Las seis de la mañana podría parecer temprano para cualquiera, más aún en un amanecer como este —nublado, ventoso y lluvioso—  pero no para los pescadores de la playa de Tarqui y de Playita Mía, en el norte de Manta, principal puerto de la provincia marítima de Manabí. Además de albergar un mercado mayorista y minorista de mariscos con al menos 40 puestos de venta, es uno de los grandes puntos de desembarco de pesca artesanal, junto con la caleta de San Mateo y el puerto de Jaramijó. Es sábado 11 de diciembre del 2021. El alboroto de los comerciantes ofreciendo sus productos y de los pescadores durante su faena, en coro con el graznido de los pelícanos y las gaviotas a la espera de cualquier pedazo de marisco, dejan muy claro que a las seis de la mañana, la playa de Tarqui está despierta. 


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Los pescadores descargan dorados —grandes, de casi un metro, algunos miden más—, picudos, atunes y otros peces de nombres tan irónicos como “miramelindo”, que tiene en realidad los ojos desorbitados. Pero entre su descarga podría estar un animal fascinante, que no debe ser capturado porque la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha incluido a siete de sus ocho tipos en su lista roja de especies amenazadas: el tiburón martillo. 

Esta es la historia de mi búsqueda por ver un martillo en vivo. Pero, sin saberlo, se convirtió también en la búsqueda de otro personaje elusivo y distante: los inspectores de pesca encargados de vigilar que se cumplan todas las normativas que protegen a los tiburones.

tiburones en manta
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Manta es el principal puerto de la provincia marítima de Manabí. Fotografía de Daniel Muñoz para GK.

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La mañana se va aclarando en Playita Mía. Los pescadores bajan su carga de las embarcaciones artesanales, los cargan sobre sus hombros, a veces en baldes para abarcar una mayor cantidad y los lanzan sobre un extenso plástico en la orilla. 

pesca en Manta

Pescadores llegan de su jornada y tajan su pesca antes de venderla. Fotografía de Daniel Muñoz para GK.

Allí, la pesca de la mañana será eviscerada, tajada y comercializada en el mercado que está a pocos metros de la playa. También se vende y distribuye para varias zonas de Manabí y del país. Hay dorados, picudos, atunes y miramelindos, pero también hay tiburones rabones y azules. 

—¿Dónde están los inspectores de pesca?, pregunté.

—Por aquí deben estar… 

Pero no estaban. La Ley Orgánica para el Desarrollo de la Acuicultura y Pesca promulgada el 14 de abril de 2020 —aunque aún sin reglamento— habla en sus artículos 159 y 160 sobre el seguimiento, control y vigilancia pesquera que debe realizarse en los lugares donde se desarrollen estas actividades. En el puerto de Manta, por ejemplo. 

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La vigilancia debe realizarse en todas las fases de la cadena productiva, con protocolos específicos. Y no solo eso: la Dirección de Control Pesquero del Ministerio de Producción, Comercio Exterior, Inversiones y Pesca dice en su sitio web que los inspectores de pesca distribuidos en puntos de desembarco, como por ejemplo Playita Mía, realizan operativos las 24 horas al día, los 365 días del año, en turnos rotativos de 8 horas diarias. Pero al amanecer del sábado 11 de diciembre del 2021 ninguno de ellos estaba presente. 

Uno de los objetivos del Plan estatal de acción nacional para la conservación y el manejo de tiburones (PAT-Ec) es mejorar “la vigilancia, control y la puesta en vigencia de la normativa aplicable”.

Una nueva versión de este plan, creado originalmente en 2013, fue presentada en enero del 2020. El objetivo no se ha cumplido.

pescador en Manta

Un pescador en Manta sostiene parte de su pesca. Fotografía de Daniel Muñoz.

N. es un exinspector que trabajó en la Dirección de Control Pesquero durante cinco años y que fue desvinculado de la institución a finales del 2021. Asegura que, al menos en las zonas de Manabí en donde prestó sus servicios, se hacían desembarcos masivos de tiburones martillo, sobre todo durante la madrugada.

