Este reportaje se publicó originalmente en Mongabay Latam 


Un grupo de científicos de la Fundación Charles Darwin (FCD), en colaboración con la Dirección del Parque Nacional Galápagos, la Universidad de las Azores en Portugal y la Universidad Nova Southeastern en EE. UU. decidieron probar que los tiburones martillo hembra de Galápagos nadan hasta las costas de América del Sur y América Central para dar a luz a sus bebés entre los manglares. Una teoría que, aunque se manejaba como la más probable, no estaba comprobada científicamente.

El objetivo de saber dónde nacen los pequeños era poder contar con la información necesaria para proponer medidas de conservación y así proteger a esta especie que se encuentra en Peligro Crítico de extinción, según la Lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Para lograrlo, los científicos pasaron días en el agua hasta que pudieron instalar un dispositivo satelital en la aleta dorsal de 15 tiburones martillo hembras preñadas. Pero realizarlo no fue tarea fácil. Los tiburones martillo son animales frágiles y se asustan fácilmente. Tanto que hasta el ruido de las burbujas del tanque de oxígeno del equipo de buceo los espanta. Por eso tuvieron que bajar a pulmón y sin tanque de aire, hasta 15 metros de profundidad, para disparar un dardo que llevaba un dispositivo satelital que, además, debía ser instalado justo en un espacio de apenas diez por cinco centímetros de la aleta del animal en movimiento.

Este esfuerzo ya dio sus primeros resultados. Pudieron establecer que de los 15 tiburones hembra marcados, uno llegó hasta la costa de Panamá a parir y luego volvió a Galápagos en un viaje que, en total, le tomó unos dos meses. Su nombre es Cassiopeia, en honor a la constelación y a la diosa griega, y la información que reunió puede ser clave para la continuidad de su especie.

El viaje de Cassiopeia

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Cassiopeia salió de Galápagos y nadó hasta el Golfo de Panamá donde dio a luz a sus pequeños para luego regresar al área marina protegida de Galápagos. Unos dos meses demoró en su travesía, ida y vuelta, en la que recorrió más de 4000 km. Los científicos pudieron rastrearla cada vez que ella subía a la superficie. En ese momento, un sensor reconocía que el dispositivo ya no estaba en contacto con el agua y de esa manera este se encendía enviando la posición exacta de su ubicación al satélite.

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Los científicos, además, observaron que cuando Cassiopeia inició su travesía rumbo al continente, nadó siguiendo la cordillera del Coco, una cadena de montañas y volcanes submarinos que se extienden por 1200 kilómetros desde las islas Galápagos hasta la costa pacífica de Costa Rica.

A medio camino, Cassiopeia entró a la reserva marina de isla Coco, confirmando así la importancia de proteger el corredor marino que une a estos dos áreas protegidas, un proyecto que ya está siendo estudiado por la directiva del Corredor Marino del Pacífico Este Tropical, una iniciativa regional de conservación que busca crear medidas conjuntas entre Colombia, Ecuador, Panamá y Costa Rica para el manejo ecosistémico de las áreas marinas protegidas de Galápagos, Coco, Malpelo, Gorgona y Coiba.

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El viaje de Cassiopeia desde Galápagos hasta Panamá. Imagen de la Fundación Charles Darwin.

El lugar donde nacieron los bebés de Cassiopeia en el golfo de Panamá ya había sido identificado antes como una zona de crianza para el tiburón martillo. Lo novedoso ahora es que se sabe que esos bebés son hijos de padres que viven en Galápagos, uno de los pocos sitios en el océano donde todavía se pueden ver grandes grupos de esta especie, una de las más amenazadas del planeta.

Esa zona de crianza, sin embargo, es también un área de pesca y “en esta época siempre suelen salir por redes sociales cómo los pescadores de la costa capturan los bebés martillos que se venden en los mercados locales”, asegura Pelayo Salinas de León, líder del proyecto de investigación de ecología de tiburones de la FCD.

Esa situación ya la habían documentado los científicos del proyecto y también ocurre en zonas de crianza de Costa Rica, Colombia y Ecuador, asegura Salinas. De hecho, un segundo pilar del estudio consiste en analizar muestras de tejido de pequeños tiburones martillos vendidos en 12 mercados a lo largo de las costas de esos cuatro países.

