Frontera norte

Los tres que nos faltan

El 26 de marzo de 2018, un equipo de diario El Comercio de Quito fue secuestrado por un grupo narco insurgente nacido de las disidencias de las FARC. Este es un recuento de los siete días que han pasado desde que ocurrió el crimen: las respuestas (o la ausencia de respuesta) de los estados de Ecuador y Colombia, la falsa noticia de la liberación divulgada por un diario colombiano, y la voluntad férrea de amigos, compañeros y colegas que piden que los traigan pronto de vuelta.
  • periodistas de El Comercio secuestrados

    La noche del domingo 1 de abril, periodistas, fotógrafos, amigos y familiares de los tres secuestrados estuvieron, por sexta noche, en vigilia frente al Palacio de Carondelet. Fotografía de José María León.


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Ya no son solo ‘los tres secuestrados’ aunque aún no regresen a casa. Son padres, hijos, hermanos, compañeros, colegas. Son nombres y apellidos. Son tres hombres: Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. Son la tríade de las coberturas: reportero, fotógrafo, conductor. Son también, tres generaciones: Ortega tiene 32 años, Rivas cumplirá 46 este mes y Segarra tiene 60.  Son los tres rehenes en manos de una narco milicia, secuestrados mientras hacían su trabajo. Son los que pedimos que vuelvan. 

Sus familias acabaron con la especulación sobre sus identidades la mañana lluviosa del 1 de abril de 2018: revelaron sus nombres en una rueda de prensa. Lo hicieron para desmentir los crueles rumores de las crueles redes sociales que —por mezquindades políticas o delirios persecutorios o conspiraciones illuminati o por simple ruindad— decían que el secuestro era un montaje. Lo hicieron también para seguir las recomendaciones de los manuales para periodistas que cubren conflictos armados. Lo hicieron, sobre todo, para que los secuestradores sepan a qué personas tienen en sus manos. Javier, el que volvió al Ecuador después de vivir en España donde su familia emigró tras la crisis financiera de 1999. Paul, a quien una amiga llamó “un hombre para la tempestad. De un buen humor de no creer”. Y Segarra, el conductor afable al que todos llaman Segarrita.

Sus compañeros y colegas sabíamos desde la primera hora quiénes eran los tres rehenes de ‘Los de  Guacho’, una narcomilicia formada por disidentes de las FARC que no se acogieron al proceso de paz colombiano. Pero por pedido de las autoridades habíamos mantenido sus nombres en reserva. Desde hoy, podemos dejar de decir tres secuestrados. Son Javier Ortega, Paúl Rivas, Efraín Segarra. Son los tres que nos faltan. Porque desde el 26 de marzo nos faltan 3.

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Guacho, el hombre cuyas tropas delictivas tienen a Ortega, Rivas y Segarra comanda un grupo de al menos  500 insurgentes. Él se llama, en realidad,Walter Arízala Vernaza. Nació en Limones, un cantón pobre y olvidado de Esmeraldas hace 27 (otros dicen que podrían ser incluso 30) años. Su apodo es, también, el nombre de su grupo armado: Los de Guacho. “Una organización que es un híbrido entre insurgente y criminal”, según el experto en operaciones militares César Cedeño.

secuestran periodistas de El Comercio

Alias Guacho. Fotografía difundida por el Ministerio de Defensa de Colombia.

Antes de crear lo que él llama su guerrilla, pero militares ecuatorianos y colombianos consideran una narco banda, Guacho fue parte de ‘La Gente del Orden’, el otro grupo armado con el que disputa el control de la zona de Tumaco, donde las Naciones Unidas estiman que hay 24 mil hectáreas de cultivo ilícito de coca.

Guacho militó, según dijo en una entrevista que dio a RCN en octubre de 2017,  más de una década en las FARC. Según Mario Zamudio, un periodista colombiano especializado en temas de frontera y narcotráfico, Guacho habría durado no más de 30 días en el proceso de reincorporación, pero “se habría regresado al monte” para formar su banda criminal. En ese entonces, Guacho estaba acompañado de unas 30 personas. No sabemos mucho más de él, pero cualquier hombre que puede multiplicar sus huestes por diez en medio año, no es alguien que debe ser tomado a la ligera: el ministro de Defensa de Colombia, Luis Carlos Villegas, dijo que Guacho era un objetivo “de alto valor”.