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Los desembarcos que presenció N. ocurrieron luego de la promulgación del acuerdo ministerial del 2020 que prohíbe la pesca, desembarque, comercialización, exportación tenencia y transportación de cuatro especies de tiburones martillo: Sphyrna lewini, Sphyrna tiburo, Sphyrna morrakan y también Sphyrna zygaena. También ocurrían desde antes de 2020, cuando estaba en vigencia el acuerdo No. 116, firmado en el 2013, que prohíbe “la retención a bordo, transbordo, descarga, almacenamiento y venta de tiburones martillo enteros o en partes, de Sphyrna lewini y Sphyrna zygaena en todo tipo de embarcaciones

“Una vez llegó un barco cargado de martillo a uno de los puertos que tenía bajo mi vigilancia y lo dejaron pasar”, me dijo N. 

¿Por qué? Su explicación es reveladora. “Yo puedo ver que se están descargando mil tiburones martillo y como inspector, como ser humano, no voy a arriesgar mi vida en reportarlo o en hacer un gran operativo. Sé que puedo hacer todo el procedimiento, decomisar, destruir la carga, poner la sanción y llevar a la cárcel a la persona responsable, pero al día siguiente estaré despedido o seré perseguido por el comerciante porque perdió miles de dólares por mi culpa”, confiesa. Por intentar hacer un decomiso de otra especie, N.  tuvo que mudarse de ciudad. Las llamadas de acoso, los acercamientos, las amenazas de palizas o algunas intimidaciones referentes a la seguridad de su familia se volvieron comunes. 

tiburones en Manta

En las playas de Manta, luego de las faenas de los pescadores, es muy común ver a tiburones muertos en la orilla. Fotografía de Daniel Muñoz para GK.

Algunos de los documentos que los inspectores de pesca deben emitir son los certificados de monitoreo, desembarque, movilización y registros de pesca incidental. Sin embargo, cuando existen irregularidades también deben extender actas de decomiso, devolución al hábitat o destrucción del cargamento. Esta es la parte del trabajo que N. no siempre pudo cumplir. 

Y aunque esa mañana en Manta no vi “cachudas” —como también les llaman a los martillo—, eso no significa que no sean desembarcadas y traficadas. Desde 2018, el portal Bitácora Ambiental ha hecho seguimiento de estas irregularidades. En varios de sus reportajes hay registro fotográfico de descargo de tiburones martillo en las playas de Manta y Puerto López, en los meses de marzo y junio del 2021 —cuando el acuerdo de prohibición ya estaba vigente.

Video de Anthony Gavilanes.

Los inspectores, dice Oswaldo Rosero —experto en vigilancia marina—, no deberían trabajar solos sino en equipo, entre personal de la dirección de control pesquero, Policía Nacional y Armada del Ecuador. Dice que el monitoreo en altamar es fundamental para la aplicación de la ley, pero también la supervisión de la pesca que llega al puerto. Sin embargo, si hubo pesca dirigida o el cometimiento de cualquier infracción, el daño a la naturaleza ya está hecho. Añade también que en algunas ocasiones los inspectores no reportan irregularidades porque son sobornados con 20 o 30 dólares para que se ignore la carga ilegal y se la deje pasar.  “Ahí mismo se negocia la pesca, se filetea y se vende, es un proceso informal y cualquier acuerdo ministerial es un saludo a la bandera”, dice. 

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Si el corazón de una presa late, el tiburón martillo lo puede percibir. Como las otras especies de tiburones, posee unos órganos sensoriales especiales alrededor de su hocico llamados “ámpulas de Lorenzini” que, además de influir en su capacidad de orientación, le permiten percibir las ondas eléctricas de todo lo que se mueva en el océano, y cazar más y mejor. 

En ambos extremos de los lóbulos de su tan distintiva cabeza en forma de T están sus ojos, lo que les da un aspecto entre gracioso y tierno. Pero esa cabeza alargada y ojos a los costados son más que una particularidad estética. Esa característica les da una ventaja sobre otras especies, incluso de tiburones: una visión de 360 grados, estereoscópica y binocular, capaz de integrar las imágenes provenientes de sus dos ojos en una sola y tener una percepción panorámica y con profundidad de campo, lo que les permite alimentarse más eficientemente y atrapar más rápido a sus presas. 

tiburón martillo

La forma de la cabeza de los tiburones martillo les permite una ventaja de visión sobre otras especies. Fotografía cortesía del Parque Nacional Galápagos.

