
Las bancas de los parques sí tienen corazón
En nuestra capital, las bancas son ubicuas y al mismo tiempo imperceptibles.
La dureza de las bancas de los parques de Quito es real y al mismo tiempo una impostura. Sí, son de inflexible madera y de frío hierro, pero jamás le han negado el sitio a nadie, sin distinción de raza, procedencia, confesión o conciencia.



Mientras haya espacio, reciben amablemente a transeúntes cansados, comerciantes en la lucha, turistas despistados, skaters magullados, parejas que aún se eligen.
La banca del parque es ubicua y al mismo tiempo imperceptible. Nadie repara en ellas. Quizá, como todas las cosas buenas de las vidas, solo las extrañamos cuando nos falten. Su diseño varía, pero siempre es simple: una base rectangular, con o sin espaldar —recto o curvo como una columna vertebral torcida—, se vuelven remanso de infinito descanso en unos pocos centímetros cuadrados.



Porque en ellas se posa no solo el cuerpo sino la existencia: en ellas nos sentamos a pensar, suspiramos y tomamos decisiones. Las bancas son muchas veces el universo en el que las naciones soberanas que somos de la piel para adentro, como dijo Escohotado, se regulan, se reprimen, se explayan y, también, se derriten.

En Quito, la gran capital latinoamericana de los parques, se multiplican sin ínfulas, ni aspavientos, con la discreción de quienes no necesitan anunciarse para mostrar su valía. Las bancas de los parques quiteños son mudas porque son como el tigre —que, dijo Soyinka, no anuncia su tigritud, solo salta. Las bancas —estén en la Carolina, en el Ejido, en el parque Central de Cumbayá, en el parque Inglés, o en el de Las Cuadras— tampoco se anuncian. No publicitan su banquitud, solo acogen.



En nuestra ciudad hay 1.810 parques públicos, incluidos 15 parques metropolitanos. Si cada parque tuviera apenas entre cinco y diez bancas, una estimación conservadora sugiere que en los parques de la ciudad podría haber entre nueve mil y dieciocho mil bancas. Probablemente sean más, porque los parques grandes concentran decenas.

Si en cada banca entran, supongamos, tres personas, incluso en el cálculo más tímido, en un momento dado, unos veintisiete mil quiteños podrían sentarse a descansar al mismo tiempo. Una banca es también un recordatorio de que descansar es necesario, vital, amable.



Esta ciudad, la más hermosa de las capitales sudamericanas, no lo sería sin sus parques, enclaves verdes en los múltiples corazones que tiene. Y sus parques no estarían completos sin estos trocitos de madera o hierro, ergonómicos y a veces no tantos, donde nos refugiamos —a veces del cansancio, a veces de la realidad.



Sentarse en la banca del parque es además un gesto universal, como un beso o una sonrisa. Son, además de utilería urbana, artefactos narrativos quiteños y globales. En La banca del parque, del quiteño Iván Égüez, un anciano cree reencontrarse con su amada y conversa con ella, hasta que descubrimos que habla solo con su recuerdo, mientras unos niños se burlan de él. En la escena final de Notting Hill, William lee en una banca del parque mientras Anna Scott, la actriz más famosa del mundo, descansa con la cabeza en su regazo porque a veces los amores improbables encuentran formas de ser en una banca de un parque.




