azota la calor

Azota la calor

En Quito estamos bien curtidos por el sol.

Sin sol no hay sombras. Y sin solazo no hay sombras profundas. Y sin sombra no habría donde guarecerse del sol. Es una verdad literal pero también una metáfora. A 2.800 metros sobre el nivel del mar, encimita nomás de la línea ecuatorial, lo aprendemos más temprano que tarde: Quito es la capital de los atardeceres siempre breves porque vivimos, prácticamente, en un constante equinoccio. 

Trabajar en la calle es exponerse a la radiación UV y huir de ella
El solazo reverbera en la vereda

Quito está tan cerca del sol que uno intuye que, aunque en el resto del planeta sus rayos tardan en llegar unos ocho minutos y veinte segundos, aquí arriban antes. Su radiación UV parece nuevecita sobre estas montañas, y un cálculo a mano alzada demuestra que esa intuición no es falsa pero también ínfima: aterrizan apenas unas centésimas antes. 

El sol en el cenit no tiene rival en esta ciudad
El sol no da tregua en Quito

Lo que sí resulta innegable es que aquí azota la calor. Cuando asoma, el sol golpea con su látigo de rayos ultravioleta que queman, arrugan, curten, envejecen y agotan. Cuando azota la calor, aquí en los Andes, uno no busca la sombra: huye hacia ellas, como quien escapa de una zona asolada por la guerra, el hambre o la peste y cuando llega, al instante, tiene frío, pues no existe la piedad de los puntos medios. 

En Quito, cualquier forma de protegerse del sol es buena

Porque este sol no es sol es solazo: todo pronóstico advierte que en Quito la radiación ultravioleta oscila entre muy alto y extremo. Y aunque sea técnicamente cierto, a uno le parece que esas palabras no alcanzan para semejante crueldad astral: un ranking más honesto diría que, en estos meses, la ciudad vive entre derretido y calcinado. Si esta es la carita de Dios, el Creador tiene melanoma y está quemadazo, como nosotros después de este ensayo. 

Este sol no es sol, es solazo
Caminar la ciudad es entender cómo protegerse del sol
El sol ciega, la calor azota
Sin sol no hay sombra donde guarecerse del solazo

Y aún así, a pesar de lo cancerígeno y peligroso, de lo deshidratante y extenuante, el sol sigue siendo vital, útil, indispensable herramienta circadiana. En la novela de José Saramago El evangelio según Jesucristo, el diablo le ofrece a Dios su renuncia. Pero Dios se niega. “Este Bien que yo soy no existiría sin ese Mal que eres”, le dice. En estas montañas, el Sol —Inti— fue dios: la dualidad de la naturaleza divina resulta más que evidente, y el solsticio de verano y el de invierno parecen, más que una promesa de cambio, como en otros sitios, la renovación automática de un contrato de servicio ininterrumpido de solazo.

Guantes para el sol
De la luz y la sombra
Sombreros, gorras, pañuelos, todo sirve
Las sombras que nos regala el sol

Rendidos vamos, entonces, los quiteños, ante la divina furia solar, que arde hasta por mero reflejo, y están a punto de convertir al protector solar en teoría conspirativa: estamos seguros que no están hechos para resistir el solazo quiteño. Quienes no quieren usar —o no pueden pagar— los exorbitantes precios de esos tubitos llenos a medias, recurren a turbantes improvisados de camisetas, pañuelos y bandanas, paraguas convertidos en parasoles, gafas oscuras para poder ir con la cabeza levantada, los ojos abiertos y vivos, vivos, alzando el pelito, mangas largas para que los brazos y las piernas no terminen hechos pollo broaster.  El sol es un reactor nuclear que no afloja, y parece trabajar más justo cuando los quiteños almorzamos.

El paraguas se convierte en parasol
Una mamá lleva la gorra de su hija
El sombrero ayuda, la manga larga, también

 Nadie sabe muy bien de dónde viene la expresión “la calor”, pero dice la Real Academia Española, suele usarse cuando el calor es extremo. O sea, cuando azota. Cuando pega con la saña que conocen muy bien y padecen aún más quienes viven de la calle quiteña —los que la trabajan, la recorren, la transitan a pie o motorizados pero sin capota. El sol deja su recuerdo en el ardor de la nuca y el calor de los muslos, en el cachetito andino y la jaqueca de insolación. Pensándolo mejor, si esta es la carita de dios, el pobre hombre vive insolado (lo que explicaría muchas cosas).  

Sombreros a la par
Trabajar en la calle es exponerse a la radiación UV y huir de ella

Las nubes hacen lo que pueden por los quiteños. A ratos vemos con deseo suplicante a esos estratocúmulos grises y les lanza una plegaria agradecida y recuerda: sin sol no habría vida pero sin las nubes tampoco —la radiación solar pasaría en tal cantidad y con tanta vehemencia, que todo estaría achicharrado. Entonces uno entiende tres cosas: las sombras, aunque oscuras, son necesarias partes de nuestra existencia, el fulgor excesivo mata, y: arrarray, qué solazo. 

Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.

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