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Tiburones martillo. Fotografía de Pelayo Salinas de León

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Mahmood Shivji, director del Centro de Investigación de Tiburones de la fundación Save Our Seas y del Instituto de investigación Guy Harvey de la Universidad Nova Southeastern, contó a Mongabay Latam que se recolectaron 311 muestras de tejido para cruzar la información genética de estos pequeños tiburones con la de 165 hembras martillo de Galápagos a las que ya se les han realizado exámenes de ADN.

El objetivo es el mismo: identificar si alguno de esos bebés vendidos en los mercados es hijo de tiburones martillo hembra de Galápagos. Sin embargo, los científicos saben que esa tarea “es como buscar una aguja en un pajar”, dice Salinas, y hasta ahora no han encontrado ese match. Pero lo que sí comprobaron analizando las muestras de tejido obtenidos en los mercados de esos cuatro países es algo igualmente interesante: el estudio arrojó que “no hay una diferencia genética entre las diferentes poblaciones muestreadas”, dice Salinas. “Esto significa que los tiburones martillo de Ecuador se mezclan con otros tiburones martillo hasta el norte con Panamá y viceversa”, explica el científico, por lo que “no son solo tiburones de Galápagos, son tiburones regionales ya que migran a lo largo de la zona económica exclusiva de muchos países a la vez”, agrega. El viaje de Cassiopeia es también prueba de ello.

Los peligros durante la travesía

Cassiopeia se mantuvo protegida mientras estuvo al interior de las áreas marinas protegidas de Galápagos y de Isla Coco. Sin embargo, al salir de ellas, el peligro de ser capturada por barcos pesqueros la acechó durante todo su viaje y también en su lugar de destino, donde dio a luz a sus crías.

Salinas cuenta que los tiburones martillo que han sido marcados en otras oportunidades para su estudio “han aparecido en barcos de pesca”. Los investigadores se han dado cuenta de ello al observar la velocidad inusual a la que, de un momento a otro, comienza a moverse la marca satelital. Además, las marcas también “han aparecido en puertos pesqueros e incluso han llegado a la casa del pescador”, asegura el experto, por lo que es posible asegurar que no todas las madres sobreviven al viaje.

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Tiburones martillo. Fotografía de Pelayo Salinas de León

Las que sí logran llegar a su destino, cuando lo hacen, “tanto ellas como las crías son susceptibles a flotas de pesca artesanales que usan palangres o redes de enmalle para capturar otras especies, pero donde sabemos que cae un gran número de neonatos y juveniles martillo”, dice Salinas. Por eso, “el manejo espacial estableciendo corredores o áreas protegidas es algo que es necesario”, dice el experto, pero “también es necesario un mejor ordenamiento pesquero, justamente para evitar la mortalidad en zonas que no son corredores”, señala.

En concreto, ese ordenamiento se podría dar, por ejemplo, cerrando a la pesca las zonas de crianza durante los meses en que llegan las madres para dar a luz a sus crías o restringiendo el uso de ciertas artes de pesca. “Sabemos dónde están las zonas de crianza para esta especie. También sabemos la época del año en la que estos bebés empiezan a aparecer. Entonces ya tenemos información para proponer, por ejemplo, una veda temporal o un cierre espacial”, dice Salinas. Además, puesto que las poblaciones de tiburones martillos de Ecuador, Colombia, Costa Rica y Panamá están conectadas entre sí, “sería bueno mejorar a nivel regional y de manera coordinada el manejo pesquero”, agrega el experto.

Cassiopeia se desprendió de la marca satelital cuando llegó de regreso a Galápagos, justo antes de entrar a la reserva marina.

Lo que sigue para los investigadores será intentar cruzar las rutas de los tiburones martillo con la de los barcos pesqueros para ver si logran identificar a las embarcaciones que han pescado a los animales que llevaban una marca satelital. El problema, explica Salinas, es que “no hay mucha información sobre las embarcaciones menores porque casi ninguna tiene rastreador satelital”. La información que se podría obtener acerca de la actividad pesquera, por lo tanto, sería apenas una pequeña muestra de lo que realmente ocurre en el mar. Esto, “obviamente resalta la necesidad de también incluir a las embarcaciones menores en estos sistemas de monitoreo satelital”, asegura el experto.