Pero ni su cabeza en forma de T, ni su visión panorámica, ni su rapidez para cazar, ni su electro receptividad, ni estar en el tope de la cadena alimentaria marina los salva de los humanos. Proteger al tiburón martillo —a los tiburones, en general— es vital para evitar un efecto dominó que podría afectar el mayor banco de proteínas de la humanidad: los peces. 

“Si no salvamos al tiburón martillo habrá una especie que se afectará después y es una tendencia que debe detenerse”, dice Randall Arauz, ambientalista costarricense ganador del Goldman Environmental Prize, el premio ambiental más importante del mundo, por su trabajo para la protección de los tiburones. “En términos técnicos, habría una reducción de la biodiversidad, una afectación a la cadena alimenticia y eso puede tener efectos catastróficos en la naturaleza. En el mar, cuando se quita una pieza todo se derrumba”, explica Arauz, y agrega que los martillo son los más apetecidos por el valor y tamaño de sus aletas. 

El problema es que tienen pocas crías: entre 16 y 25 con un periodo de gestación largo, de hasta 12 meses, mientras peces como el atún o el dorado ponen huevos por docenas cada vez y tienen ciclos de vida más cortos, lo que garantiza su sostenibilidad. Un estudio publicado en la revista especializada Nature en enero del 2021 dice que desde 1970 la población de 18 especies de tiburones —en la que se incluyen tres especies de martillo— ha disminuido en un 70%, debido a la sobrepesca. Si la tendencia se mantiene, se incrementa el peligro de que en una o dos décadas varias especies de tiburón se extingan. 

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John Vera, un hombre en sus cincuenta, de pelo largo, escaso y despeinado, vive a pocas cuadras de la playa en Manta. Su casa de dos pisos, con grafitis alusivos al mar, está cerca del lugar donde se descarga la pesca cada madrugada y cada amanecer. Durante 20 años ha sido de todo un poco pero siempre relacionado a la pesca: pescador, comerciante y, ahora, dirigente gremial. Es el presidente de la Asociación de Comerciantes de la Pesca Incidental de Tiburón 5 de Marzo.  

dirigente gremial en Manta

John Vera es el presidente de la Asociación de Comerciantes de la Pesca Incidental de Tiburón 5 de Marzo. Fotografía de Daniel Muñoz para GK.

Niega rotundamente que exista una descarga masiva y comercialización de tiburones martillo o de sus partes. Asegura que los ejemplares de tiburón vistos la mañana de ese sábado son resultado de la pesca incidental de especies que se encuentran reguladas y permitidas. A veces, afirma, accidentalmente capturan una que otra “cachudita”, como las llama. “Siempre diré que no hay método científico para decirle al tiburón que por ahí no pase”, argumenta Vera. 

Reitera que la captura del tiburón martillo está prohibida para los pescadores y comerciantes de la zona. Habla elocuentemente, citando los acuerdos ministeriales que han regulado estos temas desde hace varios años. “Nosotros sabemos lo que se puede y lo que no se puede y no nos arriesgamos”, afirma. Además, dice enfático que si él, como dirigente, ve que algún pescador está manipulando esa especie en la playa, está en la obligación de notificarlo a un inspector de pesca. Que ya ha pasado, afirma. Que si llega un martillo “revuelto por ahí”, en medio de las otras capturas, lo debe informar. 

—Generalmente aquí no entran martillo, no llegan. Y con verlos ya se sabe qué tipo de tiburón es. Usted tiene que haber visto la cantidad de inspectores de pesca que hay en la playa, me dice. 

—Pero esta mañana no vi ninguno, le respondo.

—Quizá no los vio porque estaba lloviendo, pero allí están, con un grupo designado, entran unos y salen otros.

