En octubre cumplirá 80 años y su caminar lo delata. Su espalda está ligeramente encorvada, sus pasos son lentos, medidos. Pero el cabello se resiste a ese paso del tiempo: un tinturado impecable. Jaime Nebot, después de meses de no dar entrevistas ni aparecer en espacios públicos, camina hacia un podio iluminado que está en medio de una tarima en el Centro de Convenciones, en Guayaquil, la ciudad de la que fue cuatro veces alcalde.
A ese espacio, donde alguna vez funcionó el aeropuerto de la ciudad costera, hoy una de las más peligrosas del país, han llegado decenas de periodistas, simpatizantes, líderes de opinión pública que fueron invitados a la conferencia con un nombre que prometió pero no cumplió: Un Ecuador para todos. Visión ciudadana, no partidista.
Antes de que todas las miradas estuvieran fijadas en el líder del Partido Social Cristiano (PSC), la expectativa crecía con los minutos de retraso. Aunque Jaime Nebot ya había advertido en su cuenta de X que no era el anuncio de una candidatura, muchos estaban esperando exactamente eso: un contrapeso para el gobierno actual que se ha quedado casi sin oposición, una voz incómoda, alguien que diga lo que otros no están diciendo.
El momento, además, parecía propicio: el PSC, que gobernó Guayaquil durante 31 años, hoy ya no tiene la alcaldía y su presencia en la Asamblea Nacional es débil: apenas tres legisladores. El actual alcalde de la ciudad portuaria, Aquiles Álvarez, está preso; la prefecta del Guayas, Marcela Aguiñaga, renunció la semana pasada.
Treinta minutos después de la hora pactada, las luces se apagan de golpe. En la pantalla gigante aparece un video vertical —como de TikTok o Instagram. Es Jan Topic, ex candidato a la presidencia. De camisa blanca y pantalón azul está sentado con sus brazos apoyados en las piernas, como quien conversa con un amigo. A su espalda, un anaquel de libros.
Su mensaje es corto y habla, sobre todo, de “la falta de unidad en Ecuador”. Menciona a Croacia para ejemplificar un país que funciona y que, tras la guerra, logró despegar.
Topic recuerda una frase que, dice, lo marcó y que vio durante una visita a Dubrovnik, una histórica ciudad amurallada a orillas del Adriático: “Obliti privatorum publica curat”, que interpreta como “dejar los temas privados y enfocarnos en lo público”.
“El sentimiento generalizado en el Ecuador es de negativismo, de depresión”, dice Topic, con una familiaridad de quien se ha aprendido su discurso. Algunos casos, continúa, se convierte en egoísmo. Elogia la convocatoria de Nebot y cierra el video diciendo que “si el Ecuador va a salir de este hueco oscuro, es peleándola juntos”. Termina y presenta a Jaime Nebot como “una figura capaz de unir”. Pide un aplauso. La gente aplaude.
Pero Nebot no aparece.
En su lugar, suena una voz en off de una mujer que lee un texto que se desliza en la pantalla. Ya no está la imagen de Topic sino la de una carta, escrita por el también ex candidato a la presidencia y ex vicepresidente del Ecuador, Otto Sonnenholzner. En cuatro párrafos dice que no está ahí porque está fuera del país, que hay que “dejar de dividirse por ideologías y empezar a unirse alrededor de objetivos comunes”. Sonnenholzner habla, más bien escribe, de seguridad, salud e instituciones fuertes.
“El pasado no debe ser una carga, sino lecciones aprendidas”, concluye.
Otra vez aplausos.
La pantalla se apaga. El auditorio vuelve a quedar a oscuras, apenas salpicado por pequeñas luces amarillo, azul y rojo.
La misma voz en off de mujer rompe el silencio otra vez: “Hoy nos convoca una idea sencilla: hablar del Ecuador es hablar de las necesidades de los ecuatorianos”. Atrás se proyecta un video con música instrumental, con imágenes de agricultores, empresarios, médicos, profesores e indígenas. Todos piden seguridad, oportunidades, precios justos.
Cinco minutos después el video acaba. La espera se vuelve pesada. Nuevamente aplausos.
La misma voz con la sala aún en penumbra dice: “Distintas voces, distintas realidades, pero una misma necesidad: un Ecuador que nos permita progresar”. La expectativa crece y la paciencia se agota.
Entonces, llega el esperado anuncio: “Para compartir su perspectiva de un Ecuador para todos, le damos la grata bienvenida al abogado Jaime Nebot”. Se enciende la luz sobre él. Ingresa, acompañado de los aplausos, camina hacia el escenario mientras se detiene a saludar a quienes están en las primeras filas. Mide cada gesto, cada cercanía. A unos les da la mano, a otras saluda con un beso en la frente, a otros, una palmada en el hombro.
