En una batalla entre Oppenheimer y Killers of the flower moon hay una ganadora obvia: el filme que dirigió el británico Christopher Nolan. No porque sea superior al más reciente de Martin Scorsese, sino porque ya viene con una cola inmensa de reconocimientos, y los Premios Óscar  suelen ser ese punto final de los galardones. 

Nolan está a la cabeza y se va a llevar todo.

¿Eso deja sin piso al filme de Scorsese, sobre los asesinatos de miembros de la nación Osage en la década de 1920, en Estados Unidos? No, para nada. En realidad, Killers of the flower moon es una obra precisa y extraña. Porque el director nacido en Nueva York decide enfocar su trama desde la perspectiva de los asesinos, quienes poco a poco van revelando su plan macabro y poniendo en evidencia su estupidez. 

No se trata de una película sobre descubrir a los criminales. Es un filme sobre los crímenes y el absurdo de los tremendos actos.

Pero Oppenheimer tiene un nivel monumental que muy pocos filmes tienen. 

Ambas películas se basan en hechos reales —para quienes no lo saben hasta este momento, Oppenheimer es una biopic particular sobre la vida de J. Robert Oppenheimer, el físico teórico considerado el padre de la bomba atómica. Las dos están por las tres horas, y son universos  masculinos en los que hay, al menos, una mujer que tiene una fuerza y presencia impresionante. 

Lily Gladstone como Mollie Burkhart, en el filme de Scorsese, y Emily Blunt como Kitty Oppenheimer, esposa del científico. Las dos, portentosas.

Tanto Nolan como Scorsese han tenido la necesidad de contar algo grande, algo histórico, como si fuese una obsesión. Los dos han apostado por un sistema en el que la trama se desarrolla y se va explicando por sí sola, sin necesidad de que ningún personaje aparezca por ahí y resuelva dudas.

Habrá cosas que no se entenderán con rapidez o que, de plano, no se van a entender, como cuando en Oppenheimer los personajes hablan de física cuántica. Sin embargo, eso no repercute negativamente en ninguna de las dos. La experiencia del buen cine no está detrás de comprender todo, sino en la conmoción que un largometraje pueda causar solo por el hecho de ser proyectado.

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La mirada desde los asesinos

En Killers of the flower moon, Martin Scorsese dirige, produce y coescribe el guion junto a Eric Roth. Habla sobre cómo, poco a poco, una autoridad local e importante, decide apropiarse del petróleo que se descubrió en los territorios de la nación Osage, petróleo que se convirtió en propiedad de los indígenas. 

Para esto, existe un plan que se aprovecha de las relaciones entre blancos e indígenas, quienes se casan, crean familias y que se enfoca a matar a los propietarios de las tierras para quedarse con ellas.

Scorsese se rodea de actores con los que ha trabajado en otras ocasiones. Para Robert De Niro sería la décima vez que repite con Scorsese; para Leonardo Di Caprio, la sexta. Entre los dos aparece la poderosa figura de Lily Gladstone, como la esposa de Di Caprio. Los tres representan la tensión en la historia.

Una tensión que se basa en el absurdo.

Porque el personaje que interpreta Di Caprio, Ernest Burkhart, es desesperante por lo completamente cobarde que se muestra en pantalla. Es un riesgo por parte del director y del actor moverse en ese terreno, en el que su protagonista sea un tipo despreciable e idiota, incapaz de hacer lo correcto, teniendo las oportunidades servidas para hacerlo.

El Burkhart de Di Caprio solo es capaz de seguir las directrices de su tío, William King Hale —un superior De Niro, quien es el gran villano de la historia. 

Y en ese juego de cumplir una misión para hacerse millonarios y quedarse con la tierra en la que existen los pozos petroleros, Burkhart es capaz de destruir su propia familia. Si vamos más allá, es capaz de envenenar lentamente a su propia esposa. 

Es en la última hora que el ritmo cambia un poco y se puede sentir cierto ánimo de justicia. Con la inclusión de otros personajes, como el agente del BOI —Bureau of Investigation, una primera versión del FBI— Thomas Bruce White, que es interpretado con precisión por Jesse Plemons. Él es una especie de espectador de todo lo que ha sucedido y podemos reflejarnos en él, testigo de los crímenes y de la estupidez presente.

Poco a poco las piezas van cayendo y Scorsese le da un giro al tono y se esfuerza para que el desenlace le dé paz a los personajes que han sufrido. 

De cierta manera espectaculariza lo que ha venido pasando y eso no se convierte en un problema. Es más, le da una nueva dimensión a la historia cuando nos permite conocer el destino de los criminales, como si se tratara de una radionovela que estamos escuchando. La forma se amplía, esta tragedia de una comunidad se vuelve parte de la cultura popular; es como si Scorsese —que interpreta al presentador radial que habla en esta parte— quisiera dimensionar lo que está haciendo, para recordarnos que pese al fuego del espectáculo, la historia de esta personas no debe olvidarse.

Es un momento importante y mágico de la película. 

Porque estamos ante un director que entiende la dimensión contemporánea del cine y que ha llegado a comparar a las películas de superhéroes con parques de diversiones. Martin Scorsese prefiere un enfoque en el que él mismo es capaz de una autocrítica necesaria.

Por eso se lanzó una película de casi tres horas y media. 

Es casi un manifiesto: quedarse viendo una pantalla por ese tiempo porque una historia se quiere y se va a contar de una manera en particular. No hay espacio para las explicaciones obvias, el guion no quiere tratar de idiota a nadie. 

