Fueron segundos. La imagen ha circulado por el mundo en miles de memes. Tanto, que ahora casi luce redundante describirla: en plena ceremonia de los Oscars, el actor —y ganador del galardón de esa noche— Will Smith le dio una bofetada al comediante Chris Rock, después de que éste hizo un chiste en escena sobre la alopecia de su esposa, una condición médica que la hace perder pelo y por la que ella se rapó la cabeza.

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Esta mañana mis redes parecían avispero, con notificaciones de conocidos y anónimos haciendo comentarios sobre esa conversación tan vigente como cansina: “los límites del humor”. ¿Estaba bien que Chris Rock bromeara sobre algo así? ¿Fue justo el golpe? ¿Cómo va mi alopecia? (Mal, por si acaso). 

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Smith probablemente no era el único que quiso golpear a Rock. Es lo que suele pasar con el humor. Según el historietista Darío Adanti es, por eso, precisamente, que los humoristas son el blanco favorito de gobiernos autoritarios, de creyentes religiosos o de militantes fanáticos.

Por su naturaleza misma, la comedia incomoda, ofende, transgrede. A veces lo hace con finura, otras (como el chiste de Rock), no.

En esos casos, las risas, el debate, o la conversación son los mejores termómetros del desempeño de un chiste; los puños, en cambio, la peor manera de silenciar cualquier posibilidad de intercambio, reflexión o síntesis. Los puños eclipsan todo.  

Esa respuesta sí que perpetúa violencias como las del Talibán, la censura norcoreana, o la de la Iglesia Católica por siglos; no simbólicas (ahora a todo se le da ese nombre) sino materiales, físicas. 

El humor, después de todo, provoca. Necesita del espacio y las garantías para hacerlo porque solo así logra cuestionar lo establecido y revelarnos a cada uno nuestra propia capacidad de maldad; solo así hace su trabajo de indagar lo abyecto y absurdo. Para el perverso Jorge de Burgos, bibliotecario en la novela El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, la risa es por eso diabólica. “Nos hace ver como monos”, dice. 

Los riesgos —de un chiste fuera de lugar, de la perpetuación de un estereotipo— existen, pero deben ser respondidos también desde la palabra, el arte o la ficción. No desde la violencia. Nunca desde la violencia, como cuando la revista Charlie Hebdo fue víctima de un ataque terrorista por fundamentalistas islámicos (entonces, hubo quienes excusaron los ataques con argumentos parecidos a la defensa del ataque de Smith). 

 El chiste de Rock parecía improvisado. Al salir al escenario se dirigió a Jada Pinkett Smith y le dijo: “Jada, te quiero. Estoy deseando verte en G.I. Jane 2”, haciendo referencia a la calvicie de la actriz al compararle con el personaje que interpretó Demi Moore, quien tenía el pelo rapado.

 Es un chiste arriesgado y mal ejecutado. Rock no leyó a su audiencia. En escena yo he bromeado sobre la calvicie en hombres con frecuencia, como lo recordó un usuario (con alopecia) de Twitter. Los chistes funcionaron. Primero porque yo también estoy perdiendo el pelo y segundo porque suele ser una característica física visible sobre la que mucha gente hace humor, más bien, inocente: a diferencia de otras categorías estructurales, es un detalle individual fácil de caricaturizar sin perpetuar estereotipos. 

El chiste parte de una comparación inmediata para caricaturizar y hace parte de un roast, –un formato que se ha puesto de moda en las galas estadounidenses y en las escenas de standup del mundo– en el que un presentador se burla de todos los presentes (En Estados Unidos, se han hecho roasts hasta de presidentes, con la excepción de Trump, quien se ofendió). El roast tiene historia detrás. Supone ser un ejercicio de crudeza y honestidad total para decir –dentro de un espacio consensuado– lo que a uno se le ocurre con ingenio y sin censura sobre uno y los presentes; enfrentar el ello freudiano.

¿Cambia el sentido cuándo se dirige hacia una mujer? Puede ser, depende del contexto y del acuerdo tácito entre el público y el comediante cuando hay un show. La actriz había expresado su incomodidad por la condición, por lo que la alusión se antoja cruel. Nuevamente, Rock no leyó ni a la audiencia, ni la situación. Sucede, pero no justifica violencia de respuesta. 

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En las premiaciones del Golden Globes de 2020, el comediante Ricky Gervais se volvió viral por empezar diciendo que la noche la dedicaría a burlarse de todos los presentes. “Esta noche riámonos de ustedes”, gente rica y famosa que según el comediante ha perdido contacto con la realidad. 