Su mano está fría. Afuera del auditorio, Guayaquil arde a 38 grados centígrados.
***
Es sábado 11 de abril y quienes fuimos convocados a las 11 de la mañana llegamos antes, listos para los filtros de seguridad. Pero la entrada es laxa: no hay controles ni revisiones. Sí hay una lista de invitados que se verifica al entrar; es más un mecanismo de organización que de control.
Adentro, entre políticos, autoridades locales, periodistas, una figura parece no encajar: la cantante Pamela Cortés en primera fila. Solo unas sillas más a su derecha, los predecibles: Vicente Taiano y Dallyana Passailaigue —militantes del PSC—, y el director nacional del partido y asambleísta Alfredo Serrano. Un poco más atrás, la concejal socialcristiana Ana Choez, los alcaldes Juan José Yúnez, de Samborondón, y Wilson Cañizares, de Daule; el prefecto de Los Ríos, Johnny Terán.
Quienes estuvieron más cerca de Nebot antes y se alejaron del partido, hoy también lo apoyan: el ex ministro de Guillermo Lasso, Henry Cucalón, y el ex prefecto del Guayas, Nicolás Lapentti Carrión.
Todos ellos vieron a Topic, luego escucharon a Sonnenholzner a través de la voz de una mujer. Aplaudieron. Ahora, finalmente, es el turno de Nebot.
Debajo del podio que lo espera, un vaso de Coca Cola. No hay hojas, carpetas, ni esfero. Frente a él tampoco hay prompter.
Nebot, con su guayabera blanca sin arremangar, pantalón azul de corte clásico y zapatos negros pulidos al espejo, camina hacia el podio. Levanta la mano hacia el público saludando y se fija en las luces, mira a quien las maneja al fondo del público, las señala y en un gesto que parecería religioso, levanta sus dedos índice sellando el techo. “Bájeme la luz un poquito, por favor”.

Jaime Nebot volvió a la escena pública en Guayaquil. Fotografía tomada de la cuenta de youtube de Jaime Nebot.
Ya frente al público, luego del “bienvenidos todos”, se dirige al arzobispo de Guayaquil, Luis Cabrera, que está en primera fila: “Con su presencia vamos a asegurar que Dios siga bendiciendo y ayudando a los ecuatorianos, pero el trabajo nos toca a nosotros. Eso no lo va a hacer nadie, si no el pueblo ecuatoriano”.
Hace una pausa y todo se quedan en silencio.
“No he venido a pedir nada para mí”, dice, y como si no hubiese sido suficiente con su mensaje en X, continúa con una sonrisa: “Hace muchos años ustedes saben que no voy a ser candidato a nada, de manera que algunos que no podían dormir ya pueden dormir”.
Hay risas.
Pronto se encarna el orador de voz firme y memoria intacta que todos conocen y esperan.
En una hora de discurso hace pausas y se permite silencios, propios de un orador que se siente cómodo. Entrega cifras, hace comparaciones, repite frases que le pertenecen: “el resto yo te prometo, busca quién te dé”. Lo dice luego de enumerar condiciones que él considera necesarias para generar empleo: eficiencia, seguridad jurídica, gestión, decisión política. Lo dice sugiriendo que las promesas son fáciles, cumplirlas es lo difícil.
Jaime Nebot arranca hablando de Guayaquil, luego intenta hacer un análisis del país: reconoce que atravesamos un momento difícil, habla de la migración, las remesas, de un modelo de Estado ineficiente. La salida no está en mirar al pasado ni buscar culpables, sino en “enfocarse en soluciones y en una acción colectiva”.

Nebot, con su guayabera blanca sin arremangar, pantalón azul de corte clásico y zapatos negros pulidos al espejo. Fotografía de Andrea Orbe para GK.
Por instantes parece un discurso progresista: “Las mujeres tienen derecho a la igualdad, a la equidad salarial”. Habla de violencia, de feminicidio, de desigualdades. Luego vuelve más a su personaje, el más conocido: dice que hay que invertir más y gastar menos, critica el tamaño del Estado, alaba las alianzas público privadas, habla de minería, de flexibilidad laboral y tratados comerciales.
Por otros momentos es grandilocuente: “Creo que a todos los ecuatorianos nos corresponde hacer un Ecuador bueno para todos”. Hay que tener la inteligencia y la sensibilidad de dejar que las coincidencias fluyan para poder encontrar una prosperidad colectiva”.
