En una birome, en la puerta de un shopping, en un paquete de papas fritas, en una remera, en un celular, en un anuncio de Internet, en algún bloque de todos los noticieros, en una mochila, en la Play: sin buscarlo, sin necesitarlo, Messi siempre está. Se desesperan sus rivales, que no lo pueden atrapar; deliran los civiles, que no se pueden escapar. “Yo estaba loco. Yo estaba un poco loco porque lo ves en todos lados —dice Matías, uno de sus tres hermanos, en el libro Messi, de Leonardo Faccio—. Hoy mismo no me acostumbro. Leo está en la tele y yo no paso de largo. Me paro y lo miro, mil veces lo miro”. Mil veces miramos a quien no sabemos quién es, una bestia omnipresente a la que han blindado con una personalidad que no puede existir: el niño Messi es bueno y tranquilo y humilde y calladito, y problemas no tuvo jamás. Los medios grandes se han prohibido la humanidad: cualquier tic que lo describa como un pibe débil o autoritario será desactivado si no hay un escándalo que lo sostenga, un reality para televisar. Para defenderlo de los colmillos del show, la familia Messi ha inventado un Messi para consumir. Pero no es así —no puede ser así— un nene que a los 12 años dejó a su mamá, sus hermanos, sus amigos, su país, y se juró ser el mejor del mundo y lo logró. El mejor del mundo. Y lo logró.

Hace casi un año, Luis Enrique se estrenaba en el Barcelona y lo devolvía a su posición original: el extremo derecho. Entre la Independencia y ese cambio estaba la noticia más leída de Cataluña, así que un periodista quiso saber cómo venía la mano, qué indicación nueva tenía Lionel. Le escribió un mensaje de texto a un compinche del delantero. El compinche le contestó: “¿Vos te creés que alguien puede decirle dónde jugar?”.

Guardiola le ha contado a algunos periodistas que uno de los motivos por los que abandonó el Barcelona había sido que ya no sabía qué vuelta buscarle a Messi, cómo motivarlo, cómo mantenerlo feliz. Sabella también ha renunciado, entre mil cosas, por esa frase: cómo mantenerlo feliz. La omnipotencia es el aliado perfecto, pero tiene una condición: en un año se envejecen diez. A Messi no lo han puesto de titular en un partido de Champions y se ha ido al vestuario y se ha puesto a llorar. Messi ha sido suplente en la Liga y se ha enojado y al otro día faltó al entrenamiento sin avisar. Guardiola lo ha visto a Messi agarrar una latita de coca mientras daba una charla técnica y le ha dicho que no la tomara, que gaseosas antes de los partidos no, y Messi miró la latita, lo miró a él y la tomó. David Villa llegó al Barcelona y lo primero que le advirtieron los dirigentes fue que ni se le ocurriera competir en goles con él. Él, que hacía unos meses nomás había impulsado que despidieran a Ibrahimovic. “Veo que ya no soy tan importante para el equipo”, le escribió en un mensaje de texto a Guardiola. Lo contó Ibrahimovic en su biografía y un medio argentino lo contó en su web. Una de las millones de personas que leyó la noticia se llamaba Jorge Messi. Y Jorge Messi llamó al medio para que levantaran la noticia, no sin antes haber dicho por favor. Dejarnos contar es un signo de fortaleza y autenticidad: nadie es como el póster dice, y somos, ante todo, humanos; antes que héroes, humanos. Messi es todavía más grande si sabemos cómo Messi es.

Un chico que durante la escuela primaria no le contestaba a la maestra porque le daba vergüenza y entonces tenía una amiguita, una compañerita, que hablaba por él. Un chico que durante la escuela secundaria le robó un Mp3 a otra compañerita y se puso a saltar arriba de los bancos, de uno a otro y a otro más, hasta que se cayó, haciéndose una marca que todavía tiene. Un chico que durante la primera publicidad que grabó en su vida tenía que acertarle un pelotazo a un cristal; como le pifió, un asistente bufó: “Hoy no terminamos más”, y entonces Messi acertó en el segundo disparo y pidió un tercero y el director le dijo que no, que la toma ya estaba, pero Messi se lo volvió a pedir, y se lo dieron, y destrozó el cristal. “El Barsa soy yo”, ha contado el periodista Julián Ruiz en el diario El Mundo que Lionel le dijo a su padre, algunos meses después de que se fuera Guardiola, el escuálido Pep al que el 10 derrotó en la última Champions, con dos goles, en el Camp Nou.

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Parece tranquilo pero es calentón, parece callado pero es atronador, parece tímido pero es jodón: aun cuando fueran exageradas algunas historias, la humanidad contextualiza, explica, eleva a quien creíamos sobrenatural. La primera vez que la Asociación del Fútbol Argentino se comunicó con el Barcelona para citarlo, en el fax escribió: “Leonel Mecci”. Todavía hoy —más de 400 goles y más de 20 títulos después— no sabemos quién es.