Los letreros ofrecen de todo: de amarres de amor a clases de nivelación

Postes clasificados

Nadie sabe quién los puso ahí o si son efectivos. Suponemos que sí porque si no, ¿por qué hay tantos?

Si la ciudad fuera un gran diario, los postes serían sus páginas de clasificados. Aunque, en Quito, esas páginas también se desbordan hacia paredes, cajetines metálicos de cables y hasta  árboles, donde alguien decidió ofrecer sus servicios, sus productos y hasta sus anhelos.

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De un árbol cuelga —metáfora involuntaria y precisa— un anuncio de pruebas de paternidad, como si el laboratorista dijese “plantar un árbol, escribir un libro, reconocer a tu hijo”.  

Estos anuncios callejeros y furtivos son la epítome del marketing de guerrilla: nadie sabe quién los puso ahí, ni si alguien los autorizó, o siquiera si son efectivos. Suponemos que sí, si no, ¿por qué hay tantos? 

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En cualquier esquina basta levantar un poco la mirada. Allí aparecen: hojas impresas en papel común, tiras con números de teléfono para arrancar, carteles diminutos pegados uno sobre otro. Algunos recién puestos, blancos y nítidos. Otros llevan los elementos encima, aunque muchos hayan resistido la lluvia, el smog, el frío y el sol, como si tuviesen más de una vida, o si fuesen la piel misma de esos postes. Aún logran ofrecer la tesis, amarrar ese amor, adivinar el futuro, enseñar un instrumento, casa propia, oficio, porvenir, futuro. 

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Es una escritura pública hecha de urgencias privadas. Quien camina por Quito aprende a leerla sin darse cuenta. Mientras espera el bus o el semáforo, el ojo se desliza por estos polylepis citadinos que se desprenden con la gracia de un suspiro, que se degradan en un silencio digno y se barnizan con el hollín de una ciudad en combustión constante.

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En teoría, nada de esto debería estar ahí. La publicidad exterior en Quito está regulada por ordenanzas municipales que exigen permisos para colocar anuncios visibles desde el espacio público. La norma busca ordenar el paisaje urbano y evitar la saturación visual con vallas, rótulos o pantallas. También contempla sanciones para quienes utilicen postes, paredes u otros bienes públicos para propaganda sin autorización.

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Pero esas reglas fueron pensadas para otra escala: la de las grandes vallas, los carteles luminosos, la publicidad formal. Para el clasificado de esquina, no hay más regla que no sea pegar templado y en un lugar visible y hacerlo sin ser descubierto. Estos anuncios anuncian una economía de pequeña escala que también precisa atraer a su clientela. 

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El poste funciona como una red social analógica. El Facebook Market que no se descarga, el Temu de la vereda, el Lady Multitask de la vía pública, un Amazon en plena Amazonas. 

Quien pega el papel sabe que su audiencia espera en el semáforo, espera el bus, colecciona rutas a pie que ha memorizado y que, a veces, referencia por los letreros. “Gira donde está el letrero del amarre de amor”. Vecinos, estudiantes, jubilados, mujeres en labores de cuidado pasando frente a la forma más rudimentaria —y, por repetitiva, suponemos que eficaz— de gender algo. No hay algoritmos ni métricas. Solo circulación humana.

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No tiene segmentación por edades ni por género ni por intereses de las ausencias. Debajo de un “amarre” puede haber restos de un anuncio político de hace dos elecciones. Debajo de ese, una oferta de clases de inglés. Más abajo, quizá la foto borrosa de un gato perdido. Cada capa cuenta una pequeña historia de la ciudad. 

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Quizá algún día, cuando los cordyceps hayan terminado de comernos la cabeza, los exploradores de estos valles y páramos vayan descifrando lo que sucedió en los últimos días de nuestro tiempo recogiendo estos papiros citadinos a los que parece nadie se atreve a sacar peque da la impresión de que siempre terminan multiplicándose, como las canas: es mejor no arrancárselas. 

Y mientras exista un quiteño con algo que ofrecer, una ayuda urgente que pedir, los postes grises, los cajetines oxidados y las paredes peladas seguirán siendo las páginas amarillas de las ofertas, llamados y propuestas de Quito. 

Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.

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