La cantidad de inspectores, en realidad, son 300 en todo el país. De acuerdo a un estudio de 2013 del Instituto Nacional de Pesca en el país existen 154 sitios de pesca: 61 en Esmeraldas, 67 en Manabí, y 26 en Santa Elena. En estos puntos están distribuidas las 11.360 embarcaciones artesanales que hay en el Ecuador continental.

dibujo de tiburón martillo

En una de las paredes de la zona turística de la Isla San Cristóbal, aparece este dibujo de un tiburón martillo. Fotografía de Diana Romero para GK.

N., el exinspector, dice que la falta de personal es evidente. En sus últimos meses de trabajo en 2021, recuerda, se asignaban únicamente dos funcionarios para cubrir entre dos y tres puntos de desembarco, incluidas noches y madrugadas, además del control terrestre y del traslado de la pesca. Dice que la Unidad de Vigilancia de la Dirección de Control Pesquero del Ministerio de Producción, a la que pertenecen los inspectores, no les daba dinero para que se movilicen —tampoco se les asignaba un vehículo. A finales del 2021, el número de inspectores se redujo aún más porque varios fueron despedidos. 

egresos de personal del Ministerio de Producción

El 11 de septiembre del 2021, se reportó el hallazgo de 308 cuerpos de tiburón martillo en una bodega del puerto de Santa Rosa, provincia de Santa Elena. El decomiso se realizó durante un recorrido de control, dijo en su momento el Ministerio de Producción. Los 853 kilos de tiburón martillo capturados, de los que no se especificó la especie, no tenían ni vísceras ni cabeza. El acuerdo ministerial que —en teoría—protege a los tiburones martillo, dice que está prohibida su tenencia o transportación. También dice que, en caso de que se efectúen capturas incidentales, los ejemplares deberán ser regresados al mar vivos o muertos. En esa bodega, entonces, no debía haber ni un solo tiburón. 

tiburones en Perú

2,35 toneladas de tiburones martillo provenientes desde Ecuador fueron decomisados en un año por la Fiscalía especializada de medioambiente de Perú. Fotografía tomada de la cuenta de Twitter de FEMA.

Es un problema creciente en el Ecuador. En todos los tipos de tiburones martillo mencionados por la UICN, las poblaciones decrecen. Desde el 19 de septiembre del 2020 hasta el 31 de julio del 2021, la Fiscalía Especializada en Medio Ambiente de Perú (FEMA), específicamente su sede en Tumbes —frontera con Ecuador—, decomisó 2,35 toneladas de tiburones martillo provenientes desde Ecuador. Son más de 2 mil aletas, troncos, cuerpos sin cabeza e, incluso, tiburones enteros. 

aletas de tiburón decomisadas

En su mayoría, son de la especie Sphyrna zygaena. Nueve días antes de ese primer reporte de la FEMA de Perú, se publicó en el Registro Oficial de Ecuador el acuerdo del Ministerio de la Producción que prohíbe su pesca, desembarque, comercialización.

Los tiburones que se capturan terminan en los platos de todo el país. La familia Sphyrnidae del martillo, a la que pertenece el tiburón martillo, es la tercera más descargada en Ecuador. Así lo indica un estudio de 2019 de World Wildlife Fund (WWF) que señala al mercado 10 de Agosto de Cuenca como uno de los lugares donde se venden troncos de cachuda para el consumo. Del total de ingesta anual de carne de diferentes especies de tiburón, el 66% va para las mesas de las provincias de la Sierra, desde hace varias décadas.

John Vera —el pescador, comerciante y dirigente— dice que es verdad. No en vano a los manteños los llaman “cholos cometollo”, pues el tollo es un tipo de tiburón. En el pasado, incluso era posible comer tiburón martillo. Vera recuerda a un antiguo vendedor ambulante de Tarqui, uno de los barrios de la ciudad, que vendía ceviche de “cachudita tierna”, es decir de martillo joven. 

El hombre, quien falleció hace un par de años, era conocido en el sector como El Chivo. Recorría las calles con su carreta, ofreciendo ceviche con galletas en lugar de los tradicionales chifles de verde. “Este consumo es ancestral”, dice y señala divertido al tiburón martillo hecho grafiti pintado en la acera al pie de su casa. 

