Este reportaje se realizó en alianza con 

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Johana Ibarra no sonríe. Todo lo que cuenta detrás de la mascarilla ha causado grietas en su vida, en sus sueños, en sus planes como migrante. En agosto de 2019 salió caminando desde su natal San Cristóbal, una ciudad del estado venezolano de Táchira, llena de calles amplias, asfaltadas y edificios, pero severamente golpeada por la crisis causada por su gobierno hace casi una década. 

Unas semanas después, llegó a Quito, capital ecuatoriana entretejida por la migración interna y extranjera. Apenas arribó, trabajó con un repartidor de pollos congelados en tiendas del sur de Quito. “Un vecino me recomendó ese trabajo y acepté enseguida”, cuenta sentada en el pequeño comedor de la casa que renta en La Victoria, un barrio sureño, con muros grafiteados, de calles adoquinadas y de perros que se escandalizan cuando ven a un extraño. 

Ese día, Johana Ibarra se encontró muy temprano con el “pollero”, como ella lo llama. El trabajo consistía en recorrer el sur de la ciudad, hacer paradas por cada tienda para entregar los pollos. Johana Ibarra debía escribir en un cuaderno el nombre de la tienda, cuántos pollos o kilos se entregaba y en ocasiones ayudar a empacarlos. El trato había sido pagarle 10 dólares por cuatro horas de trabajo. 

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Al transcurrir el día, el pollero le dijo a Johana Ibarra que le podía pagar hasta 15 dólares por las cuatro horas. “Pero que yo tenía que estar con él, que tenía que ser más que la amiga”, recuerda que le dijo. Ella le respondió que no podía aceptar eso. Mientras avanzaban las horas de trabajo, sentados en el carro del pollero, él intentó tocar la pierna de Johana. “Yo quería salir corriendo pero donde estábamos entregando los pollos era lejos, estábamos en Guamaní hacia arriba, hacia la montaña”, dice Johana Ibarra.

En Ecuador el 95,5% de venezolanos han sufrido algún tipo de discriminación en el trabajo por ser extranjeros, dice el libro Sistematización de estudios sobre la caracterización de la migración venezolana en Ecuador (Quito y Guayaquil) de Cristina Bastidas. Las venezolanas y venezolanos, sin distinción, han enfrentado formas de violencia, como trabajar o realizar actividades en contra de su voluntad y sufrir violencia física y sexual, dice Bastidas. 

Las cuatro horas de trabajo fueron eternas hasta que terminaron y ella regresó a su casa a contarle a su esposo lo que había sucedido. No volvió a trabajar con el repartidor de pollos. 

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Días después, Johana Ibarra encontró trabajo en un restaurante también en el sur de Quito, dónde vendía almuerzos y la sonrisa le volvió a florecer: tendría dinero para comprar alimentos para su pequeña hija de 5 años y pagar el arriendo y los servicios básicos. 

flecha celesteOTROS CONTENIDOS SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO

Johana Ibarra trabajaba 12 horas diarias: desde las 7 de la mañana cuando comienza a pintarse el día hasta las 7 de la noche cuando el cielo se torna oscuro. Por su trabajo de limpiar las mesas, recibir los pedidos de los clientes, pasar y retirar los platos a los comensales, le pagaban 12 dólares diarios. En Ecuador, según el Código de Trabajo, la jornada laboral es de 8 horas diarias, el trabajador debe estar afiliado a la seguridad social y recibir 400 dólares como sueldo mínimo. Pero es habitual que se vulneren los derechos laborales de los migrantes. 

El libro de Cristina Bastidas dice que las mujeres venezolanas son más vulnerables de sufrir explotación laboral y sexual a la hora de buscar trabajo. Bastidas dice en el libro que la condición de regularidad no garantiza a las venezolanas el derecho al trabajo. La experta me dijo que se calcula que actualmente 9 de cada 10 venezolanas llegan al país en condición de irregularidad y sin documentos. 

xenofobia a venezolanasJohana Ibarra entró al Ecuador presentando su cédula de identidad, hasta ahora, más de dos años después, no ha podido obtener una visa, porque no ha podido reunir el dinero para pagarla. Justo en la época que Johana emprendía su viaje hacia Ecuador, el entonces presidente Lenín Moreno decretó que los venezolanos necesitan visa para permanecer y entrar al país.  Pero eso no ha impedido que los migrantes sigan transitando. Hasta el 22 de octubre de 2021, más de 482 mil refugiados y migrantes venezolanos han entrado y salido de Ecuador por pasos informales. Muchos han sido víctimas de xenofobia en las ciudades fronterizas como Tulcán.

Al bajo salario, tuvo que sumarle el acoso constante. Mientras atendía las mesas del restaurante en el que trabajó durante 7 meses, Johana Ibarra, una mujer venezolana de 24 años, tuvo que soportar invitaciones fuera de lugar e insinuaciones. “No pareciera que usted es venezolana”, recuerda que le dijo un cliente. Era un cuadro repetido y, no por ello, más tolerable: le decían para ir a fiestas, salir a tomar cerveza y, como aquel cliente, muchas veces ataban los avances con comentarios sobre su nacionalidad. 

Era un cóctel insufrible: el acoso en sus distintas formas más la xenofobia. Ser mujer y migrante significa correr dos veces los riesgos, vivir dos veces la precariedad, estar dos veces desamparada. Johana Ibarra tiene la piel tostada como el caramelo, un lunar sinuoso como un mapa en el lado derecho de su frente y la voz resuelta. “Usted es boba por no aceptar, vamos que la va a pasar bien, usted está joven, va a conocer”, le decían entre tres y cuatro veces a la semana. 

