El presidente Lenín Moreno llegó sin su esposa a la Asamblea Nacional, únicamente acompañado por el hombre que empujaba su silla de ruedas. Su esposa, Rocío González, que suele acompañarlo en actos oficiales, viajó hace unos días a Nueva York —a pesar de la suspensión de vuelos comerciales— para, dijo Moreno, ocuparse de su hija enferma. 

En un evento sin precedentes por las condiciones impuestas por la pandemia del coronavirus, la alfombra roja estuvo, esta vez, resguardada por un puñado de miembros de la escolta legislativa que mantenían un metro entre ellos y usaban  mascarillas. Fueron los pocos testigos presenciales de la llegada de Moreno a la sede del legislativo. 

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Mientras avanzaban hacia el pleno de la Asamblea, en donde el Presidente rinde cuentas a la nación cada 24 de mayo, las tomas de video la Secretaría de Comunicación de la Presidencia dejaban ver a un hemiciclo parlamentario de escasa concurrencia. Todos —excepto el Presidente— llevaban mascarillas. Entre los pocos funcionarios que aplaudieron cuando Moreno entró estaban la fiscal general Diana Salazar, la Ministra de Gobierno, María Paula Romo;  la Presidenta de la Corte Nacional de Justicia, Paulina Aguirre, y el Secretario General de Gabinete, Juan Sebastián Roldán, todos con tapabocas de un color similar al del atuendo que llevaban. 

Primero intervino el Presidente de la Asamblea, César Litardo —el tercero desde que inició el período legislativo, tras la destitución de José Serrano y la salida de Elizabeth Cabezas. Pidió un minuto de silencio para las personas que murieron de coronavirus. Después, enumeró todos los que considera los logros de la Asamblea bajo su presidencia. 

Cada cierto tiempo, la pantalla de la transmisión  se dividía en dos y se veía, en una a Litardo, en otra, los rostros de asambleístas que no pudieron asistir y que seguían la transmisión a través de una plataforma digital. 

Cuando terminó, pasaron un video con la infaltable canción Yo nací en este país —entonada por varios músicos ecuatorianos—  en el que se veían imágenes de playas, montañas y ciudades del Ecuador entremezcladas con las de cantantes como el Ministro de Cultura, Juan Fernando Velasco, y violinistas.

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Luego llegó el turno de Moreno, que habló cerca de cuarenta minutos. Allí también se dividió la pantalla y apareció la imagen de Rocío Moreno, sonriente, con camisa blanca y un pañuelo rojo con flores, amarrado al cuello.

— Ningún gobierno de Ecuador ha enfrentado tantas y tan graves dificultades juntas, en tan poco tiempo pero aquí seguimos luchando por la Patria.

Su voz pausada, de repente cambió y dijo, alzando el tono de voz y frunciendo el ceño:

— Hace tres años  encontramos un Ecuador quebrado por 10 años de despilfarro y corrupción y con deudas que sumaban 60.000 millones de dólares: ¡60% del Producto Interno Bruto!

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Así entró en materia Moreno, con una referencia ya desgastada durante los tres años que lleva gobernando: el legado de su predecesor y antiguo amigo, Rafael Correa. Se explayó, enseguida, en lo que su gobierno ha hecho bien para compensar lo que el anterior hizo mal. 

Habló de la “restauración del equilibrio democrático”, de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, de la ola migratoria de venezolanos en 2018, del “intento de golpe de Estado que duró 12 días” —refiriéndose al paro de octubre de 2019. Siguió con la llegada del coronavirus, la caída del precio mundial del petróleo, la rotura de tres oleoductos y “una multimillonaria campaña de desinformación que pretende confundir y hacer de mentiras, verdad”, dijo.

Detalló  todo lo que, asegura, su gobierno ha hecho bien: la inversión en salud —la creación de una infraestructura hospitalaria “a gran escala”—, la recaudación de impuestos histórica, la entrega de kits alimentarios, la “optimización” del gasto público —esa que le permitió “romper con la inercia del crecimiento de la masa salarial”, dijo. 

Dijo que su gobierno ha llevado a “un punto óptimo” las relaciones con los socios comerciales del país, enfatizando —cómo no— que esas puertas estuvieron cerradas durante una década. Década en la cual Moreno —parece olvidar— fue Vicepresidente de la República durante seis años. 

El Presidente habló también de 81 empresas que invirtieron en el país 2.200 millones de dólares y que generaron 10.500 empleos. Dijo que el Banco de Desarrollo ha otorgado 1.700 millones en créditos y que han logrado mejorar las condiciones para que “miles de ecuatorianos no sean despedidos”. 

Que invirtió mil millones de dólares en vialidad y atrajo 700 millones para concesiones portuarias; que se terminaron “las concesiones mineras a dedo” y que la minería “será un motor de nuestro desarrollo, siempre y cuando sea responsable con la naturaleza”, dijo. Además repitió un dato que ya había dado en la rendición de cuentas de 2019: que su gobierno ha dado de baja a 200 concesiones mineras. 

Que se han firmado y renegociado 3.500 millones de dólares en contratos petroleros —aunque nunca se ha pronunciado sobre las denuncias periodísticas que denunciaban la cercanía de Enrique Cadena, intermediario petrolero investigado por la Fiscalía con su exasesor presidencial, Santiago Cuesta.

Esos temas, suelen obviarse en las rendiciones de cuentas. No solo en las de Moreno, en las de su antecesor también. En lugar de ser un ejercicio honesto de transparencia desde el poder político hacia los ciudadanos, suele estar plagado de lugares comunes, condescendencia personal hacia el mandatario de turno y aplausos exagerados traducidos en agradecimientos al equipo presidencial. Esta vez no fue la excepción. 

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El discurso de Lenín Moreno tuvo también algunas declaraciones falsas, según el chequeo en vivo que hizo Ecuador Chequea. De 19 frases que el medio especializado en verificación de datos hizo, 5 resultaron falsas, 3 insostenibles, 5 requerían de mayor contexto y 6 fueron ciertas. Se identificó como falsa, por ejemplo, la cifra de pérdidas que Moreno atribuyó al paro nacional de octubre pasado: más de mil millones, dijo, cuando en realidad fueron 821.

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Las imprecisiones, exageraciones en los datos o falta de contexto en las rendiciones de cuentas, tampoco es un mal exclusivo del gobierno de Moreno. Poder identificarlas quiebra con esta imagen de país perfecto que los mandatarios intentan vender cada vez que rinden cuentas. 

Las cifras que todo lo engrandecen, las palabras que se convierten en solución al salir de la boca del gran líder, las obras que han llegado tras años de olvido. Un país construido desde las oficinas de Carondelet pero muy lejano al que viven, a diario, millones de ecuatorianos.