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El tiburón martillo y su curiosa cabeza es una omnipresencia importante en las Islas Galápagos. Está pintado en las fachadas de locales comerciales, está presente en las artesanías que se venden en las tiendas de souvenirs, en las joyas que algunos turistas buscan llevarse, en peluches que se ofrecen como recuerdos, impreso en camisetas e incluso forma parte del logotipo del Parque Nacional, junto a —por supuesto— una tortuga gigante. Es uno de los íconos de la biodiversidad de la reserva marina protegida del célebre archipiélago. 

Video de Anthony Gavilanes.

Se pensaría entonces que es muy fácil verlos, pero no. “Quizá es el clima de estos meses”, dijo Michael, uno de los guías turísticos de una de las casi 40 operadoras en Isla San Cristóbal, desde donde nacionales y extranjeros salen a puntos cercanos en una pequeña embarcación. La ciencia dice que por lo general, los tiburones prefieren aguas un poco más cálidas y con temperaturas más agradables como las que hay entre enero y abril o, a veces, mayo. 

Esa fría mañana de septiembre, el destino era el León Dormido, una formación rocosa de casi 200 metros de altura ubicada en medio del mar a unos 45 minutos de San Cristóbal. Mi consigna era ver por primera vez a un tiburón martillo en su hábitat. 

Meter media cabeza en el agua utilizando el visor de snorkeling y percibir algo de la inmensidad del océano debajo de los pies sin nada más que las aletas al final del cuerpo es sobrecogedor, sobre todo si no se ha nadado hace tiempo. 

mar de Galápagos

Los tiburones martillo se encuentran en la reserva marina Galápagos. Fotografía de Diana Romero para GK.

Los martillo suelen ser vistos con mayor frecuencia en los alrededores de las islas Darwin y Wolf, en el extremo norte del archipiélago. Se trata de dos islas no habitadas, a unas ocho horas de navegación de San Cristóbal. Hasta allá llegan cruceros de buceo profesional que duran semanas y que cuestan miles de dólares. Según la Fundación Charles Darwin, este lugar es un refugio natural de esa especie, que alberga la mayor biomasa —grandes cantidades— de tiburones de todo el mundo.  

El agua en el León Dormido o Kicker Rock estaba considerablemente fría y eso incrementaba la sensación de novedad y sorpresa. Cruzar a nado el estrecho canal entre las rocas y mirar hacia arriba, hacia la altitud de esas enormes piedras color café, erosionadas por la salinidad del aire, fue casi tan emocionante como todo lo que hay en ese punto bajo el mar y que se puede ver con facilidad: eternos cardúmenes de pequeños peces, tortugas marinas que pasan muy cerca, peces globo, algunas rayas, vegetación submarina en los bordes de las piedras e incluso un tiburón de tamaño mediano que cruzó por allí, pero no era martillo. De él no hubo rastro. 

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Eduardo Espinoza es biólogo, guardaparque del Parque Nacional Galápagos y tiene hasta una especie marina bautizada en su honor como un homenaje a su labor por la conservación de las islas: Anisotremus espinozai.

Fue él quien, en 2017, descubrió el área de crianza de tiburones martillo al pie del manglar junto al Cerro Dragón, en una de las zonas costeras de la Isla Santa Cruz, la más poblada del archipiélago. Él y su equipo la ubicaron al regreso de una expedición de monitoreo de otras especies. Descubrieron otro criadero más en 2018, en una caleta llamada Tortuga Negra, pocos kilómetros más adelante. En esas aguas se realizan actividades de monitoreo de la especie y actividades de medición y marcación. Se hacen para tener insumos para que los estudios sobre migración, desarrollo y alimentación de los tiburones se mantengan actualizados.

medir tiburones martillo

Los biólogos se preparan para medir tiburones martillo y de otras especies. Fotografía de Diana Romero para GK.