Era como si muchos de estos hombres suponían que una mujer venezolana estaba más dispuesta a aceptar sus avances. María Amelia Viteri, antropóloga experta en género, dice que en el imaginario social, las mujeres venezolanas están sexualizadas por la industria de reinas de belleza que creó ese país: entre 1979 y 2003, ese país ganó siete veces el concurso Miss Universo, convirtiendo a estos certámenes en un lucrativo negocio nacional —que solían estar atados a la producción de telenovelas, otro rubro en el que Venezuela se convirtió en un foco productor en la región. La última vez que una mujer venezolana ganó el hoy ya anacrónico Miss Universo fue en 2013. Para entonces, el país aún no caía del todo en la severa crisis política, social, económica y humanitaria que ha causado que más de 5 millones de sus habitantes hayan tenido que irse a buscar mejor suerte en el extranjero.

Hoy, cuando el país ya no exporta reinados de belleza ni seriales de desamor televisivo, sino hombres, mujeres, niñas, niños y adolescentes desesperados porque no hay comida suficiente, ni agua potable, ni servicios médicos, ni seguridad en las calles, ha hecho que las venezolanas se sean un blanco de acoso. Viteri explica, además, que el acoso es mayor contra las mujeres migrantes afrodescendientes.

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Johana Ibarra recuerda que algunos clientes que la acosaban iban todos los días al restaurante, otros solo iban una vez y no volvían. “A veces me provocaba no ir porque sabía que me iban a hacer esas propuestas”, dice. Javier Arcentales, experto en migraciones, y uno de los panelistas en la presentación del Barómetro de la Xenofobia —una herramienta que busca contrarrestar las opiniones negativas sobre los migrantes— dijo que es “importante hablar de la xenofobia como una forma estructural de discriminación”. Arcentales dijo que la xenofobia no solo impacta a los venezolanos sino que es fruto de las formas de exclusión a otras poblaciones”. Reconoce, sin embargo, que actualmente la xenofobia hacia los venezolanos es más “intensa y más visible”. 

Desde el 25 de julio al 25 de septiembre de 2021, el Barómetro de la Xenofobia analizó 24 mil publicaciones sobre conversaciones públicas de migración en Twitter y medios de comunicación en Ecuador. En el 20% de publicaciones analizadas se detectó rechazo y discriminación, y al otro extremo, en el 12% de las publicaciones se promovió la inclusión de los migrantes y refugiados. “El Barómetro de la Xenofobia ayudará a desmitificar a la persona migrante, construida desde lo negativo”, dijo en el lanzamiento de la herramienta, José Iván Dávalos, representante de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) en Ecuador. La xenofobia rompe los sueños de los migrantes que recorrieron cientos de kilómetros imaginando llegar a un lugar mejor del que dejaron. 

La dueña del restaurante donde trabajaba Johana Ibarra sabía sobre el acoso y los comentarios que le hacían a Johana Ibarra pero prefería no hacer nada. “Me decía usted no le pare bola, usted no va a ir con ellos, dígale que si va a ir para que los tenga ahí”, cuenta Ibarra. Ella se sentía presionada porque quería mantener su trabajo e intentaba atenderlos bien y siempre respondía amable: que no puede ir a esas invitaciones, que está bien trabajando allí.

María Amelia Viteri explica que en ese contexto, es muy difícil que las mujeres migrantes busquen ayuda o protección de la legislación ecuatoriana porque no conocen el sistema o están asustadas. “Están intentando sobrevivir, ahí es muy difícil poder organizarse para reclamar los derechos”, dice la antropóloga Viteri. Entre el acoso y el hambre, muchas mujeres no tienen otra opción que padecer el primero. 

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El trabajo en el restaurante se terminó porque llegó la pandemia del covid-19. El coronavirus confinó a buena parte del mundo e  hizo que cientos de locales comerciales o restaurantes cerraran y quebraran. En Ecuador hubo al menos una pérdida de ingresos de 6.421 millones de dólares.

Desde entonces, Johana Ibarra ha entregado decenas de hojas de vida en almacenes, restaurantes y locales comerciales para intentar conseguir un ingreso fijo.

xenofobia a venezolanasPero en las pocas veces que la han citado para una entrevista de trabajo, le ha ofrecido pagarle cinco o siete dólares por 12 horas de trabajo diarias. “Muchos empleadores se aprovechan, explotando o usando a su favor la situación de extrema precariedad, en este caso de las mujeres venezolanas en situación de movilidad”, dice María Amelia Viteri. 

Hoy, Johanna Ibarra trabaja algunos días en los semáforos del sur de Quito, limpiando los parabrisas atenta que los policías o metropolitanos no se lo prohiban. El acoso y la xenofobia hacia ella han roto sus sueños de migración, y su deseo de ver el horizonte despejado para ella y su familia.

Mayuri Castro
Periodista de GK. Cubre educación, migración interna y los derechos de las mujeres. En 2021 ganó la Mención de Honor en Acceso a la Salud del Premio Roche por el reportaje El consuelo de un país en crisis recae en sus estudiantes de psicología. Fue parte del equipo de Mongabay Latam y GK nominado al premio Gabo 2021 en la categoría texto con el especial Mujeres en la Amazonía: lideresas indígenas que están cambiando el rumbo de sus comunidades.