“Recuerden, son solo chistes” dijo. “Vamos a morir todos y no hay secuela”. Gervais fue inmisericorde. Hizo chistes que podrían conseguir la aprobación de la progresía más militante y otros que los llevarían a cancelarlo con furia. Habló, por ejemplo, de amigos de Harvey Weinstein —productor multimillonario condenado por violación— que siguen ganando premios y que “obviamente están aterrorizados de Ronan Farrow,” el periodista que reveló esos casos de violación. “Fue un gran año para las películas de pedofilia”, continuó. “Como Los dos Papas.”

 Gervais también hizo chistes sobre la apariencia del director Martín Scorsese y de la respetada y venerada actriz Judy Dench, a quien describió —no sin antes titubear— como una mujer que “disfruta de lanzarse a la alfombra, lamerse la pata y su propia vagina”.  Después de hacer ese chiste, Gervais recordó a todos que es “su última vez en los Golden Globes.” 

El comediante británico toca ese tema con frecuencia en sus shows. En Humanity, su especial de Netflix, hace un recordatorio muy necesario: “La gente confunde el tema de un chiste con el blanco del chiste, cuando rara vez son lo mismo”. Y tiene razón: el contenido de una broma no implica ni un ataque, ni una afirmación fáctica (a menos que sea sátira política o periodística). Cuando se hace bien, es una reflexión sobre un tema difícil desde el ingenio, la introspección y la confesión –comediantes como Michelle Wolf y Dave Chapelle se retratan a sí mismos como villanos para hablar con más libertad y crudeza de tabúes. 

Puede ser una observación distinta, lateral, ajena a cualquier inferencia lógica; el humor, de hecho, supone una ruptura de una lógica o de un consenso social sobre lo correcto. Según Freud, es casi una invasión, una disrupción de lo que consideramos moral. Así choca. Se trata, además, de ficción, en este caso, mediante la figura del equívoco, con la que uno afirma algo  ridículo o exageradamente equivocado para evidenciar, precisamente, el absurdo de esa afirmación.

Hay un adagio popular sobre el humor que se cita como radio dañada: “Se debe golpear arriba, no abajo”. Es decir: no se debe dirigir nunca burlas hacia quienes se encuentran en situaciones desafortunadas. 

A pesar de sus loables intenciones, el casi-refrán olvida que la risa y la comedia no pueden someterse a una visión maniquea de lo que “está arriba y lo que está abajo” porque eso cambia según el contexto. 

La risa, en ese sentido, es traicionera y está sujeta a relaciones que rotan y fluyen. En el caso de Rock, por ejemplo, como el de Gervais, participaba de un evento de gala de Hollywood: todos y todas las presentes en la audiencia —incluida Pinkett Smith— son personas con mucha plata y mucha fama. 

En un show que supone burlas a millonarios hermosos, no es tan simple determinar si golpeó arriba o abajo. Como explica el periodista y escritor Juan Soto Ivars, el episodio es un cortocircuito para la corrección política: “En términos panfletarios, podríamos decir que el heteropatriarcado opresor se burla de los rasgos físicos de una mujer y el heteropatriarcado opresor defiende el honor de esa mujer con un golpe, lo que ya empieza a complicar las cosas. Porque ¿acusar de heteropatriarcales opresores a dos hombres negros en Estados Unidos está permitido? El lío es monumental.”

La reacción de Smith es injustificable —él mismo ha terminado por reconocerlo. Con la supuesta intención de “defender” a su esposa, de hecho, replica el estereotipo y actitud machista del hombre protector. Sin embargo, hay una paradoja: quién responde como lo hizo Smith—incluso a malos chistes— prueba el punto de quien hace la broma, al ejemplificar la tremenda diferencia entre la palabra y la acción o entre la ficción y la moral. O sea, ratifica la importancia de espacios irrestrictos para que el humor cometa errores (porque los seguirá cometiendo). 

No hay lugar para una discusión sobre los límites del humor cuando se aboga por violencia física como respuesta a un chiste cuestionable. La violencia solo silencia y anula. Elimina la risa y sus motivaciones. Impone. 

El humor se debe al disfrute, crítica o rechazo de su audiencia, no a los golpes, ni a la censura. Si de algo pueden servir los escándalos de la farándula como los de ayer, que sea para entender eso. La justificación de la agresión física no genera crítica, sino que la imposibilita. El triunfo del matón sobre el bufón no es más que un contraproducente paso hacia atrás.

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Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.