
La hermosa e improductiva belleza de ser hincha
¿Por qué nos emociona tanto que juegue la selección?
Hay países donde ni eso queda, pero en el Ecuador podemos aún ponernos una misma camiseta. El básico conjunto de colores primarios de La Tri nos permite algo que suena a fantasía en estos tiempos polarizados: querer lo mismo, sentir que pertenecemos, poner de lado las diferencias y alegrarnos juntos. Y, como siempre, sin falta ni duda mínima, Quito ha decidido sumarse, de lleno, sin restricción ni pudor alguno, al deseo de que a nuestra selección de fútbol le vaya bien en el mundial 2026.



Sí, parecería absurdo que pongamos nuestra alegría presente y futura en una comitiva de deportistas que tienen, en promedio 25 años, y cuya máxima habilidad es dominar una pelota. ¿Pero saben qué también es absurdo? Los patronus de Harry Potter, el paraguas de Mary Poppins, el vuelo de Remedios la bella y las amistades de ultratumba de ño Nicasio Sangurima. Cuando el absurdo nos hace soñar y sonreír y temblar tiene un nombre propio: magia.


Y apoyar a la selección del Ecuador es mágico. En lo que sea, pero especialmente en los mundiales de fútbol —no importa lo que digan los cínicos. Porque hay gente a la que eso le molesta: refunfuñan y dicen cosas como “opio del pueblo”, “pan y circo”, “espectáculo vulgar”. Está bien. Caduno caduno, dicen en Quito, cuyas calles lucen por estos días abarrotadas de banderas y camisetas originales —pero sobre todo las chafas— del Ecuador.

El amarillo, azul y rojo parece haberse tomado la capital como una fiebre estacional, como si en lugar de la gripe de verano nos diera tricoloritis, como si fuese imposible salir al bulevar, a las avenidas y las veredas sin contagiarse del deseo de que Ecuador gane, pase de ronda, que tengamos futuro en el gran tinglado global. Amamos el fútbol porque es el deporte más simple y hermoso de jugar, pero por sobre todo porque es una metáfora precisa de la vida: ruda, injusta, cruel pero también hermosa, maleable, digna de ser jugada y el terreno propicio para los mejores ángeles de nuestra naturaleza.


Y en el fondo, cada quiteño que lleva una bandera tricolor en el carro o ha colgado una bandera o se ha pintado la cara sabe que la suerte del país —su economía, la salud pública, la reducción de la pobreza o la desnutrición crónica infantil— está completamente disociada de lo que pase en Estados Unidos, México y Canadá en el verano de 2026. No nos impedirá poner nuestra fe en esos chicos, muy humildes casi todos, soñadores, disciplinados, talentosos, risueños, divertidos.


Lo hacemos a sabiendas de que hinchar por un equipo no sirve para nada. Pero no nos importa porque no necesitamos de razones. “Querer que un equipo gane a otro es ilógico, como el amor”, contestó el actor y presentador argentino Sebastián Wainrach cuando un odiador del fútbol le preguntó qué festejaban los hinchas. Su interpelador le dijo que, como hincha, uno no gana nada. “Estás absolutamente equivocado y me da mucha pena que creas que ganar o perder pase solo por lo material”, le dijo Wainrach, “pero gana un equipo y yo me pongo contento, es un montón”, le explicó Wainrach. “¿Y sabes por qué me gusta ser hincha? Porque no sirve para nada. Y hoy justamente todo tiene que servir para algo, todo tiene que ser productivo”. Ser hincha sirve, entonces, de muchísimo. Es casi una proclama existencial: es el retorno al ocio, al no-hacer-nada, al disfrute de que no todo conlleva una abrumadora responsabilidad, a no tener que cumplir la meta de ventas ni alcanzar los ka-pe-ís.



El fútbol es una cura contra el cinismo imperante y como la vida es también paradójica: ¿o hay algo más cínico que los cooling breaks con los que la aún más cínica FIFA quiere embutirnos de más anuncios comerciales? Pero, al mismo tiempo, ¿hay algo más puro que la sonrisa de un niño al que su jugador favorito le da un autógrafo, o la alegría de agitar una bandera porque sí? ¿Qué mejores recuerdos que las fiestas en el club del barrio, qué mejor para olvidarnos de un mal lunes que ir a jugar y ser feliz como un niño de nuevo?



El fútbol vive en esa complejidad, en esos claroscuros donde hay belleza en el pie de Messi y violencia extrema en las barras bravas asesinas. El fútbol es una forma laica de ejercer la religiosidad y un deporte muy democrático, dijo Juan Villoro. Nos encapsula y nos une. Por eso vamos estos días vestidos con los colores de la selección por las calles de Quito. Por eso está bien ir de camiseta al trabajo: porque se puede soñar, aunque caigamos ante dignos rivales. Nos gusta el fútbol porque estamos vivos y somos seres humanos. Ya lo dijo Camus: “lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. En Quito, en estas tardes soleadas en que seguimos creyendo y alentando, lo entendemos mejor que nunca.







