
Música de fachada
Sí, uno no debería juzgar a un libro por su portada, pero con Quito es distinto.
Llegará el día en que las casas y edificios de Quito algún día se levanten y revelen su naturaleza de transformers. Tienen signos tan particulares, colores tan propios y estilos tan mestizos, que sería una necedad negarles su personalidad. Y en ella, una seña particular son sus fachadas, mestizaje de materiales —el adobe, el vidrio, el cemento Portland, el ladrillo, el concreto texturizado revelan intenciones, economías y pragmatismos, estéticas y éticas.

Sí, uno no debería juzgar a un libro por su portada, pero con las ciudades es distinto. Con Quito, aún más. Sus fachadas, sus colores, matices, texturas, patrones y diseños muestran propósitos, esconden peleas familiares, resuelven problemas, revelan imaginarios barriales.
Hay piedra volcánica oscura, cemento rayado como si alguien hubiera pasado un peine gigante, ladrillo dejado al aire, bloques de vidrio que capturan la luz gris de la mañana, y crean pequeños milagros cotidianos: la luz es, siempre, expresión divina.


Basta caminar unas cuadras para empezar a notarlo. Al principio, es solo una sucesión de muros. Pero, si uno baja la marcha y se detiene a mirar, pronto aparece una especie de gramática arquitectónica. En un mismo barrio conviven tres o cuatro maneras distintas de resolver una fachada, como si cada edificio estuviera pronunciando la misma frase con un acento diferente.

Entonces se descubre que es, en realidad, un lenguaje musical, no perceptible por el oído sino por las curvaturas, quiebres y vacíos de las formas. Es posible imaginar esa partitura. Quizá el vidrio suena como glockenspiel en Mi agudo, brillante, y el adobe como tambor grave en Re, terroso. Tal vez el cemento texturizado como escobillas raspando una caja, pura fricción, y el ladrillo como marimba en Sol, cálida y repetitiva. Seguramente, el hierro suena como campana en La, metálica y resonante, y la madera como pizzicato de violonchelo en Do, redonda y humana. Suena descabellado pero no lo es: Iannis Xenakis fue arquitecto y músico, y compuso arquitectura como música, el compositor R. Murray Schafer estudió los paisajes sonoros urbanos, y el historiador Lewis Mumford dijo que “la vida en la ciudad adquiere el carácter de una sinfonía”.


La gran ópera urbanística de Quito se remonta a su gran expansión urbana en la segunda mitad del siglo XX. Entre los años sesenta y noventa la ciudad se duplicó, pasando de alrededor de medio millón de habitantes a más de un millón. Ese crecimiento quedó registrado en los materiales. No tanto en grandes gestos arquitectónicos, sino en decisiones prácticas sobre cómo terminar una casa o un edificio.

El cemento, por ejemplo, rara vez se queda liso. En Quito suele aparecer rayado, peinado, champeado, granulado. Son acabados que parecen haber sido hechos con herramientas improvisadas —escobas, peines metálicos, espátulas de repostería—, que les dan una belleza particular.

No son solo una decisión estética. A casi 2.850 metros de altura, la ciudad combina radiación solar intensa, lluvias frecuentes e improvisadas, y cambios bruscos de temperatura entre el día y la noche. Las superficies completamente lisas tienden a mancharse o deteriorarse con rapidez. Las texturas, en cambio, disimulan las marcas de la lluvia, el polvo y el paso del tiempo.

Muchas veces, están diseñadas para disuadir a grafiteros y enamorados que dejan mensajes en la pared: después de todo, un muro bien enlucido es un lienzo casi irresistible. Otras veces el material sirve para ahuyentar: que nadie se arrime, ni se duerma, ni se siente.


También hay una razón económica. Durante el boom constructivo de esas décadas, muchas edificaciones se levantaron con presupuestos ajustados. Un enlucido texturizado permitía terminar una fachada sin necesidad de pintura fina ni revestimientos más costosos. Bastaban cemento, arena, agua y la habilidad de un maestro de obra que supiera trabajar el material mientras todavía estaba fresco.

A veces la planta baja cambia de clave. Aparece entonces la piedra volcánica, colocada en placas irregulares que cubren el primer nivel del edificio. No se trata de la andesita monumental del centro histórico, sino de un revestimiento más doméstico, pensado para resistir la humedad, los golpes y el tránsito de la calle. Sobre esa base de piedra, los pisos superiores suelen cambiar nuevamente de material.

Luego está el ladrillo visto, quizá uno de los rasgos más persistentes del paisaje urbano quiteño. Muchos edificios de la ciudad optan por dejar el ladrillo expuesto, sin enlucido ni pintura. A veces es un tema presupuestario: evita el costo de acabados adicionales. Pero también responde a una idea arquitectónica que se difundió en América Latina desde mediados del siglo XX: la de mostrar los materiales tal como son, un decir “esto es lo que hay”. El ladrillo, el hormigón y la piedra dejaron de ocultarse detrás de decoraciones para convertirse en la propia expresión del edificio.

Sobre todo, las fachadas de Quito no son el resultado de un diseño completamente planificado, sino de procesos de construcción por épocas —de expansión, de bonanza, de crisis. Tal vez por eso la partitura urbana quiteña nunca llegue a estar completamente terminada. Ah, si estas fachadas hablaran, seguramente cantarían una ópera de transformers edilicios.





