De una forma u otra siempre termino en una cocina preparando algo, recogiendo trastos o lavándolos. En reuniones, por ejemplo, es usual que gravite cerca de platos semi vacíos tratando de llenarlos nuevamente, escondida detrás de una pila de platos sucios o ayudando (hago cualquier cosa pero déjame entrar) en la cocina. (¡ay qué linda, es hacendosa!) Pero como ya vamos casi dos años conociéndonos, me siento en la obligación de confesarles lo siguiente: para los que somos tímidos, la cocina es el lugar ideal.

flecha celesteOTROS HAMACAS

Además de evitar preguntas incómodas, conversaciones innecesarias y respuestas inconclusas (sí, he subido de peso, Carmencita. Y, ¿QUÉ, EEH?) la cocina me resulta un espacio cómodo donde el orden, el control y la pulcritud son mejores que las de un spa (y en mis sueños, no tan lejos de las de un quirófano). 

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Hasta hace poco no había entendido que los procesos metódicos de la cocina y la repetición de las acciones me relajan: cuarenta y cinco tazas sucias, veintitrés platos grasosos y dos docenas de cubiertos babeados lo demostraron. Enjabona, lava, enjuaga, repite. ¡Ah, la gloria!

Desde pequeña descubrí que estar tras bastidores trae un privilegio enorme frente a los que prefieren disfrutar del chit chat en el sillón del salón: las conversaciones en voz bajita del drama familiar en primera fila (¿QUE TE DIJO QUÉE?), los secretos del cocinero se vuelven un bien común, los escondites de las golosinas de la casa se descubren, y mi favorito: los mejores y más ricos bocados se quedan con los que servimos (no por algo ese viejo dicho dice que “el que parte y reparte se lleva la mejor parte”).

No puedo creer que ya estemos en la mitad de noviembre y que la época más abundante, rica y golosa del año está a la vuelta de la esquina. Seguramente en los próximos días y semanas una avalancha de reuniones con mucha, mucha, mucha comida, está por venir. Para meternos en la cocina y ya saben, no responderle con mala cara a ninguna Carmencita, les dejo esta larga pero muy rica receta.

¡Buen provecho!

Tartiflette

6 porciones / 1 hora 20 minutos

Ingredientes:

8 onzas de tocino, cortado en cubitos
2 libras de papas cholas, peladas y cortadas en cubos 
2 ½ tazas de cebolla perla, cortadas en cubitos
2 dientes de ajo, finamente rallados o picados
1 cucharadita de hojas de tomillo frescas finamente picadas
¾ taza de vino blanco seco
8 a 10 onzas de queso blando como Camembert o Brie
½ taza de crema fresca
Sal, pimienta negra y nuez moscada al gusto
  1. Calienta el horno a 200 grados. Agrega el tocino a un sartén frío y llévalo a fuego medio. Deja que el tocino se cocine hasta que salga un poco de su grasa y los bordes se doren, aproximadamente de 7 a 10 minutos. (No dejes que el tocino quede crujiente).
  2. Agrega las cebollas en el mismo sartén y sube el fuego a medio-alto. Cocina, revolviendo ocasionalmente, hasta que estén doradas y suaves, unos 10 minutos más. Ahí mismo agrega el ajo, el tomillo y la nuez moscada, y deja cocinar por otro minuto hasta que los aromas se desprendan.
  3. Agrega  las papas cortadas, el vino, la sal y la pimienta  y mezcla hasta que estén bien combinados. Cubre la sartén y deja cocinar, revolviendo de vez en cuando para que nada se pegue, hasta que las papas estén tiernas y el líquido se haya evaporado casi por completo, de 20 a 25 minutos. Si la sartén se seca mientras se cocinan las papas, puedes echar un chorrito o dos de agua.
  4. Corta el queso, dejando su corteza, en rodajas o gajos. Agrega la crema fresca a las papas y mezcla. Transfiere todo a un molde para horno, coloca las rodajas de  queso de manera uniforme encima de las papas y hornee, sin tapar, hasta que el queso se derrita y las papas estén muy tiernas, de 25 a 35 minutos. 
  5. Sirve caliente o tibio.
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Gabriela Valarezo
Directora de arte y gourmand oficial de GK. Dirige Quiero Comer, desde donde, cada sábado, cuenta historias sobre una receta (y nos cuenta cómo preparala).