Mientras su discurso avanza, la expectativa crece, pero se vuelve a apagar porque aunque son muchas palabras, no termina diciendo nada.
“Hoy día, hablando de aeropuertos, hay una confusión geográfica. El gobierno nacional tiene pleno derecho de construir un aeropuerto en Taura, con su plata o con la que consiga de los concesionarios. El problema es que Taura queda en el cantón Naranjal. Entonces, el aeropuerto de Guayaquil se queda en Guayaquil y la plata que genera el aeropuerto se tiene que quedar en Guayaquil”, dice. Eso es lo más cercano a una crítica al gobierno de Daniel Noboa.
Los silencios regresan y, otra vez, la expectativa crece.
Recuerda a León Febres-Cordero y cómo de él recibió la ciudad “de manos de un gran alcalde”. Compara su gestión con la del gobierno central. Mientras lo hace, se proyectan imágenes de las obras que inauguró mientras fue alcalde: la limpieza del estero salado, vivienda, carreteras.
“Recibí un presupuesto que apenas superaba los 100 millones de dólares en el año 2000, con 3895 trabajadores. Dejé, 19 años después, un municipio con más de 800 millones de dólares de presupuesto sin contar dineros de la ATM, donde quedaron 150 millones de dólares, etc, etc, y lo dejé con 3950 trabajadores”. A ratos parece que está en campaña de reelección.
Mientras se voltea para ver la pantalla, dice que “la historia dura poco si uno no la recuerda, así que es mejor recordar”. Espera que empiece un video pero las imágenes se despliegan sin audio.
El auditorio está en silencio observando el video con un error. “Un silencio elocuente es mejor que cualquier explicación, así que me quedo callado”, dice Nebot y, por dos minutos, más se proyectan imágenes sin audio, con frases como “Hoy 90 de cada 100 ciudadanos tienen alcantarillado”.
Nebot está apenas iluminado por la pantalla que proyecta un video mudo. La escena resume la jornada: un símbolo político que hoy está solo en la nostalgia de esa alcaldía donde construyó obras que hoy quiere recordamos.

Nebot muestra las obras de cuando fue alcalde. Fotografía de Andrea Orbe para GK.
En su discurso contrapone un Estado que invierte frente a uno que gasta, defiende la autonomía local y vuelve, una y otra vez, a Guayaquil como “ejemplo de eficiencia”. Salta al presupuesto nacional para criticar la burocracia y la subejecución. Dice que el país tiene potencial, pero está mal administrado. No hay culpables.
“Pues que acaso estamos en desacuerdo de tener seguridad, salud, educación, obras públicas y empleo. Y lo vamos a lograr. ¿Pero cuándo lo vamos a lograr? El día que gobernantes y gobernados derroquen ese muro que nos ha hecho prisioneros durante décadas de un modelo de estado fallido, injusto e ineficaz que vive del pueblo en vez de servir al pueblo”. Es como si le hablara a todos y al mismo tiempo, a nadie.
En medio del discurso, se va la luz en el auditorio; los apagones, frecuentes en los últimos años en el país, volvieron con intermitencia hace pocas semanas. Jaime Nebot pregunta qué pasa. Alcanza a decir “esto es el día a día”. Pero, otra vez no hay más crítica, tampoco culpables. La luz vuelve en segundos y se escucha un “generador” de fondo.
Acaba una hora y 17 minutos de discurso que lo abarca casi todo, por encima, sin detenerse y profundizar en casi nada.
Nebot volvió pero decidió no irrumpir. No incomodar. No señalar. Se cuidó a quién nombrar, pero sobre todo en a quién no nombrar. No hubo anuncios. No hubo ruptura.
Dice que mucha gente confunde la política con la politiquería, y quien paga la planilla de eso es el pueblo ecuatoriano. “Ciudadanos, ustedes tienen en sus manos y no en otras el futuro de sus familias y de su país. Por Dios, vuelvan a actuar. Ustedes son los dueños de la democracia, los dueños de la libertad y los dueños del Ecuador y nadie más”, dice.
Dentro del auditorio la gente se levanta, lo aplaude y él baja de la tarima. Se despide, casi uno por uno, de quienes están alrededor. A Henry Cucalón, a diferencia del gesto de apretón de manos, le da unas palmadas entre el cuello y la oreja.
“Abogado, ¿me permite dos preguntas?”, le pregunto. Sonríe, amable y hábil. Propone coordinar una entrevista más larga. De esas que, en política, ya se sabe, suelen quedarse en promesas.
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