Sombras en Quito

Cazadores de sombras

En una ciudad cenital, el sol nos propone un juego de siluetas.

Si Peter Pan hubiese vivido en Quito, habría tenido muchos más problemas tratando de atrapar su sombra. En una ciudad que se asoma al cielo tanto como Ícaro pero con mejor fortuna, el Sol se cuelga del cénit sin rival alguno: sobre la línea ecuatorial a 2.800 metros de altura, las sombras duran poco, tan poco, que dos veces al año, cerca de los equinoccios de marzo y septiembre, durante un breve momento del mediodía solar, la luz cae verticalmente y las sombras de los objetos verticales se recogen debajo de ellos. El  fenómeno se conoce como “día sin sombra” y, aunque algo exagerado, da cuenta de una ciudad en la que a ratos parece que nos falta ese otro yo que es nuestra sombra

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Pobre Peter afuera de la estación de La Alameda del metro quiteño, esperando que su sombra comience a reptar por la pared impoluta. Qué alegría la de Peter, al verla aparecer, profunda, radiante en su oscuridad, delineada hasta en el último detalle, brevísima como la felicidad misma. A los adultos que no crecen les dicen Peter Pan, y a las hermosas sombras efímeras, quiteñas.

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Elusiva son. Pero cuando brotan, se estiran sobre las veredas, trepan por las tapias —las grafiteadas y las que no— y avanzan por la calzada, proyectando nuestro negativo. A esa hora de la tarde, somos todos marionetas del sol en un teatrín de siluetas con las que nuestra estrella pasa el aburrimiento y descuenta unos minutos de los cuatro mil millones de años que le quedan hasta su extinción. 

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Es un juego de apariencias, proyecciones de lo tangible hacia lo imaginable. Si Montaigne hubiese vivido el Renacimiento en estos pómulos divinos, quizá habría escrito “hay tanta diferencia entre nosotros y nuestra sombra como entre nosotros y la de los demás”. Como nació en Dordoña, Francia, escribió otra cosa que significa exactamente lo mismo: “hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos como entre nosotros y los demás”. 

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Las sombras han tenido mala fama, porque son la contracara de la luz. Su ausencia. Es hora de cambiar esa percepción. La sombra es la dignidad discreta. Es el  refugio ante la inclemencia ultravioleta que nos azota Es el contrapeso de nuestra existencia material: cuando la luz nos toca nos vuelve visibles y revela nuestra materia atómica, mientras que la sombra se guarda para sí apenas nuestro yo vacío. Si el árbol es un “portador de fuego”, como dijo el poeta irlandés William Butler Yeats, las personas somos “botellas de sombras”. Quién no tiene una sombra es un vampiro, aunque en Quito haya algunos que a cambio de tener una y parecer humanas hayan entregado el alma y la conciencia.  

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Caminar por Quito cazando sombras como un niño caza pokemones. Sin saber dónde las van a encontrar, celebrando cuando aparecen, reprochándose al perder la oportunidad de fotografiarla. Es casi imposible hacerlo al mediodía, punto máximo del reinado solar. La luz de la mañana y la de la tarde dan dimensiones distintas a los mismos seres y a las mismas cosas. Les dan cuerpo y volumen. Sin sombra no hay profundidad —aplícase en todo. Convertidos en expertas del carboncillo lumínico, los objetos quiteños aceptan el desafío solar y tratan de proyectar algo que no son. Una reja se convierte en una afilada dentadura, un poste se retrata como árbol, un perro se convierte en un monstruo salido de la mente de los hermanos Grimm. Todo lo contrario con los humanos, en los que la sombra revela. 

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Quizá en ese tránsito del día hacia la noche, de la penumbra al amanecer, la nostalgia se vuelve más persistente. Como el petricor antes de que llueva en Quito, las sombras nos recuerdan que hubo un tiempo feliz. No sabríamos explicar de dónde viene esa sensación. Quizá es un rezago evolutivo, una memoria atávica, de cuando apenas llegamos a estas tierras, hace unos 12 mil años y poblamos el Ilaló. No lo sabemos de cierto, pero entonces también habríamos visto a las sombras cuando el día empieza a retirarse, como un mar antes de la tormenta. Quizá también a esa hora, quedaban cosas por hacer, aunque el reloj y el cielo digan que es hora de bajar la lanfor. No queda más que suspirar y ver a las sombras diluirse con la noche, y reconocernos en nuestra identidad quiteña. 

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En alguna esquina del sur, o del centro, o del este o el oeste, hasta en el norte, ya no se verán las sombras, pero se escucharán hechas pasillo.  “Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras”. Podríamos cantárselas al Montaigne quiteño que no fue, a los hermanos Grimm que no se enteraron del chuzalongo, al Butler Yeats que llevaría los poemas de Arturo Borja bajo el brazo (La tarde siniestra y sombría…) y a las mismas sombras que abandonarían a su suerte a Peter Pan, Campanita y un desubicado capitán Garfio.

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Nicole Moscoso Vergara Jose Maria Leon Cabrera
Nicole Moscoso Vergara y José María León Cabrera
Nicole es la directora audiovisual de GK, y José María, el CEO y director creativo de GK. Juntos desarrollan el proyecto de ensayos fotográficos de GK.

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