Killers of the flower moon busca devolver la dignidad a las víctimas y que nadie se olvide de los crímenes que sucedieron. Pero también busca demostrar que ver películas se trata de ir más allá del efecto especial que busca volar cabezas. A veces, las cabezas se pueden volar con una historia bien contada y actuada, como esta.

Si bien el filme está nominado para 10 Premios Óscar, es probable que se lleve pocos. En la categoría de Mejor Actriz es en la que tiene más posibilidades, porque en ella la pelea está entre Gladstone y Emma Stone —por Poor Things, de Yorgos Lanthimos.

Aunque más allá de los premios, lo importante aquí es que Martin Scorsese, a sus 81 años, cada vez está haciendo películas más y más contemporáneas, como si con la edad él hubiera llegado a un entendimiento propio sobre lo que sucede en el presente.

Scorsese es un maestro y aquí se nota.

Científicos en pantalla

Otro director que sabe lo que hace es Christopher Nolan. 

Nolan toma la vida de J. Robert Oppenheimer y hace una película que le permite algo importante: hablar de una parte significativa y terrible de la historia de la humanidad. Al mismo tiempo que construye un drama poderoso sobre cómo aplastar a alguien para quitarle poder, en medio de explicaciones y charlas sobre física cuántica.

Todo lo que debe funcionar en una película así, funciona. A nivel técnico, los filmes de Nolan suelen ser precisos —aunque a veces se pueden encontrar errores, pero la norma es la perfección. Oppenheimer es justamente eso, una película precisa, tanto en su cinematografía, como en la edición y en la banda sonora. No en vano está nominada a 13 premios Óscar.

En este rubro sobresale la edición.

Una película con tantos personajes y con una historia contada como un gran flashback, requiere de un montaje impecable para que nada se pierda. Si bien hay momentos que pueden resultar complicados de entender, no se pierde nunca el sentido general de lo que está sucediendo. 

Es decir, podemos no entender con rapidez cuál de todos los personajes es el renombrado físico teórico Richard Feynman; pero eventualmente lo reconoceremos y la claridad ayuda a comprender mejor alguna de las acciones. Pero eso no representa un peligro para la comprensión de lo que sucede.

El reino de lo cuántico es una obsesión para Nolan. Está presente en Interestellar y en Tenet. Sin embargo, en Oppenheimer, son los conceptos de la física cuántica los que mandan. Hasta se podría decir que el ejercicio de ir y volver de una escena a otra, a veces por solo segundos, responde a tomar principios y conceptos de la física teórica, como la entropía y la incertidumbre, y pensar el montaje de la película a partir de esas ideas.

No se trata de que el filme sea caótico sino de que haya una exigencia adicional al espectador para aceptar que mucho de lo que se ve es una especie de anticipo de lo que la historia contará. O una versión alternativa de lo que más adelante se va a aclarar. 

Nolan ha hecho un trabajo a conciencia para que existan múltiples posibilidades narrativas en la vida de su personaje central.

Ni hablar de lo que compuso Ludwig Göransson para la banda sonora. Una absoluta maravilla que consigue puntualizar en qué partes se encuentra la tensión y cómo se construye.

Pero si en algo Nolan dio en el blanco ha sido en su elenco. Es casi imposible encontrar un filme en el que hasta el personaje que sale en un par de escenas y tiene pocos diálogos es capaz de dominar en pantalla. Es como si Nolan, desde la escritura del guión, se enfocara en darle a la mayoría de personajes un momento para demostrar su validez dentro de la historia. El elenco central, encabezado por el impresionante Cillian Murphy comp J. Robert Oppenheimer, es la fuerza motora de la película.

Murphy es el jugador más importante del filme. Su Oppenheimer es contenido, fascinado por sus ideas y defensor de lo que cree conveniente. Es también un personaje sensible, que se minimiza, que acepta los golpes y su derrota. Hay una contradicción constante entre ser el científico erudito y humanista que lidera el equipo para crear la bomba atómica; un tipo de contradicción que acompañaría siempre a Oppenheimer.

Por eso la película se convierte en un estudio de esta figura histórica, y cómo su propio triunfo fue su condena. 

Lo más seguro es que Cillian Murphy gane un premio Óscar por su actuación. Es el favorito y su trabajo aquí lo merece. Sobre todo porque es capaz de evidenciar todas las capas detrás del personaje. Es como si él hubiera entendido a Oppenheimer de una manera particular para que, de esa manera, poder interpretarlo con todas sus paradojas. 

Sí, lo de Murphy es providencial.

Pero eso no deja atrás a Emily Blunt, nominada a Mejor Actriz de Reparto por su rol de Katherine Oppenheimer. Blunt es una tormenta en la película y la prueba es la escena en la que participa en la defensa de su esposo, ante un consejo de seguridad que decidió quitarle los privilegios a él como científico dentro del Departamento de Energía de Estados Unidos.

Aquí, Blunt es una especie de leona, dispuesta a comerse todo lo que se ponga frente a ella. Y lo hace. Es realmente una magnifica actuación.

¿Es Oppenheimer el mejor trabajo de Christopher Nolan? Probablemente sí. O quizás sea el trabajo en el que más se siente su madurez como contador de historias audiovisuales. 

Una madurez del tipo que le ha permitido, en su película número 12, arriesgarse por una biopic que no va a seguir ninguna linealidad y que, aún así, puede dar lecciones sobre física que se pueden entender y que se reflejan en lo que se ve en el filme.

Gracias al cine, la física cuántica puede ser mágica.

Eduardo Varas 100x100
Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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