Sería como si, a principios del siglo XX, hubiésemos decidido prohibir los carros para preservar los empleos de los cocheros. No solo que sería absurdo de cara al futuro, sino que la medida no duraría demasiado.

Los avances tecnológicos cambian nuestra vida y son difíciles —casi imposibles— de detener. Hablando del carro, por ejemplo: en 1907 había apenas 140.300 automóviles registrados en los Estados Unidos y “unos míseros 2.900 camiones”, dice el periodista Daniel Schlenoff en Scientific American.  Diez años más tarde, la cifra se había multiplicado por 33: cerca de 5 millones. Los vehículos comerciales, agrícolas y militares, eran ya 400.000. Dos años antes, en 1915, el “caballo bombero” era jubilado para dar paso al camión de bomberos de motor. Los hombres que conducían carrozas y coches, o los que cuidaban de los caballos, se quedaron sin empleo. 

Con los robots en las fábricas es fácil ver la analogía. La nota de Wired dice que, según la Federación Internacional de Robótica, la cantidad de robots vendidos el año pasado creció en un 13%. Además, un análisis de 2018 proyectaba que la cantidad de robots industriales que se alquilan o que dependen de un software de suscripción pasará de 4.442 unidades en 2016 a 1,3 millones en 2026. Estamos a apenas 4 años de que eso suceda. 

Antes, era muy costoso alquilar o comprar robots para fábricas. Un negocio pequeño debía invertir unos cien mil dólares por cada uno de esos aparatos. Pero ya no. Hay mecanismos de suscripción o formas de pago mucho más holgadas y cada vez más compañías están recurriendo a estas soluciones. 

Es una tendencia que suele darse con la gran mayoría de innovaciones tecnológicas: primero son muy caras y a medida que pasa el tiempo su precio va cayendo. Sí, es verdad que no pasa en el 100% de los casos, pero sucede en la gran mayoría. Solo piensen lo que costaba una computadora personal hace 35 años y lo que cuestan ahora.  “Las disminuciones de costos son excelentes para la difusión de una tecnología”, le dijo Andrew McAfee, científico investigador principal del MIT que estudia las implicaciones económicas de la automatización, a Wired. 

No me parecería impensable que en América Latina muchas empresas estén buscando estas soluciones ¿Qué vamos a hacer para proteger a las personas que pierdan esos trabajos? 

Al menos en el Ecuador, un país donde solo 3 de cada 10 personas que podrían tener un empleo lo tienen, ¿qué estamos pensando para el futuro? 

Es verdad que los cambios tecnológicos producen nuevos empleos. El problema hoy es que es probable que los nuevos trabajos que se generen precisen de una mano de obra altamente calificada. No veo que el Ecuador, ni América Latina, estén trabajando para hacer de la formación en tecnología e innovación una de sus industrias esenciales para los próximos 100 años. 

Los trabajos del futuro se irán a otros países. O, igual de grave, tendremos que importar mano de obra calificada de otras partes. Ya está pasando. Una de las mayores críticas a los proyectos megamineros que se ejecutan en el Ecuador, además de la devastación ambiental que causan, es que al principio generan trabajo para las personas que viven en las comunidades en que operan. 

Pero luego, cuando la exploración minera pasa a la fase de extracción, se necesita de personal calificado. Entonces, los trabajadores locales son desplazados por operarios extranjeros, que saben cómo manejar las máquinas y procesos. 

Mientras todo esto pasa, nuestra Asamblea Nacional no discute una reforma laboral acorde a nuestros tiempos. Hay varios dirigentes políticos que insisten en soluciones propias de mediados (e incluso principios) del siglo pasado. Hay también quienes aún creen que los problemas de productividad y trabajo en el país se solucionarán manteniendo un costoso subsidio a los combustibles fósiles

En otras partes del mundo, la tendencia es proteger a los trabajadores y no a los empleos. Queremos vivir en rígidos modelos laborales  y no en puntos medios como el de la flexicurity, que flexibiliza las condiciones de contratación y despido pero mantiene la seguridad social de los trabajadores, sus ingresos y evita que estén en largos períodos en el desempleo. Tampoco discutimos una renta básica universal

Todos esos modelos buscan asegurar una vida digna para los trabajadores, sin centrarse demasiado en los empleos —pues está claro que estos mutan con el paso del tiempo: unos se quedan anacrónicos, otros evolucionan y otros se crean. Lo importante es tener una red de seguridad social para evitar un “sálvese quién pueda” y, al mismo tiempo, un marco que promueva la inversión y, sobre todo, la innovación. 

Sin nada de eso, seguiremos estancados en la mitad del siglo XX, solo que con wifi y iPhones.

José María León Cabrera
(Ecuador, 1982) Editor fundador de GK. Su trabajo aparece en el New York Times, Etiqueta Negra, Etiqueta Verde, SoHo Colombia y Ecuador, entre otros. Es productor ejecutivo y director de contenidos de La Foca.