Contrario a los cielos nublados y al frío que se sintieron durante todos los días de esa semana en las Islas Galápagos, el martes 21 de septiembre del 2021 el sol salió. El mar, que en los días anteriores se veía opaco y gris, resplandecía en diferentes tonos de azul y además estaba calmado y navegable, con el nivel de marea perfecta —ni alta ni baja— para la expedición hacia el manglar. Allí se llega luego de una media hora de viaje en lancha neumática, pues su tamaño permite ingresar al criadero para las actividades que los científicos realizan: monitoreo de especies, medición de crías y colocación de marcas acuáticas para el seguimiento de los ejemplares. 

La proa de la lancha se levanta más mientras más alta es la corriente que viene a contramano. Los ocho ocupantes del bote inflable luchamos por permanecer sentados y no caernos. Mientras buscamos un pedazo de tela, una agarradera, algo de qué sostenernos, lo que sea, Eduardo Espinoza se para en la proa, sosteniéndose apenas de una soga, con las piernas entreabiertas y un equilibrio imperturbable y viaja así casi todo el camino hasta que llegamos a Venecia. Así han nombrado a un área atravesada por atolones de barrera, compuesto de estrechos canales interconectados entre ellos por donde nadan libremente los tiburones neonatos e infantiles. 

Los tiburones son una especie ovovivípara, es decir, su huevo es fecundado y eclosiona dentro del vientre de la madre. El embrión permanece dentro hasta su desarrollo completo y nacimiento. Las crías son dejadas por sus madres en las zonas que rodean la roca luego del parto y avanzan al manglar en busca de protección de grandes depredadores, sombra y alimento. Ahí se forman lagunas naturales de agua salada donde hay pequeños camarones, cangrejos y peces de los que los tiburoncitos se alimentan. 

Aunque ahora hemos dejado atrás el mar y estamos en una zona que parece una piscina turquesa, hay un flujo de agua constante, lo que permite que los tiburones se muevan y respiren. Contrario a lo que sucede con otros tipos de peces, que pueden obtener oxígeno mediante sus branquias en estado de quietud, el tiburón necesita hacerlo en movimiento, debido a que carecen de un órgano llamado “opérculo” o “branquias desnudas” que les obliga a nadar y movilizarse para mantener el flujo de agua a través de sus branquias. Para un tiburón, la quietud equivale a la muerte. 

La lancha conducida por René García lleva a Espinoza y su equipo —Rogerio, Roberto, Alberto, todos biólogos— a una zona ubicada más profundamente, rodeado de mangle rojo y mangle blanco, y donde permanecerán por una hora exacta, para medir y colocar marcas de seguimiento en los tiburones martillo. 

Primero, los científicos lanzarán un arte de pesca llamado trasmallo, una extensa red con boyas en la parte superior que en Galápagos se utiliza únicamente con fines investigativos, en donde los tiburones quedarán atrapados y podrán ser capturados para el análisis sobre el ictiómetro, una regla gigante de madera, que sirve para determinar el largo de los ejemplares. Es un trabajo que exige agilidad y concentración y puede durar máximo dos minutos por tiburón.

—Ahí cayó. Ya tenemos uno. 

—Pilas para organizarnos.

García da retro a la lancha y avanza despacio hasta la zona donde la boya se hunde, indicativo de que allí hay un tiburón. “Al fin veré un tiburón martillo”, pensé. Pero ese día tampoco tuve suerte. El tiburón que quedó atrapado en el trasmallo era uno de la especie punta negra, comunes también en los criaderos, me explicó Eduardo Espinoza. 

Aquel momento se convierte en una pequeña maratón contra el tiempo. Mientras uno saca al tiburón del agua, otro lo toma y lo coloca sobre la madera, esa misma persona lo mide, va diciendo en voz alta las medidas que alguien más anota, le coloca la marca externa con algo parecido a una jeringuilla en la aleta dorsal, otro toma una pequeñísima muestra genética —recorta un milimétrico fragmento de aleta pectoral— lo pasa a los responsables de la balanza, que también dicen su peso en voz alta y luego cuidadosamente es devuelto al mar. 

martillo

Biólogos y personal del Parque Nacional Galápagos miden a las especies de tiburones y los etiquetan para llevar registro de su crecimiento. Entre los que miden están los tiburones martillo. Fotografía de Diana Romero para GK.

investigación de tiburones martillo

Un biólogo sostiene un tiburón punta negra para medirlo, etiquetarlo, y luego lanzarlo al agua de vuelta. Fotografía de Diana Romero para GK.