Seis días antes de secuestrar al equipo de El Comercio, Guacho había detonado un tanquero bomba en Mataje  provincia de Esmeraldas, en la peligrosa —hoy más que nunca, peligrosísima— frontera entre Ecuador y Colombia. Era el más reciente de una seguidilla de ataques en suelo ecuatoriano, donde ya había detonado bombas en retenes militares y policiales, pero era la primera vez que su ofensiva contaba fatalidades: 3 soldados murieron por la explosión y otros quedaron gravemente heridos cuando su patrulla fue a inspeccionar el tanquero abandonado al pie de una vía secundaria.

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Era la primera vez en más de 20 años en que soldados ecuatorianos morían por fuego enemigo. La última había sido durante la última guerra con el Perú, en 1995, cuando el destacamento selvático de Tiwintza fue emboscado por comandos peruanos. Murieron 14 militares ecuatorianos. El día trágico fue bautizado como miércoles negro. La muerte de los 3 soldados, veintitrés años después, era la prueba de la violenta fragilidad de la frontera con Colombia.

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Esa era la noticia que el equipo de El Comercio reportaba cuando decidió cruzar el último retén militar de Mataje, a eso de las ocho de la mañana del lunes 26 de marzo. Fue la última vez que sus jefes y colegas tuvieron noticias de ellos. Las horas sin noticias de ellos puso nervioso a sus compañeros y familiares.

Para las cuatro de la tarde, era evidente que algo estaba mal. Un reportero de televisión que estaba en otra parte de la frontera con uno de los editores de El Comercio, dice que a esa hora las sospechas eran ya las peores. En los grupos de WhatsApp que aglutinan a cientos de periodistas, la ausencia de Ortega, Rivas y Segarra comenzó a ser tratada como un posible secuestro. Pasada la una de la mañana del 27 de marzo, el gobierno del Ecuador envió un comunicado confirmando el secuestro. Todos los que nos habíamos ido a dormir con la preocupación, nos levantamos ese rato con el sentido de la urgencia del oficio.

Muy pronto se supo quiénes eran los secuestrados. Y muy pronto nos pidieron que mantuviéramos sus identidades bajo sigilo.

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A la mañana siguiente, el Ministro del Interior del Ecuador, César Navas habló sobre el crimen. Dijo que los periodistas ignoraron las advertencias de peligro y decidieron circular en la zona. Habló de una corresponsabilidad entre el Estado y el equipo de El Comercio en el cumplimiento de los “protocolos de seguridad”.

El ministro Navas no necesita ser reportero para entender que el periodismo es de aquellos oficios que obligan a ir en contrasentido de las tragedias, los crímenes, las deblaces: cuando la mayoría de la gente sale de las catástrofes, las insurrecciones y los golpes de Estado, los periodistas estamos obligados a ir a ellas. Hay un derecho a la información por el que trabajar. Para Eduardo Varas, escritor, periodista y profesor universitario, el reproche de Navas no tenía sentido “porque esa es una advertencia que no está en el ADN de la profesión, la escuchamos, tomamos recaudos, pero debemos ir. No interesa el resto. Hay que sacar datos, mostrar lo que pasa ahí.” Eso era lo que estaban haciendo los 3 que nos faltan: ir.

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Navas secuestro periodistas E Comerco

El Ministro del Interior, César Navas, en la rueda de prensa sobre el secuestro. Fotografía cortesía de la Secretaría Nacional de Comunicación.

Navas alivió a sus interlocutores cuando dijo que los periodistas estaban bien y en territorio colombiano. Explicó el ataque como una retaliación del narcotráfico al combate del Estado para evitar que el Ecuador sea un país de tránsito y de expendio de droga. Al día siguiente, Villegas, el Ministro de Defensa de Colombia, contradijo a Navas: dijo en una entrevista radial, que no podía confirmar que los periodistas estuviesen en Colombia. No sería la última información cruzada que se lanzaría desde el otro extremo de la frontera.

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Cubrir un secuestro de periodistas es algo extraño: no solemos ser, nosotros, las noticias. La cercanía de las víctimas nos golpea porque son excompañeros, gente que uno se topa en las calles mientras cubre una marcha o una protesta. Es un shock porque antes del 26 de marzo, no imaginábamos un país donde el secuestro de periodistas era algo posible. Esto no es —¿no era?— México, Siria, Afganistán.

