
El día que me muera, ojalá me vaya al cielo de Quito
¿Qué dice de nosotros que una de las cosas más amadas de nuestra ciudad sea una ilusión óptica?
De todas las cosas que no existen, el cielo de Quito es la más hermosa. No es un lugar al que se pueda ir. Ni aquí, ni después de la muerte. En todos los planos —físicos y metafísicos— es inalcanzable: cuando nos subimos en un avión, no importa cuán alto ascendamos, el cielo siempre parece estar al frente. Podríamos entrenar y ponernos en forma para irnos al espacio y al despegar atravesaríamos por nubes espesas y ascenderíamos por las cinco capas de la atmósfera, decirles hola con la mano a los astronautas de la estación espacial internacional y jamás pasaríamos por el cielo.




Es una ilusión óptica y en Quito es una incuestionable verdad sentimental. No es finito. No es infinito. No es una bóveda. No tiene color propio. No tiene habitantes y nadie ha regresado de la muerte para decirnos que, en efecto, se fue al cielo. No tiene materia alguna: en sentido estricto, es apenas luz solar dispersándose entre los gases que rodean la Tierra. Y aún así, nadie podría negar su existencia, su cualidad de ser vivo, su identidad quiteña y su pertenencia a esta ciudad. Sí, perdonen lo crédulos, pero la verdad es que no hay cielo como el de Quito.




A unos 2.850 metros sobre el nivel del mar, nuestra ciudad vive bajo una atmósfera más delgada que las de la Costa. Por eso su sol puede resultar feroz incluso cuando hace frío y dicen los científicos que cuatro de cada diez días del año, la radiación pasa a niveles criminales. En los días despejados, nos regala un azul quitocieloso, nombre propio de ese color irrepetible, de profundidad extraordinaria y brochazo uniforme —quien no conoce el cielo de Quito a cualquier Yves Klein le reza. Dos veces al año, cerca de los equinoccios, el sol pasa prácticamente sobre nuestras cabezas, reduciendo las sombras del mediodía a su mínima expresión. Y por si fuera poco: en este cielo es posible contemplar constelaciones de ambos hemisferios.

Al cielo de Quito lo queremos y veneramos como la única deidad en la que absolutamente todos los quiteños creemos. No necesitamos fe ciega para creer que existe porque siempre está en la ventana, en la terraza —incluso, cuando estamos encerrados en nuestro cuarto con las persianas bajadas sabemos que, si las corremos, lo encontraremos. En resumidas cuentas, el cielo de Quito es el más humilde de los dioses porque sabe que para creer, hay que ver.




Y lo vemos. Como quien mira a un ser amado. Como quien espera un retorno. Pero también con temor. Reconocemos su ira: esos tonos grises no son una amenaza, sino siempre una promesa que se cumple: se cae encima nuestro y nos arruina la ropa, los bronquios, la venta del día. Trae consigo —a veces, casi de imprevisto—tormentas iracundas, inundaciones voraces, deslaves feroces, granizos despiadados. Puede que sea algo que en realidad no existe, pero el cielo de Quito tiene una capacidad destructiva muy real. En eso se parece a todos los dioses de la humanidad.



Aún así, hablamos de él con orgullo de abuelo chocho. A pesar de que no tenga fondo, ni forma, siempre entra en un verso. “Para mí todo es un sueño, bajo este, mi cielo amado” dice el pasacalle que cantamos cada diciembre, cuando celebramos la fundación española de Quito. Sirve hasta como servicio metereológico: una tesis universitaria recoge el refrán popular “Pichincha ceñudo, aguacero seguro” y, obvio, ese dicho popular que aquí es una verdad grande como la iglesia de la compañía: no hay cielo como el de Quito (a pesar de su temperamento cambiante, de sus cordonazos inclementes y sus soles cancerosos). Es parte de quiénes somos, aunque a veces parezca la parte que quiere matarnos pero, en realidad, sea tan solo una ilusión óptica.