Ese fue el primero de 17 tiburones punta negra que hallaron, marcaron y midieron. Se determinó su longitud total, furcal —desde el hocico hasta la aleta caudal, su cola—, longitud estándar, longitud interdorsal, peso, sexo y si tenían el orifico umbilical abierto, cerrado o parcialmente cerrado. Este detalle les permite establecer una edad y estadío aproximado. Los neonatos aún tienen la marca umbilical rosada o abierta, los juveniles apenas tienen rastro de ella. El otro aspecto que consideran es la longitud, pues los tiburones nacen de 30 centímetros y en su juventud alcanzan aproximadamente los 60. Cuando cumplen dos o tres años empiezan a salir a mar abierto y a aventurarse un poco más, a zonas más abiertas, lejos del criadero, para comenzar su etapa de vida silvestre. 

Eduardo Espinoza también estaba sorprendido de que aquel día no saliera ni un tiburón martillo. Me dijo que desde el descubrimiento del criadero hasta septiembre del 2021 habían marcado 80 de esta especie. “En una de estas exploraciones logramos medir y marcar 18 tiburones martillo. Depende mucho de sus periodos y niveles de reproducción. Ciertos años hay más camadas, no paren todos los años”, me explicó. Una cachuda macho arranca su vida reproductiva a los 9 años de edad. Las hembras, a los 12. Viven entre 36 y 40 años, lo cual es bastante longevo para un pez.

En esa jornada, la intención era capturar un tiburón martillo juvenil de tamaño adecuado y colocarle una marca acústica en el abdomen mediante una pequeñísima incisión con bisturí. 

Este GPS, similar a una batería de reloj, es más grande que las marcas externas colocadas en las aletas dorsales y permiten hacer una lectura más precisa de la ubicación, del rastreo del animal y de sus rutas migratorias, cuando pasan cerca de las zonas donde están ubicados los receptores —a lo largo del océano— pues pueden transmitir su señal hasta por diez años. Hasta septiembre se habían colocado siete marcas acústicas en Santa Cruz, cinco en tiburones martillo y dos en tiburones punta negra. 

Las marcas externas, en cambio, permiten conocer la actividad de los tiburones dentro de los criaderos, su tránsito, su crecimiento y son monitoreadas mediante lectores que los biólogos llevan consigo durante estas expediciones. En julio pasado, la Fundación Charles Darwin reveló que la marca satelital colocada en Cassiopeia, una hembra preñada de la especie Sphyrna lewini, permitió conocer su ruta migratoria de ida y vuelta, en un camino de más de 4 mil kilómetros que partía de las Islas Galápagos hacia las costas del Golfo de Panamá, otro criadero natural de martillo en la zona del Océano Pacífico. 

Proteger sus rutas es esencial. “Si queremos salvar de la extinción a la población de tiburones martillo debemos proteger sus rutas migratorias e imponer una normativa pesquera mucho más estricta en toda la región”, escribió Pelayo Salinas, científico de la Fundación Charles Darwin.

En su publicación, Salinas dice que el rastreo proporciona pruebas importantes de la conectividad entre las Islas Galápagos y las zonas de cría en la costa continental para esta especie en peligro crítico. “Usamos marcadores genéticos sensibles microsatelitales para ver si podíamos encontrar conexiones genéticas entre las 134 muestras de hembras adultas de Galápagos y las muestras costeras de pequeños tiburones martillo, lo que se conoce como pares de padres e hijos”, me dijo Mahmood Shivji, director del Centro de Investigación de Tiburones de la fundación Save Our Seas y del Instituto de investigación Guy Harvey de la Universidad Nova Southeastern en Florida. Shivji, quien trabajó con Salinas, me explicó que se recolectaron 134 muestras mediante biopsia no letal de tiburones martillo hembras en las agregaciones en las islas Darwin y Wolf. Las conclusiones de este estudio aún no han sido publicadas. 

biólogo del Parque Nacional Galápagos

Eduardo Espinoza es uno de los biólogos del Parque Nacional Galápagos encargado del criadero de tiburones. Fotografía de Diana Romero para GK.