Hasta antes de esa fecha, entendíamos que el oficio tenía sus complicaciones. Las seguidas apariciones del Ecuador en los informes de la Relatoría para la Libertad de Expresión de la OEA eran una muestra del hostigamiento estatal a la prensa. Sus informes dan cuenta de ataques —físicos y, recientemente, digitales— otros secuestros, golpes, hostigamientos, juicios desproporcionados, incluso antes de la última década, cuando la relación del Estado con la prensa se deterioró gravemente. Pero, ¿retenciones forzosas por grupos armados ilegales extranjeros?

Eso parecía material de agencia. Era más propio de los registros de Reporteros Sin Fronteras (RSF), que daba cuenta que  en 2017 cincuenta y cuatro periodistas fueron secuestrados en el mundo. Ucrania (2), Irak (11), Yemén (12) y Siria (29). Ahora, el encanto se ha roto. Ya no es difícil entender que vivimos en la región más peligrosa para hacer el periodismo.

En medio de todo esto, hay un pensamiento que se nos ha pasado a todos por la cabeza: “me pudo pasar a mí”. Por eso nos pega en el rostro este crimen. Porque sabemos que hay riesgos. Y a pesar de ellos seguimos saliendo a la calle a hacer nuestro trabajo.

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A las 7 de la noche del 28 de marzo de 2018, diario El Tiempo de Colombia le revolvió las entrañas al Ecuador: publicó una nota afirmando que los periodistas secuestrados por Guacho habían sido liberados. El diario citaba “altas fuentes militares” de su país y afirmaba, como una certeza, que por la presión militar de los ejércitos de ambos países, los rehenes estaban ya fuera del control de sus captores.  

Tuit de diario El tiempo anunciando la liberación de los periodistas ecuatorianos.

Tuit de diario El tiempo anunciando la liberación de los periodistas ecuatorianos.

El texto, en su brevedad, aportaba pocos datos. Decía, por ejemplo: “Estaban en territorio ecuatoriano, cerca al pueblo de Mataje, en la provincia de Esmeraldas. Se encuentran en buen estado de salud”. Muy pronto, la noticia se regó con la volatilidad irreflexiva de nuestros días. Siete centenas de usuarios la retuitearon. Muchísimos más se alegraron.

Una imprecisión en la nota despertó las sospechas iniciales: hablaba de 2 liberados. El globo de la algarabía se pinchó cuando los ministros de Defensa y del Interior del Ecuador, Patricio Zambrano y César Navas, dijeron que no podían confirmar la liberación de los tres hombres.

Pasadas las ocho de la noche, dos fuentes colombiana nos dijeron, con una certeza de plomo, que la liberación era cierta: que por información directa de la Policía sabían que los tres hombres estaban ya en Ecuador, bajo el cuidado de sus autoridades. Traían un mensaje de parte del grupo que comanda Guacho. Sin embargo, del lado ecuatoriano, el silencio era de hierro.

Sin un pronunciamiento oficial, dar por cierta —y publicar— la noticia de la liberación era irresponsable. Pero en el polvorín de las redes sociales ya era demasiado tarde: los mensajes iban entre la euforia y el escepticismo.

En la Plaza Grande de Quito, donde se reúnen familiares y amigos para pedir por la libertad de los rehenes, los asistentes tuvieron una prudencia más parecida al rigor profesional: dieron a la noticia de El Tiempo —y a las que la replicaron— por tan solo un rumor. Gritaron con la misma fuerza del día anterior, cuando se autoconvocaron a plantarse frente al palacio de Carondelet, sede presidencial ecuatoriana, para gritar ‘nos faltan 3’ y ‘los queremos vivos’.

Cerca de las once de la noche, la directora de comunicación del Ministerio de Defensa de Colombia terminó de ahogar las esperanzas. “Por el momento no hay ningún pronunciamiento del Ministerio de Defensa”, dijo en un mensaje de Whatsapp. La nota de El Tiempo —replicada por otros medios colombianos— era una pifia humanitaria.El día siguiente amaneció sin noticias de la libertad.