El trabajo del Parque Nacional Galápagos y de la Fundación Charles Darwin tienen como bandera la conservación de esta especie y esta es también la meta detrás de iniciativas como la creación de la Reserva Marina Puerto Cabuyal-Punta San Clemente, en la provincia de Manabí, en noviembre pasado, que cubre un área de más de 130 hectáreas desde Jama hasta Sucre y que busca el sostenimiento de tiburones martillo, por la abundancia de neonatos y juveniles en esta zona. 

A este propósito también se une la creación de la nueva Reserva Marina Hermandad, en Galápagos, que añade 60 mil kilómetros cuadrados a la zona de protección marina ya existente en las islas. La nueva reserva establece un corredor marino entre Galápagos, Isla del Coco en Costa Rica y otras islas como Coiba en Panamá y Malpelo en Colombia, que son parte del Corredor Marino del Pacífico Este Tropical, zona de paso de decenas de especies migratorias, como los tiburones martillo. 

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En el inicio del malecón de San Cristóbal en Galápagos hay una escultura de un pez espada un tanto vieja que se encuentra antes de la zona comercial, casi al inicio, donde se estacionan la mayoría de los lobos marinos que abundan en el pueblo. La escultura tiene una leyenda en la parte inferior: “Captúrame y devuélveme”. Es una frase que, dada la normativa sobre la conservación de los tiburones martillo en el ecosistema ecuatoriano, también podría aplicarse para esa especie. Aunque en ese caso lo más preciso sería “por favor, no me captures y si lo haces, devuélveme”. 

Para que esas capturas no ocurran, para que esas devoluciones ocurran y para que los tiburones martillo sigan existiendo, la labor de los inspectores de pesca —y todo el órgano que los sostiene— debe funcionar. 

tiburones martillo en mar de Galápagos

A pesar de la normativa vigente, en la práctica, los tiburones martillo no están a salvo. Fotografía de Diana Romero para GK.

En Manta, la única vez que vi tres inspectores de pesca juntos, con ropa de trabajo, chalecos e identificaciones, fue a la mañana del domingo 12 de diciembre, desayunando en los locales contiguos al mercado de mariscos.

Me explicaron que ya habían terminado su turno. No supieron decirme por qué esa ni mañana ni la mañana anterior ninguno de sus compañeros estuvieron en las descargas de pescado en Playita Mía. De esto y de algunas de las denuncias planteadas en este reportaje busqué conversar con Andrés Arens, viceministro de Pesca, en repetidas ocasiones —cuatro a su contacto personal, nueve a su comunicador— pero la entrevista jamás fue concedida. Antes de esta publicación hice un último acercamiento que tampoco fue atendido. 

Al hermoso, amenazado y apetecido tiburón martillo no lo vi. De él se habla en secreto, se dice que no llega a puerto —solo cuando hay decomisos, como el de Santa Rosa. Ambos —tiburones martillo y los funcionarios que deberían velar por su control— coexisten bajo acecho: la especie, por la depredación y el peligro de extinguirse y los inspectores de pesca, por la falta de presupuesto y los peligros que acarrea su trabajo. 


Aclaración: El reglamento para la Ley Orgánica para el Desarrollo de la Acuicultura y Pesca promulgada el 14 de abril de 2020 fue aprobado apenas el pasado 25 de febrero del 2022, cuando este reportaje ya se había publicado. 
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Diana Romero
Periodista enfocada al periodismo narrativo con énfasis en temas sociales, de género y derechos humanos. Ha colaborado con diario El Telégrafo, Extra, revistas Vistazo, Soho, medios digitales como GK, La Barra Espaciadora, Plan V e Indómita. Es becaria de la Fundación Gabo, máster en periodismo digital, e integrante de la Fundación Periodistas Sin Cadenas.

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