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Desde entonces, los días del secuestro se han hecho largos. El jueves fue el último día de trabajo en buena parte del mundo: era Semana Santa, y en muchos países el feriado empezaba desde muy temprano en la semana. En el Ecuador, solo el viernes es feriado. Oficinas de amigos y colegas de otras partes del mundo cerraban. Los despachos de las fuentes policiales y militares colombianas no contestaban el teléfono. El mundo —América Latina al menos— entraba en la ingravidez de la vigilia pascual. Una especie de parálisis que parecía ir a tono con la falta de  información nueva sobre los rehenes.

Ayer, sábado 31, desde Colombia nos volvieron a decir que había buenas noticias, pero después de la noticia falsa del 28, ya nadie paraba en la estación del alivio.

Hoy domingo, Quito amaneció frío, gris, encapotado. Un coro de truenos precedió a una lluvia helada y vertical. Se suponía que este era un día de resurrección, pero las últimas cuarenta y ocho horas parecían una mera extensión del ánimo púrpura del Viernes Santo.

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Cuando empieza a anochecer, siempre hay alguien del equipo que dice en voz alta lo que todos estamos pensando: esos tres hombres padres amigos excompañeros colegas van a pasar otra noche quién sabe dónde y quién sabe en qué condiciones. Entre reuniones y conversaciones de trabajo, el tema es omnipresente. Es como si hubiese tomado el espacio que antes ocupaba el silencio, porque es un asunto que se ha tomado también el silencio de nuestros pensamientos.

periodistas de El Comercio secuestrados

Familiares, amigos y colegas se manifiestan en la Plaza Grande por la libertad de los 3 periodistas secuestrados en marzo de 2018. Fotografía de José María León para GK.

Este domingo, fue la primera vez que algunos de nosotros pudimos ir a la vigilia por la liberación de Javier Ortega, Paul Rivas y Efraín Segarra. Estábamos fuera de Quito, reporteando, yendo a contramarcha. A las 6 de la tarde, como los cinco días anteriores, familiares, colegas y amigos se juntaron en la Plaza Grande, en uno de cuyos flancos está el palacio de Carondelet, sede presidencial ecuatoriana, para pedir por su libertad.

El ritmo iba marcado desde redoblantes y tambores. Los gritos de ‘Nos Faltan 3, que vuelvan ya, libertad’, ‘Nuestros periodistas, siguen secuestrados’ e ‘Información’ eran una exigencia, pero también un desahogo. Fue conmovedor ver a colegas y excompañeros desgarrándose la voz.

La Plaza Grande —también conocida como Plaza de la Independencia— ha sido, en la democracia reciente, un punto de manifestación constante. La semana pasada, un grupo de mujeres amazónicas acampó en el lugar para pedir una cita con el Presidente de la República. Pedro Restrepo, padre de Andrés y Santiago, adolescentes desaparecidos a finales de los 80 por la Policía del Ecuador, se manifiesta en la plaza, exigiendo la desaparición de sus hijos. Activistas LGBTI, ambientalistas, por los derechos de las mujeres, entre otros, han hecho del sitio su lugar de protesta.

A ese lugar de histórica lucha, de protesta constante, de exigencia de cuentas al poder, han ido los que piden por la libertad del equipo de El Comercio. La primera noche, bajaron el Ministro de Defensa, Patricio Zambrano, el Secretario de la Presidencia, Juan Sebastián Roldán, y la Vicepresidenta de la República, María Alejandra Vicuña.

Frente a ellos, el fotógrafo Alfredo Lagla leyó un comunicado que firmamos un poco más 200 periodistas. En los seis días posteriores, el grupo se ha reunido cumplidamente a decir #Nosfaltan3.

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El domingo 1 de abril, tras las dos horas y pico del plantón, se recogieron los carteles, se callaron los redoblantes y las vuvuzelas. Un reportero de diario El Comercio habló en nombre de las familias, agradeció y reiteró la convocatoria para el plantón de mañana: diez y media de la mañana, antes y después de la ceremonia de cambio de guardia del Palacio. La plaza se quedó con el aire enrarecido de los sitios que se acaban de vaciar. Todos nos fuimos con la convicción de que hay que insistir en que nos faltan tres no secuestrados, sino tres hombres padres, hijos, hermanos, compañeros, colegas. Javier Ortega, Paul Rivas y Efraín Segarra.

GK
(Ecuador, 2011) Un cable a tierra en un mundo polarizado.